AUTOR: Charles Dickens
TÍTULO: Cuento de Navidad
EDITORIAL: Toray, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1977
PÁGINAS: 189
DIBUJOS: Flores Lázaro & Armando
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

A
que todos sabemos quién es el hombre más tacaño del mundo; sí, es Ebenezer Scrooge. Inmortalizado en las páginas de Cuento de Navidad (1843), este personaje es uno de los más representativos de Charles Dickens (1812-1870) y de la literatura en general. Huraño, egoísta y solitario, Scrooge, siendo símbolo de una época concreta, todavía remueve nuestros días con una historia, al mismo tiempo, fantástica –en su concepción- y crítica –en su sentencia a esa horrible expresión humana que es la codicia-.

Dos hechos vienen a demostrar la importancia de Cuento de Navidad: primero, las incontables ediciones que han venido sucediéndose desde mediados del siglo XIX y, segundo, las no menos numerosas adaptaciones que se han hecho para el cine y el teatro. Es así que, de una u otra forma, muy buena parte de nosotros hemos terminado conociendo los aspectos centrales de la obra y, por supuesto, a su protagonista, de quien nos acordamos muchas veces, especialmente por esta temporada.

De aquel profuso inventario editorial que ha dado testimonio de esta historia, hace parte la bonita edición que hoy presentamos, publicada por Toray en 1977. Su particularidad será, acaso, la de dejar para el lector la decisión de asumir escritura e imagen como lenguajes independientes o complementarios; ambas posibilidades están abiertas, puesto que el libro contiene el cuento íntegro en prosa, y también una extensa historieta que puede leerse por aparte sin temor a desperdiciar los aspectos cardinales de la trama.

Cuento de Navidad comparte con otras obras de Charles Dickens una preocupación fundamental: la explotación económica de los pobres durante la revolución industrial. Sabemos que esta denuncia fue la columna vertebral de Oliver Twist (1837-39) y Grandes Expectaciones (1860-61), aquí, tal vez desde una proyección distinta, reaparece esa acusación a una Inglaterra polarizada, sobretodo para mostrar la manera en la que la riqueza de unos pocos se traduce en la miseria de muchísimos. Una situación que, en su momento, habló por boca de una burguesía indolente y abusadora que el propio autor conoció en los difíciles años de su niñez.

Por lo que compete a nuestro trabajo, intentaré recuperar parte del juego simbólico de la obra, es decir, la relación metafórica entre pasado, presente y futuro y; luego, hacer algo así como un examen de las conexiones que se establecen entre la moral de sus personajes. La síntesis del argumento será breve porque considero que la mayoría de nosotros ya lo conoce.

La historia de Ebenezer Scrooge

Estamos en Londres y es víspera de navidad. Amargado como siempre, el viejo Ebenezer Scrooge se dirige a su oficina pensando en cuánto le dejará esta jornada. Desde hace siete años es el único propietario de la Scrooge & Marley, y con todo lo que evita en gastos tan necesarios como el alimento o los servicios, ha amasado una gran fortuna. Es un avaro, el más cara dura de todos los avaros, y como tal, rehúsa cualquier situación que pueda quitarle algún penique: no se baña con tal de no comprar jabón, remienda una y otra vez los mismos trajes, paga a su empleado Bob una pequeñez y, en fin, sólo ve en la navidad un despilfarro incomprensible.

Ya en su oficina, Scrooge no deja de discutir: lo hace con Bob, a quien exige rendir más en su trabajo; con Fred, su sobrino, negándose bruscamente a asistir a su cena de noche buena y; claro, también con aquellos dos hombres que vienen buscando alguna donación para los niños pobres. Es un avaro, sí, y también un gruñón irascible. Pero quizá las cosas cambien: ese mismo día, al estar de vuelta en casa, le sucede algo increíble: la figura de su antiguo socio Marley se le aparece en la puerta, instándolo a tomarlo como ejemplo; él, Marley, también fue en vida un viejo aguafiestas y tacaño, pasó sus días pensando en escrituras y dinero y, ahora, muerto, el peso de todas esas cosas es una cadena que lo amarra a un pasado que nunca llegó a corregir.

Un poco asustado, Scrooge considera que aquella visión es producto de su imaginación, y que no hay razón para preocuparse. Sin embargo, Marley vuelve a presentársele en su cuarto y esta vez le advierte algo soterrado: tres espíritus visitarán a Scrooge antes de la noche de navidad, el primero de ellos muy pronto. Confuso, pero dispuesto a seguir pensando que todo aquello es producto de una “mala digestión”, Scrooge se echa a dormir a eso de las dos; cuando se despierta son las doce y todavía es de noche; una hora después, el primer espíritu aparece.

Se trata del espíritu de las navidades transcurridas; es un espíritu sutil y luminoso que lleva a Scrooge hasta el pasado. Juntos regresan a la época en que Ebenezer era un niño huraño y apartado, un joven egoísta que ponía el dinero por encima de su familia y el amor, por encima de Belle, su antigua prometida. Todas estas imágenes desorientan a Scrooge, quien se entristece por los momentos que se perdió ensimismado en su único anhelo de producir dinero; pero no termina de convencerse de lo desacertado de sus acciones. Puesto frente a la imagen de Belle y su familia, desespera y ataca al espíritu, con lo cual reaparece en su cuarto.

Intenta volver a dormir, pero un instante después tocan a la puerta: es el espíritu de la navidad presente. Un hombre fornido, con una apariencia de romano que inquieta a Scrooge, lo lleva a recorrer su existencia actual. Van a casa de Bob Cratchit, su empleado, en donde el viejo conoce a la esposa de aquél y a sus hijos, en especial al enfermo Tiny Tim, cuya suerte realmente lo afecta. Pasan, además, rápida revista por los lugares más desolados –un barco, un faro-, pero en los cuales se respira la amistad y respeto de la noche buena. Hay tiempo, incluso, para visitar a Fred en su fiesta navideña: allí está junto a su esposa y amigos, burlándose de la suerte de su tío, cosa que saca de casillas a Scrooge, aunque le confirma su errada forma de ver el mundo. Entretanto, sucede que el espíritu de la navidad actual empieza a envejecer repentinamente: su vida es efímera –dura apenas un día-, de modo que el segundo viaje termina.

Como sea, a la experiencia de Scrooge le hace falta todavía una estación, aquella que conoce con el espíritu de las navidades futuras. Este es un espíritu desolador y negro como la muerte, que no cruza una sola palabra con Scrooge, y que simplemente le señala algunas escenas: unas personas vendiendo las pertenencias de un viejo, su sobrino Fred al frente de la Scrooge & Marley, el hijo de Bob muerto por la codicia de su expatrón, y una tumba en el cementerio con su nombre, Ebenezer Scrooge. Horrorizado ante la idea de un fin ineluctable, arrepentido de un pasado avasallador y tosco, se pregunta si le es posible cambiar ese futuro. “Pero ¿es que todavía le queda tiempo para rectificar? ¿No lleva su nombre aquella tumba? ¿No está ya todo dispuesto para que ocurra así?

El juego simbólico en Cuento de Navidad

El principal foco simbólico en Cuento de Navidad tiene que ver con el juego entre tiempos, es decir, con el hecho de que Dickens haya decidido que la transformación de su personaje sería posible a través de un examen de su vida. Generalmente cuando alguien se pregunta por su vida acude a una división de este tipo (pasado-presente-futuro), y cree que nada o muy poco de lo que haya hecho podría escapar. Pues bien, en la obra a cada uno de estos tiempos el autor hace una aproximación particular, siempre simbólica, y eso es a lo que quiero referirme.

El pasado, por ejemplo, es entendido aquí como una época de descubrimientos y definiciones. Toda época lo es, por cierto, pero no cabe duda de que la niñez y la juventud siempre comportan una sensibilidad mayor para esta clase de cosas; no en vano se piensa que después de cierta edad es muy difícil cambiar, debido a lo arraigadas que están en las personas sus costumbres y formas de comprensión de la realidad. Scrooge niño y Scrooge joven, son individuos que descubren un aspecto central –el dinero-, y se definen frente a él de ese momento en adelante. A uno de los espíritus, precisamente, Ebenezer confesará: “me es muy difícil cambiar, puesto que siempre he sido así”.

Sin embargo, y a pesar de que en el caso de Cuento de Navidad, la niñez y la juventud están permeadas de ese gran problema de Scrooge, o sea, la avaricia, no por ello dejan de ser entrañables y de despertar nostalgia en su protagonista. Ahora, a lo que quiero apuntar es a que el espíritu de las navidades transcurridas está estrechamente relacionado con ese hálito del pasado y, por este motivo, es luminoso, claro, de apariencia amable y cortes. No es una casualidad; al contrario, la experiencia de Scrooge va en una dirección que parte de la luz a lo sombrío y soterrado: el primer espíritu que lo visita es suave y hermoso, el segundo más bien robusto y decidido, y el tercero, en cambio, velado y misterioso.

Casi siempre funciona de esta forma; alguien habla sobre su niñez y piensa que fue una época amable; otro habla sobre su presente y se obstina en creer que es la etapa de mayores decisiones, entonces, sin importar lo corto que pueda resultarle, ubica en él todo lo que tiene y; el último, habla sobre su futuro, quizá desee muchas cosas, pero en el fondo lo inescrutable de lo desconocido y la certeza de la muerte, constituyen un panorama nebuloso.

Hay, entonces, por así decirlo, un recorrido simbólico en Cuento de Navidad que se caracteriza por su gradación, por su descenso. El primer espíritu que visita a Scrooge es el del pasado, y este lo deslumbra con su belleza, lo lleva a recorrer su niñez y juventud, y aunque le hace reflexionar sobre ciertas cosas, no logra convencerlo. El segundo espíritu, el del presente, es fuerte –similar a un romano- y, aunque efímero, ante él por primera vez Scrooge se muestra conciente de sus comportamientos. Finalmente, el tercer espíritu, no es ya siquiera bello o audaz, sino oscuro y definitivo, es la muerte, y sólo ella con su tránsito por ese paisaje taciturno puede provocar en el protagonista el arrepentimiento.

Por este mismo motivo, las actitudes de los personajes varían de acuerdo a la situación. Con el primero y segundo espíritus, Ebenezer Scrooge llega, incluso, a intimar, a gastarse bromas mutuas y a entrar en confianza. Con el último, ni pensarlo. Pero no podría ser de otra forma cuando lo que busca Dickens es hacer de la experiencia de Ebenezer, no sólo una introspección, sino un choque brusco, una revelación definitiva, como aquella que tiene cuando ve escrito sobre una lápida su nombre.

Hay una exigencia de forma para que este juego simbólico no se caiga desde el principio: la historia debe contarse en presente, y así se hace, efectivamente. Si Dickens hubiese decidido contar la historia en pasado, pues su fuerza dramática decrecería porque lo más posible es que el lector conociera desde la primera página el final. El autor, incluso cuando tiene que hacer una proyección hasta el futuro, no descuida su estilo y, por esto, el final es un espacio al que aporta toda la historia, no una declaración de base.

Moral o morales en Cuento de Navidad

Es obvio que esta obra soporta un juicio que la ubica como moralizadora. Es más, en algunas de sus páginas existen afirmaciones directas: “ayudar a los pobres, así se lo establece en la biblia”. Sin embargo –y como se intento hacer ver más arriba-, también es posible observar una crítica social, una denuncia de los adinerados que explotan a sus trabajadores a razón de ganar un poco más, de los ricos que no sienten el menor miramiento por el niño que les pide limosna y, más profundamente, una denuncia al sistema que sostiene este tipo de prácticas.

Ese señalamiento me parece muy acertado, pero Cuento de Navidad expresa una distinción –a mi modo de ver- demasiado cerrada entre buenos y malos. En efecto, todos los personajes se expresan desde estas dos categorías, ora porque son su personificación, ora porque experimentan ciertas tensiones entre una y otra. Scrooge es malo, porque no da limosnas a los pobres, es huraño con sus semejantes, no tiene el menor sentido de la cordialidad o la ayuda, etcétera. Y Bob, en cambio, es bueno, porque es humilde, trabajador y, aun cuando su patrón lo explota, brinda por él en navidad deseándole lo mejor.

Los demás personajes transitan el mismo derrotero: entre los buenos se cuentan Fred, Belle, Fezziwing –antiguo patrón de Scrooge- y, entre los malos, particularmente el Marley vivo. La consecuencia principal que esta distinción trae para la obra es que las posibilidades de que un personaje pueda actuar a veces como bueno y otras como malo de acuerdo al contexto, son mínimas; “se es, o no se es”, parece decirnos Dickens. Y de esta forma, pues resulta muy difícil no sentirnos inmersos en una moral religiosa basada en estos puntos de referencia.

Por lo anterior, el lector puede sentir que la crítica social está supeditada al ejercicio de distinción moralizante religioso. Y es que además Dickens tiene sobre su mesa muchas figuras representativas de una moral de esta clase: la limosna, la navidad, las donaciones. Lo otro, la dinámica que permite la acumulación de dinero a costa de los pobres, o la lógica política que permite que un niño muera por falta de un buen médico –como podría suceder al hijo de Bob- hay que buscarlas tras la atmósfera de una moral maniqueísta; por supuesto, no por ello la crítica de la obra pierde contundencia, pero sí se carga de un lenguaje que no podríamos llamar verdaderamente social.

El problema, según observo, viene a manifestarse en el plano de la imposición: se exige una moral única y general para los hombres, no un cruce de morales en donde siempre se debata la cuestión de lo legítimo. Está claro que una moral bien fundamentada no puede desconocer la pobreza o la explotación, pero no es cierto que ésto pueda hacerse sólo desde un único plano. Ese ha sido siempre el desfase de la religión, su fundamentalismo, su moral abarcadora y excluyente de lo otro. En Cuento de Navidad no existe tensión de morales, sino una búsqueda de enfrascar a todos en una misma moral; no existen personajes que se pregunten por su condición moral, sino sombras que están de un lado o del otro.
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Espero haberme expresado bien en esta reflexión porque el libro me resulta muy agradable. La simple concepción de la historia tiene de principio el sello de una obra maestra, pero tropieza un poco en la consolidación de su horizonte axiológico y crítico, toda vez que lo sesga a una interpretación moral demasiado matizada por la religión. Fue su época, está claro, y el escritor tiene toda la libertad de hacer lo que mejor le parece. Estamos, a mi entender, en una zona de debate.


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