AUTOR: Santiago Gamboa
TÍTULO: Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban
EDITORIAL: Ediciones B, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2000
PÁGINAS: 348
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

Debo reconocer que soy un hombre bastante prejuicioso, y que si no leí antes este libro es porque pensaba que nada de valor podía encontrarse entre los jóvenes novelistas colombianos. De alguna forma, esto lo sigo pensando todavía, pero me doy cuenta de que es necesario establecer algunas excepciones y que una de ellas es, precisamente, la del Santiago Gamboa (1965-) que escribe esta Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban (2000). Con sorpresa y grata complacencia he cruzado las trecientas cincuenta páginas que componen esta obra, y he quedado con la sensación de que fueron escritas sin premura y con mucha honestidad.

No son muy buenas las referencias que he escuchado sobre las novelas que vinieron después, especialmente sobre Hotel Pekín (2008) y Necrópolis (2009), quiero decir, referencias de lectores, no de los medios que, es lógico, privilegian su negocio editorial y siempre dan los mejores comentarios sin conocimiento de causa. Por esta razón, y porque en el fondo sigo siendo un pesimista con relación a la narrativa contemporánea, quiero que se entienda que me ha gustado esta novela, no la obra en general de Gamboa que, francamente, desconozco, aun cuando es tan publicitada en nuestro país e, incluso, ha dado ya para adaptaciones cinematográficas.

Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban reúne dos elementos que la convierten, a mi modo de ver, en una novela interesante: primero, está escrita a modo de caleidoscopio, lo cual enriquece y dinamiza su narración y; segundo, no tiene un tema específico, sino que aborda a un mismo tiempo cosas tan dispares como la historia colombiana, la literatura, la vida europea y hasta la parapsicología. A grandes rasgos, se trata de una historia que recuerda la técnica de Cela en su Cristo Versus Arizona, o en Mrs. Caldwell Habla con su Hijo, y ello porque aquí también se mezclan temas, historias y personajes, claro está, sin ese pincelazo de genio que siempre caracterizó al español.

De cualquier forma, la novela de Gamboa se hace interesante en la medida en que sus temas encuentran en esta misma técnica un rasgo peculiar: la historia colombiana, por ejemplo, interpretada tradicionalmente desde la novela histórica, el realismo social, y el realismo mágico, es vista por el autor entrecruzada en un todo con la vida cotidiana, inmersa en un gran marullo y, por lo mismo, no centrada en los datos de la novela histórica, ni en la denuncia del realismo, y mucho menos en la magia del lenguaje macondiano. Es una obra atractiva porque nos habla –particularmente a los colombianos- de una forma distinta a como lo han hecho las demás.

Quisiera explorar dos de esas líneas narrativas que tiene la novela, y que me parece dan cuenta de parte de la complejidad de la misma: 1. La manera en que se construye en ella la historia de nuestro país y; 2. Los juegos de intertextualidad y las disquisiciones sobre literatura que presenta. Es obvio, que es mucho lo que queda en el tintero, pero al tratarse de una obra tan prolija, esto no puede por menos que ocurrir.

La vida feliz de Esteban Hinestroza

París, 1998. Esteban Hinestroza, un colombiano que se gana la vida escribiendo para la prensa y la radio, decide contarnos su pasado. Nació en Bogotá en 1965, pero tan sólo un año después viajó junto a sus padres –ambos profesores- y su hermano Pablo a Medellín, exactamente a la finca que había comprado la familia en Robledo. El país de aquellos tiempos era testigo de las protestas universitarias, el nacimiento de la guerrilla y la violencia partidista, entre otros, hechos que convertían a Colombia en una sociedad convulsa y llena de problemas.

A pesar de su corta edad, Esteban entró en relación con todos estos acontecimientos, y nos los refiere a través de la historia de quienes conoció entonces: la de Toño, el pretendiente de Delia –la empleada de la casa-, quien después de enamorarse de aquella muchacha y de verse en ajetreos con Cory –una viuda exuberante-, terminó enrolado en la guerrilla, primero como simple combatiente y, luego, como uno de sus principales comandantes; la de Blas Gerardo, el cura español exiliado por el franquismo, que llegó a Colombia y luchó al lado de indígenas y campesinos, hasta perder la fe en el futuro y en la misma religión y; por supuesto, la de Delia, la muchacha que crió a Esteban y su hermano y que, después de irse a vivir con Blas Gerardo, mantuvo una copiosa correspondencia con su antigua patrona.

De vuelta a Bogotá en 1971, Esteban fue a vivir con su familia al barrio Chapinero. Allí conoció a Ismael –su primer amigo- y a Silvia –su primer amor-. Eran frecuentes entonces sus escapadas hacia los cerros orientales, las jugarretas y la firme camaradería. Por supuesto, habían problemas: el arrivismo de su colegio –el Leonardo da Vinci-, adonde los padres enviaban a sus hijos para “europearizarlos”; los recuerdos de una época difícil de la ciudad, por allá cuando mataron a Gaitán y ocurrió el bogotazo y; cómo no, los primeros desencuentros del amor y las frustraciones que van quedando en nuestra conciencia.

Beneficiados sus padres con una beca, viajó a Roma en 1974. Por fin pudo ver Esteban los resultados de una educación bilingüe, y conoció muchas cosas, no sólo porque podía darse el lujo de caminar por este museo o aquel coliseo diariamente, sino porque encontró amigos sinceros y un mundo menos vertical que el que había experimentado en su paso por Bogotá. Lo curioso es que también allí, en Italia, conoció personas inquietantes: el ludópata Darpeti, un prometedor jurisconsulto venido a menos por sus excesos en el juego, las romanas que se gritaban de ventana a ventana, los tiernos niños del cortile, etcétera.

Después de un breve tránsito por Yugoslavia y Grecia, Esteban regresó a Colombia. Pero no volvieron a vivir a Chapinero; sus padres compraron una casa hacia el norte, en la calle 127, y aunque olvidarse de sus amigos de infancia requirió algo de tiempo, pronto tuvo otros nuevos: Elorza y Carboncillo –un haitiano exiliado, profesor de su colegio- y, asimismo, Natalia, la muchacha con quien entabló su primera relación sentimental, y con la que recorrió cientos de moteles, dejando en cada uno alguna confidencia.

Pero algo más; de 1975 a 1985, cuando todo esto ocurría, Esteban también conoció la historia de Federico, aquel suicida frustrado, amigo de su tío, que recorrió buena parte de Bogotá en busca de “inmersiones”, de respuestas sobre el sentido de todo lo que existe: la muerte, la reencarnación, las vidas pasadas y futuras. Ese Federico que pasó revista por un mundo universitario plagado de drogas y métodos de escape, de sexo y profundas dudas sobre sí mismo.

El tiempo siempre pasa rápido, y muy pronto ese paisaje bogotano que Esteban percibió en su adolescencia, todos esos rastros de personas e historias que iba coleccionando, fueron puestos en una maleta y viajó con ellos a Madrid, en donde se instaló para estudiar filología, después de una cortada experiencia profesional en Bogotá. En 1985, Madrid era una ciudad que seguía en vía de reconstrucción después de la dictadura, el lugar en el que se daban cita muchos latinoamericanos, algunos trabajadores, otros revolucionarios y, otros más, prospectos de escritores, tipo Esteban.

También en España, Esteban empezó a escribir su historia, algo que pudiera valerle un poco de reconocimiento. Y escribió sobre todo: sobre Colombia, sobre Italia, sobre su llegada a Europa, su pasión por el ajedrez y los libros, su vida con Victoria -la mujer que le prodigó placer mientras vivió en Madrid-, los enredos que se gestaron a propósito de un tal Rodolfo, etcétera; y el resultado es este libro: una vida como la de muchos de nosotros, que tal vez sintamos muy cercana, al menos lo suficiente como para conjeturar sobre sus fortunas y fracasos.

Colombia vista por Esteban

Dije más arriba que Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban reconstruye la historia de nuestro país de una forma distinta a la tradicional. Aunque aquí hay fechas y críticas, no se trata de una novela que pudiéramos llamar histórica ni social; es, más bien, una obra fresca que hace inventario de hechos importantes sin el ánimo de sacar de ellos grandes conclusiones. De ese inventario extraigo ciertos momentos que me gustaría reescribir.

El primero está constituido por las luchas estudiantiles. En Medellín, Esteban conoce por boca de sus padres –profesores de la Universidad de Antioquia-, las constantes protestas protagonizadas por los universitarios. En Colombia, este fenómeno constituyó una especie de reproducción del espíritu francés que, por allá en 1968, evaluaba los fundamentos de la sociedad. Son famosas las jornadas de lucha en la Universidad Nacional y demás instituciones públicas, que venían experimentando, además, otro fenómeno bastante relacionado con las exigencias de los estudiantes: el enlistamiento.

En 1964 fueron creadas las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que, junto con las JUCO (Juventudes Comunistas) empezaba a instalarse en las universidades para reclutar jóvenes. Este es otro de los aspectos de la historia colombiana que trata Santiago Gamboa en su novela, el nacimiento y desarrollo de los grupos guerrilleros. Para ello, el autor utiliza, esencialmente, la figura de Toño, un personaje campesino que, ante el fracaso de su vida amorosa y el prometedor futuro que vendría después de la revolución, se enlistó en las FARC, haciendo en ellas una prominente carrera, tanto intelectual como combativa. El análisis de Gamboa es tan amplio en el tiempo que permite acercarse, en efecto, a varias de las etapas de este grupo subversivo, aunque sin adentrarse en las dinámicas que se viven al interior del mismo: del movimiento campesino-obrero de los sesentas, el autor deduce el de narcotraficantes y secuestradores de los noventas.

Otro elemento importante de nuestra historia que está presente en la novela es la violencia partidista. Fruto de una independencia a medias, una guerra civil permanente y el fracaso de los caudillos de mayor renombre, durante buena parte del siglo XX, Colombia afrontó un complejo proceso de polarización política que enfrentó a conservadores y liberales. Los culpables de esta desintegración social tienen nombre propio y, por cierto, siguen siendo los mismos verdugos de la actual fragmentación: los Lleras, los Pastrana, los Turbay y -hay que decirlo, los Uribe Vélez-. Así lo escribe Esteban, no sin algo de resentimiento:

“La mafia destruyó lo que había. Los guerrilleros se dedicaron al secuestro y a proteger cultivos. Llegaron las autodefensas y continuó la masacre. ¿Y nuestros insignes políticos?, ¿los padres de la patria? Ahí están, robando a manos llenas, vaciando las escuálidas arcas del Estado, y ahí siguen, todavía hoy, peleándose las cenizas, insultándose para obtener una tajada mayor de ese cuerpo en el que tienen clavadas sus garras; porciones del mismo cadáver que remataron a golpes de puñal y que yace a la deriva, entre dos océanos. La gordura les obstruyó el cerebro y sus rosados culos gordos ya no caben en las curules que ocupan. Traseros adiposos que llevan el nombre de insignes e históricos partidos. Gorduras sostenidas con ríos de whisky y secadas en polvo blanco, el mismo que nos llevó a la ruina, gastando a manos llenas los dineros de este generoso país que cometió el error de parirlos” (Pág. 111)
La violencia partidista también encuentra en Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban una reflexión sobre el polémico Jorge Eliécer Gaitán, cuya muerte, en 1949, provocó el desorden civil más grande en la historia de Colombia. Los recuerdos de su abuelo llevan a Esteban a plantearse las verdaderas implicaciones de esa jornada en la que, bajo la orden del presidente de turno –Ospina Pérez-, fue acribillado el líder del partido “liberal” (más cercano al socialismo), el caudillo de las masas y, con él, las esperanzas de una nación para los pobres. Saqueos, miles de muertes, incendios y miedo, fueron las consecuencias de la impotencia que sintieron los compatriotas de entonces y que quedan bastante bien reflejadas en la obra, porque hay algo en lo que coincidimos con Santiago Gamboa:

“Se dice que las guerras civiles son más crueles que las otras, las que son entre países, pues en ellas se odia más. Es más fácil odiar al que se conoce. Al que es igual. Tal vez haya sido así, pues esta violencia ahorcó y violó mujeres, degolló jóvenes y ancianos con el funesto ‘corte de corbata’, que consistía en sacar la lengua por el cuello y dejarla colgada sobre el pecho; rompió a culetazos cráneos de recién nacidos, desolló y quemó niños de brazos, mutiló, castró, torturó, humilló… Pueblos liberales del Llano y del norte debieron escapar a Venezuela. Columnas de civiles huyeron por las trochas que atraviesan las cordilleras y fueron bombardeados por la aviación militar; la fuerza aérea colombiana disparándole a ancianos, mujeres y niños” (Pág. 69)
Además de estos momentos espeluznantes de nuestra historia, la novela también recorre, sucintamente claro, otros matices del devenir patrio como son los conflictos sociales urbanos, el incendio del edificio de Avianca, la toma del palacio de justicia (cuyos asesinatos y desapariciones continúan hoy por hoy impunes) y el triste desastre de los habitantes de Armero.

Intertextualidad y literatura

Para un escritor que quiere hablarnos de su historia –como Esteban- es complicado apartarse de lo que ha constituido su experiencia literaria. Quizá porque esto es así, en Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban hay una rica intertextualidad con el universo literario. Gamboa utiliza este recurso en diferentes grados de profundidad; de este modo, puede tratarse tanto de una simple referencia a un autor o un libro, como de un amplio análisis de una cita tomada de alguna parte. Ahora bien, aunque la novela se enriquece con la utilización de esta clase de intertextualidad, a veces parece rebuscada, lo cual quita naturalidad a la narración. En mi opinión, esto es palpable de manera especial en las primeras páginas del libro.

Onetti, Vargas Llosa, Gil de Biedma, entre otros, toman parte de la novela de Gamboa cuando éste recupera alguna de sus frases, cuando rememora, por ejemplo, qué decía el peruano sobre la inspiración. Pero, además, existe una relación que establece la novela con la literatura y está mediada por la existencia del libro como objeto, o si se quiere, como fetiche. Desde pequeño Esteban fue amante fervoroso de los libros, los leyó siempre –como debe ser- con obsesión, con ímpetu, y fue organizando su propia colección:

“Desde antes de viajar a España, cuando era estudiante de Literatura en la Universidad Javeriana, y tal vez desde más atrás, tuve una pasión desmedida por ese paralelepípedo rectángulo construido con papel, cartón y tinta, llamado libro. Un culto que me llevó a excesos suicidas, que me ha obligado a los actos más temerarios y que atentó contra mi bolsillo de forma irracional y despótica. Siempre comprendí lo que sienten los apostadores de carreras al pasar los torniquetes del hipódromo, los jugadores de ruleta y, casi casi, los adictos a cierto tipo de drogas; el regocijo que me producía y me sigue produciendo hoy entrar a una ‘librería de viejo’ me permite comprender esas cárceles de placer que son los vicios excluyentes, los estados de éxtasis, de profunda y hermosa esquizofrenia en los que el mundo deja de ser esa cosa perentoria y ruidosa para convertirse en el espacio único del deseo, del capricho impostergable, y anularse enseguida por detrás del ansia satisfecha” (Pág. 267)
Las referencias a la relación de Esteban con los libros están por todas partes en la obra. Hay algo curioso –también algo buscado-, y es que la mayoría de los personajes de la historia, por no decir todos, sienten algún tipo de atracción por los libros; esto facilita de sobremanera muchas conversaciones entre ellos, discusiones de elevado nivel que dan por sentado que los personajes conocen el Popol Vuh, Madame Bovary, o las novelas de Balzac. Como sea, es inútil insistir en que la relación más constante y definitiva con los libros es la que tiene el propio Esteban Hinestroza, relación que tiene algunas particularidades que quiero considerar.

En primer lugar, Esteban no sólo gusta de comprar libros y leerlos, sino que también espera llegar a escribirlos; esto es normal y creo que nos pasa a un buen número de lectores. Pero hay un hecho definitorio para las posibilidades creativas de Esteban, y es el hecho de estudiar literatura (en Colombia) y más tarde filología (en España). Es preciso, por otra parte, hacer notar en este punto que el personaje se parece mucho al autor, toda vez que Santiago Gamboa estudio literatura en la Universidad Javeriana como Esteban, incluso, durante los mismos años, y también filología en Madrid. A lo que voy es a que esta condición, es decir, ser literato y filólogo condiciona, posteriormente, los deseos de escribir libros:

“Conocer a fondo la literatura puede servir, perno no asegura ningún resultado y conlleva un grave peligro: en las facultades de Letras –en las que conozco, al menos-, lo que comúnmente se hace es una disección de los libros para extraer de su interior las estructuras que los sostienen, el mundo que proyectan, las soterradas críticas que disparan y las ideas en torno a las cuales gravitan. El problema, para el estudiante, es la tentación de considerar que esas ideas son la literatura, y que sin tenerlas claras de antemano no podrá escribir su ansiado libro, desconociendo que para la mayoría de los escritores –Kafka o Cervantes, por ejemplo-, esas estructuras fueron totalmente inconcientes” (Pág. 292)
Juzgar con anterioridad los alcances de su obra será, así, la dificultad más fuerte que tendrá que superar Esteban en su carrera como escritor. En Madrid, dedica horas de trabajo a escribir hoja tras hoja los momentos cardinales de su historia, deshaciéndose de todo aquello que pueda sonar imitación o mentira. Llega el día en que tiene un buen manojo de cuartillas que narran, quizá, no una historia llena de aventuras memorables, pero sí una modesta declaración de existencia. Por eso, al cierre, nos confiesa: “tal vez en otras vidas habría sido posible encontrar hechos más memorables, pero ésta que acabo de relatar es la que yo tuve. La única que aún tengo. Nadie tiene la obligación de vivir grandes vidas y dicen que, en todas, hay uno o dos momentos que la justifican. Yo espero que sea así aunque no estoy seguro de haberlos encontrado”.
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Polifacética, llena de recovecos y caminos, de cientos de posibilidades de lectura, Vida Feliz de un Joven Llamado Esteban, es una novela muy bien lograda y, sin duda, tiene la impronta de las historias que perduran mucho tiempo en nuestra memoria.

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