AUTOR: Enrique Jardiel Poncela
TÍTULO: Eloísa Está Debajo de un Almendro
EDITORIAL: Salvat, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1972
PÁGINAS: 169
PRÓLOGO: Alfredo Marquerie
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

A sesenta años de la muerte de Enrique Jardiel Poncela (1901-1950), la importancia de su obra para el teatro español del siglo XX continúa en vía de esclarecimiento; no sólo no se lo reconoció en vida por su original mezcla de humor e inteligencia, sino que con el pasar de los tiempos su figura no termina por escapar a cierta interpretación del público que, si bien lo conoce, no alcanza a dimensionar su papel altamente renovador, eso que –en palabras de Alfredo Marquerie- podría resumirse como “una nueva manera de entender el género cómico".

La crítica le ha aplaudido, esto es cierto, y se han hecho muchas representaciones y películas basadas en sus piezas, pero Jardiel Poncela murió en medio de las más increíbles privaciones y, en buena medida, olvidado por el mundo artístico. La declaración de un juicio que lo redima definitivamente para la historia es una tarea todavía pendiente para aquellos que gustamos del teatro escrito; de suerte que esta presentación de Eloísa Está Debajo de un Almendro desea contribuir en ese camino.

Estrenada en mayo de 1940, esta comedia pone en juego dos de las más significativas cualidades de la obra de Jardiel Poncela: el absurdo y el humor. Grosso modo se trata de una pieza llena de situaciones singulares, sólo posibles gracias a la existencia de personajes que rebosan extravagancia y locura; su trama no es más que una sucesión de equivocaciones, exuberante desde el principio hasta el final, pero tan cuidadosamente planeada que jamás, a pesar de lo inverosímil que pueda resultar, nos llama a engaño.

En 1943 la obra fue llevada al cine por Rafael Gil, mas, no cabe duda de que fue concebida especialmente para teatro porque allí, sobre las tablas o sobre las páginas, adquiere una fuerza única que viene de la esmerada proyección escenográfica, detallada con toda rigurosidad por el autor, y luego también por el ritmo propio de la lectura o la puesta en escena frente al del cine, en este caso, más veloz y menos sugestivo.

Aunque primero estuvo en el periodismo y más tarde en la novela, el verdadero mérito de Enrique Jardiel Poncela debe buscarse en sus comedias teatrales y, sobretodo, en las de esta época, escritas tras una experiencia de trece años en que pudo dejarnos, entre otras, Una Noche de Primavera Sin Sueño (1927), Angelina o el Honor de un Brigadier (1934), y Las Cinco Advertencias de Satanás (1935). Por lo que concierne a nuestro interés, vamos a examinar dos aspectos que nos parecen fundantes en Eloísa Está Debajo de un Almendro: 1. El tratamiento que hace el autor de la locura y, 2. El tipo de humor que presenta la pieza; esto, como es lógico, después de hacer una breve síntesis de su argumento.

Dos familias de ida y vuelta

Mariana Briones y Fernando Ojeda han empezado a salir; su relación tiene una particularidad: ambos esconden el verdadero motivo de su atracción, Mariana percibe un hálito de misterio en él, como si le escondiese alguna cosa y, esto, antes que ahuyentarle, la cautiva; Fernando, por su cuenta, encuentra en ella –como sabremos después- la personificación del secreto que lo atormenta: una muchacha que durante las noches se le presenta en su casa y que cree muerta por alguna razón.

Citados en un cinematógrafo para escapar juntos a la finca de los Ojeda, la muchacha rehuye el plan por encontrar a Fernando sobrio, carente del misterio que la atrae y que se manifiesta, según ha comprobado, sólo bajo ciertas circunstancias. Así las cosas, Mariana marcha a su casa con su tía Clotilde, quien secretamente sale con el tío de Fernando, Ezequiel. No pudiendo contener la necesidad de llevar a la chica esa noche a su casa, Fernando decide ir tras ella y convencerla, terminando por ir al hogar de los Briones.

El lugar es prácticamente un manicomio: cientos de cosas se disputan los espacios –cuadros, muebles, lámparas, libros, maletas-, apenas si dejan algunas franjas libres que conducen a los cuartos. Y la familia misma parece estar en su totalidad alucinada: el padre de Mariana, Edgardo, lleva más de veinte años acostado en su cama, todo porque después de la muerte de su esposa, Eloísa, su hermana Clotilde no quiso corresponderle amorosamente. Micaela, la otra tía de Mariana, anda de un lado para otro con sus perros en busca de imaginarios ladrones, y grita y se desvela por cualquier imprevisto. Hasta el mismo Fermín, el empleado de la casa, parece ya sentirse trastocado y, por ello, se pasa dando instrucciones a Leoncio, su futuro sucesor, dado que desea partir lo más pronto posible de allí.

Pues bien, Fernando llega a esta casa y ve buena parte del espectáculo. Mariana, percibiendo nuevamente un cambio en la actitud de él, como si de repente volviese a ser un secreto criminal, se muestra ahora congraciada y dispuesta a escucharlo: él desea mostrarle algo que ha encontrado en su finca. Entretanto, los perros de Micaela han estado hostigando a Ezequiel, quien ha ido a casa de los Briones en busca de Clotilde; llevado a la sala para reponerse de las mordeduras, la tía de Mariana encuentra en el bolsillo de aquel hombre un cuaderno de anotaciones en donde se describen varios asesinatos y despellejamientos de "mujeres".

Más tarde, en un extraño acto de violencia, Micaela empieza a exigir a Fernando que se marche de su casa, pero no dispuesto a hacerlo sin Mariana, el joven utiliza cloroformo en la chica y huye en un carro con ella hacia su finca. Con el temor que le han infundido las páginas que leyó en el librito de Ezequiel, Clotilde piensa que entre tío y sobrino matarán a Mariana y, como Edgardo –su propio padre- no tiene la mínima intención de ir a aquella casa, inicia sola la carrera para impedir que suceda algo irreversible.

Ya en el hogar de los Ojeda, empiezan a suceder todo tipo de equívocos y confusiones: el servidor de Fernando, Dimas, parece tener un doble; un policia infiltrado, Luis Perea, anda tras la pista de un asesinato y; la hermana de Mariana, Julia –desaparecida hace algunos años-, reaparece en un armario y del modo más natural habla de su escape y matrimonio con el policía. Por otra parte, en una alacena se descubren un cuchillo y la parte perdida de un vestido que Fernando encontrara antes y que supusiera de propiedad de la mujer que suele aparecérsele.

Sucede que aquella mujer es idéntica a Mariana, y él intuye que su presencia tuvo que ver con la muerte de su padre, quien se suicidó varios años atrás. Mariana, extrañamente, tiene la sensación de haber estado en aquella casa con anterioridad, pero no tiene idea alguna de quién pueda ser la muchacha de las apariciones. Ella, queriendo probar que el mismo Fernando no trata de esconderle algún asesinato, con ayuda de su hermana y Clotilde –a la sazón ya en casa de los Ojeda- decide ponerse aquel raro vestido y presentársele al joven para observar su reacción.

Sin embargo, de casa de los Briones han llegado también Micaela y Edgardo y son ellos, precisamente, no Fernando o Ezequiel, los que se muestran perturbados ante la presencia de la muchacha vestida con aquel traje. En efecto, Ezequiel sólo busca la cura para la pelagra, probando suerte en gatas a las que coloca sugestivos nombres de mujeres –Juanita, Felisa-, nunca ha matado a nadie; y Fernando, es una infeliz víctima de la turbulencia de todo lo que sucedió en aquella casa cuando fue alquilada a la entonces pareja que formaban Eloísa y Edgardo. Ellos vivieron en la finca de los Ojeda durante algún tiempo, cuando sus hijas eran unas niñas –por eso la sensación de Mariana de haber estado allí-, pero abandonaron el lugar cuando sucedió aquel hecho definitorio de la historia, y que involucra por igual a Edgardo, Micaela y Eloísa. Sólo una confesión final puede permitirnos descubrir la razón por la cual ahora Eloísa está debajo de un almendro.

Todos tienen mente de carrusel

La locura es un elemento central en esta obra de Jardiel Poncela; se encuentra vinculada profundamente a las situaciones absurdas y hasta ridículas que se van sucediendo a lo largo de la historia. Es necesario anotar que no se trata únicamente de una condición de los personajes, puesto que la locura se hace evidente también en los escenarios y la fábula misma. Es así que el prólogo y los dos actos que conforman la comedia, se expresan a través de ese gran marco del que pareciera sorprenderse el propio autor por allá cuando, en el primer acto –mientras describe los espacios de la casa de los Briones-, nos dice: “la habitación no puede resultar más absurda: tiene de sitio de recibir, de cuarto de estar y de salón museo, y también tiene algo de almoneda, y algo también de sala de manicomio”.

Durante toda la obra, el lector está buscando descifrar cuál es el personaje “cuerdo”, aquel del que puede agarrase para dar sentido a esa historia intrincada y llena de relieves que se le presenta. Y es que todos los participantes de la trama se muestran, ora lúcidos en una afirmación que parece definitiva, ora chiflados y poco confiables. Mariana, por ejemplo, es –en opinión de su tía Clotilde- la única que no se ha abocado a un camino de demencia, pero ella misma se ha enamorado de Fernando por una simple y llana razón: le atrae la idea de que él sea un criminal; así, en el último acto, y estando en casa de aquél temiendo que suceda algo fatal, confesará a su tía: tengo mucho miedo de estar aquí, pero no estaría dispuesta a irme. Fernando mismo se nos muestra alucinado, particularmente en ese último acto, cuando con el afán de encontrar una explicación a la muerte de su padre, hable sin mayor linealidad de toda clase de intrigas.

De cualquier forma, el espacio por excelencia de la locura en Eloísa Está Debajo de un Almendro es la casa de los Briones; la de los Ojeda es, más bien, el escenario de las confusiones y respuestas. En aquella casa –como mencionamos antes- todo se asemeja a un manicomio: las pertenencias de la familia han alcanzado tal magnitud que invaden cuartos y pasillos, dejando sólo unos pequeños senderos que llevan a puntos específicos y que es necesario reconocer para no terminar en otro lado. Es algo así como una invasión de cientos de cosas absurdas e inútiles de las que no es posible desprenderse por alguna razón.

Y quienes viven allí son casos descomunales: Micaela, una de las tías de Mariana, vive colgada a sus dos perros, Caín y Abel, y en las noches en que Edgardo decide subirse a algún tren que viaja por España –todo esto desde su cama, por supuesto-, ella se pone inquieta porque intuye que justamente en esas veladas vendrán los ladrones, y tiene que pasar horas y horas, del jardín a la casa, vigilando con la ayuda de sus gendarmes. Cada cosa, cada acto de este tipo es visto por Fermín, el empleado de servicio, y aun auspiciado sin más remedio, al punto de sentirse también enmarañado entre tanta imaginación. La noche en que ocurren los hechos de la obra, cansado de trabajar allí, Fermín presenta a Leoncio a su patrón para que lo entreviste y decida la viabilidad de un reemplazo; fijémonos en la entrevista:

“EDGARDO: ¿De dónde es usted?
LEONCIO: De Soria.
EDGARDO: ¿Qué color prefiere?
LEONCIO: El gris.
EDGARDO: ¿Le dominan a usted las mujeres?
LEONCIO: No pueden conmigo, señor.
EDGARDO: ¿Cómo se limpian los cuadros al óleo?
LEONCIO: Con agua y jabón.
EDGARDO: ¿Se sabe usted los principales trayectos ferroviarios de España?
LEONCIO: Hoy empezaré a enseñárselos, señor.
EDGARDO: ¿Qué comen los búhos?
LEONCIO: Aceite y carnes muy fritas.
EDGARDO: ¿Cuántas horas duerme usted?
LEONCIO: Igual me da dos que quince, señor.
EDGARDO: ¿Fuma usted?
LEONCIO: Cacao.
EDGARDO: ¿Sabe poner usted inyecciones?
LEONCIO: Sí, señor.
EDGARDO: ¿Le molestan a usted las personas nerviosas, de genio destemplado, excitables y un poco desequilibradas?
LEONCIO: Esa clase de personas me encantan, señor.
EDGARDO: ¿Qué reloj usa usted?
LEONCIO: Longines.
EDGARDO: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?
LEONCIO: No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.
EDGARDO: Y que yo borde en sedas, ¿le extraña?
LEONCIO: Menos ¡Quién fuera el señor! Siempre he lamentado que mis padres no me enseñaran a bordar, pero los pobrecillos no veían más allá de sus narices (Págs. 68-69)
Leoncio que, se supone, es alguien que recién entra en la historia empieza a enfrascarse, como se ve, en el mundo de locura y agitación en que viven los demás. Lo cierto es que no existe en toda la obra ni un solo personaje que resulte “normal” en el sentido en que tradicionalmente entendemos esto. Unos más que otros, todos terminan mostrando su rostro alocado: éste mata ratas y les coloca nombres de mujeres, la otra vive con búhos en su cuarto, y aquel va de Madrid a Toledo desde su cama. Que esto sea de esta forma hace que la trama sea siempre rica y mantenga bien despierto al lector, quien, no teniendo un punto veraz de referencia, debe estar tomando de todos lo que mejor cree e ir atando cabos hasta el final.

Esto es palpable principalmente en el acto segundo cuando, en casa de los Ojeda, empiecen a sobrevenirse las confusiones: se cree que hay dos Dimas cuando uno de ellos es el policía disfrazado; no se cree lo que Julia dice respecto de su matrimonio con el policía hasta cuando éste lo acepta al final de la obra; Clotilde insiste en que Ezequiel mata mujeres y las despelleja, luego se sabrá que son solamente ratas; etcétera.

El humor de Jardiel Poncela

Todas estas situaciones y personajes son cómicos por ellos mismos. El tratamiento que hace Jardiel Poncela es muy delicado al respecto, nunca fuerza nada en búsqueda de despertar la sonrisa o la carcajada, simplemente sugiere desconciertos, dispara la ironía de lo increíble o utiliza una palabra de mucho peso para la acción. Esto quiere decir que, en Eloísa Está Debajo de un Almendro, no existe un humor grotesco o rebuscado a pesar de lo inusitado de los acontecimientos. Un ejemplo muy sencillo puede ser el siguiente; estamos en el prólogo de la obra, en un cinematógrafo antes de que empiece la función, y una mujer ha tomado el periódico para leer una noticia:

“MADRE: ¡Ah, sí! Aquí está. (Leyendo.) “Un hombre mata a una mujer sin motivo justificado”. (Dejando de leer.) ¡Qué bruto! Mira que matarla sin motivo justificado… (Volviendo a leer.) “El criminal atacando a su víztima. Fotografía tomada por nuestro redaztor gráfico, que llegó al lugar del crimen tres minutos antes de cometerse este. (Dejando de leer de nuevo.) ¡Lo que debe ser! Y no llegar cuando ya ha pasao to, que nunca se entera una bien de cómo ha ocurrido la cosa” (Pág. 24)
En la misma escena del cinematógrafo tres personas se tranzan en una discusión en la que refranes van y vienen; organizan todo un debate a base exclusivamente de estas figuras y, por lo inusual de la situación, lo más posible es que el lector termine con la boca estirada porque en verdad sale muy bien. Pero, además, las confidencias entre Ezequiel y Clotilde, lo “secreto a voces” de su amor, y lo tanto que se parece a la relación entre Fernando y Mariana, vienen a componer un recurso humorístico de la obra, por cierto que bastante rico debido a la variedad de situaciones en que se meten los personajes.

Jardiel Poncela utiliza también el disparo a la ironía –del que hablaba hace un momento-, y es algo así como llevarnos a una escena absurda para rematar con un elemento que la haga ver todavía más insólita: Edgardo ha decidido que esa noche quiere tomar el tren desde su cama y viajar y, por lo inaudito que pueda parecer, los dos criados –Fermín y Leoncio- después de discutir un poco sobre la condición de su patrón, empiezan a conversar sobre las gracias y los contratiempos de escoger un trayecto u otro. Si vamos a Toledo, quizá habrá esto de comer –se dicen-, si vamos a otro sitio, tal vez no. De modo que el lector sonríe y se da cuenta que la tensión entre loco y cuerdo, parece revertirse, o al menos igualarse, subrepticiamente.

Finalmente, la búsqueda del acto gracioso puede venir de una simple palabra, de un juego de doble sentido. Sucede varias veces durante la pieza: en el prólogo, por ejemplo, el empleado del cine avisa a Clotilde que rociará un poco de ozonopino, y ella le contesta alegremente: soy de su ozonopinión. Mucho después, al final de la obra, también Clotilde vendrá a traducir en una palabra la comicidad de Jardiel Poncela; así sentencia la mujer a Ezequiel después de probar por fin que lo que el viejo mata son simples gatos:

“CLOTILDE: Pero, ¿es que son gatos los que usted mata?
EZEQUIEL: Pues, ¿qué quería usted que fuesen?
CLOTILDE: ¿Y es a ellos a los que les quita usted la piel?
EZEQUIEL: Naturalmente.
CLOTILDE: (Mirándole con desprecio.) ¡Pelagatos! (Pág. 169)
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Eloísa Está Debajo de un Almendro es una obra cargada de humor, enredos y una muy importante dosis de situaciones increíbles. Por la sola combinación de estos elementos, bien vale la pena ser leída.

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