AUTOR: Pierre Chariot
TÍTULO: Sartre y el Existencialismo
EDITORIAL: Plaza y Janés, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1976
PÁGINAS: 76
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez

Varios años antes de la muerte de Jean-Paul Sartre (1905-1980), su compatriota Pierre Chariot publicó este pequeño manual de divulgación titulado Sartre y el Existencialismo. Su trabajo, aunque breve y general, se sumó a la lista de publicaciones que hasta entonces habían buscado resituar la doctrina filosófica de Sartre, especialmente con relación a ese equívoco que, desde el principio, pareció cernirse sobre ella, y que nos la presentaba como escéptica, nihilista y desesperanzadora. Hay que recordar que fue precisamente esa errada interpretación del existencialismo, la que llevó al mismo autor a escribir, por allá en 1946, la obra apologética L’ Existentialisme est un Humanisme.

Lo que sucede con Sartre es aquello que corresponde a todos los grandes pensadores, pues ha conocido de forma alternativa adulaciones y rechazos; son muy pocos los que, tocados a profundidad por sus ideas, permanecen en el terreno de lo neutro. Pero, la prueba sustancial de que Sartre constituye una figura controversial se encuentra en el hecho de haber sido juzgado desde tantos marcos diferentes: el comunismo, el fascismo, la religión y hasta la propia filosofía; juicios que, a nuestro parecer, sólo reafirman su importancia como ideólogo de una de las más significativas corrientes artísticas e intelectuales del siglo XX.

Chariot parece hacer suyas esas palabras con que abre Sartre aquella obra a la que antes nos referíamos: “Quisiera defender aquí el existencialismo de una serie de reproches que se le han formulado”. En efecto, su librillo vendrá a mantener un tono de defensa, incluso, diríamos, de entusiasmo, frente al existencialismo y lo que representa para él, el pensamiento sartriano. Tal vez, ese mismo fervor, sumado a la mínima extensión del documento, sean las razones que impiden a Chariot asumir alguna de las críticas hechas a Sartre, con el deseo real de examinarla en sus matices e implicaciones.

Esto no quiere decir que sea un texto de propaganda, más bien, que se trata de una obra introductoria y de bajo nivel propositivo. Acaso el elemento que resulte más original en ella –teniendo en cuenta esa bibliografía copiosa que existe sobre Sartre- sea el retrato que nos plantea Chariot sobre los primeros “existencialistas” de París, es decir, aquellos jóvenes “desgreñados” y “sombríos” que se daban cita en el Saint Germain-des-Prés, que escuchaban la lúgubre voz de Juliette Gréco y que, a la sazón, fueron los principales responsables de crear esa equivocada visión del existencialismo que, aunque menos fuerte, persiste todavía en nuestros días.

Sartre y el Existencialismo es un libro que se lee muy rápido y que se atiene a una lógica que intentaremos respetar en nuestra reseña. Por tal motivo, reconstruiremos el recorrido hecho por Chariot, quien: 1. Dibuja el panorama de la posguerra y la emergencia del existencialismo; 2. Recrea los aspectos más sobresalientes de la vida de Sartre; 3. Da cuenta de los antecedentes del pensamiento existencialista y; 4. Considera el lugar y aportes que hace el filósofo francés a dicho conjunto.

Un falso concepto de existencialismo

Jean-Paul Sartre tuvo que vérselas con un inventario bien extenso de reproches: se lo acusó de promover el quietismo y la relatividad moral, de ser un antipatriota, de crear obras agrias y desagradables, y hasta de contribuir a la vulgarización de la filosofía. Muchas de estas críticas comparten un origen común, puesto que son el resultado de una manera de entender su pensamiento; quienes las hacen, concuerdan en que, dado el paisaje pesimista e indefinido de sus obras, aquello propuesto por Sartre es, necesariamente, una filosofía de la derrota.

Sin embargo –y esto vendrá a convertirse en una recurrencia a lo largo del libro-, Chariot piensa que era inevitable hablar sobre aquello que habló Sartre y, sobretodo, hacerlo con el tono en que lo hizo, porque esa era la condición de su época. De qué otra cosa podría haber hablado, se pregunta Chariot -siendo él un escritor que pretendía ser representativo de su tiempo- si no era de aquellas “cuestiones palpitantes” que lo tocaban, a él y sus contemporáneos, durante y después de la guerra: angustia, miedo, insatisfacción. Pensemos que:

“En los últimos años de esa guerra, con la ocupación de París por el ejército alemán, y la dispersión de muchas familias, no fueron pocos los jóvenes que se encontraron solos, desorientados, desesperanzados, en medio de la calle, a merced de las contingencias; algunos sin hogar siquiera. En estas condiciones, carecían de lo más elemental para subsistir, y la verdad es que subsistían con muy poco. Ni tan sólo vivían de esperanzas. Paralelamente a esa desazón, a esa angustia, experimentaban un desmedido afán de libertad. Y optaron –obligados por las circunstancias- por una vida nómada” (Pág. 10)

Ahora bien, lo que sí tiene lugar en este punto es algo así como una división entre aquello que, desde entonces, se convertirá en el imaginario social del “existencialismo”, y lo que constituye propiamente el existencialismo en términos de una metafísica de la existencia. En otras palabras, asistimos, por un lado, a una proyección material de este movimiento, no siempre correlativa a las orientaciones filosóficas que se preocupaban por establecer Sartre, Camus o Heidegger y, por otro, a la proyección de estas mismas orientaciones en el plano teórico y que, la mayoría de las veces, tenían muy poco que ver con las actitudes y costumbres de los que empezaron a catalogarse socialmente como “existencialistas”.

De cualquier forma, la causa de este embrollo debe situarse en la activa comunicación que mantuvo Sartre con las numerosas caves del Saint Germain-des-Prés, que se convirtieron en los sitios de encuentro predilectos de muchos grupos literarios y, específicamente, de los de corte existencialista, caracterizados por su aspecto sombrío e imperturbable. Es así como, nos cuenta Chariot, también Sartre se daba cita allí con sus camaradas intelectuales, para escuchar a Juliette Gréco –quien cantó algunas canciones escritas por él-, para fumar y beber vino mientras se discutía acaloradamente, o para perderse entre los oscuros y estridentes sonidos de algún jazz.

Pero cuidado porque, lo otro, esto es, lo del “far-west”, lo de los “boussons noirs”, y toda esa parafernalia, es cosa que no puede atribuirse a Sartre. Mientras que estos muchachos continuaban ensimismándose dentro de las caves, y los dueños de los bares los convertían en atracción turística, Sartre se metía de lleno en las cuestiones filosóficas que implicaba el llamarse existencialista; escribía El Ser y la Nada (1943) y estrenaba una tras otra sus obras teatrales. Esto significa, pues, que a pesar del contacto que tuvo el autor con aquel mundo soterrado y pesimista –que la gente del común designaba como existencialista-, Sartre nunca promovió esa condición, sino que muy por el contrario –y como veremos más adelante- tenía en sus manos un pensamiento renovador, cautivante y lleno de vitalidad.

La vida de Jean-Paul Sartre

Lo que hace Pierre Chariot en esta parte de su libro es una semblanza muy general de la vida de nuestro autor. Sobre ella retoma principalmente la muerte prematura de su padre, y la tensa relación que tuvo con el hombre que algunos años después se casaría con su madre. Del mismo modo, recupera las dos experiencias militares de Sartre, la primera, en los servicios auxiliares, a la que fue destinado a causa de su estrabismo y, la segunda, como camillero durante la Segunda Guerra Mundial, en donde fue prisionero de los alemanes por nueve meses.

Chariot se desprende, en su examen, de los alcances concretos que pudieron tener todas estas situaciones en el sentido de definir aspectos del pensamiento sartriano. Su estadía en Alemania, por ejemplo, no pasa aquí de ser otro de los apuntes, cuando constituyó el primer encuentro directo de Sartre con las teorías fenomenológicas que nutrirán la etapa que va desde La Trascendencia del Ego (1936) hasta Lo Imaginario (1940).

Por el contrario, Chariot prefiere recuperar algunas anécdotas: la carta que escribió Sartre antes de cumplir los siete años al escritor Georges Courteline, en la que lo felicitaba por una condecoración; la del comerciante estadounidense que le ofreció dinero a cambio de poder utilizar una de sus frases con fines publicitarios; o la de su acusación de colaboracionismo por el trato que llegó a establecer con Heidegger, quien –como sabemos-, mantuvo una relación muy compleja con el Nacional Socialismo.

Los antecedentes del existencialismo

Hemos dicho que hay una interpretación del existencialismo que se limita a ver en él un conjunto de ideas pesimistas e inmorales; también hemos afirmado, ateniéndonos a Chariot, que esa interpretación se hizo más fuerte, en tiempos de Sartre, debido a un grupo de jóvenes sombríos y circunspectos, que se hacían llamar existencialistas, pero que distaban considerablemente de los planteamientos de este movimiento porque no superaban la realidad objetiva que se describía en las obras, ignorando así que esa descripción, ese mundo, constituía su base de acción en tanto hombres.

El recorrido histórico que nos permite constatar que el existencialismo no representa una filosofía pesimista, sino que al contrario emerge como espacio para el empoderamiento y la libertad, evidentemente, debe iniciar en algunas páginas del pensamiento religioso, atravesar todo el mundo griego, y llegar a ese territorio privilegiadísimo que desarrolló Søren Kierkegaard. Él es la piedra angular del existencialismo, y la primera referencia moderna de una doctrina filosófica que toma como punto de partida para la definición del hombre, las nociones de angustia y contingencia.

En una de sus reflexiones memorables nos confesará: “la angustia es la revelación metafísica de la condición humana”, esto es, sólo la angustia puede definir con precisión y verdad qué podemos llamar hombre. Por esta razón, pensar que la angustia –el sentirnos arrojados, en medio de un mundo sin asideros ni destino- constituye una excusa para el derrotismo y la indolencia (características comúnmente atribuidas a los existencialistas), termina siendo una falacia, pues al contrario de esto, es lo que nos permite conocer lo que tiene, a un tiempo, de libre y absurdo el hombre.

A esa profunda mirada ontológica de Kierkegaard, se sumarán las inquietudes de Jaspers, concretamente en lo que se refiere al papel de la historia y el diálogo con el otro; las de Marcel y; sobretodo, las de Heidegger, quien traducirá esa noción de angustia como preocupación, estableciendo una distinción entre las preocupaciones triviales y “las derivadas de la limitación indiscutible de nuestra vida”, pero dejando en claro que son todas ellas, en su unidad, las que permiten acercarse a un posible entendimiento del hombre.

En resumidas cuentas que, esos conceptos que han sido desde siempre el material fundante de la teoría existencialista (la angustia, la muerte, la libertad, la contingencia, el absurdo) son, justamente, los que no permiten entenderla como pesimista: cuanto más nos entregamos a la idea de la muerte, dice Chariot, más alcanzamos una auténtica existencia. André Malraux afirmó hace un tiempo: “La muerte transforma la vida en destino”, y de qué forma sus palabras cuadran aquí para acercarnos a ese inextricable malentendido que acompaña a la opinión pública sobre el existencialismo, en especial el de la línea Sartre-Heidegger.

El existencialismo de Sartre

No cabe duda de que el argumento más fuerte que Sartre elaboró para defender el existencialismo de sus detractores fue su propia vida. Si nos tomamos el trabajo de repasar todo lo que hizo, todo lo que dijo, todo por lo que luchó, entonces ya no quedarán motivos para pensar que su paso por el mundo fue –al modo de sus personajes- inútil e indefinido, sino que, al contrario, tuvo todas las características de una verdadera existencia. En palabras de Chariot:

“Muchos de sus contraopinantes alegan que Sartre carece de fe y de esperanza; que es escéptico. Serán o no compartidas algunas de las afirmaciones de Sartre, pero existe un hecho incontrovertible: un hombre que lucha, que trata de dar a conocer lo que piensa, que lo hace valiéndose de todos los medios –la novela, el teatro, la conferencia e, incluso, el cine- no puede ser un escéptico, un desesperanzado, sino un luchador tenaz. Y nadie podrá negar que Sartre lo sea” (Pág. 30)

Y es que hasta el hecho de “valerse de todos los medios” para comunicar sus ideas fue, a la postre, algo que se le criticó. Con Camus y Sartre, los límites tradicionales entre filosofía y literatura se derrumban: ¿No son El Extranjero y La Náusea, dos de las obras más profundas del siglo XX? Y lo son porque pusieron en marcha toda la maquinaria de la filosofía a través del lenguaje literario; sus personajes reflexionan en torno a cuestiones ontológicas (¿Qué soy? ¿Qué puedo ser? ¿Qué me condiciona?), asumen su existencia como una gran incógnita, y establecen sobre ella juicios certeros, los unos más explícitos que los otros.

Pues bien, se le criticó a Sartre rebajar la filosofía a la categoría de las masas –Heidegger mismo no llegó a aceptar el potencial del pensador francés-, y todo porque en esa pasión de explorarse, reconoció que todas las herramientas eran perfectamente válidas, y que el teatro o la novela, bien podrían hacer las veces de un libro filosófico, con la ventaja de que aquellos serían comprendidos por un número más grande de personas.

El reconocimiento de esta situación lleva a Pierre Chariot a expandir su análisis del pensamiento sartriano más allá de El Ser y la Nada, por lo cual dedica algunas de sus páginas a los problemas que se desprenden de dos piezas teatrales –Las Moscas (1943) y A Puerta Cerrada (1944); analizando en ellas el modo como nociones filosóficas funcionan en personajes y contextos determinados.

Sin embargo, el grueso de la disertación sobre los fundamentos del existencialismo estará contenido en un último capítulo llamado, ostentosamente, El Pensamiento de Jean-Paul Sartre. En primer lugar, Chariot distingue las dos clases de ser propuestas por Sartre: ser en sí y ser para sí; asume que estas categorías establecen cierta correspondencia con el pensamiento y la extensión de Descartes, pero también con otras más usuales como lo estático y lo dinámico: el hombre “está condenado a salir de lo estático –ser en sí- para penetrar en lo dinámico –ser para sí”, y esto lo lleva a cabo por medio de una lucha arriesgada, difícil, peligrosa –dirá Nietzsche-, pues en ello se está jugando la defensa o reconquista de su libertad.

En congruencia con las bases filosóficas de sus inspiradores –Kierkegaard y Heidegger-, Sartre también apuesta por un estado inicial de arrojamiento a la vida que exige: 1. La conciencia de nuestra finitud, es decir, la certeza de ser para la muerte y; 2. La conciencia de estar condenados a elegir todo lo que hacemos. Con base en estas convicciones, el hombre se lanza, en uso de su libertad, a tomar decisiones sobre sí y sobre el mundo, en una lucha que, como bien advierte Chariot, tiene una doble dimensión, puesto que no sólo consiste en hacerse a uno mismo –cuando elijo, me hago, puesto que no soy más que el conjunto de mis acciones, de mis elecciones-, sino también en hacerse con el otro, dadas las implicaciones que tiene para el mundo lo que yo decido –“cuando elijo, elijo por toda la humanidad”-.

Esto quiere decir que, en principio, no existe ningún hombre previamente determinado y que, distinto a buena parte de las teorías religiosas que postulan una esencia a priori a la existencia, es decir, que nuestra “naturaleza” ha sido definida en todas sus posibilidades antes de llegar a ser, para Sartre se trata, exactamente, de lo contrario:

“(…) el hombre se va definiendo sucesivamente, a posteriori, por sí mismo. En principio, el hombre es muy poco. Ira siendo algo a medida que se vaya haciendo. De él depende el rumbo que adquiera su vida, con la utilización que haga de su libertad” (Pág. 64)

He ahí el descubrimiento de la angustia y de lo absurdo: hemos aparecido en un mundo que no nos define como hombres, aunque nos condicione, que nos exige decidir cada cosa, y proveernos de un sentido que se nos ha negado a priori. En los personajes de sus obras literarias –pensamos en el caso de Roquentin, Garcin o Estelle-, Sartre ha matizado tan bien esta condición, que el lector puede terminar creyendo que ésta es su propuesta, que la sola exigencia de reconocer el vacío, y el miedo a no tener más seguridades que las que podamos surtirnos por nuestra cuenta, es ya tarea suficiente para el hombre. Allí parecen haberse quedado muchas disquisiciones acerca del existencialismo.

Pero lo cierto es que la teoría de Sartre va mucho más allá; busca mostrar cómo esa condición angustiosa tiene las proyecciones opuestas al derrotismo, toda vez que es el espacio para ser lo que queramos, para elegir lo que nos gusta con firmeza, e irnos dibujando sin ninguna clase de bosquejo. Como plantea Chariot, esta función electiva, esta acción que día a día emprendemos –o podemos emprender- en el mundo, provoca una angustia comprensible en el hombre, ya que encarna una responsabilidad que sólo compete a nosotros; pero, por otra parte, es también la ocupación más gloriosa, en tanto que su puesta en marcha es la manera más legítima de ser hombres.
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Sartre y el Existencialismo es un libro introductorio al complejo universo del pensamiento sartriano; no es un texto del que se puedan esperar grandes desarrollos, pero sí incitaciones muy sutiles y efectivas. Dejó como conclusión la síntesis de Chariot:

“Algunos han considerado el existencialismo de Sartre como una doctrina fundamentalmente pesimista. ¿Lo es, en efecto? No, responde Sartre, categóricamente. El existencialismo no es un nihilismo, una doctrina de desesperación, de abulia; es una filosofía de la acción, opuesta al quietismo y, por tanto, una filosofía optimista. Después de haber mostrado, bajo las formas más hóstiles, lo absurdo, la contingencia y lo precario de la existencia, nos propone vivir plenamente la aventura humana, sin esperanza tal vez, pero sin temor” (Pág. 74)

Los invitamos, finalmente, a echarle un vistazo a las obras de Sartre reseñadas en el blog.

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