AUTOR: Gonzalo Urrea
TÍTULO: Ácido Estereoscópico
EDITORIAL: Independiente (Primera edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 59
PRÓLOGO: Catalina Pardo Minne
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

Hace ya tiempo que el poeta argentino Roberto Juarroz exigiera en uno de sus versos memorables una escritura del pensamiento: “el secreto alfabeto que no se deletrea”. Sin embargo, han sido tan pocos los que han decidido asumir esa tarea, que la poesía continúa recorriendo las mismas autopistas, no dispuesta a reconocerse de otra forma que no sea como canto. Por esta razón, sorprende un poemario como el que nos presenta Gonzalo Urrea (1974-) quien, en palabras de Catalina Pardo, debe considerarse un filósofo artístico.

A nuestro modo de ver, Ácido Estereoscópico (1998) significa, para la poesía contemporánea colombiana, la apertura de un espacio en el que la metáfora ya no trabaja en función de la imagen, sino más bien, del pensamiento; un pensamiento que es complejo, puesto que se expande a los campos más desconocidos del sueño, el dolor o la locura, es decir, trasciende la noción de “contracultura” y ofrece un lenguaje renovado que se constituye a partir de una única certeza: “el pretexto de los límites ha sido encarcelado”.

Es así que –aunque se trata de la primera publicación de Urrea- esta antología tiene un sentido perfectamente definido, que no se agota, por supuesto, en los veintinueve poemas aquí presentes, pero que tampoco es una simple insinuación. Ese sentido se dibuja desde un par de recurrencias: 1. La denuncia de la cotidianeidad, de las máscaras y límites que de ella se desprenden (el pudor, la evidencia, el halago) y, 2. El advenimiento de un nuevo universo, que podría acercarse mucho a la idea de Juarroz, en tanto busca mostrarse esencialista y, por lo mismo, constituir como su núcleo el pensamiento.

Es una posición muy arriesgada la que asume Gonzalo Urrea porque, en Ácido Estereoscópico, el pensamiento no es un proceso lineal y de horizontes predecibles, sino que se desborda hacia derroteros desde los que, en su opinión, es posible construir lo nuevo: el crimen, el vicio o lo prohibido. En otras palabras, la poesía de Urrea piensa, pero no lo hace desde zonas de seguridad, lo hace desde un territorio que todavía no es asequible para todos, esto es, un territorio de divergencia.

Vamos a intentar encontrar algunas pistas sobre la manera en la que se constituye ese pensamiento que, por otra parte, encuentra una vía adicional en el poemario a través de las pinturas del autor que acompañan la edición. El camino a seguir será el mismo al que antes nos hemos referido como recurrencias: la destrucción de lo dado y la búsqueda de lo nuevo.

La poesía no debe ser más funebrería del halago

La primera constante en Ácido Estereoscópico que quisiéramos resaltar involucra tanto la realidad como la poesía misma. Al parecer, los límites del mundo (lo normal, lo permitido, lo conveniente) se han ampliado hasta el lenguaje y proyección poéticos: nos hemos acostumbrado a ser “máquinas de tristeza”, cuerpos punitivos, “formas demasiado actuales” y, ella, la poesía, que debería habernos revelado una mirada alternativa, ha degenerado en funebrería del halago, en legitimadora de las máscaras.

“Estamos sitiados”, nos dirá Urrea, y sólo el ladrón o el trasvestista atentan contra el disfraz que llevamos puesto. Hemos visto fronteras donde nunca han existido, somos los herederos de la nada, las “víctimas de una alquimia conjurada por el Occidente”, una raza que no puede mirarse en el espejo sin sentirse derrotada:

La lengua es el epicentro de toda alucinación
No es momento de portarse
Sino de ser:
Espejo de las águilas.
Con todo lo que hemos inventado
De la necesidad
Podríamos hacer un enorme pedestal de chantajes,
Hoy asistimos
A la ceremonia de su derrumbamiento.
Cada día me resulta más difícil
Creen en algo,
Y el bostezo es la única oración: al ocio.
No quiero levantarme nunca más
De la superficie blanda
Que es el silencio de los vegetales.
Si hubiese sido otro
También me hubiera imitado,
Y el rayo, serpiente del abismo,
Me tragaría como a un roedor (Pág. 24)
Sin embargo, Gonzalo Urrea no es un pesimista; aun en los poemas en que se refiere a nuestra memoria se descubren demandas y declaraciones que ponen en marcha perspectivas emergentes. Podemos permanecer aquí y “morir como dinosaurios”, adentrarnos más y más en una sola idea de ser hombres, o podemos asumir lo desconocido y situarlo de cara a lo evidente, prefiriendo su embrujo extraviado:

Hay que huir
Hacia el disparo quimérico.
Hoy, un meteoro se estrellará en mis sienes
Y será el fin de la forma
Envenenando los espacios,
Del cuerpo envileciendo el dolor.
Es necesario comenzar
Una vigilia vertical
Y oponerse al torrente de los límites
Que inventa falsas orillas.
No hay peor asesino
Que el demasiado humano.
De los mercados prohibidos
Se surte el gran palacio mental,
Y el hombre blanco
Impreciso siempre como el deseo,
Tarda en su aprobación y se equivoca (Pág. 22)
En el fondo, lo que discute Ácido Estereoscópico es una cuestión de orden existencial. Hay un enemigo que llevamos puesto y que nos obliga a transitar por la línea de lo establecido; conforme a sus leyes tomamos parte de las cosas, y juzgamos en lo prohibido o alucinado, no ese surtidor mental del anterior poema, sino un peligro que acecha la tranquilidad. Ahora bien, es inútil hablar de pensamiento en este plano, puesto que las seguridades se constituyen a priori a nuestra existencia, y no exigen de nosotros algo distinto a reproducirlas; el verdadero espacio del pensamiento, entonces, se descubre por fuera de todo límite, al margen de lo dado y, en ese sentido, siempre tiene la calidad de genuina creación.

El hombre es rival de la forma

Laz zonas de seguridad del pensamiento, al menos las más frecuentes en la poesía de Urrea (ocio, locura, crimen, impudor, etcétera), permiten concebir un auténtico ser, y no un simple “portador”. El poemario insiste en situar todos estos estados y acciones, tradicionalmente señalados como peligrosos, dentro de una dinámica que potencia las formas de ser y actuar de los hombres, es decir, apuesta por lo múltiple y disidente como elementos constitutivos de la existencia, manifestando implícitamente la renovación del logos poético:

Hoy es el día para peinar a los tifones
Y de nuevo
Arrojarnos por los rieles de la locura.
Quiero ser domesticado por los telescopios,
Nadie impedirá que se amontonen
Otras lunas en mi pecho.
Ha comenzado la hibernación de la palabra,
El último hombre sin antenas ya fue eliminado.
Cayó donde más visibles
Son las alucinaciones,
En el terror de los solitarios.
Se abre el fondo
Para la excursión al extravío
Y no importa
Si tampoco me pierdo.
Hoy la memoria ha dejado
Todos los pinceles acabados (Pág. 44)

Sin duda, hablar de “hibernación de la palabra” es tanto como atestiguar un alto momentáneo, el tiempo necesario para ser “domesticado por los telescopios”, esto es, por todo lo que antes no pudo verse; pero también significa que la fuerza nominativa de la palabra se interrumpe, y que aquello que entonces ocurrirá -esa “excursión al extravío”- será ahora lo que defina nuestra existencia.

La visión de Ácido Estereoscópico –como dijimos antes- es mucho más que una propuesta ontológica traducida al lenguaje de la poesía; y esto es así porque pretende ir, al mismo tiempo, contra las formas imperantes del pensamiento, y actuar desde lo que Foucault ha llamado las prácticas divisorias: ¿Cómo puede constituirse pensamiento desde la locura? ¿Qué tipo de existencia humana promueve el pensamiento doloroso?

Esta particularidad es la que –nos parece- mejor define la poesía de Gonzalo Urrea; la que permite entender, por ejemplo, que “el dolor es el verdadero alambique del cuerpo”, porque nos hace ser en la angustia y el terror; que los ladrones siempre nos “desollan de lo prescindible”, enseñándonos que el enemigo es otra prenda; que el pudor frente a la ramera no permite desatar el átomo que configura los sujetos de deseo o; que sólo para el “experto enemigo cada espejo le será siempre verdadero”:

“El opresor se libera de sus oprimidos,
Las cadenas son libres.
Es necesario idealizar la barbarie
Como el holocausto de la lucidez.
Somos ávidos de lo siniestro,
Fascinantemente deformados,
Nuestros diamantes áridos
Albergan reliquias de luz.
Lo contrario al esclavo es la muerte.
Quien se entrega a la ley
Tiene el derecho a huir,
Porque el hombre
Sobrevive para siempre
De un instante que no ha sido (Pág. 45)
No debe temerse la combustión del sueño, el fuerte llamado del instinto, o el ímpetu del crimen; con ellos se redefine lo que somos, y su carácter establece la distancia con aquello que, en realidad, nunca hemos sido.
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Ácido Estereoscópico es una declaración de resistencia; sus voces nos sugieren un diálogo abierto cuya síntesis está magistralmente escrita: “nada gobierna el deseo tácito de morir como un jeroglífico indescifrable”.

Para quienes interese, en la página de Domingo Atrasado pueden leerse otros poemas de Gonzalo Urrea.

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