AUTOR: León Tolstoi
TÍTULO: La Novela del Matrimonio
EDITORIAL: Ediciones del Bronce, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 112
TRADUCCIÓN: Irene y Laura Andresco
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

Decimos ¡te amo!, y creemos sellar con ello un sentimiento perdurable. No escuchamos entonces al Baudelaire que suelta la primera carcajada, y tampoco parece inquietarnos el destino de rutinas que siempre nos espera. ¡Te amo!, insistimos, porque hay fuerza en nuestro espíritu, porque una seguridad acoraza todos nuestros miedos, y porque ese otro parece tan definitivo que el movimiento o la muerte se revelan como dos fantasmas engañosos. Entretanto, el hombre que sabe leer de su experiencia nos observa empecinados; para él, ni siquiera el amor puede escapar de las corrientes de Heráclito.

Tolstoi sentencia: “cada época tiene su amor”, y esto significa que empeñarse en mantener la pasión de un principio es una tarea infructuosa; juzgar una relación tomando como base su pasado, una obstinación y; no aceptar el decrecer del ímpetu y el develamiento de nuevos sentimientos, una terquedad. Todas las cosas del universo se encuentran en permanente cambio; por qué no aceptar, pues, que el amor también se transforma, asume nuevas tonalidades y, por supuesto, es susceptible de morir como todo lo que vive en la naturaleza.

La Novela del Matrimonio, una obra poco conocida de León Tolstoi (1828-1910) aborda, justamente, este tema, y lo hace a través de una historia con muchos rasgos autobiográficos. En ella, un hombre maduro y una joven campesina, enamorados, deciden casarse pensando que una relación formal será el ambiente propicio para su amor, pero muy pronto las situaciones les demostrarán lo errado de su conjetura: la diferencia de edades, su manera peculiar de entenderse como pareja, el descubrimiento de los defectos del otro, etcétera, serán los pies de quiebre para su matrimonio.

Algo similar sucedió en la vida de Tolstoi. Casado con Sofía (Sonia) Behrs en 1862, cuando tenía treinta y cuatro años, y ella apenas dieciocho –es decir, edades muy similares a las de sus personajes: 36 y 17, respectivamente-, el escritor tuvo que vérselas con una relación llena de altibajos. Si bien, aquella mujer le procuró la comodidad necesaria para escribir varias de sus novelas más importantes, por otra parte, se convirtió en la principal inquisidora de su loca juventud, y le provocó muchos dolores de cabeza por su agitada vida social y los rumores constantes de infidelidad.

Cierto es que este tipo de cosas sólo llegan a conocerlas como realmente son quienes las protagonizan, y que la historia se ha encargado muchas veces de exagerar o reducir su verdadero impacto; sin embargo, no podría negarse que la experiencia de su propio matrimonio sirvió a Tolstoi para la concepción de esta historia. Lo interesante viene a radicar en el hecho de que el autor haya decidido no escribirla a “título personal”, sino que hubiese preferido utilizar la voz de una mujer. En efecto, La Novela del Matrimonio es un monólogo retrospectivo, escrito por María Alexandrovna –Mashenka- en un momento especial de su vida, esto es, cuando “terminó (su) novela con Serguei”, cuando “los antiguos sentimientos tornáronse queridos y se convirtieron en recuerdos irrevocables”.

Sin duda –y a pesar de su corta extensión-, esta obra es un modelo de la maestría de Tolstoi para la narración: todo aquí está puesto en su sitio, es sumamente coherente, y los alcances del análisis psicológico, especialmente el de Mashenka, son bastante amplios. Vale la pena resaltar, por otro lado, que se trata de una novela que se toma su tiempo para describir los escenarios en donde ocurren los acontecimientos, una especie de valoración del espacio como símbolo y, a veces, como correlato de la fábula.

Dentro de La Novela del Matrimonio pueden advertirse algunas inquietudes centrales. Primero, el devenir de las emociones y pensamientos de su narradora, puesto que por su boca se expresan las principales reflexiones sobre el amor, la rutina, la falta de entendimiento y demás y; segundo, una exploración de aspectos morales precisos, bien cercanos al Tolstoi filántropo. Quisiera referirme a estos dos elementos a continuación, haciendo antes una breve síntesis de la historia.

La Novela del Matrimonio

La madre de Mashenka ha muerto. Hace algún tiempo había sucedido lo mismo con su padre, de suerte que ha quedado sola, encargada de Sonia –su hermana menor- y apenas guiada por Katia, la institutriz. Mashenka tiene 17 años y debido a este triste panorama se muestra circunspecta y sin expectativas. Pero he aquí que un día cualquiera visita su casa Serguei Mijailovic, un antiguo amigo de su padre, a la sazón, encargado de algunos de los asuntos legales de la familia. Ella lo recuerda con agrado, aunque han pasado más de seis años desde la última vez en que se vieron. Será él, con su humor e inteligencia, el que saque a la muchacha de su retraimiento y la inste a continuar con su vida.

Durante la primavera, Serguei visita constantemente la casa de Mashenka; se empieza a encariñar con la muchacha, quien lo recibe siempre muy bien, puesto que es uno de sus únicos amigos. Pero, Mashenka no sólo ve en él a un camarada; Serguei es su puerta al conocimiento de ese mundo que desconoce: la música, los libros, la sabiduría, todo encuentra en aquel hombre un espacio tan justo que, inconscientemente, ella misma empieza a vivir para agradarle. Él, por su parte, no sólo impresionado por la belleza de la joven, sino por su interés en lucir inteligente y dispuesta, también se prenda.

Así pues, el sentimiento se cristaliza. Ambos están enamorados pero ninguno se atreve a confesarlo. De cualquier forma, se trata de un sentimiento que encuentra sus propias vías de salida: una palabra, por ejemplo, o una sonrisa son suficientes. Pero llega el momento en que es necesario declararlo, y es Mashenka quien toma la iniciativa; Serguei desea marchar para evitar un desencuentro, pero la joven lo persuade, ella también lo ama. Nada más decirlo y dos semanas después están cruzando las puertas de la iglesia, llenos de proyectos, y esperando una vida tranquila.

Van a vivir a casa de Tatiana Semenovna –la madre de Serguei-, y la magia de los primeros días de matrimonio les oculta la rutina que empieza a gestarse. Inmersa en cuatro paredes, sin poder demostrar a su esposo todos sus atributos, ni movilizar la fuerza religiosa que se ha despertado con su amor, Mashenka empieza a aburrirse. Serguei, hasta entonces entretenido en las faenas de su hacienda, se da cuenta de ello y planea un viaje a San Petersburgo. Pero si allí, en la aldea de Nikolskoie, era la muchacha quien se fastidiaba con su marido por la inutilidad a la que éste la obligaba, allá, en la ciudad, será el hombre quien se sienta incómodo cuando la muchacha empiece a frecuentar las fiestas de la alta sociedad y a ser adulada por todos los asistentes.

Y es que esta clase de vida no despierta el mínimo interés en Serguei Mijailovic, pero Mashenka está feliz ya que puede demostrar su superioridad al marido. Las discusiones van y vienen, pero él deja en libertad a María pues es joven y su energía incontrolable; debe ver el mundo por su cuenta. Ya entonces las distancias entre ambos empiezan a mostrarse infranqueables: ni el nacimiento de su primer hijo, ni la muerte de Tatiana, ni los años que se van acumulando, pueden regresar las confidencias y comunicación del pasado; cada cual empieza a sobrellevar su propia vida, éste, metiéndose de lleno en su trabajo, aquélla, haciendo vida pública, pasando jornadas en balnearios y rodeándose de falsas amistades.

Un día, la fuerza de los mismos acontecimientos pone a Mashenka de cara a la infidelidad: un italiano la corteja, y ella ha dejado que la bese. Consternada por lo sucedido, vuelve adonde su esposo y trata de arreglar las cosas, sostienen largas discusiones, tienen su segundo hijo, aclaran lo que piensan, pero: ¿esto puede ser suficiente para mantenerse en la línea del amor?

La novela de María Alexandrovna

Es posible distinguir algo así como una línea de reflexión que hace María Alexandrovna sobre su relación amorosa con Serguei. Muertos sus padres, la muchacha encuentra en aquel hombre, primeramente, una figura paternal, es decir, una persona que le produce respeto y simpatía; en esos momentos los recuerdos de su niñez vienen a su cabeza y le muestran al Serguei afectuoso, amigo de su padre, que gustaba de jugar con ella, leerle y escucharla tocar el piano.

Pero muy pronto esta primera figura empieza a derrumbarse; a Mashenka no le gustará ya que Serguei la trate como a una persona inferior, como si fuese su hija, sino que aprecia cuando la trata como igual. Podríamos llamar a este segundo momento el de la figura iniciadora. Y es así porque lo que descubre la muchacha es que Serguei puede tratarla como a un “compañero joven”, a quien desea inducir en la práctica de la sinceridad, en la búsqueda del conocimiento, de las preocupaciones morales, del mundo literario, etcétera. Ella, hasta entonces una muy sencilla joven campesina, verá en él la personificación del deber ser, o sea, del ejemplo:

“Mi intuición para lo que estaba bien y se debía apreciar era sorprendente, porque, en realidad, en aquella época no tenía la menor noción de tales cosas. La mayor parte de mis gustos y costumbres de antes no agradaban a Serguei Mijailovic. Bastaba un movimiento, una mirada o que su rostro adquiriera una expresión especial, ligeramente despectiva, para que en el acto dejara de gustarme lo que me había deleitado un momento atrás. A veces, cuando se disponía a aconsejarme, me parecía saber de antemano lo que iba a decir. Cuando me preguntaba algo mirándome a los ojos, su mirada extraía de mí lo que deseaba. Todas las ideas y sentimientos que tenía en aquella época no eran míos, sino de él; eran ideas y sentimientos que súbitamente se habían hecho míos y habían pasado a mi existencia, iluminándola” (Págs. 24-25)
A mi modo de ver, esta iniciación o, como dice la misma María, iluminación, es la base de su amor, porque la Mashenka que admira, que repite, y que estima todo lo que hace Serguei es aquella misma que empieza a inquietarse ante la demora en sus visitas, el quiebre de sus expresiones, o lo que puede llegar a perturbarlo. Es, también, la Mashenka feliz y religiosa. Feliz, porque su amor le hace ver las cosas sólo en su cariz amable, y religiosa porque el perfil moral de Serguei la lleva a entender que lo mejor que puede hacer el ser humano es servir a los demás.

Pero, una vez la declaración de su amor se concreta, emerge una nueva figura en el amor de María Alexandrovna: la figura amante. Diríamos que este es el clímax de su amor, dado que es el resultado de un sentimiento que venía
in crescendo y que empezará aquí mismo su caída. Lo que causa impresión de este momento de la historia -tanto personal de Mashenka como de la novela- es que, en el preciso instante en que se casa, ella piense: “me asusté de que todo hubiera terminado ya y de que nada extraordinario se hubiese realizado después de haber recibido en mi alma ese sacramento”.

En otras palabras, Serguei como amante inicia su derrumbamiento cuando se une a Mashenka en matrimonio; y esto puede considerarse una crítica severa de parte de Tolstoi, porque es como si nos estuviese diciendo: lo que va a suceder con esta pareja es que intentará durante todo su matrimonio recuperar lo que fue antes de él; y, es obvio, esto resulta una gran ironía. Sea como sea, esa segunda parte de la novela, que se inicia con la vida marital, es la zona oscura de la historia, la más intrincada y confusa, la que llevará a declarar a la propia Mashenka: “me daba cuenta de que la vida es una repetición y que no había con nosotros nada nuevo”.

En Nikolskoie aparece la figura pasiva; el Serguei amante se transforma de repente en un hombre inmerso en su trabajo -del que no deja tomar parte a su esposa-, retraído en sus pensamientos, aunque siempre dispuesto a complacer a Mashenka. Es una figura pasiva, toda vez que la mujer descubre que es joven y necesita acción, y su marido es tranquilo, “uniforme, sereno”. Pero lo más grave no es que esto sea así, sino que tiene como consecuencia hacer creer a la muchacha que su esposo la estima por debajo de sus posibilidades:

“¿En qué estará pensando? En alguna tontería que se le antoja importante; si me la dijera, le demostraría que es absurda. Tiene necesidad de pensar que no le comprenderé, tiene que humillarme con altivez y serenidad, y siempre ha de tener razón. Sin embargo, también yo tengo razón cuando me aburro y encuentro que esta vida es vacía; cuando quiero vivir y moverme, en lugar de permanecer tranquila viendo pasar el tiempo. Quiero ir hacia delante y que cada día, cada hora, suceda algo nuevo; Serguei quiere detenerse y detenerme a mí. ¡Con lo fácil que resultaría! Para ello no debe llevarme a la ciudad, sino ser como yo, no doblegarse, ni contenerse, sino, en una palabra, vivir” (Pág. 72)
Como dije, la pareja terminará pasando una temporada en San Petersburgo que significa para Mashenka la oportunidad de superar la influencia moral de su esposo. Es la época de la figura derruida, del Serguei que ya no se muestra a los ojos de la joven como insigne, porque aunque para ella sigue siendo apuesto e inteligente, encuentra que puede manejarse con independencia de sus decisiones y hacer una vida propia. Por ello, precisamente, surge el siguiente perfil, el de la figura indiferente, el de la temporada en que cada quien hace su vida particular sin preocuparse de sobremanera por el otro.

Pero, llegados a esto, María Alexandrovna descubre algo importante: esa vida que puede construir autónomamente adolece de bases morales y de sentido; sorprenderá burlas en su contra, la hipocresía social, y tentada a reconstruir aquello que viene perdiendo en su relación, muestra una última faceta de su amor a Serguei, viendo en él una figura esperanzadora, o tal vez resignada. A fin de cuentas es a donde van a parar la mayoría de los matrimonios: una esperanza de aceptar al otro y persistir en la idea del amor, o lo que es lo mismo, resignarse a que vale más permanecer unidos de este modo que apartarse.

La novela de Serguei Mijailovic

Tolstoi no aporta tantos datos para rastrear la ruta amorosa de Serguei Mijailovic como lo hace con los de Mashenka. Sin embargo, por medio de las reflexiones que hace la muchacha es posible hacerse a una idea de ella. La particularidad de su amor viene a constituirse en una proyección moral más rica que la de la Mashenka y, en esto, las aproximaciones a la vida del escritor vuelven a hacerse fuertes. Todos sabemos de las horas que dedicó Tolstoi a confeccionar obras sobre la educación y la condición espiritual humana.

Digamos, de principio, que Serguei es un hombre preocupado profundamente por la moral; tanto es así, que muy pronto Mashenka advierte que lo que puede atraerlo hacia ella no es, de ningún modo, su belleza física, sino “las cualidades de (su) alma”. Serguei Mijailovic no cree en las “personas externas”, y lo que encuentra en María Alexandrovna es un alma en plena evolución que ha de encaminarse por una ruta poblada de sabiduría y ejemplo. Por este motivo, surge esa figura iniciadora, a la que me referí con anterioridad, y que responde a la iniciativa de Serguei de posicionarse como luminaria moral de la muchacha.

A su modo, Serguei es un filántropo, y lo es porque encuentra que la felicidad estriba en vivir para los otros. Ahora bien, es muy poco lo que se cuenta en la novela sobre hechos concretos en los que Serguei materialice esta afirmación, más bien, será Mashenka –su alumna- la que explore el sentimiento religioso –todo el capítulo IV de la primera parte está dedicado a ello-, mientras que él se ofrece como un hombre de sentencias. Esto no quiere decir que la moral de Serguei sea un discurso, no, más bien, que lo que implica para él la moral es ante todo una cuestión de orden personal casi intraducible a lo material.

Por ejemplo, antes de confesar su amor, Serguei se encuentra bastante afectado por las implicaciones que tendría una relación con Mashenka. Desea huir lejos puesto que percibe lo que siente como inapropiado. Fijémonos cómo plantea este problema moral a la joven:

“–Imagínese un señor… llamémosle ‘A’. Un señor viejo, y caduco, y una señorita ‘B’, joven, feliz, que no conocía a los hombres ni la vida. Por las relaciones existentes entre las dos familias, ‘A’ ha tomado cariño, como a una hija, a la señorita ‘B’, sin figurarse que un día la querría de otra forma.
(…)
–Pero había olvidado que ‘B’ era demasiado joven, que la vida era aún un juego para ella (…), que era fácil quererla de otra forma y que eso le resultaría divertido. Y de repente se dio cuenta de que otro sentimiento, penoso como el arrepentimiento, invadía su alma. Y se asustó. Le dio miedo perder la antigua amistad; por eso decidió marcharse antes de destruirla” (Págs. 47-48)
Así, para Serguei Mijailovic la relación con Mashenka sí comporta un problema moral, inexistente para ella. Es una cuestión que resuelven conjuntamente, pero que seguirá teniendo sus principales consecuencias para él. Primero en Nikolskoie cuando se percate de que es imposible detener a la muchacha en una aldea tan pasiva y, luego, en San Petersburgo, cuando deba aceptar que la muchacha frecuente los círculos sociales, incluso, en ausencia suya, sea adulada y conozca un mundo que él detesta, como dije antes, porque representa otra forma de las “personas externas”.

Esos planteamientos morales – ¿cuál es mi papel, en tanto que esposo, frente a la libertad de Mashenka? ¿qué tipo de juicio puedo emitir sobre los comportamientos que ella tiene en escenarios que a mí me desagradan?- son elementos implícitos a lo largo de La Novela del Matrimonio y solamente hasta el final vendrán a ponerse sobre la mesa, cuando Serguei se los plantee a la muchacha, teniendo como resultado una comunicación que, por primera vez, después de mucho tiempo, permite que ella reconozca lo que su marido siente.

Y es que durante toda la segunda parte de la obra, esa moral que hace que Serguei sonría siempre a pesar de los problemas, de la mala situación económica, etcétera, la que lo invita a complacerla siempre, a no limitarla de ninguna manera, esa moral, digo, constituye para Mashenka una condición exasperante, de un lado, porque no termina de entenderla y, por otro, porque considera que es precisamente esa moral la que afecta la relación que tiene con su esposo.

De algún modo, en esta segunda parte de la novela, María Alexandrovna comparte muchos de los rasgos definitorios de Emma Bovary: ambas están casadas, pero sienten que su condición las somete a una rutina que no desean aceptar; ambas se perderán en las hondonadas de la vida social, sostendrán intrigas y romances –en el caso de Mashenka no tan constantes ni profundos, como los de Madame Bovary-; y, ambas, se muestran distantes de sus hijos, y ensimismadas en proyecciones de otro tipo. Por cierto que, el carácter de los esposos de ambas mujeres no dista tampoco demasiado.

Concluyamos, sin embargo, que este panorama harto problemático de su mujer, no es suficiente para que de su examen moral aparezca un juicio de odio o exclusión. Serguei es un hombre paciente y lúcido; sabe que es más viejo que su mujer y que ella debe vivir por su cuenta “esa época maravillosa, pero absurda” que él ya vivió, y que no puede contarse, porque el contarla es tanto como arrancarle el derecho a ser vivida. Si se reconoce en esta decisión un peligro para su matrimonio, es algo que debe asumirse.
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Empezamos a conmemorar desde ya el primer centenario de la muerte de León Tolstoi. Hemos decidido dedicar este año a recorrer buena parte de los títulos de este escritor; en este sentido, La Novela del Matrimonio es apenas un abrebocas de todo lo que vendrá en los próximos meses.

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