AUTOR: John Fante
TÍTULO: La Hermandad de la Uva
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 207
TRADUCCIÓN: Antonio-Prometeo Moya
RANK: 10/10
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Por Alejandro Jiménez

Cierto día, cansado de la “logocultura ingeniosa y prudente” de la literatura moderna, Charles Bukowski hace un descubrimiento. De las estanterías de la Biblioteca Municipal, el entonces joven que sueña con ser un escritor, ha tomado en sus manos Pregúntale al Polvo, sintiéndose –como nos ha dicho después- semejante a quien descubre oro entre la basura. Desde ese momento, Fante, ese hombre que “no se asustaba con los sentimientos”, ese hombre que “mezcló con soberbia sencillez el humor y el sufrimiento”, ese hombre que “había encontrado una forma distinta de escribir”, se convertirá para el querido Hank en, nada más y nada menos, que su dios.

Pero no sólo el suyo, también el de todos los que hemos sentido el efecto poderoso de Fante, los que encontramos en sus entrañas la forma propia de sentirnos, y que tenemos una complicidad casi criminal con sus personajes. Porque Fante es siempre Fante, y esto significa que es sincero, y porque su lenguaje renuncia a cualquier juego de prestidigitación, su nombre, a un siglo de distancia, sigue poniéndose en nuestros labios para decir, por ejemplo: ¡Yo también soy Arturo Bandini!

Por eso, sentarse a escribir sobre una de sus novelas siempre constituye un serio compromiso: el que adquiere el lector frente al hombre que admira, y que le ha hecho pasar, tal vez en soledad, momentos de intimidad alucinada. Las palabras con que tradicionalmente designamos las cosas de este mundo de repente se vacían de sus significados, puesto que escribir sobre John Fante (1909-1983) es tanto como retrotraer la sencillez de las cosas simples, cuya sola presencia significa, para el que sabe entenderlas, la más profunda declaración de la existencia.

Pues bien, hoy nos referimos a La Hermandad de la Uva (1977), una novela que, a pesar de no pertenecer a la tetralogía protagonizada por Bandini, comparte con aquellas obras no sólo un estilo limpio, directo y visceral, sino también los temas que obsesionaron desde siempre al autor: el inmigrante, la pobreza, el alcoholismo, la religión católica y la dura vida de la calle. Por demás, el narrador que utiliza Fante para esta historia, Henry Molise, es, prácticamente, otro de sus alter ego: un escritor de novelas y guiones, de origen italiano, que ha tenido que conocer la férrea realidad de la exclusión y, además, ha escrito la historia de su hermano, un beisbolista frustrado, argumento que aparecerá en la obra inconclusa de Fante Un Año Pésimo (1985).

No nos detendremos aquí en la discusión sobre el inaudito olvido en que ha vivido nuestro autor; lo que opinamos sobre esto ha quedado más o menos declarado al hablar sobre Pregúntale al Polvo; insistiremos, simplemente, en que su producción narrativa ocupa un lugar tan importante que influyó a otro grande de la literatura, como lo es Charles Bukowski, y que leer a Kerouac, Fitzgerald o Ford, saltándose las obras de Fante, es un absoluto desacierto.

La Historia de La Hermandad de la Uva

Nick y María Molise han vuelto a discutir. La pareja de ancianos ha vivido bajo el mismo techo durante cincuenta años, y nunca ha cesado su rutina de violencia. Mario, uno de sus cuatro hijos, ha telefoneado a su hermano Henry, quien vive en Los Ángeles, y lo ha persuadido para que vaya a San Elmo pues, al parecer, está vez la situación sí terminará en el divorcio. Sin embargo, una vez allí, Henry comprueba que, como siempre, los golpes, insultos y engaños, no han podido frente a la fuerza de la costumbre.

Pero ahora, a pesar de querer volver a Los Ángeles, Henry se verá inmerso en un plan que prepara su padre y que, a todos ojos, es tan inútil como absurdo. El viejo Nick –un albañil retirado que pasa sus días en el Elks Club o el Café Roma, bebiendo y jugando a las cartas- ha decidido aceptar una propuesta de trabajo: construir una cámara de piedra para secar pieles de ciervo. La idea resulta extravagante por varias razones; en primer lugar, Nick, aunque sabe como nadie de construcción, es ya un anciano endeble y marchito y, segundo, no existe alguien que quiera ayudarlo en la tarea, al menos no alguien de la hermandad de la uva, es decir, de los amigos –Cavallaro, Zarlingo y Angelo- con que diariamente se emborracha.

Como sea, tal vez por la nostalgia que produce en Henry la vida de su padre, muy cercana a su fin, tal vez por la insistencia de su madre o la indiferencia de sus hermanos, termina enlistándose en el plan y, por lo mismo, aceptando trabajar como ayudante. En su fuero interno, Nick celebra esta decisión, sobretodo porque, si bien nunca quiso tener hijos, le hubiese gustado enseñar a alguno de los suyos los gajes y retribuciones del oficio. Y es que nunca pudo hacerlo: Virgil se decidió por el mundo de las oficinas, es un cajero de banco; Stella fue mujer y no serviría para nada; Mario estuvo algún tiempo entusiasmado, pero nunca le perdonó que frustrara su sueño de beisbolista y; Henry, bueno, él partió antes de cumplir los veinte, hizo una vida vagabunda, sufrió, trabajó, pasó hambre, y ahora es escritor.

En el ínterin de la decisión y el viaje a la montaña en donde será construida aquella cámara, conoceremos el pasado de la familia Molise: una niñez castrante, ambientada por el alcoholismo y la tacañería características de Nick, el fanatismo religioso de María, la tensa relación de los hermanos, cada cual testigo prendado al deseo de alejarse de los viejos y formar vidas separadas. A través de los recuerdos de Henry se reconstruye la vida de su padre, el irrefrenable apetito sexual que lo llevó a engañar a su mujer tantas veces, su obstinación en el trabajo, y su relación con los borrachines que conforman su comunidad, todos ellos, como él, jubilados, jugadores compulsivos y amantes del vino de Angelo Musso, un inmigrante italiano que tiene un viñedo cerca de San Elmo.

Henry también recupera la vida de su madre, una fiel católica, algo pusilánime, que atrapa a todos los miembros de la familia por el apetito: la ternera, las judías, la mozzarella; nos retrata una María Molise subordinada a su esposo, llena de complejos, aunque nunca santurrona o inocente. Y también nos habla de sus hermanos: del Mario enfrascado en una relación aburrida, de sus niños gritones, y su obsesión por el béisbol; del Virgil de vida miserable, preocupado porque los líos de su padre alcanzan el oído de su jefe, y éste amenaza con despedirlo; de la Stella atrapada en la cotidianeidad de sus cuatro paredes.

Y, por supuesto, también tiene tiempo para volver sobre él mismo, para explicarnos cómo escapó un día de tanta turbiedad e intentó ser escritor: dormí en la calle –nos dice-, debajo de los puentes, alcé fardos en los puertos, olí a pescado, se burlaron de mí tantas veces, me emborraché hasta el hartazgo, pasé unos días en la cárcel, me rechazaron muchos folios, conocí a Harriet, follo con ella desde entonces y, en fin, tengo cinco décadas encima.

Pero el día del trabajo por fin llega, de modo que Henry parte con su padre, Zarlingo y Cavallaro hacía la montaña; cruza por el viñedo de Angelo, en donde él mismo se embelesa con la dulzura de su vino y; a la noche, llega a la casa de Ramponi. Allí, antes de que el resto de la hermandad regrese a San Elmo, verá jugar a las cartas y conocerá a la esposa de Ramponi, la mujer que caza ciervos y secretamente se acuesta con su padre. A partir del día siguiente vendrá el trabajo: piedras, hormigón, sudor, cansancio, vino; jornadas en que la fatiga crece hasta el cielo y sólo se posterga durante la noche; los esfuerzos del gastado Nick, los callos del inexperto Henry, misteriosas muertes que se suceden hasta construir una cámara tan fuerte, tan hermosa, tan sofisticada, tan verdaderamente asombrosa, que a la primera lluvia se viene al piso.

Hay una mentira de por medio, Henry la descubre pero la guarda silencioso. Marcharán de allí, sin probar nada, o quizá probando todo, e irán directamente al hospital porque, se sabía, Nick no soportaría todo esto: un colapso diabético; es el vino de Angelo y todas las rutinas de su vida. Vendrán entonces encuentros momentáneos, más complicidades, golpes de conciencia, señalamientos, juicios y una espera triste hasta que lo que tiene que ocurrir, finalmente, ocurra.

Del Elks Club al Café Roma

Del Elks Club al Café Roma y de allí a su casa: así pasan los días de Nick Molise, uno de los tantos inmigrantes italianos, pobres y jubilados de San Elmo. Estos “macarronis” que empezaron a llegar a principios de siglo para construir el ferrocarril de Southern Pacific, se han multiplicado rápidamente ante el estupor de los Schmidt, Eicheldorn o Dietrich, quienes, recelosos, intuyen que cada italiano guarda una navaja en la chaqueta y, de alguna forma, hace parte de la mafia. Desde el 26 o desde el 31, los norteamericanos empezaron a ver por las calles de San Elmo los letreros de bares italianos, de iglesias católicas, y también los que llevan en la frente esos tipos sospechosos de piel morena y costumbres inextricables.

Pero, aquellos abanderados de la ola migratoria han caído en la vejez y, ahora, tienen la sana costumbre de apostar en las cartas, liar con prostitutas, y disfrutar del vino que les recuerda a Italia. Henry Molise observa a su padre en un rincón del Café Roma, y piensa lo siguiente:

“Había ocho o nueve alrededor de una mesa cubierta de fieltro verde que había en el fondo. La baja bombilla iluminaba a cinco jugadores sentados, mientras el resto, de pie, miraba y hacía sugerencias. Mi padre estaba entre los mirones. Eran un grupo de jubilados que vivían del subsidio, gruñones, irascibles, amargados, viejos cabrones endurecidos, renegones y más bien mezquinos, que disfrutaban con su ingenio cruel, su iconoclastia y su camaradería. Allí no había filósofos, ningún venerable oráculo que hablara desde las profundidades de la experiencia vital. No eran más que ancianos matando el tiempo, esperando que se le acabase la cuerda al reloj. Mi padre era uno de ellos” (Pág. 54)

Estos “viejos gruñones” conforman una hermandad, la hermandad de la uva, la de los enamorados del vino, ese vino que produce el anciano Musso a las afueras, y que está en todos lados, en las casas, en los bares, en los carros, en cualquier parte a donde vayan. Pero, además, son una hermandad porque comparten la nostalgia de Italia, porque su inglés tiene sello propio, porque todos son tipos pobres, llenos de fantasmas y caprichos, y hasta porque todos conocen la misma reducida nómina de prostitutas con que el Roma abastece la demanda: “mujeres tristes, deshechas e idiotizadas”, guarras que no sirven para trabajar en otra parte.

A esa comunidad pertenece el viejo Nick; él también espera cada mes “la leche de su segunda infancia”, la garrafa de cuatro litros que vendrá por debajo de la puerta, y que lo embriagará junto al brandy, la cerveza, o lo primero que se encuentre. Él también fuma puro o cigarro, él también folla con las esposas de sus amigos, él también ha echado demasiado dulce a su organismo y, también, como ellos, es un hombre ensimismado, melancólico, pero lo suficientemente orgulloso como para erigirse con imponencia sin importar su condición. Junto a Zarlingo y Cavallaro, todas las tardes se ponen en una esquina –ropa sucia, muy desvencijados- para defenderse mutuamente de todo lo que pueda suceder.

La familia Molise

Sucede algo curioso en La Hermandad de la Uva. La familia Molise se sostiene a duras penas, primero, por la costumbre y, luego, por María, que piensa que un matrimonio católico jamás se puede deshacer. Que no llegue a deshacerse, sin embargo, no significa que padres e hijos se sientan cómodos en la unidad que forman. Nick ha declarado abiertamente que preferiría no tener hijos; María está cansada de la infidelidad de su esposo, de encontrar tanta cosa rara en los calzoncillos de ese pervertido; y los hermanos no quieren saber nada de las discusiones entre esposos, ni antes, durante la niñez, ni ahora, cuando ya viejos, continúan viéndolos inmersos en peleas que no tienen pies ni cabeza.

En alguna parte de su narración, Henry vendrá a confidenciarnos que, de no ser por la existencia de él y sus hermanos, su padre se hubiese divorciado muy pronto. En efecto, la fuerza de la historia siempre recae, de uno u otro modo, sobre la figura de Nicholas Molise: es él quien toma la rienda de los acontecimientos, quien decide que sus hijos desean visitar durante la noche las obras que ha venido construyendo –la biblioteca, el hospital, la casa-, es él quien puede decir con verdad qué es lo mejor para el futuro de sus hijos –ser albañil, dejar el béisbol, apartarse de la ilusión de la escritura-, etcétera. Pero he aquí que, aun siendo el principal punto problemático de la familia, el viejo Nick es un tipo aceptado socialmente; Henry nos describe este hecho así:

“Con el paso de los años Nick Molise se había enzarzado en tantas peleas, en esquinas, en bares, en locales electorales, que la reputación de la familia estaba seriamente en entredicho en San Elmo. Sin embargo, todos los vecinos daban muestras de tolerancia y buena voluntad, les caía bien el viejo y simpatizaban con su carácter vehemente. Cascarrabias, alborotador, tirano de la paciencia ajena, borracho casi siempre, hacía en San Elmo lo que le daba la gana, y por la noche lo oían dando bandazos por las calles, entonando versiones desafinadas de ‘O sole mio’, sin que se sulfurasen los vecinos, acostados ya; todos decían: ‘Ahí va el viejo Nick’, y sonreían, porque era parte de la vida colectiva” (Pág. 15)

Y es que, sin importar lo desesperante que puede ser Nick, para aquellos que están por fuera de la familia y, principalmente, para el lector, antes que un personaje vergonzoso o insoportable, Nicholas Molise se nos revela como alguien entrañable, esos tipos que son muy ellos y terminan por causarnos simpatía. Nos dice Henry que a su padre le fastidiaba todo, sus hijos y mujer, “sus vecinos, su iglesia, su párroco, su pueblo, su estado, su país de adopción y su país de origen”, nos dice esto, digo, y mientras tanto nosotros tenemos la sonrisa pintada en nuestro rostro, porque sabemos que un hombre así, necesariamente es noble.

Pero eso, nosotros. Sus hijos están del otro lado, sintiendo fastidio y vergüenza, recordando cada tanto el día en que les gritó, el día en que se burló de sus palabras, cuando golpeó a su madre, cuando lo vieron inserto en ajetreos con la vecina, o cuando los engañó punzante y demagogo. Todos piensan en el viejo con recelo: Virgil, Mario y Henry, aquellos dos aferrándose a una cruda indiferencia y, el último, sacando en limpio lo que siente. Henry entra en el bungalow de los Ramponi, a donde ha ido a trabajar con su padre, y entonces lo advierte:

“La cama no me gustó. Era de matrimonio y eso significaba que tendría que dormir con el viejo. Asustado, me senté en el colchón y afronté el dilema. Nunca había dormido con mi padre. La verdad es que no lo había tocado en toda mi vida, exceptuando los ocasionales apretones de manos que nos habíamos dado con el paso del tiempo, y no me apetecía dormir en la misma cama que él. Pensé en la vejez de sus huesos, en la vejez de su piel, en su vejez solitaria y malhumorada, en la vejez aliñada con vino, la suya y la de aquellos amigos suyos, borrachos y pecadores; y pensé en lo hijo de puta que había sido: un macarroni cerril, despótico, soez y disoluto que me había engañado para enrolarme en aquel chapucero safari a las montañas, lejos de mi mujer, mi casa y mi trabajo, y todo por su zafia vanidad, para demostrarse a sí mismo que aún era un constructor de primera” (Págs. 130-131)

Ahora bien, resultaría injusto no reconocer que el viaje a las montañas es también un viaje de redescubrimiento, el acontecimiento que en La Hermandad de la Uva pone de manifiesto todo lo que une a Henry –a lo largo de la novela tan distinto a su padre- y Nick. Tener claridad en este punto, permite dar una pista de interpretación a esa metáfora que utiliza Fante por allá cuando, en una mañana de trabajo, Henry descubre que su padre ha muerto:

“Entonces sucedió algo curioso. Mi padre se murió. Estábamos al aire libre, metidos en el hormigón y entre las piedras, y de súbito tuve la impresión de que se había ido de este mundo. Busqué su cara y lo vi escrito en ella. Tenía los dos ojos abiertos, sus manos se movieron, echaron una paletada de hormigón, pero estaba muerto y en la muerte no tenía nada que decir. A veces se alejaba como un fantasma, se metía entre los árboles y meaba. ¿Cómo podía estar muerto, me preguntaba, si andaba y meaba? Era un fantasma, un cadáver, un fiambre. Quise preguntarle si se encontraba bien, si por casualidad seguía estando vivo, pero me sentía demasiado cansado, estaba demasiado ocupado muriéndome yo, demasiado cansado para construir una frase. Veía la pregunta en el papel, escrita a máquina, entre comillas, pero resultaba muy pesado verbalizarla. Además, no tenía tanta importancia. Todos teníamos que morir algún día” (Pág. 145)

El caso Henry Molise

Como sus hermanos, Henry afrontó un padre enemigo de los sueños de sus hijos. Él, sin embargo, decidió ponerse fuera de su alcance y marchó lejos de San Elmo. Los otros quedaron allí, sintiendo cómo el viejo Nick les esculpía encima un triste pesimismo. Lejos, mientras tanto, Henry pasaba hambre y frío, pero estaba libre. Una parte considerable de la novela vendrá, precisamente, a recuperar esa historia, que no por estar apartada de Nick deja de comportar cierta amargura. El escape es motivado por una revelación: Fitzgerald, Henmigway, Silone, Hamsun y, más concretamente, Dostoievsky.

El irreprimible anhelo de hacer parte de esta lista privilegiada, de estar tapa a tapa con ellos en los anaqueles de las librerías, puso en marcha el motor vital de Henry. Partió un día cualquiera, y su suerte fue pésima. Estuvo caminando por las calles, sin empleo, lleno de proyectos que tenían el cariz de la ironía, durmió en sillas de parque y autos abandonados, fue atacado por cangrejos, fue arrestado por exhibicionismo, tuvo empleos mediocres y repetitivos, conoció la locura y la aflicción, y fue rechazado demasiadas veces. Entonces se preguntaba:

“¿Por qué me habían rechazado? ¿Por mi ropa? ¿Por mi cara? Me miraba en los escaparates, veía la negra película de mi barba, el aspecto demacrado, el aire de derrota. ¿Repugnaba a la gente? ¿Despertaba algún misterioso antagonismo, la ira del mundo? Llegó un momento en que me daba miedo hablar con jefes y capataces. Sólo Coletti y el señor Atwater me aceptaban, me daban esperanzas y comida. Recorría las calles. Iba a la biblioteca pública, leía unas horas y volvía a cenar a la Misión del Espíritu Santo. Me pasó por la cabeza la idea de mendigar, había visto pedigüeños recibiendo monedas y parecía fácil. Pero me faltaba valor. Me daba demasiada vergüenza. En aquellos momentos me parecía insufrible incluso el periodo febril que me había ganado la vida fregando platos en Los Ángeles” (Pág. 87)

Una mañana el señor Coletti lo acepta como peón de embarcadero, y el Henry que lee Los Hermanos Karamazov empieza a descargar fardos de pescado, perdiéndose en esas palabras de su padre: “un hombre trabaja, suda, cava, martillea, construye”, un hombre se gana sus dólares. Y sufre un tiempo, una temporada larga, allí en el puerto, y después en cualquier lado donde pudiese procurarse algo de comida. Así mucho tiempo. Pero, otro día conoce a Harriet, la hermosa rubia que hace pensar a nuestro personaje en el color del vello púbico y, para ella, autografía dos ejemplares de su primer libro: Henry es escritor.
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Directa y desgarrada, La Hermandad de la Uva es una novela con fuerza propia, cuyo sentido se declara en la autonomía de su lenguaje, vital, sin embelecos, que obliga al lector a verse en el espejo de la visceralidad.

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