AUTOR: Sergio Aragonés
TÍTULO: Día de los Muertos
EDITORIAL: Grupo Editorial Vid, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2000
PÁGINAS: 24
RANK: 8/10
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Por Alexander Peña Sáenz

El cómic –o tebeo- no se reduce a una simple forma de comunicación a través de imágenes, destinada preferentemente a un público juvenil; aunque sus temáticas suelen ser vistas –desde esferas intelectuales, religiosas, políticas, etcétera- como superficiales o dañinas para la sociedad, el tebeo es más que eso: es una recreación de historia, de pensamiento e imagen, de la conciencia de una época. Bien merecido es entenderlo como el noveno arte: una mezcla de literatura, pintura y hasta fotografía. Pensemos que no es nada fácil idear un guión, ni lidiar con los bosquejos de dibujos, el entintado y todo lo demás. Es un arte y, en tanto tal, debe apreciársele.

Y como toda forma de arte, el cómic busca comunicar algo. Qué mejor que comunicar una idea que retoma historia y tradiciones culturales. Precisamente, Día de los Muertos –Day of the Dead- (1998), del reconocido historietista mexicano-español Sergio Aragonés, es una interesante mezcla de imágenes basadas en una celebración bien particular: el día de los difuntos que se conmemora en México durante los dos primeros días de noviembre. Una grata muestra de que el tebeo no es un producto superficial y frívolo, sino que se interesa por rescatar la cultura general y hacer crítica social, para transmitirla de forma asequible a todo el público.

Sobre el día de los muertos en México

Se puede decir que las fiestas de remembranza de los muertos tienen una historia de más de 3000 años, aunque hoy día es un sincretismo de la cultura precolombina, las etnias centroamericanas Mexica, Maya, Purépecha, Náhuatl y Totonaca, mezcladas con tradiciones religiosas –particularmente católicas- de España y el viejo continente. Las festividades –se las puede considerar como tales, ya que no tienen propiamente un aire de melancolía y dolor- inician el 31 de octubre, y se extienden hasta el dos de noviembre, pasando por la celebración católica del día de Todos los Santos, del día primero. El editor del cómic, en un apartado sobre las festividades del día de los muertos de 1998, se refiere a ellas como:

“(…) una tradición solemne, pero revestida de alegría, que nos hace sentir la certeza de que nadie ha salido vivo de este mundo. La intención, en todo caso, no es tanto burlarse de la muerte, sino aprovechar la tregua para convivir con ella, en lo que llegan nuestros respectivos días para morir”


El día de los muertos es un momento bastante marcado por sus tintes de representación cultural y por conservar vivas las tradiciones de un pueblo que no olvida para nada su pasado precolombino. Se mantiene viva una leyenda, una tradición oral, muy especial para la población de Centroamérica y para México, en particular, porque es la oportunidad para que los que están vivos en esta tierra, hagan honores y recuerden a sus parientes ya fallecidos y enterrados, quienes, de forma mística, vienen a visitarlos en la tierra.

Muchas formas simbólicas se desarrollan para esta conmemoración como son las famosas calaveras dulces que en la frente llevan el nombre de los parientes difuntos, el pan de muerto que se hornea especialmente para este día y que se diseña en forma de calavera y huesos, el tequila y los cigarros, las artesanías de mariachis y funerales, las coronas de flores como ofrendas a las almas del “más allá” y que arriban en estas fechas al mundo de los vivos, la cuidadosa limpieza del cementerio y las tumbas de los fallecidos cercanos, y los cánticos y bailes de rezanderos y parientes. Es también una oportunidad para pasar en familia, aunque algunos miembros estén bajo tierra.

Day of the Dead, el cómic

El mundialmente famoso caricaturista Sergio Aragonés, quien se destaca por su labor en la Revista Mad, y el guión y dibujo de Groo el Vagabundo, está de paseo por una de esas aldeas mexicanas cercanas a San Pascual. Su interés como turista es alojarse en algún hotel para poder disfrutar y ver de cerca la conmemoración que se realiza a los parientes muertos. Aragonés ve que es imposible hallar un sitio en donde quedarse, debido a que muchos turistas norteamericanos llegan a la región, impulsados por una curiosidad algo morbosa frente a estas festividades.

Precisamente, un grupo de gringos se le acerca y le pregunta a Aragonés sobre la ubicación de algún pueblo que aún no haya sido arruinado por turistas extranjeros. Él, ni corto ni perezoso, aprovecha la oportunidad para ser invitado a unos cuantos tragos de tequila y así contar una historia sobre el pueblo de San Pascual.

La historia comienza con un grupo de norteamericanos provenientes de Hollywood, que llegan con la intención de grabar una película sobre el día de los muertos en aquella población. La gente del lugar está molesta por la forma en que los gringos abordan a la gente y toman frívolamente la solemnidad que se desarrolla en las conmemoraciones.

En una de esas noches en que los lugareños visitan en el cementerio a sus parientes, los norteamericanos llegan con sus cámaras a perturbarlos: se dedican a filmar por doquier las ceremonias, tomando genuinas imágenes. Las campanas suenan macando la media noche, y los pobladores de San Pascual prevenidamente abandonan el cementerio. Los gringos permanecen allí y se llevan una inesperada sorpresa: los muertos, muy molestos por su actitud, salen de sus tumbas para reclamar tranquilidad. Los cineastas corren despavoridos y montan su camioneta, pero al avanzar en ella caen a un barranco que los lleva directo a la muerte.

La segunda parte de la historia involucra a un negociante adinerado de los Estados Unidos. Se trata de Monty Gruber, un inversionista sin escrúpulos que, con ansias de más dinero, inaugura un parque de diversiones llamado Gruberland. Se acerca la fecha de Halloween y el parque no ha reportado ganancias favorables. Entonces, el video que grabaron en San Pascual los cineastas de Hollywood termina en las manos de aquel avaro, de modo que surge la ambiciosa idea de llevar a Gruberland el día de los muertos.

Llegan así, los ejecutivos de Gruber a San Pascual para tomar las fotografías que permitan replicar el lugar en el parque de diversiones norteamericano. Con la idea de comprar artículos simbólicos, los trabajadores de Gruber ofrecen sumas de dinero a los pobladores, quienes se resisten y hacen prevalecer su tradición. El ambicioso inversionista, furioso por no poder acceder a los elementos que le permitirían llevar el día de los muertos a su país, y convencido de que ningún hombre vivo le puede decir ¡no!, se las ingenia para comprarle al alcalde del pueblo el cementerio completo y, de esta manera, se lleva los muertos a Gruberland.

Por primera vez, los parientes de los difuntos se ven obligados a conmemorar el día de los muertos en Estados Unidos. El sacrilegio ya está hecho, la gente de San Pascual está deshonrada, su orgullo se ha visto pisoteado por la ambición de un negociante gringo. Ellos saben que ese lugar no les pertenece, puesto que los visitantes de Gruberland ven el día de los muertos con esnobismo y con una curiosidad nada solemne. Gruber está haciendo una fortuna con la profanación de las tradiciones mexicanas a costa de la vergüenza de los pobres familiares de los muertos.

Pero el día de los muertos se hace realidad, y de las tumbas profanadas salen los muertos a reclamar de nuevo su paz y a tomar venganza. Ni todos los millones de Gruber podrían salvarlo; tarde se da cuenta de su presunción: cuando pensaba que ningún hombre le diría ¡no! estaba en lo correcto, sólo que no contaba con la respuesta de los muertos. Las cosas deben volver a ser como antes, porque sólo así los difuntos pueden estar en paz.

Al terminar el relato, el señor Aragonés convence a los norteamericanos de ir a San Pascual, y así lograr un cuarto de hotel.
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Profundamente incisivo contra la frivolidad que manifiesta Norteamérica frente a las tradiciones de pueblos genuinos que buscan conservar su legado cultural y, por lo mismo, orgullosos de su historia, Día de los Muertos es un tebeo entretenido que ilustra sobre la manera en la que las costumbres sanas de una comunidad deben permanecer vivas y ejercer resistencia frente al desenfreno de la hegemonía capitalista, que pretende absorber a las culturas, para convertirlas en mercancías y así obtener toda clase de beneficios económicos.

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