AUTOR: Rubén Darío
TÍTULO: El Hombre de Oro (y Otros Relatos)
EDITORIAL: Aguilar, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1995
PÁGINAS: 79
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

La vida de Rubén Darío (1867-1916) fue una mezcla peculiar de errancia y cosmopolitismo. Viajero infatigable, recorrió gran parte de América y Europa, frecuentando alternativamente los más renombrados círculos artísticos y el soterrado mundo prostibulario. Forzado a sentir cada cosa a profundidad, existencia y escritura estuvieron en él, desde el principio, cruzadas por la exuberancia, el erotismo y la angustia de la muerte.

Su poemario Azul (1888) apareció por allá cuando el autor apenas sobrepasaba los veinte años, convirtiéndose casi de inmediato en el fundamento más importante para la renovación que experimentó la poesía merced al modernismo. Ese libro que, en opinión de Valera, “no enseña nada ni trata de nada”, por el contrario, constituye para Latinoamérica una declaración universalista, tal vez de momento un poco afrancesada, pero con el tiempo muy propia y celebrada.

En ese contexto de búsqueda y definiciones puede ubicarse este libro El Hombre de Oro (y Otros Relatos) (1995), antología que recoge tres cuentos escritos por Rubén Darío, dos de ellos publicados en Azul, y que son una buena muestra no sólo de un estilo sutil y vehemente, sino de la imposibilidad que afrontó el escritor nicaragüense para abordar la prosa literaria con otras herramientas que no fuesen las de la poesía misma.

En efecto, sus relatos vendrán, la mayoría de veces, a beber en las fuentes de la prosa poética francesa; el espíritu de El Spleen de París o Una Temporada en el Infierno se percibe aquí de forma indiscutible, sumándose, además, a la admiración deificante que, para la época, tenía Rubén Darío por Víctor Hugo. Sin embargo, también hay una fuerza propia, eso que algunos críticos han llamado exotismo, y que tiene que ver con un idioma que se enriquece a cada trazo: juegos, figuras, imágenes, palabras, todo esto robustece el español de Rubén Darío, poniéndolo en una línea de intertextualidad con grandes zonas de referencia como el latín, el francés o el griego.

Hacen parte de esta colectánea El Hombre de Oro, un extenso relato que nos pone en el umbral de la llegada del cristianismo a Roma; La Muerte de la Emperatriz de la China, la historia de un escultor amante de la belleza y; El Fardo, texto que muestra la faceta del Rubén Darío que trabajó durante años como periodista. Por lo que corresponde a nuestro interés, intentaremos acercarnos a estos tres cuentos desde algunos aspectos que consideramos pertinentes para su lectura.

El Hombre de Oro

En los tiempos de Tiberio César (42 AEC-37 EC) empieza a expandirse la doctrina cristiana en toda Roma. Todavía clandestinamente, los adoradores del “dios único” se reúnen para compartir el mensaje del apóstol Pablo. Así lo hacen, por ejemplo, los hermanos Lucila y Nereo, quienes asisten a las lecturas que hace el sacerdote Malco. Y es que el cristianismo ha tenido un grato recibimiento, especialmente entre los pobres, puesto que declara la igualdad de los humanos, y la liberación de las ataduras.

En contraste, los romanos ricos continúan tomando del mundo helénico las principales fuerzas de su cultura (dioses, letras, costumbres) y viendo en los judíos, enemigos implacables de su pueblo. La vida transcurre, así, en una suerte de oposición entre quienes empiezan a creer en Jesucristo y los que no. A este último grupo pertenecen los aristócratas Polión, Lucio Varo, Acrino y Axio, quienes pasan sus días devorando sendas comidas, degustando vinos exclusivos y discutiendo sobre poesía, riquezas y filosofía.

Pero he aquí que existen dos elementos en este relato que vienen a trastrocar la aparente incomunicación entre creyentes e incrédulos. El primero, es la presencia de un personaje misterioso que viene de Judea recomendado por Poncio Pilatos, y que se ha granjeado su fortuna haciendo construcciones para el César. Aquel tipo, a quien se lo conoce como “El Hombre de Oro” por su excesiva pasión hacia todo lo dorado –las monedas, los esplendores, el sol, las joyas, etcétera-, es vecino de Polión y, por lo mismo, de cuando en cuando, participa de sus banquetes.

El segundo elemento es la transformación que experimenta Lucio Varo para sus adentros. Él, todo un aristócrata, ha empezado a considerarse culpable de la desigualdad entre los hombres, es decir, a preguntarse por la clase de moral que en una sociedad puede legitimar la pobreza, el hambre o la esclavitud. Educado desde siempre en el orgullo grecorromano, siente ahora la necesidad de apartarse de la sordera que lo ha hecho aceptar sin resquemores la ley y virtud de los césares por encima de la dignidad de sus demás congéneres.

Estas dos situaciones son los focos dramáticos del relato. “El Hombre de Oro” se enamorará de la cabellera de una muchacha, Lucila, y, persiguiéndola para apropiársela, llegará hasta la casa en que Malco lee los pergaminos sagrados; entonces se sabrá que ese hombre no es otro que Judas de Kariot. Por su parte, Lucio Varo, atraído por las historias de un humilde marinero, espiará un culto cristiano y, después, conocerá en persona al apóstol Pablo que, a la sazón, viene de Grecia sumando adeptos.

Literalmente la historia no tiene más, pero El Hombre de Oro presenta una reflexión particular que viene tanto de su temática como de su lenguaje. Sabemos que el misticismo y el regreso a lo mítico fueron constantes en la obra de Rubén Darío, pues bien, en este relato uno y otro se encuentran relacionados perfectamente. Y del lenguaje, riquísimo, cosmopolita, vigoroso, basta con citar un ejemplo. Lucio Varo vive aquel ritual cristiano de la siguiente forma:

“No era aquel ningún sacrificio a divinidades marinas o rústicas, ni los cantos jubilosos de la vendimia, o las alabanzas a Dionisio; ni era tampoco el canto de Adonis, ni el alegre y vibrante de las fiestas de Flora. Las voces se elevaban delicadamente cristalinas, y decían la llegada y el triunfo de un espíritu nuevo. Las almas eran como lirios de esperanza; los corazones, alados y fragantes, se elevaban, libres de los garfios del mundo, en un anhelo de azul; el dolor habíase santificado, las lágrimas se habían tornado siderales gemas; el sacrificio había logrado la más excelsa virtud. Del polvo humilde brotaba el tallo sagrado cuya flor pura e imperial tenía por exhalación el aliento del paraíso. Y todo irradiaba a la mirada del Dios nuevo; del grande y único Dios.
Su espíritu se conmovía como agitado por desconocidas ráfagas. ¿Qué culto extraño tenía por sacerdotisas aquellas mujeres de voces melifluas? Él había oído hablar de las ceremonias orientales que se celebraba a la gran diosa…; mas, en medio de los cantos, el nombre de Cristo llegó a sus oídos; eran, pues, aquellas gentes sectarios del ídolo de la cabeza de asno…” (Págs. 50-51)
Este relato también permite a Rubén Darío centrar algunas cuestiones que, en tanto poeta, siempre revistieron para él importancia. Toda la segunda parte de la historia –unas 30 páginas- las destina para poner a dialogar a sus personajes sobre la felicidad (¿Es feliz el hombre rico? ¿Es superior al otro quien goza de felicidad?), el viaje (¿Es el viaje una rutina siempre fatigosa? ¿De qué manera el ir y venir aporta a la inteligencia?) y la poesía (¿Debe apartarse el poeta de las muchedumbres? ¿Ha sido la poesía concebida para entretener?).

La Muerte de la Emperatriz de la China

La Muerte de la Emperatriz de la China apareció, por primera vez, en el diario La República, en Chile, del 15 de marzo al 1 de mayo de 1890; un poco después fue publicado por El Perú Ilustrado, con una nota de Ricardo Palma y; finalmente, se incluyó en la segunda edición de Azul, en octubre de 1890. Su historia puede argumentar bastante bien la opinión de Valera que citábamos al principio, pero no por la base moral de la que parte el español para su juicio, esto es, que Azul es un libro que contribuye a la descreencia en una época de crisis, sino más bien, porque posiciona al poeta y, con ello, a la creación, en un lugar de potencialidades ilimitadas.

Una de esas potencialidades puede ser, efectivamente, la de crear una pieza que sólo esté justificada por su belleza expresiva. El argumento de La Muerte de la Emperatriz de la China es muy sencillo: un artista, escultor, vive con su esposa un romance imperturbable; pasan los días procurándose complacencias mutuas, sonriéndose, amándose, en fin, todo un cuadro romántico; pero un día, Recaredo –que así se llama el artista- recibe un regalo de su amigo Robert, se trata de una hermosa estatuilla de una emperatriz imperial. Él, que es un fervoroso amante del arte oriental, construirá de inmediato un gabinete para tenerla siempre a la vista y perseguir sus detalles. Tal es la devoción que despierta en Recaredo aquella figura, que su mujer, presa de los celos y no dispuesta a compartir el deseo de su esposo, lo insta a decidirse, terminando por romper la estatuilla en mil pedazos.

Como se ve, no es un relato que sorprenda por su trama, ni siquiera por el final que, dada la actitud indolente de Recaredo frente a la destrucción de la emperatriz, suena un poco a mentira. Lo que sucede es que la historia gana por la pomposidad de su lenguaje, que ubica a la belleza como medio y como fin. Fijémonos en la descripción hecha por el narrador de aquella figura:

“La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos, de números y letras negras que decían y daban a entender que el contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio. Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: La emperatriz de la China. ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre los hombros colombinos, cubiertos por una onda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la China! Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su porcelana” (Págs. 66-67)
Sobre el interés narrativo predomina el poético. Antes nos referíamos a esto teniendo presente la sensación que produce en el lector las páginas que componen éste y el primer cuento de Rubén Darío. No importa crear un relato lento, ni siquiera de poco impacto narrativo, lo importante es crear algo bello, algo que ponga música en nuestros oídos, que dibuje imágenes definitivas e irreducibles. El arte crea lo bello, pero además es el marco para adularlo, puesto que el autor no concibe la belleza sólo en el acto creativo, sino que es una constante de sus personajes, en este caso de Recaredo, quien es artista y, por extensión, alguien comprometido con la belleza.

Pero es más, en La Muerte de la Emperatriz de la China, la belleza deja de ser otra de las posibilidades en el mundo para expandirse a todos los terrenos: Recaredo se olvida de su esposa, porque la estatuilla es la belleza misma, pasa horas enteras contemplándola, dejándose perder en sus líneas y colores; y ella, Suzette, viendo que la belleza escapa de sus manos –porque en el amor el otro siempre es lo bello- no tiene por menos que sentirse celosa, bien porque su esposo es lo bello para ella y él se escapa, bien porque no está dispuesta a dejar de ser la belleza para el mismo Recaredo.

El Fardo

El caso de El Fardo es totalmente distinto al de los otros dos cuentos que hacen parte de la antología. Publicado en la Revista de Artes y Letras, en Chile, el 15 de abril de 1887, reproducido por La Época el 30 de abril del mismo año, e incluido también en Azul, este es un relato con tintes más sociales que de exploración en el lenguaje. Según hace notar la introducción de esta edición, la historia fue contada a Rubén Darío por un lanchero de Valparaíso, impactándolo de tal manera que terminó por escribirla.

El Fardo narra la historia del tío Lucas, un pesquero chileno que pasa las horas del día enseñando a su hijo el oficio. Sin embargo, la difícil situación hace que ambos, además de pescar, tengan que dedicarse a labores de lanchero, es decir, a cargar y descargar fardos de las grandes embarcaciones. Lastimosamente, la salud de tío Lucas recae –sufre de reumatismo-, razón por la cual su hijo debe trabajar solo para mantener a la familia. Un sábado cualquiera el joven parte hacia su trabajo con la ilusión de cobrar pronto, desayunarse y regresar a casa, con tan mala suerte que un gran fardo que ha sido mal amarrado se desprende y cae sobre él, quintándole la vida, y dejando así, desamparados a todos.

De esta forma, se percibe un cambio en la temática de los relatos que componen la colectánea. Mientras los dos primeros apuestan por el erotismo, la belleza y la universalidad, El Fardo recorre otro camino, quizá muy cercano a la labor como periodista con la que Rubén Darío se procuró su sobrevivencia y que, en cierto sentido, manifiesta la precaria situación de muchas personas en América Latina. Y es que con El Fardo no sólo asistimos a una historia con temática distinta, sino también de lenguaje diferente. Esto puede notarse en el ritmo con que escribe el autor las ocho páginas que componen el cuento:

“Él era un muchacho muy honrado y muy trabajador. Se quiso ponerlo en la escuela desde grandecito; pero ¡los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan; mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey” (Pág. 75)
Ritmo, forma y lenguaje narrativos cambian aquí, como puede observarse. Pareciera –aun cuando el texto es muy logrado- que la tensión de La Muerte de la Emperatriz de la China se revierte en El Fardo: aquí ya no importa tanto crear lo bello como subrayar el peso narrativo: este joven vivió así –nos dice Rubén Darío-, hizo esto, conoció aquello y murió de esta forma. Prácticamente que para decirlo se necesita estar acelerando cada tanto la escritura y prescindir de las descripciones que engalanan los otros cuentos.

Empero, es un cambio que no resulta necesario. En Los Ojos de los Pobres de Baudelaire o Después del Diluvio de Rimbaud hay un señalamiento tan directo, como el que hace El Fardo, de problemáticas sociales, con la diferencia de que aquellos textos no desatienden la carga poética. Por supuesto, y como manifestamos antes, Rubén Darío tampoco termina por hacerlo completamente, pero el ritmo y la gala a la que el lector es invitado en los dos primeros relatos, en nuestra opinión, se encuentra un poco ausente en este último.
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El Hombre de Oro (y Otros Relatos) es un libro corto, aunque importante a la hora de reconocer ciertas prioridades y características de la compleja obra de Rubén Darío.

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