AUTOR: Juan Carlos Onetti
TÍTULO: El Astillero
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 239
RANK: 9/10




Por Jorge Vanegas Aparicio

La desazón que experimenta el lector cuando se acerca a esta obra, es un primer síntoma que advierte el tremendo impacto anímico implícito en su historia, porque no se puede hacer una pieza de arte sin que ésta deje de afectar en grado sumo los sentidos del espectador, caso contrario, perdería todo su propósito. Así, me satisface creer que la factura lóbrega y descorazonadora de El Astillero (1961) no obedece a razones ciegas, sino que posibilita al lector inmiscuirse en la lenta descomposición de los personajes.

Hay que advertir que no es válido recaer en facilismos a la hora de examinar esta novela. Lejos de todo ese ridículo histrionismo que suele acompañar a no pocos artistas, el escritor uruguayo creó un trabajo que no se encausó por los habituales modelos estilísticos y temáticos, característicos del boom latinoamericano, motivo por el cual vino a consagrarse tardíamente, cuando ya se encontraba en el exilio; un derrotero con raíces existencialistas, muy original, a pesar de que algunos lo han comparado con la obra de Kafka.

En Juan Carlos Onetti (1909-1994) se vislumbra ese compromiso existencialista: destaca el absurdo de una subsistencia desesperada ante la ilusión del porvenir, ora por el sentimiento de insignificancia que reposa sobre el individuo cuando no se han alcanzado todas esas quimeras, ora cuando aparece un obstáculo comunicativo frente a nuestros semejantes y surge la imposibilidad del entendimiento.

La trampa de Larsen

El envejecido Larsen o “juntacadáveres” desembarca en la miserable localidad de Santa María, trayendo consigo muchos deseos de revancha contra la ciudad que lo expulsó; aquellos que todavía dudan de su existencia, ven con perplejidad cómo se pasea desafiante con el revólver en su sobaquera y el pesado caminar que lo caracteriza. Sin embargo, no ha aparecido solamente para vengarse, también ha llegado para casarse –por beneficio- con Angélica Inés, la hija idiota de Jeremías Petrus, último dueño del astillero de una ciudad justamente llamada Puerto Astillero.

Aunque la verdad es que tal astillero se está pudriendo: el, en otros tiempos, flamante edifico, no es más que una inactiva mole gris que se está cayendo de a pedazos, sin cristales en las ventanas, repleta de goteras y con la maquinaria oxidándose amontonada en galpones. Larsen, orgulloso, trabajará dentro de lo que queda de la sombría estructura; una molestia que el viejo Petrus le ha legado para que se las apañe como pueda.

Sólo dos empleados, los únicos que permanecen en la empresa –porque no quedaron ni siquiera los obreros y las secretarias- son Gálvez y Kunz, el administrador y el director técnico, respectivamente. Ellos, tras sus engañosos títulos no son más que unos empobrecidos empleados que justifican sus extensas jornadas sin paga saqueando a manos llenas la poca maquinaria que queda para revenderla por chatarra a mercaderes rusos.

¿Acaso Larsen es la esperanza de Puerto Astillero? ¿Es el hombre que levantará del piso la otrora poderosa Petrus S.A.? Eso es poco probable; para empezar, sus dos subalternos, Gálvez y Kunz, no soportan los ostentosos aires que se da su nuevo jefe como gerente de un astillero quebrado, apenas si les provoca sorna cuando éste les comenta el sueldo que exige para trabajar en el astillero:

“- Debería decirle cuánto cobraron los anteriores.
- No me importa, gracias –dijo Larsen-. Lo estuve pensando. Por menos de cinco mil no me quedo. Cinco mil cada mes y una comisión sobre lo que pase más adelante –mientras alzaba el pocillo del café para chupar el azúcar, se sintió descolocado y en ridículo; pero no pudo contenerse, no pudo dar un paso atrás para salir de la trampa-. Estoy viejo para hacer méritos. Con eso me arreglo, puedo ganar eso en otro lado. Lo que me importa es hacer marchar la empresa. Ya sé que hay millones” (Págs. 35-36)
Por otro lado, el optimismo que demuestra Larsen cuando se hace cargo de la empresa es, sistemáticamente, silenciado por las atroces condiciones del astillero; a su entusiasmo se le opone la fatalidad de una realidad que se muestra ineludiblemente monstruosa, pero a la que terminará haciéndole el quite a base de falsas expectativas.

Larsen, con su autoengaño en marcha, verificará que lo mejor es aceptar como puede su papel en esta farsa, visitar ocasionalmente a su novia bobalicona en la destartalada mansión de Petrus, almorzar en lo de Belgrano y asistir a un trabajo sin paga. Había llegado para demostrar que no fue derrotado y, en vez de ello, terminó por caer –como al resto de los habitantes de Santa María- en las tramposas promesas que le ofreció su suegro, acerca de la resucitación de la empresa y de los millones de pesos que ganarían cuando de nuevo funcionara el astillero. El doctor Díaz Grey –de quien me referiré más tarde- le reprochará este hecho:

“Todos sabiendo que nuestra manera de vivir es un farsa, capaces de admitirlo, pero no haciéndolo porque cada uno necesita, además, proteger una farsa personal. También yo, claro. Petrus es un farsante cuando le ofrece la Gerencia General y usted otro cuando acepta. Es un juego, y usted y él saben que el otro está jugando. Pero se callan y disimulan. Petrus necesita un gerente para poder chicanear probando que no se interrumpió el funcionamiento del astillero. Usted quiere ir acumulando sueldos por si algún día viene el milagro y el asunto se arregla y se puede exigir el pago” (Pág. 114)
La jugada de Gálvez

Cuando Larsen logra la confidencia de sus empleados, Gálvez lo invita a la miserable casucha en la cual vive con su desaliñada esposa y sus dos perros. Constatará, por cuenta propia, las penosas condiciones de la vivienda: una muestra de la pobreza de todos los pobladores de la región –¿Si así vive un contador del astillero cómo vivirán el resto de personas?-. Tal pareja es el paradigma de quienes habitan la zona costera, han pasado a ser despojos enajenados que se resisten a aceptar la disparatada realidad de la región –como también sucede con el viejo Petrus y con Larsen-.

En estas visitas, Larsen advierte la fatídica jugada de Gálvez para desquitarse del viejo Petrus enviándolo a la cárcel: cuenta en su poder un preciado documento donde consta que aquel se quería apoderar de la totalidad de las acciones de la compañía para capitalizarla. Larsen se horroriza ante esta revelación, sus propios planes de hacerse con la supuesta riqueza del anciano se ven entorpecidos. Su pensamiento gira en torno a este altercado, se reúne con su suegro para comunicarle la situación, contempla la idea del asesinato, pero ¿acaso Larsen va a matar por una fortuna inexistente?

“Casi perpendicular a las mantas, la máscara blanca y amarilla, calva, cejinegra, parecía dormir; la boca fina y vencida, estaba apretada sin esfuerzo. “Quedan pocos como éste. Quiere que lo liquide a Gálvez, a la mujer preñada, a los perros mellizos. Y él sabe que para nada. Voy a despedirme; si despierta y mira lo escupo” (Pág. 126)
Sus energías se enfocan en la mujer de Gálvez; la insta para que le arrebate el papel a su marido, la seduce –cuando sabe que no siente mucho amor por ella-, pero, una vez logra convencerla, se da cuenta de que Gálvez ya ha ido con la policía para denunciar a Jeremías Petrus. El viejo es confinado en la prisión, pero es tan pobre que no tiene para pagar un abogado. Como una cruel ironía, Larsen no ve otra opción que robar la poca maquinaria que resta en el astillero para revenderla y así obtener el dinero necesitado.

Una ciudad post-apocalíptica

Santa María –en otro tiempo perla del progreso que construyeron los colonos europeos- es un puerto en decadencia, víctima de la debacle económica acaecida en la región. Sus pocos habitantes son figuras apáticas que recorren las calles sin advertir que esa fausta quimera de la metrópoli terminó por consumirlos a punta de promesas que nunca se cumplieron. No es que el astillero signifique una pesadilla post-industrial, sino que se mantiene como un símbolo en el que la gente ha depositado la mayoría de sus esperanzas en aras de un bienestar general. Cuando las máquinas colapsan, el individuo no puede estar más desamparado. Sólo pervive el esqueleto de un emporio, una ciudad desecha que se sobrevive a sí misma junto al abandono de sus embotados habitantes.

El único consuelo de estas masas desarraigadas es asistir a El Chamamé, un bar-antro que sirve para eludir la realidad del puerto, y olvidarse de la falta de oportunidades. Este bar es el refugio de los vestigios de la ilusionada población de Santa María, apoltronada sobre una barra de bebidas baratas, de mujeres fáciles y de borrachos harapientos:

“No hubo que agregar nada más, porque el resto –es decir, El Chamamé mismo- lo traían cada noche los clientes. Iban llegando para armar El Chamamé, cargando, siendo cada uno, varón o hembra, una pieza del rompecabezas; hasta sus accidentales ausencias contribuían a formarlo; y hasta pagaban por el derecho de hacerlo.
Nunca pudo saberse de dónde sacaban el dinero; la Petrus S.A. había interrumpido el trabajo años antes y las chacras de la zona eran demasiado pobres para tener peones permanentes” (Págs. 172-173)
Los habitantes de la ciudad son existencias volcadas a la desgana de un no futuro, ya que inconcientemente se perciben abandonados a su suerte, persistiendo en un milagro que no va a llegar nunca. El Chamamé es una excusa que hace soportable sus días, quizá una razón para seguir esperando el sórdido destino que les depara. Se sirven de esta alcoholización colectiva para mitigar un estado anímico equiparable a las deplorables condiciones del astillero.

El doctor Díaz Grey

Calvo, solterón, con cincuenta años encima y con la dudosa habilidad de conocer el pasado de la ciudad y sus habitantes, incluida el del propio Larsen; el doctor Díaz Grey es el humanista que se encomienda reflexionar sobre el hombre como inquilino de un mundo cada vez más absurdo:

“Pero no deseaba burlarse de nadie, nadie en particular le parecía risible; estaba de pronto alegre estremecido por un sentimiento desacostumbrado y cálido, humilde, feliz y reconocido, porque la vida de los hombres continuaba siendo absurda e inútil y de alguna manera u otra continuaba también enviándole emisarios, gratuitamente, para confirmar, su absurdo y su inutilidad” (Págs. 107-108)
Personaje clave y recurrente en otras obras de Onetti -La Muerte y la Niña / La Novia Robada-, impasible testigo del auge y la caída de Puerto Astillero, Díaz Grey hace gala de un carácter escéptico que no admite ilusiones; se demarca como el centro lúcido de toda la sordidez calamitosa que se cierne sobre la región. El propio Larsen lo buscará para que lo ayude a entender su angustia existencial, develando a Grey los pormenores para reliquidar el astillero y, así, conseguir la anhelada fortuna, hecho que provocará en su interlocutor una mueca sardónica, cuando le confirme que multitud de gerentes, con ese mismo pensamiento, han abandonado la empresa sin un peso en los bolsillos y con la desesperación en sus ojos por huir del puerto:

“- Sí, ya lo sé, lo oí también esta tarde. Petrus está loco, o trata de seguir creyendo para no volverse loco. Si liquidan cobrará cien mil pesos, y yo sé que debe, él, personalmente, más de un millón. Pero mientras, puede seguir presentando escritos y visitando ministerios. Está muy viejo, además. ¿Usted cobra sueldo?” (Pág. 110)
Pero el verdadero interés de la visita al doctor Grey es comprobar si en realidad todo lo que ha estado haciendo en este tiempo vale la pena o, simplemente, es un continuo dejar hacer de la vida según lo que suceda:

“- Así que usted está allí –dijo Díaz Grey, con repentina alegría-. Todo está bien, todo está en orden. Déjeme hablar; casi nunca bebo, aparte de la cuota de las siete de la tarde en el bar del hotel. Y siempre, casi siempre, la misma gente, las mismas cosas. Usted y Petrus. Tendría que haberlo profetizado; me doy cuenta y me avergüenzo. No hay sorpresas en la vida, usted sabe. Todo lo que nos sorprende es justamente aquello que confirma el sentido de la vida” (Pág. 113)
Toda la charla gira en torno a las dudas de Larsen, que van desde las ventajas de seguir en la empresa esperando un milagro financiero, hasta la preocupación por concebir hijos con una retrasada mental. El mismo Grey se extraña ante estas revelaciones, encontrándolo ya trastornado por el nebuloso ambiente de Puerto Astillero.

El absurdo

Larsen mantendrá en la cárcel –donde se encuentra recluido su suegro- uno de los diálogos más delirantes de El Astillero; demostrando el grado de absurdo al que ha llegado Petrus, y el mundo fantasioso que ha edificado el anciano a su alrededor para desentenderse de la cruda realidad.

Cuando Larsen le comenta acerca de la necesidad de cobrar sus honorarios, el viejo le replica que primero ha de entenderse con el administrador del astillero, realizando los efectivos trámites burocráticos para recibir su paga; no obstante, el único administrador de la empresa es Gálvez: ¡el hombre que huyó y le denunció ante las autoridades! Entonces, ¿con quién debe entenderse Larsen para recibir su paga? ¿Acaso con la nada? El viejo Petrus se limita a firmarle un inservible trozo de papel con la cifra de pago acordada:

“- Comprendo, señor –susurró-. Usted desea capitalizar sus sacrificios. Me parece muy bien. En cuanto a los sueldos actuales, designe un administrador y entiéndase con él. Respecto al futuro, ¿qué es lo que quiere?
- Alguna seguridad, un contrato, un documento –rió suavemente, dócil y consolado.
- No veo inconveniente –exclamó Petrus con excitación. Abrió el portafolio de cuero con un movimiento pausado y hábil que hizo sonar gravemente la escala de la cremallera-. Creo, en principio, que podemos entendernos –extrajo papeles y desenganchó la lapicera del bolsillo del chaleco-. Diga qué clase de documento desea ¿Un contrato por cinco años? Espere un momento” (Pág. 213)
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Hay que reconocer que en El Astillero, Onetti no sólo describe un pesimismo latente ante la vida, que hace ver todo como irremediablemente perdido, sino que también denuncia esa misma precariedad que rodea la existencia humana cuando se abandona a su desdicha, sin tener una consciencia clara de la situación en la que se ha caído. Esto es, en últimas, lo que le ocurre a los fantasmagóricos habitantes de Santa María y Puerto Astillero.

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