AUTOR: Thomas Hardy
TÍTULO: Nuestras Hazañas en la Cueva
EDITORIAL: Grupo Editorial Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 117
TRADUCCIÓN: Juan M. San Miguel
RANK: 7/10
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Por Alexander Peña Sáenz

Las ediciones de Torre de Papel Amarilla, de la Editorial Norma, han llenado largos ratos de mi ocio. Sus títulos me parecen divertidos e interesantes, sobretodo por la brevedad de su lectura y por el carisma de los relatos y autores que compila. Torre de Papel es, básicamente, una colección de narraciones y novelas cortas dirigidas a un público juvenil –aunque personas de cualquier edad pueden leerlas-, cuyo contenido tiende a dejar algún mensaje valioso y ricas moralejas, que posibilitan sentar la cabeza por un tiempo, y pensar sobre problemas que aquejan al hombre y sus valores morales.

Por esta colección desfilan nombres reconocidos como Robert L. Stevenson, Ramón García Domínguez, Juan Valera, entre otros. Algunos títulos han sido escritos también por autores de menor renombre como Angela Ionescu y Sarita Kendall, pero aquella falta de reconocimiento no se debe a que sus obras no cumplan con un estándar de calidad literario, sino, más bien, a la poca difusión que se les ha dado, en gran parte debido a la hegemonía que representan los autores del canon literario y los best seller.

Otro de esos autores de no mucho reconocimiento es Thomas Hardy (1840-1928), un gran novelista y poeta inglés, cuya prolífica obra no se conoce a fondo por estos lares del nuevo mundo. Su producción novelística llega a un número de catorce novelas, sumada a una vasta obra centrada en la poesía y la lírica. Sus temáticas, enmarcadas dentro del naturalismo inglés, llevan consigo marcas de pesimismo, ateísmo, y el cuestionamiento del por qué el mundo es tan hostil para el hombre. Aunque este no es propiamente el caso de la obra que presentaré a continuación.

Nuestras Hazañas en la Cueva es una novela corta con un contenido -me atrevería a decir- destinado a adolescentes y jóvenes que divagan en la toma de decisiones importantes para sus vidas y la de sus congéneres. La novela, al comienzo, narra el egoísmo aventurero de Leonard y Steve, un par de chicuelos que en medio de sus vacaciones exploran unas cuevas cercanas a la aldea West Poley, en Somerset, ciudad donde residen, descubriendo dentro de ellas casualmente la fórmula para poder cambiar el curso del río de West Poley hacia East Poley, una aldea vecina.

La obra constituye un relato entretenido que lleva consigo varios tópicos a reflexionar. Primero, permite pensar acerca de cómo manejar una situación de conflicto y; segundo, debatir qué criterios éticos tiene una persona en lo concerniente a la capacidad de decisión sobre el bienestar de una comunidad. Veamos a continuación cómo las aventuras de Leonard y Steve los llevan a un lío que genera problemas y reflexiones.

Nuestras Hazañas en la Cueva

La historia comienza con el relato que hace Leonard acerca de los acontecimientos de su infancia, ya lejanos para el momento en que se cuentan. En cierta forma, nuestro narrador refleja una efímera nostalgia por las inesperadas aventuras en las que se embarcó en su niñez junto a su primo Steve, en la aldea de West Poley. Leonard habla acerca de la vida de Steve, quien desde muy joven manifestó que no quería ser agricultor como lo fue su padre, y frente a esto mostraba como ejemplo a un vecino suyo, al que le llamaban el Hombre que Fracasó. Este singular personaje, pese a tener la derrota a sus espaldas, mantenía una incierta esperanza. Los dos muchachos veían con curiosidad a este individuo:

“Ninguno de los dos era entonces lo suficientemente viejo como para saber que los derrotados en la batalla del mundo son a menudo los mismos que, demasiado tarde para ellos, tienen más clara la visión de lo que contribuye al éxito. Por el contrario los hombres que triunfan quedan con frecuencia cegados por la agitación de su propia marcha” (Pág. 9)

El deseo de ser explorador, y no agricultor, es la fuerza que impulsa a Steve para aventurarse en la búsqueda de lugares extraños. Esta actividad de explorador lo lleva a descubrir un día las cuevas de Mendip, cercanas a la aldea de West Poley. Al adentrarse en estos lugares halla una cueva cuyo nombre es El Bolsón del Diablo. Es entonces cuando Steve invita a Leonard a hacer parte de la hazaña de explorar tan recóndito lugar.

Con cabos de vela para iluminarse y algunas frutas para comer en el recorrido, Leonard y Steve se propusieron internarse en las profundidades de las cuevas, lugares que nadie de la región se había atrevido antes a explorar. La cueva tenía acceso por un estrecho túnel; dentro, el suelo se extendía en una planicie de arena y guijarros, y en el centro una playa subterránea, en la cual corría un pequeño arroyo. Para Leonard ese lugar se asemejaba a lo que en los libros conocía como el Averno junto al río Estigia. Al fondo se encontraba una cavidad en la piedra cristalizada, semejante al ábside de una iglesia gótica. Pero para llegar allí, el arroyo parecía ser un obstáculo; así que los chicos decidieron desviar el curso del agua: Steve con pala en mano comenzó a mover las piedras que estaban en el arroyo como estorbo para pasar y, al cabo de veinte minutos, el chico ya había logrado desviar el curso del agua. Y aquí algo de la habilidad del autor para relatar con detalles el lugar en el que se hallaban inmersos los dos muchachos:

“Mi atención estaba tan entregada a los adornos naturales del nicho, que apenas oí su observación. Cubrían la mayor parte de los costados y del techo; eran de color carne y asumían la forma de sartas de cuentas, de encaje, de cotas de malla. En muchos lugares se asemejaban fantásticamente a la piel pelada del ganso, y en otros a las barbillas del pavo. Todos estaban decorados con cristales de agua” (Pág. 19)

Era en este lugar, cuya descripción resulta imaginariamente agradable, en donde Leonard y Steve deseaban quedarse para divertirse. Los chicos desempacaron sus raciones de comida y la devoraron toda mientras contemplaban tan inmensa hermosura. Muy complacidos por su aventura, bajaron de nuevo a la aldea. Al llegar al lugar, escucharon extrañas quejas y una turbia conmoción entre los pobladores. Todo debido a que el río, por razones inciertas, se había secado. Un habitante del lugar, Griffin el molinero, se lamentaba por ver el río seco, ya que de este modo, su molino no podría rodar más. Al secarse el río, muchos peces murieron, de suerte que los chicos comprendieron que su aventura en la cueva había sido la causa del mal que arribó al pueblo inesperadamente.

Los muchachos, sin malas intenciones, habían generado en la gente de la aldea la angustia que entonces los llevaba a buscar agua en lugares lejanos. Así, pues, decidieron regresar a la cueva para arreglar el daño causado. Hechos los ajustes de las piedras en la cueva, Leonard y Steve incursionaron hacía la aldea vecina, East Poley. Días después West Poley disfrutaba de su río; sin embargo, no tardó mucho tiempo antes de que el río se secara. Los chicos se enteraron del suceso a mitad del camino hacía la otra aldea, pero decidieron seguir y reparar el daño después. Al llegar a East Poley los chicos se dieron cuenta de que la gente del lugar estaba rozagante de felicidad, debido a que poseían un río nuevo que los surtía frente a la carencia de agua.

“¡Debía haberlo supuesto! –dijo Steve-. Está claro que si impides que un río corra en una dirección, tiene que abrirse camino en otra.” (Pág. 33)

Y aquí surge el problema de la elección:

“(…) ya no podíamos volver el agua a su antiguo cauce sin hacerle tanto daño a los de East Poley, quitándosela, como el bien que le haríamos a los de West Poley, devolviéndosela” (Pág. 34)

Leonard era conciente de que el dilema se podía resolver a través del diálogo con todos los implicados en el problema. Sin embargo, prefirió callar por el momento. Los jóvenes regresaron a su aldea y hallaron en el molino a Griffin y el aprendiz que estaba a su cargo, quien recibía trato injusto por parte del molinero. El chico, llamado Job, trabajaba para Griffin con un contrato que lo obligaba a quedarse mientras hubiera trabajo. Pero sin agua para hacer rodar el molino, el contrato se anuló y Job quedó libre gracias a Steve y al Hombre que Fracasó, quienes gestionaron la anulación del injusto contrato.

Job se integró al secreto de Leonard y Steve de poder cambiar el curso del río. Al par de primos se les ocurrió disfrazarse con túnicas de magos, y afirmar que tenían poderes para secar el río o cambiar su curso. Tras de esto estaba Job, que a una hora determinada movía las piedras desde la cueva para simular aquello. Los chicos de la aldea de East Poley quedaron asombrados con esta ingeniosa chanza de los magos. Pero, entretanto, algunas personas de la región empezaron a pensar en proyectos hidráulicos, mientras otros sufrían inundaciones, de manera que los chicos comienzan a entrever que resulta imposible hacer bien a unas personas sin causar mal a otras.

Pronto sus travesuras serían reveladas, cayendo los jóvenes en su propia trampa. Job, mientras tanto, encontró un tercer agujero por donde canalizar el agua, lo que hizo que se preguntara sobre cuál pueblo merecía en realidad el río, pues ambos abusaban de la buena fe de las personas, como él mismo lo había vivido. El molinero Griffin ya sospechaba de los tres jóvenes como los causantes de la sequía del río. Días después, dentro de la cueva, al desviar el cauce del río por el tercer agujero, los jóvenes comprobaron que el agua ya no encontraba salida y comenzaba a estancarse dentro del lugar. Steve, Leonard y Job, desesperados al verse casi ahogados, trabajaron con todas sus fuerzas para poder abrir de nuevo uno de los agujeros del río y así salvar sus vidas. Griffin, quien había seguidos a los chicos, llegó en ese preciso momento en busca de una explicación `para el problema y, de paso, hacerse de nuevo a la custodia de Job. Pese a sus malas intenciones permitió a los chicos salvar sus vidas.

Tiempo después, ambos pueblos conocían la causa de la sequía del río y buscaban a toda costa apoderarse del agujero que les surtía el agua. Al mismo tiempo, la culpa fue recayendo en los jóvenes Leonard y Steve que, inocentemente, habían descubierto el secreto que desató el caos entre las dos aldeas. Lo que vendrá después es la resolución del conflicto, que se plantea de forma injusta a favor de una sola aldea. Quizá esa es la crítica fuerte que hay que hacerle al relato, pues no se promueve una distribución equitativa de un recurso natural como es el agua entre dos regiones que lo necesitan. Deja el sinsabor de un egoísmo regional para mantener sus comodidades a costa de la precariedad de otro pueblo.

En cuanto a Leonard y a Steve, ellos purgaron su pena procediendo a favor de su propia aldea, tal vez por ese sentimiento de culpa que de alguna manera los marginaba por no hablar con sinceridad acerca de la cueva.
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Las casualidades pueden llevar a grandes descubrimientos, ese podría ser uno de los tantos mensajes dentro de Nuestras Hazañas en la Cueva. Sin embargo, hay que hacerlo responsablemente. Este librillo podría abrir el debate a chicos y a adolescentes, quienes, en algún momento de su vida, piensan y actúan egoístamente en pro de sus comodidades y diversión, sin considerar el bienestar de los demás. Sin duda es una lectura muy amena y útil en las escuelas de hoy, para que los chicos consideren el compromiso que tienen como seres sociales, responsables con el bien de sus comunidades.

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