AUTOR: Alan Parker
TÍTULO: Cada Hoyo un Muerto
EDITORIAL: Ceres, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1982
PÁGINAS: 94
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

“El deporte es idealismo y nobleza, pero también sangre y corrupción”. Con estas palabras Ediciones Ceres promocionó su colección Doble Juego, publicación semanal que, a principios de los ochentas, vino a sumarse a la rica variedad de series de bolsilibros que se editaban en España y América Latina. La particularidad de esta colección estuvo en centrarse en un contexto distinto al que hasta entonces habían acogido los pulps (oeste, guerra o espacio exterior), el del mundo deportivo.

Por las páginas de esta serie –de la que ignoro cuántos títulos fueron publicados- pasaron por igual atletas, futbolistas, cazadores o esgrimistas; todos ellos inmersos en un universo que exige ser virtuoso no sólo para las competiciones, sino también para hacer frente a esos personajes siniestros, sin escrúpulos, que pretenden enredar con sus artimañas a los deportistas buscando algún provecho. Bien se dice que no todo en el deporte es blanco y que, así como sucede en otros escenarios de la sociedad, también allí hay que vérselas con traiciones, venganzas y hasta muertes.

Y es que sucede algo muy particular con los pulps de Doble Juego: en ocasiones, la fuerza de las tramas no se desprende de modo directo del deporte, sino de asuntos propios de la corrupción o el espionaje; por ello, muchas de sus historias podrían caber, perfectamente, en las series policíacas. Cada Hoyo un Muerto, número 22 de la colección, es un bolsilibro que permite argumentar esta situación: su historia está enmarcada por el deporte, es cierto, concretamente por los torneos en que se dan cita los mejores golfistas del planeta, pero lo que da sentido a su trama es la acción de un personaje ajeno a ese mundo, que persigue intereses distintos a los deportivos y que, enmascarado, desequilibra el estado de normalidad con que arranca el pulp.

Por supuesto que no se trata de una “debilidad” de la colección; su forma de participar del mundo deportivo es a partir del planteamiento de algo que podríamos llamar unas líneas de trabajo, esto es, cómo el espionaje, las venganzas, el terrorismo, etcétera, pueden relacionarse con el deporte. Es claro, así, que no encontramos en Doble Juego un boxeador que simplemente es bueno sobre el cuadrilátero, o un atleta que descresta por su rendimiento, sino a esos mismos boxeador y atleta rodeados por la mafia, destinados a fungir como investigadores, o relacionándose con conjurados y demás.

Y de esto sabe mucho Alan Parker –pseudónimo de Carlos Echeverría Alonso-, autor de Cada Hoyo un Muerto, y también del título 64 de la colección K.O. Mortal. Quizá su experiencia venga del largo inventario de pulps escritos para la colección Metralla, editada igualmente por Ceres, y en donde hubo de pulir sus dotes para la creación de personajes y tramas conspirativos. No es mucho lo que puede saberse, además de esto, sobre Parker, cosa que es muy usual en los escritores de bolsilibros, aun cuando –como en este caso- no se trate de creadores esporádicos.

Cada Hoyo un Muerto

Primero fue en París. El golfista canadiense Fred Corben fue asesinado misteriosamente en pleno campo de juego; nadie supo dar razón. Pierre Clotin y el comisario Alain Fabré, los encargados del caso, sospechan de Guido Veloso, el campeón italiano que siempre manifestó animadversión por su colega americano; pero este tipo no puedo hacerlo, primero, porque él mismo dio cuenta a la policía del cadáver y, segundo, porque estaba acompañado por su caddy cuando sucedió aquello.

Después fue en Nueva York. El apuesto Alex Norman, un golfista de primer orden, y su amante, la modelo Chris Wilson, estaban en el Club de Golf de la ciudad. Habían leído antes la noticia del asesinato de Corben, pero no existían mayores motivos para desconfiar de una bola tirada en medio del terreno, así que Norman quiso tomarla. La hermosa Chris tuvo que ver cómo el cuerpo del hombre con que se acostó la noche anterior volaba en mil pedazos.

Luego fue en Bristol. Ted Williams llevaba unas bolas de ventaja a González y Ballesteros; todo hacía pensar al inglés que el campeonato volvería a ser suyo. Una anciana que observaba desde las graderías dejó el público, desapareciendo por detrás. Unos minutos después, ante el desconcierto de los otros jugadores, el cuerpo de Williams salía despedido por los aires varios metros. Unos minutos y pudo comprobarse: era una 38 con silenciador.

Así que Fabré se rompe la cabeza pensando qué pueden tener en común estos tres asesinatos, pero no tiene ninguna pista. Aprovechando que Chris Wilson –la ex amante de Norman- está de viaje por París, decide verla, quiere hacerle unas preguntas. La chica es realmente hermosa –pelirroja, delgada, dos grandes bombones en el pecho-, lo recibe con una bata, debajo no tiene nada. Ella, por su parte, no había visto antes alguien más atractivo; así que, si bien ella es millonaria y él un simple comisario, terminan saliendo.

El cuarto asesinato fue así: Malcolm Smith, el golfista sudafricano estaba en el bar del Prat, Barcelona, tomándose un whisky; pronto empezaba el juego. Se ha encontrado con un viejo amigo y, queriéndolo abrazar, ha dejado su vaso en la mesa, oportunidad que no dejó pasar ese extraño capellán para verterle un poco de veneno. Minutos después, en el hoyo 7, Smith sintió los primeros retorcijones, una gran contracción y, ya, al piso, estaba muerto.

Hace tiempo que esto dejó de ser una casualidad, se dice Fabré mientras se echa un duchazo; ha pasado la noche con Chris. Decide viajar a Barcelona donde por fin encuentra una pista: el asesino del último golfista, Smith, estaba disfrazado de capellán, era alguien joven. No es más lo que puede saberse en aquel lugar, de modo que se pone en marcha hacia Londres. Recuerda los viejos tiempos en el Club Internacional de Golf; nunca fue socio, claro, pero podía entrar y tomarse fotos con todos los grandes: Corben, Norman, Williams… Eso es, ahora que lo piensa, todas las víctimas hacían parte de aquel club; quién será, entonces, el siguiente.

El quinto muerto fue Sir Lawrence Morley, el mismísimo director del Club. Estaba en el link, su amigo fue a recibir una llamada, el asesino se le acercó; Marley le preguntó “¿Qué haces aquí?” y, como respuesta, eso, un balazo, muerte instantánea. Pero eso no es lo que se dirá a la prensa; vamos a tender una trampa a ese bastardo, piensa Fabré; así que se pone en contacto con la policía inglesa, hace que aparezca en los periódicos que el viejo Morley se recupera en el hospital; está seguro de que alguien vendrá a rematarlo. Y así sucede.

Sólo los ricos juegan al golf

El Club Internacional de Golf es una asociación bastante exclusiva. A él sólo pertenecen los mejores golfistas del mundo o, mejor dicho, los mejores golfistas dentro de las filas de los multimillonarios. Al final sabremos que por allí puede haber una buena pista para dar con el asesino. Lo cierto es que Cada Hoyo un Muerto define una sociedad que establece, perfectamente, las posibilidades de uno u otro hombre, en lo que respecta al golf. Los socios pagan su inscripción al Club y se mantienen en él hasta que, por ejemplo, la suerte deje de sonreírles y ya no puedan pasar el cheque de su mensualidad.

Nadie del común puede aspirar a pertenecer a ese gran conglomerado de estrellas, a menos de que cumpla estos dos requisitos: 1. Ser buen golfista y, 2. Ser millonario. Empero, un tipo como el comisario Alain Fabré ha podido gozar, con restricciones, de ciertas prerrogativas que tienen los verdaderos socios: un hermoso campo de golf, un lujosísimo restaurante y algunas copas en el bar. A él, que es todo un seguidor de este deporte, le gusta coleccionar fotos de sus ídolos; las tiene en su oficina y, mientras trabaja en algún expediente, les echa un vistazo para sentirse reconfortado.

De esta manera, Fabré es la pieza que comunica el mundo de ricos con el de los pobres, el de los golfistas con el de los caddys, puesto que no termina por pertenecer definitivamente a ninguno de los dos; así puede verse en la siguiente escena. Fabré ha decidido hablar con el anciano Morley, presidente del Club:

“El conserje, un tipo imponente vestido con librea, le miró de arriba abajo cuando preguntó por Sir Lawrence Morley.
- ¿Tiene hora concertada con él? –preguntó el conserje.
- No.
- Entonces me temo que sea imposible que le reciba. El señor Morley está siempre muy ocupado.
- Cuando le diga mi nombre me recibirá –gruñó Alain quien no podía soportar a los individuos pedantes como aquel.
- ¿Y cuál es su nombre? –preguntó con recelo el conserje descolgando un teléfono interior.
- Alain Fabré.
El gigante con librea estuvo hablando con alguien. Luego espero unos segundos al cabo de los cuales asintió con la cabeza y colgó.
- Sir Lawrence Morley le recibirá inmediatamente –dijo con mal disimulada sorpresa-. Planta quinta.
- Lo sé (Págs. 65-66)
El conserje desconfía de Fabré porque sabe –por su solo aspecto- que no puede pertenecer al Club, aun cuando sea amigo del presidente. Nunca llegamos a saber, sin embargo, si a nuestro comisario le gustaría pertenecer a ese mundo; sin duda tiene conciencia de su posición social, cosa que incluso le acarreará algunos problemas con su amante Chris, pero de aquello de pertenecer o no, nada. En el fondo, Fabré se parece mucho a esas personas que no llegan a hablar nunca de esto porque las posibilidades objetivas convierten el examen en inoficioso.

Sobre la trama narrativa

Alan Parker nos presenta un relato bien construido. Su intención es mantenernos hasta el final pendientes de quién pueda estar detrás de la muerte de los golfistas. En efecto, la historia va en crescendo: durante los primeros asesinatos las pistas son mínimas, en el intermedio empezamos a encontrarnos con algunos elementos aislados y, al final, acabamos atando cabos sueltos. Lo sorprendente de Cada Hoyo un Muerto es que, tal vez, la mayoría de nosotros equivoquemos en nuestras pesquisas y juzguemos como asesino al que realmente no lo es.

Por otra parte, Parker es un narrador directo y sistemático; presenta las situaciones de la historia similar a como lo haría un investigador, es decir, cuando habla de los asesinatos nos pone frente a la misma información con la que cuenta Fabré, cosa que crea cierta intimidad entre protagonista y lector. No pudiendo estar un paso delante de lo que sabe el comisario, nos enfrentamos a datos mínimos:

“Ted Williams dejó escapar una sonora maldición al tiempo que golpeaba rabiosamente con el palo el bien cuidado césped.
- Mala suerte, Ted –dijo a su lado el sudamericano González.
Williams gruñó algo ininteligible y golpeó la pelota con indiferencia para meterla en el hoyo número 15. Aquel había sido un fallo garrafal por su parte y sabía que Ballesteros no lo desaprovecharía.
De repente pareció que un ser invisible acabase de darle un puñetazo porque Ted Williams salió despedido hacia atrás y cayó de espaldas al suelo. Cuando sus compañeros, sorprendidos, se aproximaron a él observaron que tenía una gran mancha roja a la altura del corazón” (Págs. 53-54)
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Información suficiente como para no perderse en una descripción inútil. Alan Parker nos pone frente a una historia que vamos reconstruyendo nosotros mismos, de la que no sabemos más que los personajes, y que exige estar alerta y sospechando de todos a nuestro alrededor.

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