AUTOR: Lou Carrigan
TÍTULO: Profesor de Sinvergüenzas
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 95
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

Hace algunos días leí un artículo de Lou Carrigan (1934-) en el que se resalta un hecho inaudito: en contraste con varias palabras exportadas de otras lenguas –váter, autoestop-, el término bolsilibro no aparece en el diccionario de la RAE; y aunque esto comprueba lo desajustado que siempre anda el lenguaje “oficial” del utilizado por la gente del común, lo que resulta absurdo de la situación es que una palabra compuesta por dos referencias del español –bolsillo y libro- no haya encontrado aún el espacio que sí consiguieron vocablos foráneos que, curiosamente, tienen correlativos en nuestro idioma –por ejemplo, inodoro, o echar dedo-.

Sin embargo, el problema no se traduce en la no aceptación de la palabra por parte de las instituciones especializadas, más bien, en el desconocimiento de una forma cultural con casi un siglo de existencia en Iberoamérica. Como ya habíamos expresado en otra parte, el bolsilibro no es un simple producto material, sino todo un género literario bajo el que es posible estudiar estilos narrativos y de concepción del arte y, asimismo, públicos lectores, imaginarios, y contextos de edición. Puestos en esta consideración, nos queda por lo menos preguntarnos, como Carrigan, si detrás de este desconocimiento no pervive una visión peyorativa frente a los autores y lectores de bolsilibros.

Sucede que esta inquietud encuentra en Lou Carrigan –Antonio Vera Ramírez- un vocero privilegiado: autor de más de 1100 títulos, divididos en un centenar de colecciones, es una de las figuras más sobresalientes en el panorama de los pulps españoles; por ello, tiene un amplio soporte de trabajo para argumentar todo aquello que tiene que decirnos; hay que tener en cuenta que su primera obra apareció hace ya más de cincuenta años y, desde entonces, no ha dejado de publicar, uno tras otro, más bolsilibros, especialmente para las series de acción y del oeste.

Pues bien, ese autor que expresa con tanta claridad sus opiniones sobre lo que hace, coincide en este título Profesor de Sinvergüenzas (1975) con una de las colecciones más tradicionales de Bruguera. Iniciada en 1950, Servicio Secreto constituye, sin duda, una de las series más celebradas y leídas de esta editorial, pero no sólo eso, también –como lo expresa el maestro Manuel Blanco Chivite- uno de esos espacios fundamentales en los que se forjó para España la novela negra del pasado siglo; novela que nació en los kioskos, dice Blanco Chivite, en los locales en que se distribuyeron las colecciones F.B.I., Policíaco o Punto Rojo, y que dieron a conocer a autores como Peter Debry, Silver Kane y el mismo Lou Carrigan.

En efecto, con Profesor de Sinvergüenzas –número 1619 de Servicio Secreto- es posible rastrear los rasgos característicos de la novela negra: 1. La búsqueda de la verdad, 2. Un trasfondo social degradado, 3. Un protagonista de moral cuestionable y, 4. Un juego de distinciones entre el bien y el mal. Estos elementos que aplican para las obras de la “gran literatura”, son compartidos por novelas menos conocidas –como las publicadas en los pulps-, hecho que hace pensar a muchas personas que, ciertamente, buena parte de la tradición de la novela policiaca y negra de España ha quedado consignada en las páginas de bolsilibros.

Lo que me gustaría hacer aquí es continuar por esta ruta de trabajo, tomada de la página de Novela Popular, y examinar algunas de esas características en el caso concreto del pulp que presentamos; ello, por supuesto, después de hacer una breve síntesis de su historia.

Carlo Carletti, Profesor de Sinvergüenzas

“Lo ponía bien claro en aquel pequeño y artístico cartelito colgado a un lado del portalón: Carlo Carletti, Profesor de Sinvergüenzas”. El tipo se dedicaba a formar a los sinvergüenzas de la ciudad; les enseñaba geografía, historia, economía y, claro, no dejaba de recordarles las máximas más importantes para la vida: ‘Aprende a mentir, o te cortarán el cuello con tus mentiras’, ‘Si aprendes a robar, no es fácil que puedan robarte a ti’, y ‘Mañana puedes estar en la cárcel si hoy no aprendes bien las lecciones’.

Toda Nápoles conocía a Carletti; por su escuela habían pasado muchos de sus habitantes, así que lo recordaban y siempre estaban dispuestos a servirle en lo que pudiesen. Tal era su fama que, un día, acudió hasta él la anciana Morantini, quien quería proponerle un negocio. La cosa parecía bastante sencilla: le pagaba quinientas mil liras por robar el bolso de una muchacha; aquello que tenía el cariz de trabajo para un ladrón insignificante requería de toda clase de discreciones, es decir, de un profesional de la sinvergüencería, motivo por el cual la anciana había pensado en Carletti. Él, tuvo la delicadeza de aceptar, alagado por su selección, y quedaron para verse en la noche.

No tuvo ninguna clase de problemas para quitarle el maletín a aquella pelirroja angelical que iba a entrar al Café Latino. En cuestión de segundos, Carlo había desaparecido por una de las calles contiguas, quitado el disfraz de viejo, entregado la maleta a su amigo Gino, y regresado al Café. La chica lloraba, y los dos tipos que la acompañaban subieron a un carro y marcharon. Carletti, inquietado por su comportamiento y, sobretodo, por el interés de los hombres en el bolso que, sin duda, los tenía a ellos como destinatarios, decidió seguirlos.

En el 218 de Vía Foria se apearon. Confirmada la dirección, Carlo regresó a su casa para verse con Gino, quien habría de devolverle la maleta, pero su amigo nunca llegó, y tampoco la señora Morantini: algo misterioso había ocurrido. Intrigado, acudió a la casa de la abuela, sorprendiéndose con que la misma pelirroja, a quien antes había robado, le abría la puerta; dialogaron un rato sobre el posible paradero de la abuela hasta que tocaron a la puerta. Escondido, Carlo escuchó cómo la pareja que había entrado al departamento Morantini –un hombre y una mujer- hacía preguntas, exigía un retrato del ladrón y le aseguraba a la pelirroja que no volvería a ver a su abuela, si en el término de 48 horas no daban con el paradero de las acciones que iban dentro de la bolsa.

Entonces la chica confesó a Carletti la situación: su nombre era Betty Power, empleada de una compañía americana, la Cinchemical, y que había ido a Nápoles puesto que aquella empresa se había convertido en la principal accionista de la Proquina –Productos Químicos Nápoles-. Instalada junto al señor Granger como nuevos dirigentes, intentaron hacerse cargo de la compañía pero, muy pronto, el inescrupuloso Salerno, anterior gerente de Proquina y que tenía muchos negocios que defender allí, había amenazado a la chica con matar a su abuela –la señora Morantini- si no entregaba las acciones que acreditaban a la Cinchemical como dueña de la productora italiana. La abuela, que escuchó una anterior conversación de su nieta con aquel bandido quiso, evidentemente, evitar que Betty se viera envuelta en líos y, por eso, buscó a Carletti, quien impediría que se materializara la entrega de las acciones.

Así las cosas, Carlo Carletti se vio inmerso en circunstancias desagradables. Por un lado, no encontraba a su amigo Gino que desapareció con el bolso de las acciones y, por otro, se daba cuenta de que estaba jugando con algo más que un simple robo. Empero, cautivado por la belleza de Betty, decidió hacerse cargo de la situación: visitó a Salerno en la misma casa en donde entraron los dos hombres del Café Latino, trató de negociar con ellos, pero terminó enfrascándose a golpetazos. Entonces comprobó que la abuela no estaba escondida allí, y que la rubia y el grandulón que antes amenazaran a Betty, también fueron a la casa de Salerno, terminando por asesinar a éste y sus camaradas.

De este modo, Carlo se persuadió de que el lugar donde tenían a la señora Morantini sólo lo conocía esa extraña pareja; sin otra opción, visitó primero a la chica, Erika, quien se envenenó antes de proferir cualquier palabra y, luego, a Hans, el mastodonte que había viajado a Capri para reunirse con el personaje principal de este embrollo. Pero para la abuela de Betty, quizá, ya había concluido el plazo que la mantenía con vida. Muchas sorpresas y develamientos vinieron una vez Carletti decidió zarpar hacia Capri.

Moral y verdad en Profesor de Sinvergüenzas

Como escribía más arriba, buena parte de los protagonistas de novela negra comportan una condición moral compleja. Carrigan nos muestra en este bolsilibro un personaje bastante atractivo por la tensión de su esquema axiológico. En primer lugar, Carlo Carletti se gana la vida educando a sinvergüenzas, es un tramposo profesional, que roba a cualquiera simplemente abrazándolo, que da soluciones cuestionables a problemas sexuales, etcétera; pero, en segundo término –y como vendrá a comprobarse en las últimas páginas- su trabajo encubre fines nobles: enredados en las clases de historia o economía que da Carlo con el ánimo de formarlos íntegramente, muchos de sus estudiantes acabarán por desistir de una carrera criminal para profundizar en esas áreas del conocimiento, de suerte que casi siempre su labor sea un fracaso: ellos van a la universidad, estudian, o pasan el día leyendo.

En el fondo ese es el objetivo de Carletti: buscar que, atraídos por una educación que los hará los mejores delincuentes, sus alumnos se interesen por el estudio y una buena vida. La misma escuela de Carlo requiere, por esta razón, un código de ética que posee algunos puntos clave: 1. El no convertirse en un bribón que ataca a sus propios compañeros, 2. El no verse inmiscuido en delitos de bajo perfil y, 3. El hacer de las trampas o fechorías acciones muy delicadas y perfectamente esquemáticas. Así se percibe en uno de los diálogos que sostiene Carlo con Betty:

“- ¿Usted es amigo de mi abuela?
- ¿Yo? Pues… ¡Por supuesto que sí!
- Quizá ella me haya hablado de usted… ¿Quién es?
- ¿Yo? Carlo Carletti, profesor de sinvergüenzas.
- Profesor… ¿De qué? –respingó Betty.
- De sinvergüenzas. La vida es muy dura, señorita Power, y hay que estar preparado para ser más sinvergüenza que los sinvergüenzas que nos rodean… ¿No le parece?
- Pues no sé… Lo que sí entiendo es que si usted es… profesor de sinvergüenzas, debe… debe ser más sinvergüenza que todos sus alumnos juntos… ¿No…?
- Naturalmente –sonrió Carlo-. Pero no soy tan sinvergüenza que perjudique a mis amigos (Pág. 43)
En la proyección propia de la historia, Carletti viene a convertirse en uno de esos personajes que, a pesar de una moral dudosa y unas acciones que en ocasiones parecen contravenir un orden correcto, acaba por convertirse en héroe. Sobre él viene a recaer la búsqueda de una solución y, por ende, la responsabilidad de lo que sucede: él, cuyo lenguaje y acciones pueden ser recriminadas desde cierto plano moral, se encarga de conectar pesquisas y golpear culpables; y todo esto porque, prescindiendo de lo que debe ser un hombre correcto o normal, Carletti tiene siempre como referencia el develamiento de la verdad.

Y es que en Profesor de Sinvergüenzas, la verdad, es decir, ese espacio concreto que viene a descubrirse con el cierre de la trama, es asequible gracias a la insistencia de Carlo en quitar máscaras, encontrar orígenes y demás. Allí, no interesa que sus preceptos morales sean compartidos o no, simplemente que sean útiles. “Váyanse todos al cuerno”, dirá cuando descubra una pieza culpable de la historia y, esto, porque siendo insospechable, los otros no creen en el descubrimiento de Carletti. Lo tiene sin cuidado, por ejemplo, que la policía no comparta sus métodos, la verdad es su única mira.

Una sociedad entre el bien y el mal

En la Nápoles que dibuja Lou Carrigan en este bolsilibro, prevalece sobre la descripción de los espacios físicos una sociedad atravesada por ciertos usos y sentidos. Uno de esos usos es el de la corrupción a varios niveles: existe uno inmediato, de menor envergadura, que tiene que ver con el Carletti que enseña la manera en la que pueden burlarse ciertas normas como hacer propaganda abierta a la sinvergüencería, el tomar del pelo a un policía, o cosas por el estilo; pero, además, existe otro uso, más grande, mucho más organizado y que sólo puede comprenderse en su totalidad cuando se descubre la verdad de los acontecimientos, esto es, cuando se revele una gran mafia detrás de las compañías productoras de químicos en Nápoles.

Esto hace que sobre la ciudad italiana se reconozca una especie de atmósfera degradada y corrupta. Pero es un sentido que, aunque sombrío y cuestionable, al menos en el nivel de las acciones de Carletti puede revestir algún humor y, sobretodo, mucha ironía. Pensemos que este profesor acostumbrado a tratar con delincuentes, a formarlos incluso, llega a verse a él mismo como insignificante al lado de los grandes portavoces de la sinvergüencería. Así lo expresa cuando descubre el fondo del asunto:

“- No es posible –jadeó-. ¡No es posible una canallada de esta envergadura! –Hans se volvió a mirarlo-. ¿Eso es cierto?
- Será mejor que piense en usted, no en unos cuantos asquerosos negros.
- ¿Es cierto?
- Claro que sí, hombre –sonrió Hans-. Un profesor de sinvergüenzas no tendría que sorprenderse tanto, ni escandalizarse.
- Profesor de sinvergüenzas… Santo Dios, lo que soy yo es un pobre infeliz, comparado con ustedes (Pág. 83)
Esta sociedad usada para fines cuestionables, y por donde transitan personajes –como Carletti- de constitución moral problemática, está abocada casi necesariamente a una dicotomía entre el bien y el mal. Debe destacarse que la obra de Carrigan no privilegia –y ello a pesar del final-, ninguno de estos planos, sino que más bien se detiene a explorar la forma en la que quienes actúan van transitando por uno u otro. Esto significa que una posible configuración de los personajes como buenos o malos debe estar sustancialmente concebida desde un análisis de contexto: Betty es una buena chica cuando trabaja y lo hace lo mejor que puede, pero es mala cuando legitima con el robo una acción de todo modo delictiva; por su parte, la abuela Morantini es buena cuando quiere defender el nombre de su nieta, y mala cuando, antes de encontrar una salida concertada, se atribuye la decisión sobre cómo actuar sobre aquel caso.

Sea como fuere, es obvio que la tensión más fuerte entre las conductas buenas y las malas, las celebradas y las reprochadas, tiene en Carletti su principal protagonista. En él, estas conductas se encuentran vinculadas a la condición moral a que antes me referí y, además, a la determinación de ciertos aspectos que tienen que ver con aquello que resulta necesario, a lo que se está obligado, o lo que puede hacerse, entre otros. Tal vez sea muy difícil escribir una novela negra o policiaca, prescindiendo definitivamente de la dicotomía bien-mal –que a la larga puede convertir cualquier obra en una disertación maniqueísta-, sin embargo, y aun cuando aquí se persiste en ellos, el mérito de Lou Carrigan está en hacerlos componentes móviles de la situación y los personajes, o lo que es lo mismo, en no convertirlos en camisas de fuerza.
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Profesor de Sinvergüenzas es un bolsilibro lleno de suspenso, acción y humor. Sólo alguien con la experiencia de Carrigan podría crear una historia tan bien construida que, más allá de su pequeña extensión, logra dejarnos en la cabeza algunos personajes memorables. No cabe duda de que este uno de los mejores pulps de Servicio Secreto.

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