AUTOR: Lorena A. Falcón
TÍTULO: Hojas de Cuentos
EDITORIAL: Dunken (Primera edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 102
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Me he tomado el tiempo para leer varias veces cada uno de los cuentos que componen este libro, y ello porque su autora, Lorena A. Falcón, tuvo la amabilidad de hacérmelo llegar desde la Argentina, junto con su primera novela La Elección de Kendria. De modo que me he sentido un poco en la obligación de no hacer una crítica basada en primeras impresiones, sino en una lectura que pudiéramos llamar juiciosa y comprensiva. El resultado de ese ejercicio es lo que se expone en las siguientes cuartillas.

Hojas de Cuentos es un volumen que recopila una serie de relatos originalmente publicados en el blog de la autora, y que tienen en común un estilo breve y sencillo, en el que el plano de la acción narrativa alcanza un alto nivel de dominio. Sería engañoso afirmar que esta colectánea da cuenta de una identidad literaria propia, pero también lo sería desconocer que en sus páginas es posible rastrear algunas recurrencias que, sin duda, obedecen a búsquedas y proyecciones verdaderamente creativas.

Como unidad, el libro se muestra coherente, aun cuando transita por lugares tan distintos como el cuento corto, el fantástico e, incluso, el conceptual-futurista. Quizá, esta coherencia interna se deba tanto al hecho de estar escrito bajo ciertas formas sintácticas –que luego analizaremos-, como al ser producto de la experiencia que ha tenido Lorena A. Falcón escribiendo para su blog y para algunas de las antologías colectivas en las que ha participado –Los Rostros y las Tramas, Fuga Imperceptible, entre otras-.

Quisiera destacar de principio que Hojas de Cuentos tiene su principal asiento en la imaginación, es decir, rehúsa, por un lado, los exámenes psicológicos de sus personajes y, por otro, las grandes descripciones propias de la literatura realista. El libro, en cambio, recupera toda esa magia que caracteriza las narraciones fantásticas, y propone situaciones inusuales y ocurrentes que permiten poner sobre la mesa reflexiones específicas. A mi modo de ver, este es uno de los valores más importantes de la obra: el amplio potencial imaginativo a través del cual se miran los asuntos de los hombres.

El libro contiene tres grandes partes: la primera corresponde a los cuentos que tienen por protagonistas a seres fantásticos o mitológicos, la segunda a algunos relatos que resaltan por su brevedad, y la última a casi una veintena de cuentos de temática variada. Mi trabajo no consistirá en hacer un seguimiento de esta división, más bien, en proponer una forma personal de organizar su contenido; así, lo que haré es: 1. Estudiar la estructura formal de los relatos, 2. Analizar las características de sus cuentos fantásticos y 3. Señalar algunas de esas recurrencias creativas a las que antes me referí.

Forma y estructura en Hojas de Cuentos

Vamos a hacer –para entendernos- una distinción de partida entre los cuentos fantásticos y los no fantásticos. Los primeros, una tercera parte de la antología, encuentran su atributo esencial en la recuperación de seres mitológicos –centauros, cíclopes, unicornios- y, según nos cuenta la misma Lorena A. Falcón, muchos de ellos son producto de un juego que se realizó durante un tiempo en su blog para que los lectores votarán por el personaje que preferían para el relato de la semana. Los segundos, o sea, los no fantásticos, responden a inquietudes muy variadas.

Estos cuentos fantásticos tienen todos una estructura bastante básica, la mayoría de ellos con final sorpresivo y cerrado. Sucede así con La Cueva del Dragón o El Sueño del Centauro, en donde no hay espacio para quiebres en el tiempo narrativo y, por ende, siempre se sigue una línea de sucesos. En este aspecto, pues, los relatos del libro no se alejan mucho del estilo característico de los Grimm o Andersen porque, como ellos, lo que hace Falcón es mostrarnos una situación, sugerir algo que la problematiza y, luego, cerrar con su resolución.

En El Regalo del Unicornio, por ejemplo, ocurre lo siguiente: un joven llamado Melvin desea convertirse en mago –situación inicial-, pero no habiendo nacido así, ni teniendo dinero para convertirse en uno, lo único que puede hacer es conseguir que un unicornio se le acerque, ya que, según se dice, esta es la última posibilidad para alcanzar su anhelo –marco problema-, partirá de esta manera al bosque y después de salvar la vida de un pequeño unicornio, el padre del animal vendrá a él en acto de agradecimiento, proveyéndolo del don de la magia –situación desenlace-.

Bajo esta estructura están concebidos todos los cuentos fantásticos: una ondina que se enamoró de un hombre pero, engañada, hubo de condenarlo a él y asumir su propio destino de soledad; un príncipe que es engañado por un hechicero que prometió procurarle una hazaña pero terminó llevándolo a la boca de un dragón o; un centauro que escapando de su manada para estudiar medicina se enamoró de la nieta de su maestro y la raptó, sin importarle dejar a un lado su propósito de formación.

Estos cuentos tienen la fortaleza de concluir con finales sorpresivos: verdades que se descubren hasta el instante decisivo –La Venganza del Hada-, personajes que revelan sólo después de narrados los hechos su verdadera identidad –La Ondina- , etcétera, son algunas de las estrategias narrativas que utiliza Lorena A. Falcón para que la linealidad de estos cuentos se rompa con un brochazo final que, ciertamente, puede dejar al lector con sus pesquisas bajo el brazo.

Al contrario de estos cuentos, los relatos no fantásticos hacen gala de estructuras que rompen casi siempre el orden real de los sucesos, esto es, están pensados desde formas mucho más flexibles y abiertas. Es más, algunos de ellos llegan a prescindir de una resolución para su trama, convirtiéndose en algo así como relatos de situación; estoy pensando al decir esto en Perfume de Jazmines, La Muralla o Dormida, en donde antes que una historia en sentido estricto, lo que presenta la autora es un cuadro que expresa las acciones o pensamientos de ciertos personajes en un escenario particular.

En el primero de estos tres relatos, un detective se encuentra en la escena de un crimen, fuma y piensa en el aroma a jazmín que impregna el lugar, hasta que encuentra la fotografía de su compañera Sara sobre una de las mesas, entonces se revela que quien ha muerto es justamente aquella mujer. En el segundo, una joven cavila frente a una gran muralla; su deseo de poseerla es tan fuerte que termina por descubrir que puede darle al emperador –dueño de la muralla- algo que puede interesarle, así que decide partir en su búsqueda. Y en el tercero, un hombre se despierta y empieza su rutina de trabajo, extrañándose al poco tiempo de que su esposa no se levante de la cama, pero seguro de que ésto se debe a que la mujer se acostó bastante tarde.

Como se ve, en este tipo de relatos –no en todos, por supuesto, pero sí en buena parte- es posible hallar, más que historias, puntos de reflexión ambientados por contextos específicos. Y, además, en los cuentos en que sí es posible seguir las huellas de una historia, los tiempos muchas veces están entrecruzados, de suerte que hay saltos, y retrocesos muy interesantes. Al respecto pueden resultar ejemplares Un Poco de Tranquilidad, La Señora Ana o Traición.

Lo que viene a unificar estos dos universos narrativos –como aclaré antes-, a mi parecer, es una correlación a nivel sintáctico. Lorena A. Falcón muestra en todos sus relatos una gran armonía entre la narración, los diálogos y los soliloquios; no hay excesos de utilización de ninguno de estos recursos, y su equilibrio es un elemento a su favor. Sin embargo, la autora satura el texto en ocasiones con el uso de ciertos vocablos aclarativos –“pensó” y “dijo” principalmente-, que no sólo resultan innecesarios, sino que terminan por reducirle rapidez a la acción narrada y, por lo mismo, algo de su fuerza e impacto.

No creo que, en lo que tenga que ver con la estructura de sus cuentos, haya mayor problema que éste, y cabe aclarar que en el fondo es una cuestión que compete al gusto del lector. Lo que quiero resaltar es que esas cualidades que hacen diferentes los cuentos fantásticos de los que no lo son –sus líneas de desarrollo, puntos de reflexión y demás-, vienen a reducirse en el marco de la escritura propiamente dicha, toda vez que la autora no utiliza estructuras de diálogos o narración particulares para cada clase de relato. No se trata de una debilidad, insisto, sino de una simple observación.

Los cuentos fantásticos

En contraste con cuentos tan famosos como los de Andersen, los de Lorena A. Falcón nunca renuncian completamente a la figura del hombre, es decir, por más que su fantasía provenga de seres mitológicos o animales increíbles, la presencia del hombre siempre se hace inevitable. Andersen escribió cuentos cuyos protagonistas son exclusivamente animales, pero, no así los que contiene Hojas de Cuentos, que ponen sin excepciones al hombre en relación con la fantasía proveniente de las hadas, las banshees, las gárgolas, etcétera.

Esta relación tiene infinitos carices: unas veces es de venganza, otras de complicidad, y algunas más hasta de misterio. Resulta diciente el caso de El Rayo del Cíclope, cuento en el que uno de estos grandulones condenados a fabricar rayos, planea junto a un hombre jugarle una broma a los dioses; y también el de La Desdicha de la Sirena, muy cercano a ese amor inalcanzable que expresó tan magistralmente Andersen en su cuento La Sirenita.

El hecho de que Lorena A. Falcón decida que los seres mitológicos siempre guarden en sus cuentos relación con el hombre tiene, por otro lado, una consecuencia en el plano de la personificación: sea como sea, existe un lenguaje equiparable para ambas realidades, aunque no se traduzca todas las veces en entendimiento. Los dragones hablan con hechiceros, estableciendo acuerdos de mutuo beneficio; las hadas reprochan el comportamiento de los campesinos que destruyen sus árboles; y las ondinas exigen declaraciones eternas de fidelidad a sus amantes.

Y es que ese espacio de encuentro entre fantasía y realidad, seres mitológicos y hombres, está atravesado por un conjunto muy amplio de fenómenos que exige planos comunicativos: la hechicería, el embrujo, el amor, los amuletos y la muerte. Estas expresiones de enlace entre dos mundos tan distintos y, al mismo tiempo, tan parecidos se aborda, en mi opinión, muy acertadamente en relatos como La Ondina y El Llanto de la Banshee. Hasta tal punto encuentran un lugar común en los cuentos de Lorena A. Falcón estos dos universos que, en este último relato, la presencia de una banshee anunciante de la muerte, sorprende, pero no termina por considerarse algo ajeno a lo vivido; así le sucede a Don Esteban:

“Afuera, aún bajo la luna, la oscuridad era abundante y no lograba distinguir nada; pero todavía escuchaba ese llanto. Abrió la ventana, y el gemido se hizo más fuerte. Con gran esfuerzo, sacó la mitad de su cuerpo a través del marco. Su frágil corazón casi no resiste la sorpresa. Una pequeña niña lloraba acurrucada bajo su ventana. Don Esteban trató de decirle algo pero su corazón estaba tan conmovido que no pudo emitir palabra. Como si ella hubiera oído sus pensamientos, se movió. El instinto actuó con rapidez, y Don Esteban volvió a meterse en la habitación y cerró la ventana.
‘¿Qué me sucede?’ se preguntó agitado, ‘¿por qué me asusta tanto una niña?’
Pero cuando volvió a mirar hacia la ventana su corazón saltó nuevamente en su pecho. Ella estaba de pie frente a él y lo miraba a través del cristal, pero no era una niña, sino una joven mujer. Estaba vestida con un maltrecho vestido gris. Su larga cabellera caía sobre sus hombros como sus lágrimas sobre sus mejillas. Su palidez era tan extrema como la de la luna. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos. Estaban llenos de un rojo intenso y profunda tristeza. Don Esteban no podía dejar de mirarla, hasta que él mismo comenzó a llorar como ella” (Págs. 29-30)
Hay que resaltar como reflexión final que muchas de las situaciones que afrontan los personajes en los cuentos fantásticos alcanzan la categoría de tragedia, entendida aquí al modo griego como el choque de dos potencias igualmente poderosas que no permiten a quien la experimenta la concepción de una alternativa. Quiero argumentar esta idea con dos ejemplos especiales. El primero tiene que ver con La Ondina; en este cuento, una ondina seduce a un hombre que pesca en el lago; sometido por la belleza de aquel ser, el hombre jura amarla por la eternidad, pero deslumbrado tiempo después por la belleza de otra muchacha, olvida su promesa, lo cual tiene una consecuencia funesta para él y la ondina: el hombre es condenado a no poder estar despierto cuando la muchacha de la que se enamoró también lo esté, y la ondina, por su parte, al haber estado con un hombre, debe asumir la pérdida de su inmortalidad. La situación es trágica para la ondina porque no podrá estar ya con el hombre a quien ama, pero tampoco recuperar la naturaleza a la que renunció una vez decidió estar con aquél.

El segundo caso trágico está representado en La Desdicha de la Sirena. El canto de Angie arrastra embelesado a un joven que, al mismo tiempo, ha atrapado el corazón de la sirena. Sin embargo, su amor es de todo modo irrealizable puesto que ella no debe ser vista por los hombres, o sea, no puede permanecer encima de la tierra, y también porque al atraer al joven hacia su territorio, inevitablemente morirá ahogado. Así pues, no tiene por otra salida que permanecer en este difícil dilema.

Algunas recurrencias creativas en Hojas de Cuentos

Al iniciar esta reseña escribí que si bien Hojas de Cuentos no termina por constituir una identidad literaria propia para la autora, es posible encontrar en el libro algunas preocupaciones originales que, imagino, deben responder a reflexiones muy serias respecto del arte y la existencia. Voy a referirme, específicamente, a dos de las recurrencias que están diseminadas a lo largo de las páginas: una noción de encierro-escape, y una noción de lo insólito y patético como detonador de la pregunta.

Toda la segunda parte de la antología insiste en mostrar personajes sometidos, atrapados, aislados, inmersos en la oscuridad, en celdas, bajo tierra, en espacios que los asfixian y de los que desean escapar a toda costa. En La Cárcel, un hombre acaba de ingresar como recluido y camina en busca de los otros presos, pero no encuentra más que un largo camino que se extiende hasta lo incomprensible, entonces el hombre piensa que terminarlo es su destino, y olvida con ello que se está enfrascando en una cosa terrible: ¿Quién puede considerar que encontrar el camino a la prisión puede ser realmente un destino?

En Del Otro Lado, una mujer intenta escapar de unos misteriosos seres que la han apresado; rasguña una pared hasta poder ver lo que sucede más allá del muro, pero los hombres que están allí, intuyendo que quienes tratan de salir son aquellos seres, de nuevo taponan el agujero, quedando la chica definitivamente atrapada. En La Huida, sucede algo similar, una mujer huye por un largo pasillo, percibiendo la presencia de uno de sus captores a su espalda, pero sin atreverse a mirarlo; en el preciso momento en el que ha alcanzado la puerta, el hombre que la persigue la toma por el hombro, impidiéndole el escape.

Y también sucede así en Recuerda, donde el protagonista no logra poner en claro su enmarañada cabeza para recordar qué cosa es la que hizo posible que esté vagando por una especie de desierto sin el menor sentido de la orientación; en Un Poco de Tranquilidad, donde un grupo de vecinos encierran a una muchacha en el sótano de su casa para discutir si será o no aceptada como nueva residente y; finalmente, en En la Oscuridad, donde tres personas se hayan debajo de la tierra después de un terremoto, sin ninguna opción de salir, y prácticamente condenados a la muerte.

Hay, de esta forma, una insistencia en las situaciones que comprimen las posibilidades, que hacen del hombre un esclavo de cosas que no comprende, pero que lo someten sin ningún tipo de dilaciones. Una noción de encierro, es decir, una metáfora de todo lo que llega a constituir para nosotros nuestra propia cárcel y, al mismo tiempo, una intención presente, unas veces con mayor ímpetu que otras, de escapar para ser lo que queremos ser, y dejar atrás las etiquetas que nos imponen seres misteriosos, o la misma fuerza de los acontecimientos.

Yo creo –y en esto soy muy sincero- que la reiteración de esta situación por parte de Lorena A. Falcón puede tener muchas interpretaciones y respuestas por parte de los lectores; en lo personal, considero un gran acierto esas sensaciones que producen sus relatos: una historia en donde no se ve nada porque todo esta cubierto de oscuridad, otra en la que las manos se descarnan, una a la otra, en el empeño desesperado de romper una pared, etcétera. Hay aquí, según entiendo, una línea de trabajo que puede ser vista después desde muchas otras dimensiones y que, no cabe duda, expresa mucho de lo que sentimos las personas.

La otra noción recurrente a la que quería referirme es a la de la creación de escenas insólitas que impulsan el acto reflexivo. El argumento de Un Poco de Tranquilidad constituye un buen ejemplo: una joven se ha mudado recientemente, y los vecinos del lugar han llegado hasta su casa, encerrándola en el sótano y arguyendo que necesitan determinar si será o no aceptada como nueva habitante; es increíble que algo así pueda suceder, pero el relato es la oportunidad que encuentra la autora para proponernos pensar sobre los procesos que adelantamos para alcanzar consensos y, sobretodo, la ironía que éstos pueden alcanzar debido a nuestras personalidades.

La Ventana también tiene lo suyo: estamos en algún momento del futuro en el que ya no existe la lluvia, y sólo es posible experimentarla a través de algo que se llama "la ventana", que reproduce su visión y tal vez el sonido. Curiosamente, antes que provocar nostalgia, este aparato no es del agrado de los mayores porque recuerda lo que ya jamás existirá para la humanidad; es una hermosa metáfora. En Sueños un hombre vende raíces que provocan sueños mucho más vivos y complejos que los normales, pero al parecer tienen un gran problema: pueden llegar a poseer a quien los sueña. Y en fin, de esta misma forma, muchas otros relatos que sugieren un hecho insólito, una situación que pareciera traída de los cabellos, y que termina suscitando una reflexión bastante sería. Creo que nada mejor podría servir de antesala a un cuento como Con los Dedos de los Pies, en mi opinión el más bello de la colección:

“Ella contaba con los dedos de los pies. Al principio, fue un juego que papá celebraba con humor y mamá miraba con indulgencia. Luego, fue la atracción de los compañeros de la escuela; pero entonces hubo maestras a las que le parecía mal eso de usar los pies. Ella les decía:
— ¡Pero son dedos! Sirven para contar.
No las pudo convencer: una nena educada cuenta con los dedos de la mano. Entonces aprendió a hacerlo con los zapatos puestos, ¡zapatos cerrados!
Fue a la secundaria y allí le dijeron que la gente culta no se mira los pies.
— ¿Por qué mira para abajo? —le dijo un profesor—. ¿Acaso piensa con los pies?
Entonces, cerró los ojos, pensó en sus pies y aprendió a contar sin mirarlos.
Ahora está en la facultad y todos la aplauden.
— ¡Mira a esa chica! Cierra los ojos y sabe la respuesta.
Ella ríe para sus adentros y cuenta; sin mirar para abajo, a sus zapatos cerrados.
‘Si supieran cómo lo hago,’ piensa, ‘si lo supieran: yo cuento con los dedos de los pies’” (Pág. 43)
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Hojas de Cuentos es una obra que abre innumerables horizontes. Atravesada de principio a fin por la imaginación, es material detonador del pensamiento.

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