AUTOR: Antanas Mockus, Alberto Saldarriaga Roa, Nicolás Buenaventura, Javier Darío Restrepo, et al
TÍTULO: Revista Pie de Página No. 0
EDITORIAL: Universidad Distrital F.J.D.C. (Primera edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 144
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez

Lo que podría hacer equiparables los ciudadanos de Madrid, Tokio y Bogotá es aquella configuración que, en cualquiera de estos tres lugares, siempre realizamos sobre los usos, espacios y problemas de la ciudad. Algunos con mayor sentido crítico que otros, tanto madrileños como bogotanos formulan preguntas sobre su vida ciudadana, su participación en el terreno de lo público, el diseño de la estructura urbana, etcétera, y de esta capacidad para preguntarse por su ejercicio ciudadano devienen necesariamente consideraciones de orden político y social.

La invitación que nos llega de la revista Pie de Página es, justamente, pensar nuestra ciudad, desprendernos por un instante del automatismo característico de las acciones que en ella realizamos, para interpretarla a través de nuevos dispositivos: la narración, el ritual o la metáfora. Una invitación que, además, tiene el cariz de necesidad, toda vez que un porcentaje muy alto de nuestra existencia transcurre en escenarios plenamente ciudadanos: la calle, el autobús, los parques, las entidades prestadoras de servicios, entre otros.

Es así que la revista –que no tiene nada que ver con la publicación homónima literaria- recoge en su primer número –0-, las memorias del seminario Ciudad, Comunicación y Convivencia Democrática, adelantado en Bogotá por la Universidad Distrital y la Fundación Nuestra América Mestiza en 1997. Son más de una docena de artículos escritos por profesionales de distintos campos del conocimiento: política, periodismo, semiología, educación y hasta literatura; como conjunto, estos trabajos habilitan una base importante para la discusión, pero no cabe duda de que su pertinencia y profundidad varía de acuerdo a casos particulares.

Un segundo número de Pie de Página fue publicado algún tiempo después bajo el título Gobernabilidad, Comunicación y Conflicto Social; después de ello, no sé si fueron editados más volúmenes, y tampoco conozco con certeza el estado actual de la ONG Nuestra América Mestiza, fundada en 1984 y dirigida para esta época por el profesor Borys Bustamante. Lo cierto es que este número reviste un interés especial, no sólo por la variedad de puntos desde donde se reflexiona el problema de la ciudad, sino también por el creciente impacto que tienen los procesos de comunicación y globalización en la constitución del hombre como ciudadano.

Abordar el contenido de la revista siguiendo el esquema que ella nos ofrece resulta inviable para una síntesis como la que pretendo elaborar; por esta razón, he ubicado tres puntos de referencia que atraviesan la mayoría de los artículos: 1. El estudio general de la ciudad, 2. El panorama de contrastes definitorio de la ciudad latinoamericana y, 3. El papel de los medios de comunicación y la escuela en la formación ciudadana. Lo que intentaré, así, es organizar el amplio horizonte de los artículos desde estos tres elementos y, al final, como aporte crítico al contenido, esbozar algunas opiniones propias.

1. ¿Qué significa pensar la ciudad?

Pensar la ciudad significa, en primer lugar, ampliar la definición que la entiende únicamente como sitio en el que concurren personas y situaciones. La ciudad puede concebirse también desde sus usos y sentidos; así nos lo muestra el artículo de Antanas Mockus –exalcalde de Bogotá-, quien señala que cada contexto de organización de la coexistencia ciudadana (transporte, comercio, trabajo) establece un código sociocultural que viene a ser el fundamento con que cuenta el ciudadano para reconocer los comportamientos, usos y límites que son posibles en ese mismo contexto.

Un código sociocultural, en su opinión, es la mixtura de las normas jurídicas, la cultura democrática y la moral individual. En efecto, aquello que hace que un ciudadano se comporte de una forma determinada y, por extensión, use y de un sentido particular a cierto ámbito de la ciudad, tiene que ver con unas leyes que lo rigen, pero además con una cultura que ha interiorizado –hábitos, creencias, reacciones-, y una moral personal que puede o no impelerlo a actuar conforme a las disposiciones de naturaleza cultural y jurídica.

Las maneras en que se conjugan estos tres elementos cambian de ciudad a ciudad: en Hamburgo el peatón es más responsable que en La Paz, no atraviesa la calle en pleno tráfico y acata las señalizaciones; el ciudadano de Estocolmo ha aprehendido mucho mejor cuestiones que corresponden al respeto mutuo que el ciudadano medio bogotano y, por ello, no se adelanta en las filas y aguarda su turno. Esto quiere decir, por un lado, que no hay una forma exclusiva de ser ciudadano y, por otro, que incluso en una misma sociedad pueden observarse “estilos” de ciudadanía diferentes y hasta encontrados; se tratará siempre del modo peculiar en que se cristalice la relación ley-cultura-moral.

De esta primera reflexión también se desprende que, al no ser solamente un espacio físico, la ciudad se vincula a lo que Marc Augé denominó no-lugar. Juan Carlos Pérgolis estudia esta doble cualidad de la ciudad, el ser lugar –más o menos estable- y no-lugar, o sea acontecimiento. Lo que se entiende por acontecimiento es la suma de lo que se hace en cualquier lugar; por ejemplo, en un estadio pueden llevarse a cabo eventos deportivos, pero también conciertos, conmemoraciones, trifulcas y demás. La relación entre ambos componentes alcanza los límites de una forzosa implicación:

“Por lo general, lo no-dicho, está insinuado, a la vez que lo dicho no alcanza a abarcar lo que en realidad se quiere decir; el no-lugar en la ciudad no existiría sin el lugar, ni éste tendría sentido sin el acontecimiento: la calle y los recorridos, el parque y la permanencia, el estadio y los eventos, o a su inversa, los recorridos son la calle, las permanencias son el parque y los eventos son el estadio” (Pág. 66)
Por otra parte, que la ciudad pueda ser interpretada como todo aquello que circula y acontece hace que el estatismo que la caracteriza como sitio se transforme en una compleja cadena de intercambios, sentidos e imaginarios que, en su vida cotidiana, el ciudadano experimenta. No en vano, al repasar las metáforas con que se suele referir a la ciudad, encontramos una clara recurrencia de todo lo que implique movilidad: arteria, flujo, circulación, taponamiento. Estas figuras, cuya historia nos ayuda a reconstruir el semiólogo Rodrigo Argüello, tienen una historia que se remonta varios siglos atrás, y han permitido la consecución de un lenguaje con el que se opera sobre lo que no puede detenerse, puesto que simplemente ocurre.

Es lógico que también existan metáforas mucho más soterradas: la ciudad como caos o laberinto, como una gran máquina de sometimiento y vigilancia; sin embargo, estas figuras son utilizadas casi de forma exclusiva por el arte y la resistencia; en muy contadas ocasiones son usadas por los medios y funcionarios públicos. Éstos, al querer referirse a fenómenos de la rutina urbana, prefieren hablar de redes, sistemas o contraflujos. Y es que, a pesar de todo lo que sabemos que se esconde allí, la ciudad contemporánea tiende a entenderse como una vasta red de sentidos y contrastes: sentidos condicionados fuertemente por la comunicación que insta al ciudadano a modos concretos de apropiación, y contrastes entre los discursos y los hechos, tensión de especial vigencia para las sociedades pobres.

2. Contraste y tensión en la ciudad latinoamericana

Como bien lo recuerda Borys Bustamante, la fundación de las ciudades latinoamericanas declara el final de las culturas autóctonas y el surgimiento de grandes núcleos urbanos organizados para la conquista y la colonia. Un examen que pretenda mostrar las particularidades de la ciudad y el ciudadano de nuestros países requiere, por tal motivo, tener presente que desde entonces ha existido una fuerte tensión entre lo tradicional y lo moderno, lo mítico y lo racional, y lo violento y lo crítico. Muchos de los trabajos que hacen parte de este número de Pie de Página analizan este problema y coinciden en que su aceptación es el punto de partida para construir mejores sociedades.

Alberto Saldarriaga Roa observa que, en comparación con otras ciudades del mundo, las nuestras constituyen un caso sui géneris: extensas y pobladas, no por ello son modernas, al contrario, en el imaginario social de sus habitantes y la estructura de sus espacios, perviven toda clase de referencias de la vida campesina, la violencia rural, la pobreza y el analfabetismo tecnológico. Sucede así que, aun cuando un promedio alto de bogotanos utiliza herramientas informáticas y científicas, ignora tanto la racionalidad que ha permitido la creación de aquellas herramientas como las condiciones bajo las que se le impone su utilización.

“La modernización –dice el maestro Saldarriaga Roa- se impuso desde arriba ya que el discurso del progreso convocó a las élites económicas y políticas que exportaron ‘los productos finales’ y las formas modernas de Estado y mercado, ‘sin darle tiempo al pueblo de planteárselo, mucho menos de vivirlo o experimentarlo’”. Es decir, para países carentes de una revolución industrial plena, la modernización ha tenido siempre el aspecto de continua exportación: tecnologías que vienen de Europa o Norteamérica, modas que se aceptan incondicionalmente y que en apariencia recubren la atmósfera de las ciudades, poniéndolas a tono con las de otros continentes, pero guardando en el fondo un profundo vacío.

El desconocimiento de las verdaderas condiciones de una ciudad como Bogotá han convertido, asimismo, las inversiones de calidad de su gobierno en cuestiones huecas y fraccionadas. Se han conformado esas “islas de perfección parcial –de las que habla en su ensayo Manuel Espinel Vallejo- en medio de áreas de conflicto y zonas de nadie”. Un turista que llega a esta ciudad piensa que el Centro Internacional es un lugar muy próximo a los modelos urbanos europeos, pero tal vez desconoce que un par de cuadras al oriente se alza el barrio La Perseverancia, olvidado y pobre, y que más hacia el sur hay una zona de arquitectura colonial limitando con el Palacio de Justicia, diario testigo de la drogadicción, el caos y el robo.

Una ciudad que en apenas un siglo pasó de tener cien mil habitantes a más de siete millones, evidentemente enfrenta una mutación cultural: la construcción de centros comerciales, autopistas y redes de servicios públicos, debe vérselas con permanentes olas de desplazamiento –campesinos, indígenas, extranjeros-, la construcción de barrios de invasión, el asentamiento de trasnacionales, la economía informal, la falta de educación cívica y democrática de los sectores populares, la corrupción administrativa, la influencia de los medios, y ese conjunto de cosmovisiones míticas y agüerísticas que se manifiestan en los modos en que los ciudadanos significan el lugar en el que viven. De manera general:

“…lo que se ha estado presentando en Bogotá es una gran tensión entre el proceso de fragmentación, segmentación y segregación espacial y de sentido de sus habitantes y el proceso de homogenización generado por el mercado de bienes de consumo materiales (incluyendo patrones de urbanización) y culturales, presionados por sectores de la clase económicamente hegemónica y de la respectiva administración distrital” (Págs. 89-90)
Un proceso heterogéneo de sentirse y actuar como ciudadanos, mecanismos de autorregulación y participación tan dispares en un campesino, un universitario o un obrero, todos ellos bogotanos y, por otro lado, un proceso de homogenización de todos los habitantes en una misma cultura ciudadana, unas reglas mínimas que ubican un sentido y patrimonio comunes, y una apropiación participativa de lo público. Saldarriaga Roa y Germán Rey coinciden en que primero la prensa, luego la radio y la televisión, han sido los mediadores en el ingreso de la sociedad colombiana a la modernidad. El caso es prototípico de América Latina porque en todos estos países la llegada de los medios masivos trastrocó las tradicionales formas de construcción de la cultura.

Si antes la plaza, el parque o el trabajo eran los escenarios privilegiados para articular el discurso cultural, el discurso ciudadano, desde hace algunas décadas esto ha cambiado notoriamente. Las formas de ser en la sociedad vienen ahora de la mano de la televisión, de los ídolos que se impone al ciudadano acrítico, del periodismo que subrepticiamente orienta opiniones mal llamadas “públicas”, del consumismo que hace apología del bienestar, y de la tecnología que cada quien asume como mejor puede, con tal de no percibirse relegado.

3. El papel de la escuela y la comunicación en la formación ciudadana

Si, efectivamente, uno de los rasgos distintivos de una sociedad moderna es el nivel de extensión de los medios tecno-comunicativos entre sus habitantes, la formada por nuestros pueblos habría de estar en un buen lugar. Pero afirmar esto es desacertado porque en Latinoamérica la aseveración tiene un pie de quiebre: aun cuando, como cualquier japonés o alemán, tenemos acceso a televisión, celular, internet y demás, nuestra mentalidad no es del todo moderna. No tendría que serlo, por supuesto, pues detrás de ello lo que pulula es un pensamiento hegemónico, pero de cualquier forma nosotros hemos bebido tanto en las fuentes de Occidente que, así sea en términos de realidad objetiva, esta disquisición ha de realizarse.

Somos modernos, como se hizo ver más arriba, en un plano extensivo pero no intensivo, esto es, somos modernos porque los dispositivos tecnológicos y científicos que usamos en nuestra vida normal tienen la factura de esta racionalidad y, al mismo tiempo, no lo somos porque esa racionalidad, primero, no nos es propia en tanto productores y, segundo, más que compradores críticos hemos sido simples receptores. Y las implicaciones reales de este hecho habrían de rastrearse en nuestra propia constitución como ciudadanos: hasta qué punto cada uno de nosotros ha sido protagonista de su contexto, autómata o incrédulo.

Por ejemplo, Nicolás Buenaventura subraya que la educación colombiana ha seguido un esquema lineal de tipo hogar-escuela-sociedad. Se supone que el primer espacio educativo de un hombre es su hogar, luego la escuela en donde se forma –entre otros- para su vida ciudadana y, por último, la sociedad que es el campo de acciones políticas del individuo. Un esquema así, sin embargo, desconoce el complejo marco de relaciones que desde niño establece el hombre con su medio y los otros y, además, sitúa la ciudadanía como producto definible en fechas –18 años-, obviando todo ejercicio por fuera de ese rango, o haciéndolo ver como algo exótico y preparativo.

Muchos de los trabajos de la revista resitúan el papel formativo de ciudadanos de la escuela, e insisten una vez más en que no debe ubicarse la vida política en el futuro de las personas, sino en su presente inmediato. Para ellos –posición a la que me sumo- los niños son ciudadanos desde siempre porque: 1. su vida transcurre en espacios en donde se debate el problema de lo público, 2. atribuyen y se les atribuye subjetividades de tenor político –libertad, responsabilidad, igualdad-, 3. son individuos con derechos y deberes y, 4. en su cotidianeidad entran en dinámicas con los medios de comunicación que definen el estado de los lugares en que viven.

Este último punto es importante dado que la escuela –cosa que también se obvia con frecuencia- no es el único ámbito de formación ciudadana, quizá, incluso, ya no sea ni siquiera el de mayor cobertura; los medios de comunicación, actualmente, son los verdaderos centros de constitución de identidades, de ahí que sobre ellos recaiga una gran responsabilidad pública. Un ensayo bastante acertado de Javier Darío Restrepo, apoyado en la tensión privado-público, analiza esta exigencia que se hace a los medios y, concretamente, a los periodistas. Restrepo considera cuatro funciones inobjetables del periodismo: 1. erigirse como alternativa a la violencia, 2. convertirse en espacio de discusión sobre asuntos de la ciudad, 3. actuar como fiscal y denunciante de conductas y entidades que afecten el bien común y, 4. rescatar el valor y aprecio por la diferencia.

No hace falta ser un analista del discurso ni un especialista en estrategias mediáticas para darse cuenta de que la mayoría de veces estos objetivos son recursos de orden demagógico, y que sobre ellos prevalece el interés del mercado privado y las políticas particulares. Es usual que se presenten:

“…casos de generalización de opiniones emitidas por miembros de la sociedad que, por la autoridad del medio ganada en la labor periodística, los lectores asumen como verdadera. En algunos casos, indicios que llevan a las autoridades a emprender investigaciones para verificar y condenar si es necesario, dado el discurso de los medios, los lectores deducen ya la culpabilidad del sindicado” (Págs. 118-119)
Una práctica periodística de este tipo hace del ciudadano otra construcción de los medios: no ayuda a formarlo críticamente, lo permea con sus juicios; no facilita espacios de disenso y concertación, busca la voz única del especialista; promueve fórmulas erradas de cultura ciudadana –como llamar a movilizaciones que la razón del ciudadano no entiende-; alimenta posiciones frente a hechos determinados –políticas de otros países o decisiones internas del gobierno- y; entretiene antes que exige la activa toma de conciencia, contribuyendo silenciosa pero contundentemente al anonimato y la obediencia de lo impuesto.

4. Algunos apuntes críticos

Quisiera referirme a puntos específicos: 1. Antanas Mockus piensa que la moral individual del ciudadano debe ordenarle obedecer las legislaciones de su gobierno, y aunque esto es posible –así funcionó en Grecia-, hay que relativizar este dictamen en términos de legitimidad. Nada me llevaría a contravenir una ley justa y en cuyo diseño yo mismo he participado, pero las leyes –para el caso colombiano- son producto de decisiones no concertadas y que se imponen a pena de sanción. Se podría decir que la legitimidad de una ley no concertada la da la elección por vía democrática que se hizo de los gobernantes, pero ¿acaso una sociedad no educada, adoctrinada por los medios –ellos mismos de propiedad privada-, manipulada, comprada y amenazada, tiene en realidad conciencia cuando elige a uno de sus gobernantes? Lo que me parece es que la moral individual no puede obligarme a obedecer algo que estimo ilegítimo, y que si lo hago, no es porque mi moral lo acepte, sino porque es una condición objetiva de la existencia; en otras palabras, una cosa es ser fáctico y otra, muy distinta, legítimo.

2. El mismo Mockus considera que “el volverse un automatismo respetar la ley es supremamente importante”; pero estamos frente a un problema semejante al anterior. Mockus utiliza una aseveración universal, no condicionada y, por ende, peligrosa. Ciertamente, si no existe el respecto a la norma estaremos en un contexto de todos contra todos, al modo del Leviatán de Hobbes, pero el automatismo puede inducir al ciudadano a la apolítica, a no poder responder cuando se le pregunte por qué respeta una ley y, sobretodo, a no poderla juzgar en su plano coercitivo, esto es, el modo en que su aceptación condiciona su libertad, individualidad, etcétera.

3. Espinel Vallejo y Piedad Romero de Méndez comparten la idea de que una de las formas de contribuir a la consolidación de una cultura ciudadana es mejorando las condiciones de seguridad de la ciudad; hasta allí de acuerdo, pero ellos piensan que el modo de realizar este objetivo es aumentando el número de policías, sus procedimientos y contacto con los ciudadanos. Esto resulta de todo modo inconcebible, puesto que es tanto como asegurar que la cultura ciudadana se mejora cuando los niveles de control y sometimiento externos del individuo son más fuertes: si por cada ciudadano hay un número mayor de policías se comportará mejor. En un país como Colombia esta posición, que se cae de su peso, no es de extrañar dada la línea de sus gobernantes: seguridad democrática o bases militares de otros países, todo muestra que antes que un programa de educación y acción sociales que formen ciudadanos dentro de nociones de autorregulación y autonomía, prima la coerción y el automatismo.

4. Enrique Vargas Lleras incluye dentro de su artículo la siguiente afirmación: “al usuario no le interesa quién sea el dueño de la empresa prestadora de servicios públicos, solamente le importa que se le preste el servicio de manera eficiente y a un costo razonable”. No sé a qué tipo de “usuario” se refiere Vargas Lleras exactamente, sólo sé que lo que dice deja por fuera a todos aquellos a quienes sí nos interesa saber a quién pagamos nuestros servicios. Olvida este hombre que si una empresa privada explota y vende los recursos públicos de un país, los beneficios no serán estatales, sino privados, es decir, no redundarán en salud y educación, terminarán en el bolsillo de Telmex o Telefónica. En un sentido todavía más profundo, lo que este tipo quiere tapar con un dedo es que el robo de un bien común como lo es el agua o la electricidad, merced a la privatización de las empresas estatales, es una cosa que a nadie debería importar mientras que las oficinas de la empresa privada no tengan largas filas el día de pago, y una línea abierta las veinticuatro horas.

5. Finalmente, hay un espíritu en las páginas de esta revista que, en mi opinión, está mandado a recoger hace tiempo. Todos los profesionales que escribieron aquí hablan desde una clara noción de derecho –¿cómo pervive a siglos de distancia el fundamento de la Revolución Francesa?-. No digo que éste sea un logro al que haya que renunciar, sin duda sostiene buena parte de lo que nos salva de despedazarnos mutuamente, pero el derecho es un acto declarativo, y para que ocurra en la realidad hacen falta dos elementos clave: capacidad y posibilidades. Si el hombre –como más de la mitad de los latinoamericanos- no sabe cómo ejercer y exigir sus derechos, es letra muerta, y si se le insta a reconocerse como sujeto de derecho, pero no existen espacios o se le impide toda iniciativa, entonces es una burla. Hay una señora que pasa todo el día vendiendo bocadillos en un semáforo de Bogotá; pasa por allí en ocasiones –con su correspondiente caravana- algún político rumbo a su casa; ellos dos son “iguales” ante la ley y tienen los mismos derechos, ¿pero a quién le importa eso cuando la señora sostiene con menos de un sueldo mínimo a toda su familia, y aquel tipo se da el lujo de despilfarrar en toda clase de caprichos?
_________________

Quizá le interese:

Alejandro Mayordomo – El Aprendizaje Cívico

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.