AUTOR: Michel Peissel
TÍTULO: Las Puertas del Oro: en Busca de los Navegantes Mayas
EDITORIAL: Juventud, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 238
TRADUCCIÓN: Dolores Sánchez de Aleu
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

Lástima que la historia no se cuente siempre de este modo, es decir, dejando en ella nuestro propio nombre, señalando abiertamente cómo nos ubicamos frente a cada hecho y, sobretodo, llenándola de vida y emoción, sin importar diferencias o distancias. Sólo así, la antropología y la historia podrían ampliar sus horizontes, y dejar de ser saberes restringidos para convertirse en vehículos del pensamiento y la acción sociales. Hace tiempo que, bajo el pretexto de la objetividad y el cientificismo, se nos ha impuesto toda clase de mentiras.

Michel Peissel (1937-), reconocido antropólogo francés doctorado en la Sorbona, nos presenta en Las Puertas del Oro (1978) ese tipo de historia que planteamos, para sumergirnos en una aventura fascinante: el descubrimiento de los navegantes mayas. Y se trata de una aventura en doble sentido puesto que contiene, tanto la reflexión sobre el desarrollo socio y geo-histórico del comercio marítimo maya, como la síntesis del propio recorrido que siguió Peissel en el redescubrimiento de aquel mundo. Una aventura que, en sus palabras:

“(…) quizá se inició a la ligera y que verdaderamente tenía en ocasiones todos los ingredientes de una farsa, pero que no tardó en convertirse en un amargo relato que reflejaba muchas de las tragedias de nuestro tiempo y de las acontecidas en las hermosas riberas de los mayas, cuyo destino, como el nuestro, fue destruido por la codicia mercantilista y la incapacidad del hombre para comprender aquello que es diferente” (Pág. 14)

Los mayas, con más de tres siglos de historia, constituyen uno de los referentes más importantes de la cultura prehispánica. A sus avanzados conocimientos matemáticos, astronómicos y agrícolas, no sólo debe sumarse su complejo sistema metafísico, axiológico y teleológico, sino también, el alto desarrollo de sus rutas marítimas, que atestiguan el dominio que tuvieron en el diseño de piraguas, utilizadas para el activo transporte que –antes y durante buena parte de la Colonia- hizo de la Península del Yucatán el centro comercial más importante de toda Centroamérica.

Peissel, quien a la edad de 21 años (1958) ya había recorrido una importante parte de Quintana Roo, descubriendo cientos de altares y puertos mayas a lo largo de toda la costa y al interior del Yucatán –hallazgos que documentó en El Mundo Perdido de los Mayas (1962)-, se embarcó en 1974 en una nueva expedición cuyo objetivo principal fue buscar los canales y ruinas que pudieran dar cuenta del antiguo imperio naval maya, que conoció su apogeo varios siglos antes de la llegada de los españoles (1504), pero que se mantuvo vigente hasta principios del siglo pasado.

Seguramente aquí se perderá mucho de ese estilo narrativo bien característico de las obras de Peissel –también de las escritas sobre el Tíbet-: una mixtura logradísima de historia, aventura y reflexión social, elaborada con un lenguaje asequible, dinámico y sobrecogedor. Esa unidad sintética propia de Peissel intentaremos verla aquí a través de tres puntos importantes: la expedición, la historia de los mayas, y el análisis pasado-presente que resulta del contraste entre los dos primeros.

En busca de los navegantes mayas

Hay un peligro que se cierne sobre todo estudio antropológico, a saber: que se lo adelante con tal “exotismo” que termine por volverse una pieza comercial. Esto ocurre conciente o inconcientemente: un antropólogo recrea una imagen tan atrayente para los lectores, que su libro puede convertirse en la mejor publicidad turística, caso que tal vez sea inconciente; pero también puede ocurrir que los productores –quienes son finalmente los que financian los viajes, equipos, etcétera- determinen el modo de socializar los resultados de una investigación, situación que se traduce, la mayoría de veces, en propaganda conciente.

El trabajo de Peissel permite dar cuenta de este peligro de una forma muy particular: El Mundo Perdido de los Mayas, su primer libro sobre el tema, se convirtió, a su pesar, en una suerte de “best-seller” que atrajo a muchos europeos y norteamericanos a una región hasta entonces ajena al interés turístico. Posteriormente, tuvo que enfrentarse a los deseos de la compañía que patrocinó una parte de su segundo recorrido por la costa maya, dado que aquella quería convertir la aventura en una cinta artificial y desdibujada.

Todo inició en 1972, cuando después de una larga temporada de investigaciones en el Tíbet –en donde recorrió varios enclaves desconocidos de la zona: Mustang y Bhutan-, Peissel decide volver a la costa del Yucatán que había atravesado a pie en 1958. Para esta travesía que sólo llegaría a concretarse después de varios años, el autor reunió un grupo ciertamente complejo: su entrañable amigo Michael Alexander (quien lo había acompañado antes en el Himalaya), lord Binning (un trotamundos arriesgado), y un equipo designado por la Walt Disney, compañía que había visto en la expedición la oportunidad para realizar un documental.

Es así como –después de casi dos décadas de haber caminado de norte a sur la costa oriental de la Península del Yucatán, es decir, de México a Honduras- su regreso a la región tenía todas las dimensiones de un gran acontecimiento: el solo equipo de trabajo y las provisiones para el trayecto sumaban dos toneladas, y el personal de grabación, escenografía y demás, reunía unas quince personas. Una experiencia distinta totalmente a su primer recorrido, cuando apenas pudiera acompañarse de algunos guías de la zona, sin más provisiones que una maleta y una cámara.

Pero además, este regreso era diferente puesto que se traía como protagonistas de la expedición a tres hovercrafts diseñados por el mismo Peissel y que, dadas las condiciones geográficas del Yucatán (pantanos, marismas, manglares, arrecifes) parecían constituir el aporte tecnológico más importante para surcar el brusco cambio de superficies de la zona. Aquellos hovercrafts habían sido probados en la Florida, y también en la Isla de Cozumel, lugar en donde se inició este nuevo recorrido. Las máquinas, a pesar de algunos inconvenientes, mostraron un gran rendimiento, y todo indicaba que serían bastante útiles para atravesar los estrechos canales de Chunyaxche y Chetumal, dos de los puntos neurálgicos del comercio maya, y a los que se les preveía especial atención.

Después de una temporada en Cozumel –lugar al que llegó Colón en 1504, asentamiento luego de piratas y bucaneros-, la expedición se dirigió al oeste hacia Akumal, Solimán y Tulum, sitios que en su momento fueron emplazamientos comerciales y religiosos, pero que entonces habían cambiado de sobremanera merced a dos enemigos implacables: los huracanes y la Colonia. En efecto, muchos desastres naturales llevaron a los mayas a retirarse hacia el interior del Yucatán, aún más que la influencia de los españoles que, sin embargo, fue paulatinamente creciendo hasta trastrocar su historia –como se confirma desde mediados del siglo XX- en atractivos turísticos patrocinados por el gobierno -hay que recordar que Cancún está sólo algunas millas al norte de Akumal-.

Pero, cuando la travesía hasta ahora empezaba, esto es, cuando Peissel penetraba la Bahía de la Ascensión (Chunyanxhe), y ponía a prueba el poder de los hovercrafts en aguas difíciles, la Walt Disney decidió que ya había tenido suficiente, y que regresaba a Florida con 22 horas de grabación –suficientes para un “buen documental”- y, por lo tanto, renunciaba a acompañarlos a él, Michael y Binning en su marcha hacia las tierras vírgenes del Sur. Nada mejor, pensamos ahora, porque desde ese instante y, prescindiendo incluso de la compañía de sus dos amigos, Peissel se embarca solitario –como lo había hecho décadas atrás- en una aventura libre de formalismos, tomas, escenas artificiales, etcétera: con una mochila y una cámara, remonta sólo Quintana Roo hasta Honduras.

Ese largo trayecto que lo llevará por ríos (Hondo, Nuevo, Moho, Ulúa), lagunas, canales y junglas, es suficiente para llenar de vida a Las Puertas del Oro. De su mano vamos por las tierras de los mayas Chan de Santa Cruz, hacia el sur llegando a Bacalar, cuya historia es prototipo de toda América Latina. Ángel, un campesino maya de la región, será su guía en el duro tránsito por los canales que bordean Bacalar y Chetumal, y que hacen ver el mar, aunque cercano, terriblemente lejos. Luego, ya en las aguas del New River, Belice, un repaso por la historia de esta colonia británica hasta 1981: saqueada por toda suerte de piratas, madereros y chicleros, con una identidad que atraviesa por igual negros africanos, refinados ingleses, indígenas mayas y, por supuesto, españoles.

De Belice, a Guatemala por Livingstone, otrora zona de encuentro comercial entre el norte y sur de la Península, de allí a Copán –una de las más afamadas ciudades mayas- y, finalmente, hacia el norte hondureño que nos pone de vuelta en el caribe. Sin hovercrafts, sólo con las piraguas de Ángel o Sánchez –los últimos mayas expertos en la construcción de esas canoas especiales, necesarias para las aguas mayas-, Michel Peissel reconstruye el itinerario que muchas siglos atrás siguieron los mayas para su comercio: la sal y el algodón que venían del norte, desde Cabo Catoche, para cambiarse o venderse –los mayas utilizaban los granos de cacao como monedas- por el jade, oro y maíz cultivado en el sur, o en las zonas del interior del Petén (hoy Guatemala) y Copán (Honduras).

El imperio marítimo más refinado de América

La historia maya se remonta a casi dos siglos AEC. Cuando Colón vislumbró por equivocación –como todo lo suyo- la tierra del Yucatán, principal emplazamiento maya, creyó que se trataba de una isla. Sólo años después los colonizadores españoles pudieron comprobar que este territorio hacía parte de esa gran franja entre pacífico y atlántico que constituye Centroamérica. Tal vez, la razón de esta demora y del difícil proceso de conquista de la región, se debe a la entereza del imperio. A diferencia del pueblo azteca, sometido y saqueado en menos de un lustro, los mayas defendieron violentamente su territorio hasta bien entrado el siglo XX.

Peissel insiste en que los mayas constituyeron el imperio más consolidado de toda la América prehispánica. A ello contribuyó, como dijimos antes, no sólo su sistema científico y teleológico, sino también el coraje de sus guerreros y el consolidado control marítimo que tenían de la costa este del Yucatán.

Durante los primeros años de la conquista, sucedió un hecho poco conocido en la historia de la región. En 1511 un barco español que había zarpado de Panamá rumbo a Europa con 20000 ducados de oro naufragó cerca de Cozumel. Los sobrevivientes fueron atendidos por Naum Pat, cacique de la isla, pero ante la insistencia de Ecab, cacique de toda la zona norte del Yucatán, fueron enviados allí, al interior, donde terminaron esclavos o asesinados.

Uno de ellos, sin embargo, Gonzalo Guerrero, se enamoró de la hija de un importante personaje maya, motivo por el cual se le perdonó la vida, y pudo integrarse a las costumbres de la región, hasta convertirse en oficial de la flota naval de Ecab. Él mismo, vendría a jugar un papel significativo para retrasar la conquista de la región, pues alertando las intenciones de los españoles, preparó junto al ejército maya distintas trampas y ataques que convirtieron las expediciones de Hernán Cortés, Francisco Montejo y Alfonso Dávila, entre otros, en vanos intentos de sometimiento. Guerrero, incluso, mucho tiempo después, pelearía al lado de Cicumba –el Guardián de las Puertas del Oro-, en Honduras.

Pero es que, además, los mayas revelaron a los españoles una cultura que, aunque fuera de su alcance interpretativo, llegaba a perturbarlos: sus grandes templos y centros oratorios que alcanzaban alturas increíbles, los sacrificios humanos hechos a las deidades, su adaptación a un medio fluvial enmarañado e inaccesible para los demás. Tal como afirma Peissel:

“(…) es posible que los mayas del siglo XV fueran más refinados que la generalidad de los españoles, hecho este que parece confirmarlo el comportamiento social, su inmenso respeto por las mujeres y el valor otorgado a la palabra de honor. Los mayas eran gente eminentemente práctica, criados durante siglos en el respeto, la asociación tribal, la noción de familia ampliada hasta alcanzar a toda una comunidad y en la que la actividad comunitaria se sobreponía a la actividad individual, de acuerdo con las necesidades agrícolas mayas” (Pág. 54)

Ahora bien, en cuanto al notorio control marítimo de los mayas habría que rescatar varios aspectos. En primer lugar, se trataba de una exigencia del medio: la parte norte del Yucatán carece casi por completo de ríos, es decir, son todos ellos subterráneos, de manera que su vía principal de transporte estaba constituido por las aguas costeras; del mismo modo, los principales productos de la dieta maya, el maíz y el cacao, sólo se producían en las zonas del interior y Sur de la península, lo que obligaba a los habitantes del Norte (Chetumal, Tulum, etcétera) a intercambiar sus productos con las otras comunidades mayas productoras de alimento. En segundo lugar, existían las condiciones necesarias para ello: extensas vías fluviales en la costa, en donde se construyeron complejas cadenas de canales –que los españoles comparaban con Venecia-, y, además, se tenía el suficiente conocimiento como para crear toda clase de piraguas: con proas y popas de distintos tamaños, con pisos rectos o curvados, de pequeñas y grandes dimensiones e, incluso –aunque en esto no coinciden todos los estudiosos-, al parecer muchas de ellas con velas, dependiendo del tipo de agua al que estuviesen destinadas.

Ese complejo sistema naval hizo de los mayas, por un lado, el ejército marítimo más importante de todos los existentes en América antes de la Conquista –aztecas e incas no se desarrollaron mayormente en este sentido- y, por otro, una sociedad muy respetuosa y adoradora de los dioses del agua (los chacs). Por esta razón, es posible encontrar –cosa que reconstruyó Peissel en su propia travesía- toda clase de monumentos, altares y puertos a las orillas de las lagunas, los ríos y el mar. Algunos vestigios como los de Tulum, y otros cientos distribuidos a lo largo de la costa son una muestra fehaciente de este punto. Sin embargo, la acción devastadora de los huracanes ha borrado, seguramente, el rastro de muchos más; al tiempo que aquellos que conocemos deben afrontar dos plagas igual de peligrosas: la de los saqueadores, que destruyen todo a su paso con tal de proveerse un dólar, y la de los colonos, que asientan sus nuevas viviendas sobre las antiguas ruinas, para aprovechar la piedra asentada.

Estos dos mismos fenómenos han tenido otra consecuencia mucho peor: debilitar la mínima resistencia que queda de los mayas. En efecto, si por allá en los siglos XV y XVI los mayas supieron mantener con valentía sus territorios y, con ello, el control de su cultura y costumbres, la situación ha cambiado mucho desde entonces, no sólo porque el número de ellos descendió vertiginosamente, sino porque las continuas relaciones con europeos, negros y otros indígenas han resignificado su identidad.

En el siglo XVII, los mayas, asentados especialmente en la zona de la Honduras Británica (hoy Belice), resistieron con la ayuda de los ingleses los embates de España por invadir definitivamente el territorio, pero esto les costó una división muy profunda, puesto que muchos de ellos adoptaron el inglés como lengua, y aunque no se convirtieron en los esclavos de aquellos –razón por la cual fue menester traer africanos-, sí perdieron el control de los bosques y junglas que conocieron el boom del chicle y la madera. Una vez saqueada la región, y ya en los albores del XVIII, soportaron hasta donde pudieron el asedio de Guatemala, México y Honduras, amén de Inglaterra, que se disputaban el territorio maya como propio. Ese contexto se mantuvo hasta el nacimiento de personajes como Marco Canul, maya que luchó por la defensa de su pueblo durante toda la primera mitad del siglo XX, pero que se convirtió pronto en un sonido aislado que reclamaba cosas ya inexistentes.

El viejo imperio y la nueva realidad

Las Puertas del Oro
–título que escoge Peissel pensando en ese último enclave de la ruta marítima maya que llevaba a la tierra del cacao, el oro y el maíz-, permite reconocer una historia de hace siglos para contrastarla con las actuales condiciones. Tal vez la razón de esa “incapacidad del hombre para comprender aquello que es diferente” tiene mucho que ver con una excesiva confianza en lo propio, pero también con el impulso y la codicia. Refiriéndose a esta situación Peissel plantea lo siguiente:

“Es el caso que pocos de estos hombres (los españoles) eran sentimentales; su objetivo era el oro; su meta, adquirir riqueza y fama. Los mayas se hallaban fuera de su comprensión cultural, pues, como extraños y paganos que eran, no les dispensaban ninguna clase de respeto ni admiración. Cortés los llamaba ‘perros mexicanos’, nombre poco noble para tan valioso enemigo. Esta actitud, que a un estudioso moderno podría parecer extraña, era bastante natural y aún hoy día apenas ha cambiado en América Central, donde las personas de educación superior todavía rehúyen todo lo indio, y los mestizos se sienten avergonzados de su origen indio” (Pág. 83)


En la incomprensión que actuó como base en las relaciones entre españoles e indígenas y, más exactamente, en la imposición posterior de una “pobre economía”, Peissel cree encontrar las razones para la “independencia” precaria que han experimentado nuestros pueblos desde entonces. Un universo sumamente complejo en donde perdimos viejos asideros, tradiciones, y se asumieron unas nuevas lógicas, malinterpretadas, anacrónicas y enfermas: la religión cristiana, el mercantilismo europeo, la creencia en la inferioridad y demás fantasmas que, aunque no son nuestros, siguen determinándonos radicalmente. Uno de tantos ejemplos puede observarse en la siguiente cita:

“En Quintana Roo pude apreciar con tristeza cómo, cuatrocientos años después de Colón, todo lo que quedaba eran unas orillas desiertas donde antaño floreciera el rico mundo costero de los mayas. Ahora, en Belice, era testigo de un resultado diferente de la misma codicia mercantilista y destructiva. Belice, despojada hoy día de sus preciosos árboles, se ha convertido en un caos étnico ruinoso e inestable, en el que los indios y negros viven en la pobreza y la desconfianza mutua. Un mosaico de razas hostigado por el más confuso y violento de los odios, ya que por desgracia la pobreza no engendra tolerancia” (Pág. 196)

Los últimos mayas –como tantos grupos indígenas de Latinoamérica- atestiguan hoy la final acometida de sus gobiernos, heraldos de un lenguaje que no es propio, sino que también se les ha obligado a propagar: envían colonos para asegurar el control de territorios ancestrales, potencian el turismo en zonas “de reserva” que cosifican a los indígenas, en el sentido de venderlos como otra mercancía por la que es posible pagar, y se les vulnera su libre desarrollo cada vez que se les impone dinámicas occidentales.

Peissel da cuenta de muchos de los matices del problema en las páginas del libro: para 1958 el número de mayas habitantes de Quintana Roo –uno de sus asentamientos más amplios- sólo llegaba a los tres mil, y muy pocos de ellos continuaban con las tradiciones religiosas e intelectuales de sus ancestros. La expedición de Peissel suma, uno tras otro, variados ejemplos de la situación: el decrecimiento en la fabricación de piraguas, debido a la facilidad del transporte por carretera; el olvido de los centros religiosos que son vistos ahora como reliquias de una época incomprensible, al menos difusa; los turistas ricos y los “hippies” infestando con su dinero o “liberación” espacios que no logran comprender; la prostitución, la publicidad, etcétera.

Pocos son los mayas que señalan firmemente los desenlaces de los canales que transitaron sus ancestros y el nombre de las ruinas en donde todavía cazan. Acaso Las Puertas del Oro sea uno de esos testimonios definitivos:

“Si hoy experimentamos el impulso de sacar de la ignorancia a los aborígenes de América Central, es principalmente porque nos sentimos responsables de haberles sumido en ella, como lo somos de la destrucción de su mundo sofisticado. Nada de lo dejado por Colón, Cortés o Montejo, nada de lo dejado por los británicos, los negros, los mercaderes, los madereros, o nuestros insignificantes maestros de escuela, puede compararse con lo que destruyó la codicia. Por un puñado de oro o un poco de madera, hemos desechado el mensaje de tres mil años de civilización” (Pág. 239)

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No promovemos un aislamiento de los mayas, ni de ningún otro grupo indígena, pero tampoco aceptamos su occidentalización, bajo el único pretexto de ser “nuestra” forma de entender el mundo. Si hay algo que aprender de la historia y, en particular, de este libro de Peissel, es a mirar con un poco más de respecto aquello que desde su “descubrimiento” sólo ha sido un material de disputa.

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