AUTOR: Björnstjerne Björnson
TÍTULO: Arne
EDITORIAL: Juventud, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1959
PÁGINAS: 174
ILUSTRACIONES: Víctor Pallarés
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Björnstjerne Björnson –o Bjørnstjerne Bjørnson- (1832-1910) fue el primer escritor noruego en recibir un Premio Nobel (1903). Aquel reconocimiento, sin duda, da fe de una obra tan prolífera como la de sus compatriotas Henrik Ibsen y Knut Hamsun; como ellos, Björnson exploró tanto la situación del campesino como la del habitante de ciudad, sólo que, de los tres, fue quien lo hizo desde más variados géneros: la novela –Un Muchacho Feliz (1860), La Pescadora (1868)-, el teatro –El Rey (1877), Más Allá de las Fuerzas Humanas (1883)- y la poesía –Poesías y Canciones (1870)-.

Björnson, que sucedió a Ibsen en la dirección del Teatro de Cristianía, fue también el autor del himno nacional de su país, y uno de los oradores más importantes que tuvieron los nacionalistas durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando estaba vigente todavía el régimen sueco sobre Noruega. En lo que se refiere a su obra literaria, sobre la figura de este autor vendrán a cristalizarse muy variados panoramas: el drama psicológico –del que se considera un precursor en Escandinavia-, el romanticismo tardío –especialmente en lo que se refiere a sus relatos de juventud- y, por supuesto, la crítica social.

Por lo que respecta a Arne (1858), su primera novela, y las dos siguientes, estos panoramas encuentran una rica coincidencia, aunque en ellas se privilegie el espíritu romántico. Ciertamente, tanto a nivel estilístico como temático, estas novelas comparten un rasgo distintivo y es el hecho de recuperar algunas de las características más frecuentes de las obras románticas de finales del XVIII; me refiero concretamente a la valoración de la vida campesina, el deseo de fuga y la incidencia del amor en el desarrollo de las historias.

En Arne, Björnson se nos muestra como un escritor de estilo limpio, atrayente e, incluso, me atrevería a pensar que novedoso para su época. Sobre la novela están volcados pasajes de sagas y personajes de tradiciones nórdicas, pero también hermosos juegos de palabras, de repeticiones, que dan al texto un matiz bastante poético. Por otra parte, la trama está –y en esto no creo exagerar- a la altura de un Werther o una Marianela, y ello, porque también aquí es posible percibir un carácter trágico y el choque de personajes frente a un mundo que se considera imperfecto.

Es así que resulta un poco extraño que esta novela no se haya traducido a nuestra lengua sino hasta un siglo después de ser escrita; sólo en 1959, y precisamente con esta edición que ahora presentamos, el público hispanoparlante pudo conocer a ese joven llamado Arne, un campesino noruego que, tanto por la edad en que Björnson escribió la obra, como por su origen mismo, parece un gran retrato del autor. Lo que quisiera hacer aquí es estudiar tres puntos específicos de la novela: 1. Su universo simbólico y metafórico, 2. La intertextualidad con las tradiciones y usos del lenguaje y, 3. Algunos de sus elementos románticos más importantes.

La historia de Arne

En algún lugar de las numerosas e imponentes montañas de Noruega vivió un hombre llamado Nils “el sastre”; su oficio no era otro que animar las fiestas de la región, así que tocaba el violín, pero también bailaba, y lo hacía de una forma tan extraordinaria que era bastante conocido por los campesinos. Las jóvenes quedaban muy pronto prendadas de él y, tal vez porque Nils nunca terminaba por escoger a alguna, todas continuaban amándolo secretamente. Así sucedió a Margit, la hermosa hija de la señora Kampen, sólo que ella sí tuvo la suerte de bailar con aquel audaz rompecorazones y, aún más, de ser la madre de su único hijo.

Lastimosamente, Nils no quiso saber de aquella situación, es decir, de tener un hijo, así que el niño, Arne, creció al lado de su madre y de su abuela. La granja Kampen prosperaba y nunca tuvieron que pedirle a Nils ninguna cosa. Arne, quien supo desde un principio quién era su padre, aun cuando en su casa se procuraba no hablar de ello, heredó de aquel hombre el amor por las canciones; bien pronto ya componía rimas propias y se apasionaba por la lectura de toda clase de libros.

Cierto día, en una de las tantas fiestas a las que asistía Nils, ocurrió un incidente. Por los campesinos había corrido el rumor de que el bailarín no había querido hacerse cargo de su hijo. Las jóvenes que antes lo admiraban, se mostraban ahora recelosas e indispuestas para bailar con él; una de ellas, Birgit Nöen, entonces cortejada por el campesino Baard, fue burlada groseramente por Nils, lo que ocasionó una disputa entre él y Baard. El resultado no pudo ser peor: Nils “el sastre”, el hombre que era todo alegría y desparpajo ya no podría volver a bailar.

Por entonces Arne tendría unos siete años y vivía sólo con su madre, puesto que la abuela ya había muerto. Nils, sin otro sitio a donde ir, fue acogido por Margit, quien le ayudó en su recuperación; ella, enamorada todavía, lo aceptó en matrimonio, y todo parecía indicar que formarían una familia normal. Sin embargo, las cosas no fueron de esta manera: el bailarín culpaba a su esposa de haberle arruinado su futuro al quedar embarazada, le pegaba, se iba todos los días a beber y regresaba malhumorado y triste a continuar los insultos y los golpes.

No sucedía lo mismo con Arne, puesto que aunque el muchacho era la materialización de sus frustraciones, Nils encontró en el chico a un camarada: ambos salían a fiestas, ambos aprendían canciones y ambos trabajaban en la granja. Mas, a Arne le desagradaba la forma en la que su padre se comportaba con Margit; cansado de esa rutina de ultrajes, prefería permanecer fuera del hogar, leyendo en el bosque, hablando con su amigo Kristen, o disfrutando del paisaje. La situación llegó al límite un día en que, borracho, Nils intentó ahorcar a su esposa ignorando toda súplica. Desesperado, Arne tomó un hacha y la levantó para pegarle a Nils, sorprendiéndose de que, en ese momento y sin tocarlo siquiera, su padre cayera muerto al piso.

Solos de nuevo, Margit y Arne empezaron a tener una relación difícil. El joven crecía sin parar y cada vez se hacía más incontrolable en él el deseo de marchar lejos de Kampen; las lecturas, su niñez y los sugestivos comentarios de Kristen que pensaba también viajar muy pronto, convirtieron a Arne en alguien inquieto y descontento con lo que tenía. Empero, habiendo jurado a su madre no partir, siguió viviendo en Kampen, pasando una idealista adolescencia, componiendo coplas que fueron celebradas rápidamente por los alrededores y trabajando en los campos.

Una tarde en la que se encontraba cerca al río, Arne descubrió a una hermosa muchacha; su nombre era Eli Nöen, la hija de Birgit y Baard, el campesino que había golpeado a su padre. La chica lloraba porque la separaban de su amiga Matilde y la ponían de vuelta hacia Nöen, sitio que quedaba al otro lado del río. Desde ese momento, y muchas veces por azar, se fueron multiplicando los encuentros con la chica: primero fue en la casa de Ejnar Aasen, a donde las muchachas iban a contar historias y comer frutas, luego en la casa del cura de Kampen –padre de Matilde- y, después, en la propia granja de los Nöen, en donde Arne fue llamado para trabajar como carpintero.

No era una relación de amor, todavía; se trataba más bien de dos jóvenes que compartían ciertas complicidades, que se enviaban mensajes a través de niños y a los que les gustaba hablar sobre canciones y lecturas. Tal vez la mayor intimidad tuvo lugar cuando Eli, afectada profundamente porque su amiga Matilde había marchado definitivamente, habló con Arne en la penumbra de su cuarto, a donde el joven había llegado para cantarle y animarla un poco. Atraídos mutuamente, ninguno de los dos se arriesgaba a confesar lo que sentía, no sólo por timidez sino también por miedo.

Quien terminó por definir la situación fue la madre de Arne. Margit no quería perder a su hijo de ninguna manera, incluso había ocultado unas cartas de su amigo Kristen, escritas desde América, en las que le invitaba a iniciar su propia travesía. Con ayuda del cura, idearon un plan para retenerlo; pensaron: “la mejor forma de hacer que alguien desista de sus deseos de marchar es buscándole un motivo para que se quede”; vieron en la hermosa Eli la excusa para que el amor lograra aferrar a Arne a la tierra quien, a la sazón, ya tenía más de veinte años. Pero ¿ese joven que escribía En la Cumbre de la Montaña, ese poema desencantado con que añoraba nuevas tierras, que tenía tanto que conocer fuera de los límites de Kampen, pudo olvidarse realmente de su sueño de escapar?

Símbolo y metáfora en Arne

Arne es una novela con una carga metafórica muy amplia. Toda su historia parece indicarnos la necesidad de abrir los ojos y enfrentar las cosas que se establecen en lo dado. El gran problema existencial de su protagonista será, justamente, el de si debe o no asumirse en el marco exclusivo de su mundo, es decir, Kampen, o si por el contrario, su destino habrá de constituirse fuera de él. Margit, su propia madre, describe esta condición de su hijo del siguiente modo:

“Los sufrimientos de la infancia crearon en él un gran deseo de viajar. Entonces fue cuando trabó amistad con Kristen, ese Kristen que hoy es famoso allí donde extraen oro. Le prestaba a Arne muchos libros, y el resultado de esas lecturas fue que mi hijo dejara de sentirse campesino como nosotros. Los dos amigos pasaban juntos las veladas. Cuando Kristen se fue, mi hijo quiso partir también. Entonces se produjo la espantosa muerte de mi marido, y Arne hizo la promesa de no separarse de mí. Pero yo no era sino una gallina que ha empollado un huevo de pato. Arne crecía. Yo no cesaba de llorar. Si no partía de hecho, partía con el espíritu, pues todas sus canciones hablaban de viajes. Cada mañana, yo temía encontrar vacía su cama” (Pág. 132)
Específicamente, Björnson utiliza la metáfora de la montaña para referirse a la situación que afronta su personaje. Arne escribe un poema que se llama En la Cumbre de la Montaña, lo considera su mejor creación o, al menos, la que define de manera más perfecta sus sentimientos. La idea es que Arne desea llegar a un espacio semejante al de la cumbre de una montaña, porque solamente allí es posible echar un vistazo a todas las posibilidades que existen en la vida: un abeto plantado en un valle jamás podrá conocer todo aquello que sí conocen las nieves de una colina, porque es allí donde todo el paisaje puede ser dominado, donde puede juzgarse el verdadero aspecto de cada cosa y, de igual manera, quien ha vivido siempre en el mismo lugar, tiene la vista limitada frente a aquel que ha viajado y conocido muchos sitios.

Pero he aquí que hay una gran ironía envolviendo esta metáfora; en el primer capítulo de la novela, Björnson narra magistralmente la historia de unos árboles que deciden ascender por las laderas de una montaña para enterarse de que sucede allá arriba; los árboles engarzándose, uniéndose, apoyándose, empezarán a llegar uno por uno. ¡Qué hermoso! –dice el primero al contemplar por fin desde lo alto-; ¡Cuánta belleza! –dice el segundo-; ¡Divino! –el tercero- y; ¡Qué es lo que veo! –dirá el cuarto, dándose cuenta de que aquello que hay arriba no es otra cosa que aquello que hay abajo y por todas partes-.

Quiere decir esto que, si aquello que puedo ver aquí es lo mismo que veré en cualquier parte, no tiene ningún sentido el preocuparme por escapar; el deseo de fuga –al que antes me refería- se cae necesariamente. Es como si Björnson quisiera ponernos frente a una situación patética: hay muchos hombres como Arne que pasan su vida soñando estar en otro lado, hacer una cosa distinta, volverse otro, etcétera, cuando las posibilidades para esto en realidad no existen, siempre se ven las mismas cosas, siempre somos los mismos. Y no sólo esto sino que además, por andar extraviados en esas disquisiciones, se desaprovecha el fértil terreno de lo dado, lo cercano y lo conocido; pensemos que, al final de la novela, Arne podrá pensar que su amor por Eli es un motivo suficiente para permanecer en Kampen; eso que es lo cercano, por primera vez, podría desequilibrar las ilusiones del protagonista.

En cualquier caso, metáfora y relato están tan prodigiosamente mezclados en Arne que, por momentos, fábula y símbolo parecen uno solo. Así sucede cuando Arne escucha cantar a Eli las líneas de su principal poema:

“¡A quién le fuera dado ver lo que se oculta al otro lado de las montañas!... El poeta ve una cenefa de blanca nieve y una fila de negros abetos que escalan el áspero declive, como aguijoneados por la curiosidad. ¡Ah! ¡Si el poeta tuviese valor para seguir esa procesión audaz! El águila vuela sin temores y traspone la cumbre de la montaña. Parece bogar triunfalmente en el océano luminoso del nuevo día. Su fiero corazón palpita con las emociones de la cacería. Libre en su albedrío, pliega las alas donde la solicita el reposo. Tú, árbol fecundo de las pomaradas, no ambicionas; tú no quieres partir y explorar las lejanas cumbres de los montes. Durante el invierno aguardas pacientemente a que el verano te cubra de espléndidas flores. ¿Qué te importa lo que cantan los errantes pájaros? Bendices tu ignorancia. Quien ha aguardado veinte años para trasponer la alta cumbre de la montaña; quien lleva dentro de sí la certeza de que no alcanzará la distante meta; quien ve su creciente debilidad a medida que los años avanzan, seguirá con los ojos el vuelo de las aves que traen inspiraciones de aliento” (Págs. 144-145)
Ese es el Björnson poético que hace que Arne se sienta indispuesto frente a la idea de mantenerse en el mismo sitio, impedido para explorar y “bendiciendo su ignorancia”, y que luego vendrá a echarnos un chapuzón irónico cuando nos afirme: pero, después de todo, no hay mayor cosa en otra parte. El juego de Björnson, sin embargo, es mucho más matizado en sus símbolos. La ubicación de la casa de Arne, por ejemplo, comporta una rica imagen metafórica: estaba “situada en medio del llano que tenía por límites a un lado la barranca y al otro el camino de la montaña”, esto es, estaba en el punto que separa el abismo de la cumbre, el sitio desde donde es posible por igual caer o ascender.

Por otro lado, el nombre del río que separa a Kampen de Nöen, o lo que es correlativo, a Arne de Eli, es Río Negro. Dos familias separadas por el pasado –el padre de Eli ha lastimado al padre de Arne- están separadas en la novela también por un río, pero curiosamente por sus aguas ya no vendrá la distancia, sino el reencuentro a través del amor. Desde la ribera de cada lado es posible observar la fachada de una y otra casa que, aun siendo tan diferentes, están pintadas con los mismos colores: rojo y blanco.

Intertextualidad y lenguaje

Cuando decía más arriba que Arne es una obra novedosa estaba pensando en dos elementos especiales: la intertextualidad y el uso del lenguaje. La intertextualidad tiene que ver con una mixtura delicadísima de historias provenientes de las tradiciones escandinavas y la trama narrativa. Björnson leyó durante su niñez y juventud muchas de las sagas de guerreros nórdicos y buena parte de su basta cultura mitológica. Fruto de ello es que en Arne se combinen frecuentemente esos textos con las líneas de la fábula. La forma en la que el autor pone en funcionamiento esa mixtura es muy variada, unas veces hace que alguno de sus personajes nos cuente las historias, otras veces son referencias explícitas, y unas últimas simples alusiones.

El resultado de ese tratamiento que hace Björnson es una narración muy viva, retrotraída constantemente, y que de alguna forma rompe con las nociones normales de tiempo. Una tarde cualquiera, varias jóvenes se han reunido en círculo para contar sus mejores historias; desde la sombra de un árbol cercano Arne las acompaña con la vista y escucha por encima de los sonidos del ambiente la voz de una de ellas:

“Sabed que hubo en tiempos lejanos un mozo pequeñín que se enamoró de una chiquilla. Tenían edad suficiente para casarse, pero eran dos seres tan diminutos, del tamaño de un palmo. Naturalmente, el chiquitín no se atrevía a declararle sus pensamientos. Hablaba con la chiquilla al salir de la iglesia, pero sólo para decirle que el tiempo estaba lluvioso o que el día era sereno. En los bailes no bailaba con otra, y sin embargo jamás osaba pronunciar una palabra de amor.
- Aprenderé a escribir –se decía-. Así podré declararme sin hablar directamente con ella.
Aprendió a escribir. Pero le parecía que su letra era muy desgarbada, y pasó un año antes de que se decidiera a redactar una carta de amor.
Ya escrita la carta, nunca hallaba ocasión de dársela a la joven cuando no hubiera testigos.
Finalmente un día se encontraron a solas detrás de la iglesia.
- Tengo una carta para ti –dijo.
- No se leer –contestó la muchacha.
Así quedaron las cosas (Págs. 88 -89)
Además de este tipo de intertextualidad, insisto, muy variada y vitalizante para el relato, la novela propone constantemente otro juego entre líneas que tiene que ver con las canciones, coplas y rimas tradicionales de los campesinos noruegos. Björnson las mezcla sin avisar nunca al lector, las va metiendo allí, un poco enmascarándolas, de modo que el lector las vive como una parte fundante del relato mismo. A que el resultado sea bueno contribuye el hecho de que Arne sea un poeta, un cantor, porque esto permite que no sólo repita rimas que ya son de conocimiento popular, sino que pueda crear muchas propias que el lector va conociendo a lo largo de las páginas.

En cuanto a los usos del lenguaje Arne es también una novela precursora. Los juegos de palabras hicieron célebre a Joyce, y luego de él a muchos otros –en Colombia a Silva, particularmente-. Sin embargo, en plena mitad del siglo XIX Björnson proponía ya una novela en la que estos recursos son también muy utilizados, está claro que no con el pulimento de un Ulises, pero sin con la fiel intención de renovar el lenguaje: repeticiones, alternancias, cambios de ritmo, etcétera, son en Arne muy frecuentes:

“¿Por qué había cambiado todo en la vida del poeta? No era obra de un río desbordado; tampoco era obra de un viento de tormenta…
¿Por qué había cambiado todo en la vida del poeta? ¿Qué fuerza le dominaba? Lleno a la vez de vehemencia y de ternura todo lo que puede constituir una vida (…) formaba un haz que ataría el velo de la desposada.
¿Por qué había cambiado todo en la vida del poeta? Lleno de fuerza, de confianza y de seguridad, recibía las promesas que le hacía la vida, raras promesas. Sin duda la voz divina había hablado. Esta voz había dicho: ‘Que mi voluntad se cumpla’.
Y el poeta se había sentido transportado a un cielo de venturas (Pág. 167)
Por demás, el lenguaje de Björnson rebosa limpieza y finura; su narración tiene una armonía inmejorable de diálogos y texto, y una cadencia poética y sutil. Dichas características hacen que, a pesar de que la novela está escrita en tercera persona, el lector no la experimente como una historia objetiva.

Arne como novela romántica

Había mencionado tres rasgos definitorios de Arne como novela romántica: la exaltación de la vida de campo, el deseo de fuga y la tragedia que produce el no lograr equilibrar razón y deseo. El primer aspecto no es una simple condición accesoria de la obra, mejor dicho, Arne no se concibe como novela romántica sólo porque temporal y espacialmente se ubique en un periodo característico de ese movimiento literario. Al contrario, y como se vio, la gran metáfora que opera en su base, además de sus símbolos y lenguaje, son realidades directamente relacionadas con lo bucólico.

Ríos, montañas, la libertad que es la expresión por antonomasia del campo, son en Arne fuerzas constitutivas. Lo particular de esta novela será acaso que Björnson no dedicó muchas páginas de su historia a la descripción de los paisajes en donde se desenvuelven los personajes, sino que prefirió centrarse en la constitución de esos paisajes como puntos de referencia de dilemas existenciales –ya se examinó el caso de la barranca y la montaña divididas por el hogar de Arne y que simbolizan dos de sus obsesiones: el caer en lo dado y el ascender hacia lo desconocido-. De cualquier forma, cuando el autor decide hablar sobre la forma en la que transcurre la existencia en aquellos sitios, lo hace muy satisfactoriamente:

“El correo que pasa solamente una vez por semana durante los meses de invierno, en abril recorre la carretera más a menudo.
Esto indica a los montañeses si ha comenzado el deshielo en los valles, si se rompen los témpanos, si los barcos de vapor vuelven a circular libremente, si el rastrillo clava ya sus dientes en la tierra, en tanto que para ellos, en la montaña, la capa de nieve es todavía de más de tres metros de espesor, las vacas mugen aún dentro de los establos y las avecillas que vuelven de la invernada se ocultan temblorosas en sus nidos.
Los raros viajeros que se aventuran hasta la montaña cuentan que han dejado sus carros en la tierra baja y traen flores recogidas en el borde de las sendas.
Todos los montañeses miran diariamente los grados de elevación del sol en el horizonte y, llenos de esperanza, hablan entre sí de los próximos días bonancibles. Derraman ceniza sobre el endurecido hielo y piensan en los seres felices que cortan flores silvestres” (Págs. 129-130)
Similar a como lo hizo después Hamsun en su Bendición de la Tierra, el campesino tendrá que vérselas con un fantasma que viene de lejos a envenenar la tranquilidad de su vida: la ciudad. En la obra, Kristen viaja a América y pronto gana mucho dinero, Matilde viaja también, y los que quedan, como Arne, sueñan con sumarse a las filas de los que han roto los lazos que los unen a las montañas. Lo que, en un sentido existencial, genera este hecho tiene que ver mucho con la tragedia romántica: nacido en una libertad privilegiada, un hombre como Arne no logra conciliar ese estado inicial con la lógica que le impele a quedarse; su deseo, su sentimiento, choca contra el espectro de una racionalidad que le recuerda sus orígenes, y por esta misma razón, en una de las partes de la historia, su madre confesará: “él no desea ser campesino como nosotros”.

El romántico pone en primer lugar su propia subjetividad, tal como lo hace Arne que desea fervientemente escapar de Kampen, sin importar las razones que traten de disuadirlo; y también es alguien tentado por la imaginación, y para comprobarlo basta con darnos cuenta de la forma en la que Arne pasa sus días soñando una y otra vez qué puede verse desde otro lado, qué puede sentirse y qué no, mientras que el espacio objetivo de la realidad no se convierte en su destino, reduciéndose a una base de apoyo para imaginar.
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Arne es una novela fuera de serie, por la complejidad de su temática, y el riquísimo estilo del que hace gala, es una lectura necesaria.

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