AUTOR: John Le Carré
TÍTULO: El Espía que Surgió del Frío
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 258
TRADUCCIÓN: Nieves Morón
RANK: 6/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

Cuando escuchamos hablar de novelas de espionaje, inmediatamente viene a nuestra mente la imagen del personaje de Fleming, James Bond, provisto con todo un arsenal de súper artilugios, y una actitud de seductor empedernido. No obstante, este no es el caso del protagonista de El Espía que Surgió del Frío (1963) quien, incluso, llega a ser la antítesis de todo ese universo que rodea al espía creado por Ian Fleming, y que sin duda no corresponde exactamente a la realidad de lo que significó ser un agente secreto durante los turbios años de la Guerra Fría.

Por lo que vemos, John Le Carré (1931-) apostó por la creación de unos personajes y unos hechos más cercanos a las circunstancias de aquella época, nada que ver con el mundo fantasioso construido en derredor de la arquetípica figura del héroe como espía al servicio de su majestad. Aquí no hay glamour ni espectaculares escenas de acción; nada de eso aparece en la obra de le Carré; en cambio, sí se resaltan los complicados procesos psicológicos de los individuos envueltos en la historia.

Leamas, el antihéroe

Digamos que el personaje principal de la novela, Alec Leamas, responde más a la figura del antihéroe, ya que no se atiene a un precepto moral fijo, ni siquiera a una ideología establecida y, mucho menos, a intereses patrióticos; es un agente secreto que se encarga de supervisar a un grupo de espías infiltrados en Berlín Oriental. Su sombrío trabajo consiste en recibir la mayor información que sus agentes puedan suministrar y devolverla al Cuartel General, ubicado en Londres, teniendo cuidado de no ser descubierto por su contraparte de Alemania Oriental, el temido vicedirector de operaciones de la “Abteilung”, Hans-Dieter Mundt.

Sin embargo, pese a los sigilosos cuidados puestos en la operación, su mejor agente –Karl Riemeck- resulta abaleado frente a sus propios ojos en el puesto de control de la frontera de las dos Alemanias; entonces comprende que existe un soplón en la organización que pone en riesgo a toda la cadena de sus agentes. Sus superiores, Control y Smiley, le ordenan volver a Londres de inmediato e informar personalmente sobre aquel incidente.

Ya en la capital inglesa, Leamas sostendrá una charla con Control, llegando a la conclusión de que Mundt debe ser eliminado; para ello, elaboran un complejo plan en el cual el espía se hará pasar por un abatido exagente del Servicio Secreto Británico, dispuesto a traicionar a sus antiguos jefes con tal de conseguir dinero; todo esto para que pueda entrar en Berlín Oriental sin levantar sospechas.

El veterano agente Alec Leamas emprende la pantalla que lo hace pasar por un cincuentón solitario y alcohólico que a duras penas sobrevive como puede en las pensiones baratas en donde se hospeda. Gasta el poco dinero que le queda en bebida, se hace más huraño, cuestiona públicamente la organización que sin piedad lo hizo a un lado, se hace ver como un arma obsoleta dentro de una guerra que ya no necesita de sus habilidades:

“A nadie le sorprendió demasiado el que metieran en conserva a Leamas. En general, decían, Berlín llevaba varios años siendo un fracaso, y alguno tenía que recibir la reprimenda. Además, estaba viejo para el trabajo activo, en el que hay que tener unos reflejos tan rápidos como los de un profesional del tenis” (Pág. 21)

Gracias a sus antiguos jefes, Leamas consigue un trabajo como empleado en una biblioteca y, aunque el trabajo se le hace insoportable, al menos mantiene un breve amorío con Liz Gold, una de las dependientas del lugar, pero acabará dejándola puesto que sabe que ella resultará afectada por su trabajo como agente secreto.

La traición

Ya con los agentes comunistas tras él, Leamas acepta lo que tienen que decirle, y acepta el trabajo que le ofrecen como informante de los Servicios Secretos de la Alemania Oriental; a cambio recibirá una jugosa compensación monetaria. Los oficiales de Alemania del Este no sospechan del ardid que se fraguó en Londres, pues saben que la vida como espía implica trabajar para el mejor postor.

Los contactos le proponen servir como informante bajo las órdenes de Fiedler, jefe de contraespionaje, quien está investigando al enemigo de siempre de Leamas, Hans-Dieter Mundt, ya que sospecha que anda suministrando valiosa información a los británicos. Alec Leamas ve una oportunidad de oro para vengar la muerte de su antiguo agente. Valga decir que Leamas y Fiedler sostendrán una amistad basada en el respeto que ambos se tienen como profesionales del espionaje.

Sometido a multitud de interrogatorios, Leamas dice todo respecto de los pagos hechos por él y su organización a los agentes infiltrados en el bloque del Este; una y otra vez relata hasta el suceso más nimio del recorrido que hizo durante estos movimientos financieros. Con esta información, Fiedler consigue llevar ante un tribunal a Mundt, denunciándolo como traidor al Estado Comunista. Sin embargo, Fiedler y Leamas desconocen que la historia dará un giro iniesperado y, dramáticamente, pasarán de cazadores a cazados.

Finalmente, Leamas meditará sobre lo acontecido durante la operación: todo fue dispuesto de manera cuidadosa para que desarrollara la misión desconociendo ciertos aspectos que podrían haberlo delatado ante las autoridades alemanas:

“-Mundt-Riemeck- Leamas: ésa era la cadena de mando, y es axiomático en la técnica del espionaje, en el mundo entero, que cada eslabón de la cadena debe ignorar, mientras sea posible, a los demás. Así está bien que Leamas afirme que no sabe nada contra Mundt; esto es sólo la prueba de una buena seguridad por parte de los jefes en Londres” (Pág. 164)

Incluso, aspectos de su vida personal y profesional fueron planeados desde un principio con el único ánimo de que la estratagema condujera a los propósitos del Departamento de Inteligencia de Londres. Con despecho, Leamas percibirá que acontecimientos como la muerte del agente Riemeck, o su relación con Liz Gold, constituyeron hechos proyectados hacia fines distintos a los que él mismo perseguía.

Berlín en la Guerra Fría


Terminada la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y sus aliados rompen relaciones con sus otrora socios rusos; sobre Europa se cierne la cortina de hierro y el mundo se polariza en dos bandos ideológicos: uno capitalista y otro socialista. Berlín, será el bastión en el que se desarrollarán las tensiones políticas de esta disputa ideológica, profundizadas aún más por el infame muro de Berlín que dividirá a Alemania, fomentando con ello los resentimientos entre bandos. Durante dicho contexto, la capital alemana servirá como base de operaciones de multitud de espías que deambularán por sus calles, trayendo y vendiendo secretos de Estado de un grupo a otro, falsificando información, y promoviendo las traiciones.

Sobre John Le Carré

El escritor de novelas de espionaje John Le Carré, cuyo verdadero nombre es David John Moore Cornwell, nació en 1931 en la provincia de Poole, Reino Unido; fue criado durante la infancia por su padre, luego de que su madre los abandonara. Ya en su adolescencia estudió en la Sherbone School y, posteriormente, realizó estudios superiores en la Universidad de Berna, Suiza, donde aprendería el alemán.

Trabajó como profesor y diplomático, pero la carrera que indudablemente serviría de inspiración para sus libros fue, evidentemente, la de agente dentro del Servicio de Inteligencia Británico MI6. A partir de esta experiencia, sus novelas serán un fiel lienzo de la vida de los informantes secretos durante la Guerra Fría. Actualmente la temática de sus libros gira en torno a temas como el terrorismo en Medio Oriente o los intereses de corporaciones en países subdesarrollados.
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Quitándole todo ese revestimiento romántico que cubre las novelas de espionaje, Le Carré plasma en El Espía que Surgió del Frío -su primera novela exitosa- un aíre de realismo y desmitificación de los espías como héroes de la nación ya que, a la larga, no son más que gente adecuada en el momento acertado para vender la información sin llegar a levantar sospechas. Un espía no sólo es un componente necesario y hasta reemplazable dentro de una larga cadena en la que apenas es consciente de su papel, también es un elemento mezquino, moralmente ambiguo, y carente en la mayoría de casos de valores. El mismo Leamas los describe de esta forma:

“¿Qué te imaginas que son los espías: sacerdotes, santos y mártires? Son una lamentable procesión de memos vanidosos, y traidores, además; sí: maricas, sádicos, borrachos, gente que juega a pieles rojas y “cow-boys” para iluminar sus putrefactas vidas. ¿Crees que están sentados como monjes, en Londres, sopesando el bien y el mal?” (Pág. 199)


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