AUTOR: Irène Lézine
TÍTULO: La Primera Infancia: Un Estudio Psicopedagógico sobre las Primeras Etapas del Desarrollo Infantil
EDITORIAL: Gedisa, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1988
PÁGINAS: 224
TRADUCCIÓN: María Angélica Semilla
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez

A pesar de lo difícil que puede resultar el estudio de los comportamientos y estados de desarrollo de los niños recién nacidos, y ello por su excesiva fragilidad y carácter instintivo, actualmente es mucho lo que se sabe sobre esta etapa de la vida, y día a día se siguen sumando nuevas investigaciones tendientes a esclarecer, por ejemplo, las conductas alimentarias de los bebés, las relaciones madre-hijo antes y después del parto, las particularidades de los niños prematuros, o la constitución del pre-lenguaje; temas, todos ellos, de relevante interés no sólo para psicólogos y educadores, sino también para los padres de familia.

En esa línea de investigación se inscribió buena parte de los trabajos que, desde mediados del siglo XX, Irène Lézine realizó junto a un amplio grupo de especialistas en guarderías y hospitales de Francia. Los resultados alcanzados constituyen una copiosa bibliografía que, tal vez por falta de traducciones, no ha llegado en su totalidad a nuestros países, aun cuando sí se conoce en ellos los libros de Wallon y Piaget, bastante inspiradores para los análisis de Lézine. Como sea, este libro La Primera Infancia –compilación de textos a cargo de D.C. Dubon- es una buena muestra de la rigurosidad y constancia de la escuela psico-pedagógica que ella encabezó.

Prevalecen –como nos declara- en todos los estudios que presenta el libro, los mismos objetivos: 1. Comprender de manera más acertada las necesidades de lactantes y niños pequeños en los núcleos familiares y guarderías; 2. Educar a padres y responsables de las colectividades educadoras y; 3. Señalar las condiciones de vida favorables y nocivas que experimenta el bebé en su vida en sociedad. A estos objetivos se suman, como es lógico, preocupaciones particulares que tienen que ver con el embarazo, la calidad del alumbramiento, la condición de los prematuros, el desarrollo psico-motriz, etcétera.

La importancia de los aportes de Lézine debe medirse dentro de una tradición de investigaciones que, en Francia, sólo hasta 1942 con los estudios del profesor Henri Wallon, empezaba a encontrar un verdadero rumbo científico. Después de él, los trabajos de Arnold Gesell y J. de Ajuriaguerra continuaron un camino que paulatinamente vino enriqueciéndose con aportes tan variados como los del psicoanálisis, la neurología o la etología, hasta organizar un rico panorama en el que los nombres ya son incontables (Brunet, Aubry-Roudinesco, Rapoport, Stambak, o Zazzo).

El contenido de La Primera Infancia es lo suficientemente amplio y variado como para convertir la idea de resumirlos en algo inútil. Quisiera, de esta forma, intentar acercarme a la obra desde una perspectiva diferente; he encontrado que en los nueve textos que integran el libro (escalas de desarrollo, prematuridad, lenguaje, alimentación, vida en guarderías, entre otros) hay tres grandes marcos de orientación: 1. La evolución y desarrollo psico-motriz de los niños, 2. El papel de las familias y los centros educativos y, 3. La relación entre el desarrollo, la sociedad y el lenguaje. Así, pues, lo que quisiera hacer es examinar el libro a la luz de estos tres aspectos.

Evolución y desarrollo psico-motriz durante la primera infancia

Se entiende por primera infancia la etapa del desarrollo humano en que se es especialmente vulnerable a las condiciones del medio y, por lo mismo, dependiente de las acciones que en busca de nuestro bienestar puedan hacer las demás personas. En modo amplio, se considera que comprende el período que va desde el parto hasta aproximadamente los dos años. Sin embargo, es mucho lo que se ha insistido, de manera particular en los últimos tiempos, sobre la importancia de la vida de la madre durante el embarazo, de suerte que en ocasiones la etapa preparatoria para el parto pueda contarse, o al menos, incidir en lo que conocemos como primera infancia.

Lógicamente, como los otros estadios del desarrollo de los niños, la primera infancia ha sido considerada como un ámbito definitivo para la configuración de muchas de las potencialidades que serán después utilizadas para la realización de distintas tareas. Pensemos, por citar algunos casos, que es allí, durante los primeros meses de vida, en donde nos encontramos por primera vez con categorías como el tiempo –alimentos, rutinas- o el espacio –amplio, detallado-, con todas las implicaciones que éstas tienen para ejercicios de coordinación, manipulación de objetos o atención de indicaciones.

Los trabajos de Lézine y sus colegas (entre los años cincuentas y ochentas) tienen como base los cuadros de evolución diseñados por Piaget y Wallon. En Piaget, la primera infancia se ubicaría dentro de lo que él denominó período sensorio-motriz (del nacimiento a los 18-24 meses), estando caracterizada por unas adaptaciones elementales y por las actividades que ponen en juego esas adaptaciones –reacciones circulares primarias, secundarias y terciarias-. En Wallon, comprendería un estadio neo-natal o de impulsividad motriz y un estadio sensorio-motor, similar al de Piaget, que tiene como principales características ser muy emocional, imitativo y, poco después, alcanzar ciertos niveles de conciencia sobre el entorno.

En términos generales, lo que hizo Lézine y compañía fue utilizar estas escalas evolutivas a estudios particulares de recién nacidos y bebés de guarderías y laboratorios. Los trabajos fueron muchos y variados, pero siempre contaron, por un lado, con una gran tasa de muestra, superior a veces a los 300 niños y, por otro, con un seguimiento extenso, incluso, de hasta tres años. Esto, sin duda, da a sus resultados un alto grado de credibilidad, máxime cuando los métodos comprendieron técnicas de medición electrónicas –por ejemplo, para medir la succión del seno de recién nacidos-, films, entrevistas, observaciones y demás.

No debe pensarse que los resultados únicamente son expresados por Lézine a través de porcentajes; es cierto que en sus investigaciones hay un espacio muy amplio de estudios cuantitativos, pero éstos siempre son significados teniendo en cuenta la experiencia de los padres, las condiciones del medio y, por supuesto, las particularidades del desarrollo mismo de los bebés. Ahora bien, si alguna parte de nosotros conoce a Lézine es por la consolidación de varios tests de desarrollo –particularmente el diseñado junto a Brunet- que todavía hoy siguen siendo utilizados por psicólogos y pediatras. En ellos, se miden cuatro aspectos básicos: 1. el desarrollo postural y la motricidad de conjunto, 2. el comportamiento con los objetos y la coordinación óculo-motriz, 3. el lenguaje y 4. las reacciones sociales en las situaciones de comida, aseo y juegos.

Desde 1916 y gracias a Simon, los baby tests han venido ganando importancia en el mundo de la medicina y la psicología pero, tal vez por razones de mala interpretación, han degenerado muchas veces en herramientas de control excesivo y hasta de patologización excluyente. Personalmente soy bastante incrédulo frente a ellos, aunque sería tonto no reconocer que bien utilizados pueden ser dispositivos útiles para orientar de una mejor manera tanto labores educativas como procesos de cognición. Por tal motivo, la misma Lézine declara:

“La observación y el análisis del comportamiento de los niños pequeños parte, habitualmente, del estudio de las reacciones motrices y posturales, ya que éstas son más evidentes desde los primeros días de vida y destacan ampliamente por sobre las otras actividades hasta la edad de adquisición de la marcha, luego de la cual siguen siendo esenciales. Aproximadamente hasta la edad de 4 meses, las reacciones del niño son lábiles, difusas y mal coordinadas, y las apreciaciones de sus comportamientos son muy difíciles, y exigen un gran conocimiento de la neurología del recién nacido y el lactante. Pero a medida que el niño crece, sus comportamientos se distinguen más claramente, las comparaciones entre los niños se hacen más fáciles y sus reacciones pueden ser analizadas con mayor precisión. Así es posible clasificar, por orden de aparición, los comportamientos de niños observados en condiciones rigurosamente comparables, y apreciar los que son más típicos de una edad determinada” (Pág. 35)
Observemos; Lézine advierte que, hasta los 4 meses de vida, las reacciones de los bebés ante los estímulos de las pruebas son difusas, por ello, no podría pensarse en la posibilidad de juicios sobre “retrasos” o patologías a esta edad pues sería demasiado apresurado, más bien se trata de continuar con un seguimiento longitudinal del desarrollo. Tiempo después, cuando los comportamientos del niño puedan contrastarse en condiciones rigurosamente comprables sí podría pensarse que este o aquel niño no hace todavía cosas de su edad. Pero aún aquí se debe ser bastante cuidadoso, porque más allá de que la mayoría de niños compartan ciertos “estándares” evolutivos, no tendría porque ser así en todos los casos; no hay que olvidarse de aspectos como las condiciones sociales en las que se vive, la interacción con sus padres, sus prioridades cognitivas, el sexo (los niños son más frágiles que las niñas durante su primera año de vida), etcétera.

El caso de los bebés prematuros ofrece un interesante ejemplo para comprender hasta qué punto son válidas las pruebas de un baby test y hasta qué punto pueden ser castrantes para el niño y su familia. Científicamente se ha comprobado que los bebés nacidos normalmente triplican su peso de nacimiento en un año y su talla aumenta unos 25 centímetros; en cambio, el bebé prematuro (nacido en menos de 37 semanas y/o con peso inferior a 2500 grs.) multiplica su peso inicial de 5 a 7 veces en el mismo período y su talla un tanto más, de modo que al llegar a los 4-7 años es casi imposible distinguir al prematuro del nacido a término. Es obvio que el bebé prematuro tiene que vérselas con cientos de problemas que desconoce su compañero nacido “normalmente”, pero una prueba de desarrollo podría inquietar vanamente a la familia del mismo si se insiste en compararlo con el otro; es tanto como afirmar, como lo hizo Piaget, que no importa la edad que tiene un niño al llegar a cierto grado evolutivo, a fin de cuentas todos cruzan las mismas etapas y serán capaces, en el futuro, de realizar los mismos procesos cognitivos:

“El orden de sucesión de los comportamientos es el mismo para todos los individuos, y sólo difiere el ritmo con que se suceden. La edad del desarrollo se expresa pues por el nivel de comportamientos que traduce un cierto grado de maduración nerviosa. La edad de desarrollo es, finalmente, una noción que abarca aspectos extremadamente variados y complejos del desarrollo psico-motriz, al ser los cuatro dominios explorados, la postura, el lenguaje, la coordinación óculo-motriz y la sociabilidad. O sea, que no se trata en absoluto de estimar solamente mecanismos intelectuales” (Pág. 42)
Para que nos entendamos, como no es posible hacer un test de inteligencia –en sentido estricto- a un bebé recién nacido, por la simple carencia de lenguaje, sólo es posible seguir la pista de su desarrollo a través de aspectos como: el tipo de gritos emitidos, los problemas respiratorios que pueda presentar, la movilidad o la fijeza de su mirada, la clase de postura que tiene, entre otros; tiempo después, este mismo análisis podrá hacerse teniendo en cuenta la aparición de su primer diente, la utilización de objetos, la coordinación visual-motriz, o la edad de sentado, gateo y caminata.

El papel de la familia y las colectividades educadoras

Puede pensarse que durante la primera infancia no es posible hablar de educación, si tenemos en nuestra cabeza que ésta involucra simplemente procesos formales. No en vano se considera muchas veces que las guarderías o jardines son centros de cuidado, pero no de enseñanza. Irène Lézine mantiene una posición que está en las antípodas de la anterior afirmación y, con ello, otorga a la familia y las guarderías un papel preponderante con relación al desarrollo cognitivo y educativo del bebé. En este sentido, algunos de los estudios que contiene La Primera Infancia resitúan el papel de los psicólogos y las puericultoras, así como también señalan algunas de las manifestaciones de “torpeza” en que recaen los padres al interactuar con sus hijos.

Como dije más arriba, se ha insistido mucho en la idea de que el tipo de relación que la madre mantiene con su hijo durante el embarazo incide en muchos de los procesos que vienen después del parto. Que se trate de un bebé deseado o no, de que la mujer mantenga unas normas de higiene y cuidado elementales, de que el padre la haya acompañado constantemente en este período, dependerá, por ejemplo, la facilidad y conciencia de la madre en el acto de parir, o su nivel de proximidad al bebé durante la lactancia. Lézine trabajó mucho en esta vía, ya que fue una de las abanderadas del parto profiláctico –sin dolor-, pues tenía el convencimiento de que de una experiencia lo más “placentera” posible del alumbramiento vendría a desprenderse, posteriormente, una mejor relación madre-hijo.

Es notorio que no existe un recetario para ser madre, pero no puede obviarse que casi siempre resulta mucho más difícil serlo para una primípara: no tiene la experiencia sobre el control de las comidas, tiene miedo de bañar al bebé, lo revisa constantemente, o hasta puede caer en la antipatía. Sobre esto, nuevamente la prematuridad nos muestra un buen ejemplo: una vez el bebé prematuro ha dejado la incubadora y los tratamientos especiales (que pueden variar de algunos días a varios meses), la madre recibe a un ser que le parece muy pequeño (a veces todavía parecido a un feto) y delicado, de esta forma, inconcientemente puede empezar una carrera de “revitalización” de la criatura, alimentándolo en exceso, sin darse cuenta de que puede generarle a su hijo desórdenes orgánicos e, incluso, forjarle frustraciones.

Por otra parte, la madre no es el único actor determinante durante la primera infancia. El padre también juega un papel protagónico durante y después del embarazo, no sólo porque tradicionalmente se le atribuye a él el sostenimiento de ciertas condiciones ambientales y económicas, sino porque la madre debe sentir que se la sigue estimando como mujer. Ahora bien, dadas las condiciones que implica la lactancia, el padre parece tener poco contacto directo con su hijo durante sus primeros días de vida; esto es normal, pero no debe permitir que la situación se reproduzca luego sin más ni más, pues de una rica interacción con su hijo, ofreciéndoles estímulos variados y constantes, depende también el desarrollo del infante. Lézine nos dice:

“Es digno de mencionar el hecho de que en esos primeros días el padre vive la relación con el niño a través de la madre, participando más o menos profundamente en lo que ella siente; él mismo tiene muy poco contacto con el bebé, ya sea porque no se atreve, ya porque la madre no se lo permite de manera implícita; de todas maneras, algunos padres se muestran inmediatamente participantes e incluso muy competentes, pero aún así la semana en la maternidad fija sin ninguna duda más intensamente las relaciones del niño con su madre que con su padre. Durante esos pocos días la madre se familiariza con el hijo, lo coge y lo toca con mayor seguridad y se convierte ya en la intérprete de sus necesidades” (Pág. 134)
Algunos estudios de la misma Lézine buscaron reflexionar en torno a lo que se conoce habitualmente como instinto maternal. De ellos, puede deducirse que en la mayoría de los casos no se trata de un producto inmediato, sino de una construcción que empieza a sentirse de modo especial después del tercer o cuarto día del nacimiento, cuando la sorpresa, el miedo y hasta el dolor producidos por el parto han mermado. En esto hay que señalar también los problemas que sufre la madre del niño prematuro, toda vez que debe esperar el primer contacto con su hijo, tan definitivo, hasta por semanas enteras, y luego encontrarse con un bebé, como dijimos, que muchas veces la desconcierta.

La situación socio-económica lleva a muchos padres a inscribir a sus hijos en guarderías. Por tal razón, Irène Lézine considera que, aun cuando es irremplazable, los jardines deben procurar a los niños más pequeños sentirse como en casa, en un ambiente que no los desoriente y que sea muy similar al calor y afecto que pueden experimentar en sus hogares. La historia de las guarderías en Francia –según nos cuenta- se remonta a 1774, cuando fueron creadas las primeras instituciones, y desde entonces han venido ganando fuerza, especialmente en los suburbios y zonas marginales.

La principal inquietud de la autora respecto de estos lugares es la idoneidad de los profesionales que trabajan en ellos, desde las cocineras hasta las puericultoras y psicólogos. Ella misma trabajó durante años en el proyecto nacional que hizo notar la necesidad de incluir en la nómina de las guarderías a psicólogos, y también abogó por la profesionalización de las puericultoras. Grosso modo, los estudios que contiene el libro respecto de la vida en guarderías están enfocados en aplicar todo aquello que se mencionó en el primer punto: la libertad de desarrollo, la no patologización y el fortalecimiento de los estímulos e interacciones.

En otras palabras, no hacer de la comida una rutina odiada por los niños, sino convertirla en la oportunidad de juzgar su autonomía, control de movimientos, etcétera, respetando sus ritmos, posturas y tiempos. Hacer del aseo una oportunidad de descubrimiento de su cuerpo y el de los otros, de jugar con ellos mismos, y sentir la armonía en todas sus acciones. Hacer, pues, de cada acto que relaciona al enseñante o especialista con el niño, no un acto prefabricado y vertical, sino una zona de encuentro rica en información y estímulos (sin sobrepasarse exigiéndole al niño cosas que no puede hacer, pero sin reproducir porque sí las actividades que ya conoce).

Desarrollo psico-motriz, sociedad y lenguaje

Qué puede diferenciar a un niño cuyos padres tienen holgura económica, de otros cuya billetera es bastante apretada; está claro que dentro de la respuesta a esta pregunta debe incluirse lo siguiente: la clase de estímulos y condiciones en los que toma forma su desarrollo. En efecto, desde muy temprana edad, los bebés empiezan a interiorizar la calidad de su medio: el tipo de juguetes, la atención de sus padres, el espacio en el se que duerme, el modo en el que se le habla, cómo se lo viste, y con qué recursos se lo atiende. Por supuesto, no se trata de que el padre millonario sea mejor que el padre pobre o que, de por sí, lo que pueda ofrecerle a su hijo le asegure un desarrollo óptimo.

Por el contrario, son muy frecuentes los casos en los que el bienestar económico entorpece las relaciones paterno-maternales; padres que compran de todo a sus hijos sin saber que sentido puede aportarles, o padres que atiborran a sus hijos de comidas sin mayor conocimiento nutricional. Pero, más allá de esto, sí está claro que las condiciones espaciales –una casa amplia o pequeña, una zona de juegos libre o peligrosa, una zona luminosa o llena de penumbras- predisponen ciertos modos de relación del niño con el medio, y que en la medida en que estos espacios posibilitan libertad y riqueza estimulatoria resultan más útiles a los niños.

Se han hecho a propósito del espacio algunas investigaciones que contrastan, por un lado, ámbitos de distintos estratos económicos y, por otro, escenarios geográficos y sociales de mayor envergadura. Bize, por ejemplo, analizó el modo en que las riquezas naturales de un país tenían repercusiones para la vida del niño pequeño; y del mismo modo se han encaminado otros estudios, desarrollados principalmente por sociólogos, sobre cómo los niños interactúan de acuerdo a las particularidades de su sociedad: sobrepoblación, vida de campo, peligros estructurales y hasta clima.

Pero hay otro factor importante que encuentra su foco de expresión en el lenguaje. Lézine dedica un capítulo entero a este problema, dibujando de forma general el itinerario que va desde los primeros gestos de los bebés hasta la producción semiótica. Y es que, aunque no sea factible hablar de inteligencia en el ser humano durante sus primeros días, sería erróneo afirmar que porque esto es así, no tienen lugar durante este período algunas producciones lingüísticas. Se conoce en las ciencias de la cognición a esta etapa del desarrollo como pre-lenguaje, y esto por una única razón: porque no se ha hecho abstracción del lenguaje, es decir, no puede utilizárselo sin que medie la presencia del objeto o el estímulo.

De cualquier forma, este pre-lenguaje es rico en expresiones: gestos, movimientos, balbuceos, sonidos, etcétera, enriquecen los modos que tiene a mano el bebé para señalar qué le causa placer y qué le provoca dolor. Como bien lo dice Lézine, “el niño comprende los gestos antes de comprender las palabras y, de hecho, atribuye a sus gestos un valor expresivo y emocional, mucho antes de emplear palabras”. Esto es, el atribuir un valor expresivo y emocional a sus gestos o movimientos es tanto como nutrirlos de la intencionalidad de mensaje que, más tarde, caracterizará al lenguaje propiamente dicho.

Es así que debe comprenderse una cosa; las primeras semanas del niño representan para él la evidencia de un mundo sonoro y visual del que el otro –padre, puericultora- es un actor privilegiado. En la medida en que este actor sea conciente de su tarea y sepa explotarla al máximo podrá generar al niño una interacción amplia y matizada. A mi parecer, aquí es donde puede entenderse mejor aquello de la riqueza estimulatoria según las posibilidades socio-económicas, a la que antes me refería: qué educación tienen los padres y cómo afectará ésta los procesos de adquisición del lenguaje que adelanta su hijo, qué tipo de sonidos e imágenes que generan los padres afectan más la vida infantil, y cosas por el estilo:

“…es en el otro donde el niño busca la confirmación de lo que cree comprender, es en su cuerpo donde ve la satisfacción del cumplimiento del diálogo. El cuerpo del niño está siempre presente en alguna parte, por relación con su interlocutor situado igualmente en alguna parte. Las palabras del otro son suyas desde el momento en el que el otro las pronuncia. La expresión mimo-gestual del otro es ya un lenguaje, y la actitud del cuerpo del niño es ya recepción” (Págs. 101-102)
Luego de unos primeros meses en los que el bebé tendrá como principal punto de referencia el lenguaje de los gestos y los movimientos, sobrevendrá el período de las primeras vocalizaciones, todavía carentes de significado –abstracto-; y las etapas locutiva –utilización de palabras en momentos oportunos- y delocutiva –dominio de diferentes elementos de la frase-. Todos los seres humanos transitamos el mismo camino: de un pre-lenguaje exclamativo, altamente emocional, a vocalizaciones que expresan deseos o comprobaciones (el famoso guauguau), a las palabras-frase de primer nivel (oto nene, oto guauguau) y, mucho después, el dominio del lenguaje ajeno a las referencias directas.
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La Primera Infancia es una obra que tiene la facilidad de despertar el interés por aquello que somos a lo largo de una etapa que ya no podemos recordar por nosotros mismos, pero que sin duda vivimos, y su constatación no se encuentra en otra parte que en el hecho de estar aquí ahora mismo.

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