AUTOR: Germán Castro Caycedo
TÍTULO: Colombia Amarga
EDITORIAL: Planeta, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1986
PÁGINAS: 312
RANK: 9/10
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Por Alexander Peña Sáenz

Colombia Amarga (1976) es la recopilación de las crónicas escritas en la primera etapa de trabajo de Germán Castro Caycedo (1940-), periodista oriundo de Zipaquirá, Cundinamarca. Su labor, ampliamente reconocida en Colombia, es, en su opinión: “el testimonio de este sabor amargo que me deja el haber recorrido a Colombia casi semanalmente durante siete años”. Ese arduo itinerario que lo lleva a visitar diversas regiones del país y develar en ellas verdades olvidadas, hacen de Castro Caycedo un hombre valiente, que no teme hablar sobre la realidad, tal cual es, en nuestro país.

Crónicas que muestran la crudeza con que la violencia se esparce indiscriminadamente entre los colombianos; crónicas que describen el poder de la naturaleza manifestándose contra el hijo que la destruye en nombre del progreso; crónicas que denuncian la realidad del hampa y de la niñez que sobrevive en las calles; crónicas que muestran un sorprendente desprecio por la vida y dignidad humanas; crónicas que se revelan contra la corrupción y el olvido en que el Estado ha sumido a cientos de compatriotas a lo largo y ancho de nuestro territorio.

Endemia colombiana: la violencia

Inicialmente, diez reportajes abren el panorama de Colombia Amarga; en ellos, Castro Caycedo deja abierta una noción de la endemia colombiana: la violencia que históricamente ha transitado por estas tierras desde los tiempos de la invasión de los europeos; la violencia que ha prevalecido de manera patética hasta nuestros días, tiempo en el que Colombia se presume una república independiente.

Tal violencia se manifiesta a través de disputas políticas, del dominio descarado de las tierras campesinas, de un odio indiscriminado hacía los indígenas, del afán de las multinacionales por expandir su campo de acción y explotar todo recurso vital, del narcotráfico, del hampa en las calles, de la corrupción administrativa, del abandono estatal y el olvido de regiones recónditas.

Todo esto encrudece el drama de miles de compatriotas colombianos, que al verse y sentirse desprotegidos por el Estado, abandonan sus tierras en busca de una mejor vida en otros sitios, principalmente en las ciudades, optando por vías nada fáciles y muchas veces ilegales, haciendo ver el problema del desplazamiento como un círculo vicioso que no tiene aparente solución. La violencia en Colombia ha sido acentuada con mayor fuerza desde aquella época en que fue asesinado uno de los caudillos más grandes del país, Jorge Eliécer Gaitán y, desde entonces, no ha dejado de ser parte de nuestra cotidianeidad. Veamos como Castro Caycedo experimentó esos rasgos de violencia en su constante transitar por el país.

Un par de pueblos en Risaralda –La Celia y Balboa-, en los años setentas, aún se mataban entre ellos por la disputa ideológica de liberales y conservadores. Ninguno de los dos bandos reparó por la vida del otro, y ninguno vaciló a la hora de ver eliminado a su rival. La lucha “política” resultó muy absurda, concretamente por el hecho de pelear por los intereses de unos pocos, aquellos que ostentaban el poder, y que podían sacrificar las vidas de sus adeptos en pro de la hegemonía. Es triste ver cómo la violencia se dispersó sin una razón coherente, pues los partidarios de estos grupos políticos defendieron tan sólo un par de colores, desconociendo el sustento ideológico de los mismos.

En Caicedonia, en el Valle del Cauca, también alrededor de 1970, se luchaba en una guerra entre liberales y conservadores. Las tierras de este pueblo son ricas e ideales para el cultivo del café –cuyo grano es apetecido por su dulce sabor, y ha hecho de Colombia un país popular ante el mundo-. Sin embargo, la violencia no permitió que la región prosperara en paz, pues los líderes de los partidos que ya mencionamos, se disputaban estas tierras fértiles, buscando saciar sus comodidades. Los campesinos permanecieron allí explotados, ignorantes e impotentes para ejercer alguna resistencia. Los gamonales de cada grupo político poseían control absoluto sobre la región, y su poder era tal, que se podían dar el maléfico lujo de elaborar listas negras, en donde se escribían contendientes a eliminar.

El Genocidio Sigue, es el título de otra de estas crónicas sobre la violencia. En San José del Guaviare, en donde miles de hectáreas de selva han desaparecido para que el colono pueda civilizar el lugar, la población tiene el espejismo de ser una zona próspera por la producción de arroz. La gente que vive en la región, proviene de diversas partes de Colombia, y llegaron allí en busca de trabajo. En efecto, consiguieron trabajo como cultivadores de arroz, pero al tratar de vender sus cosechas, los intermediarios y especuladores acechaban sus mercancías para ofrecerles y pagarles sumas miserables, mientras éstos las revendían a cifras muy superiores a las agencias oficiales.

Charlatanes provenientes de los Estados Unidos vienen a agravar la situación con el cuento del diezmo y de la biblia, esclavizando al campesinado. Misioneros adventistas, iglesias de Cristo, la Pentecostal Unida, entre otras, buscaron, en medio de la ya dramática situación, sumar adeptos a sus filas, prometiendo la solución total a sus problemas. Al ilusionarse con el mágico incremento de cosechas, curas a enfermedades, y la solución de otros problemas que los afligían, los campesinos accedían a entregar su diezmo, creyendo asegurar la salvación de sus almas, mientras sus vidas corrían precarias en medio de las malas inversiones estatales.

“La matanza de la Rubiera” es otra muestra de la crudeza con que la violencia ha impregnado en la conciencia colombiana. Seis campesinos de Arauca, cerca de la frontera venezolana, alimentados por un odio ancestral, históricamente irracional, proveniente de los primeros días de la conquista española, fueron capaces de matar a 18 indígenas en el verano de 1967. En el imaginario del mestizo se encuentra arraigada la idea de que el indígena es un ser malvado por naturaleza y posee intenciones perversas para quienes no son como ellos.

Por un odio injustificado como este, los seis personajes planearon una matanza brutal para deshacerse de los indios, que venían en son de amistad. Con cuchillos, balas y golpes fueron ultimados, y luego incinerados. El crimen no quedó impune y los culpables purgaron su condena en la cárcel. Los campesinos agresores aprendieron allí que los indígenas son humanos, que merecen un trato igual de justo al de cualquier otro hombre. Sin duda, otro caso triste en el que tienen que ocurrir hechos crueles para aprender a enfrentar una realidad cegada por el odio.

La violencia contra la naturaleza

Más crónicas de Colombia Amarga, esta vez acerca de la violencia ejercida contra la naturaleza, cuestión que resulta ser una prolongación de aquella que los hombres experimentan entre sí. Cada día que pasa, Colombia se convierte en un desierto, como si fuera un cáncer en expansión. Los plaguicidas destruyen la vida de bosques y selvas, con la excusa de eliminar malezas y hacerlos productivos.

Es el caso del agente naranja utilizado en tierras del sur del Tolima, en donde la flora y fauna han sido exterminadas, mientras la salud de los habitantes se ve sumamente perjudicada: malformaciones, daños congénitos, abortos y múltiples enfermedades se manifiestan merced a los efectos secundarios que genera el plaguicida. Estados Unidos fabricó el agente naranja para utilizarlo en los campos de Vietnam, en la época de la Guerra Fría. Estudios científicos revelaron que el plaguicida resultaba perjudicial para la salud del ser humano, por lo que su uso fue suspendido. Lo que sobró, Estados Unidos lo regaló a varios países, pues su destrucción resultaba costosa. Entre esos países, Colombia aceptó el regalo, con las nefastas consecuencias que acarreó para la gente de Tolima.

La Bahía Moñitos en el Atlántico, antaño tierra rica, con aguas de igual esplendor, en donde abundaban diversos peces como el sábalo y la anchoa, se convirtió en una zona destruida, debido a la ambición de las multinacionales pesqueras que robaron las riquezas existentes con métodos de pesca dinamiteros, brutales con la vida marina. De paso, estas industrias extranjeras explotaron sin clemencia a los pescadores nativos, vendiéndoles el pescado sobrante y pequeño a sumas muy elevadas. Por otra parte, compañías madereras de Alemania exterminaron la selva abundante de la región. Los extranjeros se han llevado los recursos y el Estado colombiano sólo ha dejado promesas jamás materializadas.

Por supuesto, la naturaleza no se conforma con lo que los hombres han hecho de ella y suele desquitarse de maneras muy fuertes. Un caso bastante difícil se evidencia en épocas de invierno, cuando el río grande del Magdalena se desborda y azota con graves inundaciones pueblos enteros del Atlántico, en especial en los 230 kilómetros que van desde Magangue hasta Barranquilla. La gente impotente nada puede hacer ante un evento de esta magnitud, que suele dejar cientos de casas inmersas en el agua, la pérdida total de cosechas, la proliferación de enfermedades transmitidas por insectos y complejas crisis sanitarias. Poco hace el Estado para contribuir a una solución seria a este gigantesco drama.

Abandono y profundo desprecio por la vida

La vida en un país como Colombia –se ha visto- parece no tener mucho valor. Las personas tienen poco respeto e interés por sus semejantes. Por ejemplo, en los Llanos Orientales, patrones de haciendas y dueños de enormes cantidades de cabezas de ganado, explotan a pobres vaqueros, quienes cuidan y lidian con vacas y toros, expuestos a las inclemencias de la región, sin garantías para sobrevivir con éxito.

Allí, en esos mismos Llanos, otras personas intentan intercambiar y vender sus productos en lugares apartados de sus residencias. Para ello, toman aviones incómodos e inseguros; los pilotos se limitan a arrumar cuanta cosa quepa en sus naves y llevar la carga, sin reparar en que hay hombres dentro. La zona es conocida por la gran cantidad de accidentes aéreos y, la gente, con algún halo de humor, responde cuando se le pregunta para dónde va: ¡Pues para donde caiga! Sí, es un riesgo que toman los lugareños, con tal de conseguir algo de dinero y poder alimentar a sus familias.

Otro caso de abandono es evidente en Pisba, Boyacá, “(…) un Departamento que se traga el 85 por ciento de su presupuesto en burocracia, malos manejos fiscales estimulados por los políticos de todos los bandos, e inauguración de monumentos al pasado.” El Estado no se acuerda de esta región, convirtiéndose en una carroña de lo que se vivió hace ya más de 190 años. Quizá Bolivar y sus tropas pasaron por el lugar dando libertad a la Nación, pero de nada sirvió, pues continúa en la esclavitud del olvido.

Más abandono: el “pueblo de hombres ranas”, en el corazón de la ciénaga del Magdalena, donde una comunidad vive en casas que se levantan dentro del agua del lago más grande de Colombia. Los pescadores del lugar se encuentran aislados del resto del país, sin agua potable, sin escuelas, incomunicados, dedicados de por vida a la pesca, sin otro proyecto de vida.

El hampa en las ciudades colombianas

Bogotá es una ciudad peligrosa, con graves problemas como el desempleo y el hampa; una lugar donde las grandes cantidades de raponeros, el hurto de bienes privados y públicos es un hecho frecuente. En el corazón de Bogotá transitan muchas personas de todos los rincones de Colombia, de suerte que se amplíen las implicaciones de delincuencia, mendicidad, calles atascadas por automotores, personas apresuradas, prostitutas callejeras, bares y hoteluchos de mala muerte, gamines, vagos diurnos, etcétera. Como siempre las autoridades prometen liberar el lugar del hampa, pero al capturar en fragancia a los infractores de la ley ¿qué hacen con ellos? Casi nada, pues después de algunos días de encierro volverán a las calles a seguir delinquiendo.

Las administraciones distritales se han despreocupado y desentendido de la situación. Y si para esa época de 1970, existía un fracaso contundente frente a la problemática de la delincuencia y las drogas, estamos hoy día, 2009, igual o peor. Castro Caycedo tiene datos acerca del tema. Desde 1957, la limpieza de la delincuencia en el centro de Bogotá ha sido promesa de campañas políticas. Todo lo que se dice es a futuro: “se hará, se proyectará, se solucionará”, pero en ningún momento se dice algo en presente. No se hizo ni se hace nada para enfrentar el hampa.

La Zona de los Mártires, desde antes de la década de los setentas, ha sido azotada por cantinas, hoteluchos piratas que concentran nubes de prostitutas, gamines, rateros, hampones peligrosos, vendedores ambulantes que encubren el delito, el expendio de marihuana y otras drogas más nocivas, y la reventa de objetos robados. Hoy, podemos decir que el problema de fondo permanece absolutamente intacto. Los vagos se asocian con las prostitutas, los raponeros están alertas frente a los extranjeros, y la colaboración ciudadana es nula.

Los niños y jóvenes, tristemente se han visto envueltos en la terrible situación. Quienes ingresan al bajo mundo delinquen bajo presión. La mayoría son hijos de personas provenientes de provincias y sitios cercanos a la capital, personas con dificultades para conseguir un empleo. La policía aprehende a los menores cuando cometen algún delito y los lleva a correccionales que, paradójicamente, son verdaderas escuelas del crimen. Por raro que parezca, allí hay violaciones, tráfico de armas y estupefacientes.

Pero no todo es malo, Castro Caycedo rescata a través de dos crónicas: El Gamín es un Ser Superior y El Extraviado, un ejemplo de verdadera superación de un joven de la calle, Roberto Ramírez Triana, quien de primera mano vivió el drama de salir un día de su casa hacía la calle y encontrarse con un mundo totalmente diferente. Por giros de la vida, la calle lo hizo suyo, experimentando ese modo de vida tan difícil. Gracias a la intervención del padre Niccolo, Roberto y muchos otros niños de la calle, pudieron insertarse con éxito a la sociedad. El relato de este joven es bien interesante y, sin duda, un momento importante en Colombia Amarga, relato que el lector está invitado a ver por su cuenta.

La corrupción y abandono estatal

“Hay un botín que se llama Estado y de cuyo manejo existen ejemplos hasta en el silencio de las selvas, en los desiertos del norte, bajo los muelles de los puertos o en lo más profundo de las minas. Los millones que unos pocos aportan a sus arcas han enriquecido a un grupo definido de personas que pugnan en una lucha voraz y descarada por llegar hasta ellas. Este parece ser actualmente el motor que anima a una sociedad taladrada por la deshonestidad”

Dentro de las selvas del departamento del Vaupés, más concretamente en Yavaraté, dan ganas de llorar. La ineficiencia estatal en el lugar resulta descarada. Sus pobladores viven en pobres chozas, y caminan por trochas en estado lamentable. El Estado invierte millonadas en el lugar, pero los administradores, para ahorrar gastos, compran los materiales más económicos para infraestructura, y el dinero restante –que es mucho más de la mitad de la inversión estatal- se lo embolsillan unos cuantos políticos, dejando en condiciones bastante precarias a la región. Todo se evidencia en acueductos y alcantarillados con tubos podridos, pisos de cemento que se desmoronan, y carencia de luz eléctrica.

En otro lugar, en las minas de Muzo en Boyacá, donde un hombre puede hacerse rico en un día encontrando una preciosa gema y “enguacándose”, todo pareciera tener valor, menos la vida. Hasta una gallina puede llegar a ser más importante que un hombre. La ambición de los guaqueros por las preciadas esmeraldas puede llevarlos a matar a vecinos y amigos, con tal de hacerse a un gran motín con las piedras que se extraen de las minas. Es el municipio más rico del país pero, por paradojas de la vida, carece de acueducto, de escuelas, y de otros muchos otros servicios, pues a nadie le interesa tributar a las autoridades para inversión social.

Y así muchos otros lugares de Colombia, de cabo a rabo, viven el desdén estatal, que sólo los recuerda cuando hay elecciones; donde la política no se gana con buenas propuestas, sino comprando votos a personas que no les interesa más que el dinero que puedan obtener por los sufragios; donde nadie paga tributos; donde la burocracia despilfarra recursos que podrían destinarse a mejores planes en salud, educación, servicios públicos y vías; donde la corrupción política y el crimen organizado suelen confabularse; donde el contrabando se disfraza de legalidad, mientras miles de colombianos transitan su existencia miserablemente, hacen de Colombia un país con sabor amargo.
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Pese a que las crónicas de Colombia Amarga fueron publicadas en 1976, después de 33 años, Colombia sigue siendo amarga por la corrupción en altas esferas de la política, que reparten el dinero a privilegiados, desdeñando las necesidades de gente pobre; sigue siendo amarga por la hostilidad de los países vecinos que amenazan con animar guerras y arruinar el comercio de las fronteras; sigue siendo amarga por violencia para-estatal y la narco-guerrillera; sigue siendo amarga por el desaforado narcotráfico; sigue siendo amarga por el hampa que pulula en las ciudades con un increíble desprecio por la vida de las personas; sigue siendo amarga con tanta promesa de la politiquería. En fin... cada colombiano está en el deber de pensar con seriedad sobre qué está haciendo para cambiar todo esto. Es hora de que nos sentemos a dialogar para liberar a Colombia de tanta amargura.

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