AUTOR: Kelltom McIntire
TÍTULO: Quince Días Sin Sol
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 95
RANK: 6/10
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Por Alejandro Jiménez

¿Estamos condenados a la autodestrucción? Desde hace tres décadas existe suficiente material nuclear como para exterminar el planeta siete veces. ¿De qué depende entonces? ¿De la decisión de los políticos? ¿Del impulso de algún científico corrupto? ¿De la desconfianza mutua? ¿De haber dejado que unos pocos se adueñaran del destino de miles de millones? ¿De qué depende que ese botón que, en cuestión de segundos borraría todo rastro de vida en la Tierra, no se apriete?

Se suman nuevas preocupaciones –concientes o inconcientes- a la ya extensa lista que tenemos: que un cretino con acceso a controles amanezca cualquier día malhumorado, que un “error humano” desencadene la hecatombe, que el afán de poder se imponga sobre todo, que el mismo sistema destructivo desemboque en caos, que un fanático nos arrastre con sus miedos, o que, en fin, un suceso fortuito, cualquiera que sea su naturaleza, termine por ser el peso determinante en la balanza.

Un día, por ejemplo, el sol no aparece en Nueva York, y de inmediato –y antes de examinar todas las posibles razones del suceso- el ejército estadounidense se prepara para un ataque nuclear “de respuesta”. Con suerte, podrá haber allí un tipo sensato para evitarlo, pero quién lo garantiza; así que todo continúa en las manos del azar y, nosotros, sin importar la opinión que tengamos al respecto, seguimos siendo simples espectadores de un espectáculo que, si no fuese tan serio y peligroso, hasta pasaría por cómico.

Pues bien, Quince Días Sin Sol es un pulp que se pone a la tarea de abordar este problema, y lo hace a partir de una historia que, a mi modo de ver, puede parecer floja o acertada según el punto desde el que se mire. Es cierto, por un lado, que la ciencia ficción de los pulps no persigue las aspiraciones de los autores renombrados, puesto que tiene una base muy fuerte en el entretenimiento y, además, la extensión del formato, no alcanza para el desarrollo de historias complejas. Pero, por otro lado, esto no significa que lo escrito en pulps sea menos literatura que lo otro, y mucho menos que dos o tres puntos bien ubicados en cien páginas no puedan ser más importantes y logrados que muchos puntos en quinientas.

El mérito de este pulp de Kelltom McIntire –pseudónimo de José León Domínguez- es, precisamente, ubicar algunos puntos elementales y poner a girar su historia en torno a ellos. Sin duda alguna, esto no es una cuestión sencilla cuando se trabaja limitado a priori por distintos aspectos formales (extensión, lenguaje, etcétera), pero McIntire es un experto en esta clase de relatos: escribió más de sesenta bolsilibros de ciencia ficción, la mayoría de ellos editados por Bruguera, así que la fórmula le resulta exitosa. Esos puntos centrales de los que hablo podrían expresarse de la siguiente manera: 1. La incertidumbre del hombre común frente a las decisiones que lo involucran en tanto especie y, 2. La necesaria integración del mundo como mecanismo para sobrellevar el difícil destino al que nos abocamos.

Por supuesto que no se trata de puntos del todo originales, es más, han sido bastante trabajados en la historia de la ciencia ficción: Planeta del Exilio de Le Guin, ¡Tigre! ¡Tigre! de Bester, por citar dos ejemplos; sin embargo, Quince Días Sin Sol enriquece estos elementos desde una original apuesta: la mezcla del mito y la más avanzada tecnología destructiva. Una relación en donde el mito expresa una alternativa para el rencuentro con ciertas cualidades que paulatinamente ha venido perdiendo la humanidad: la confianza y la solidaridad.

Vamos a echarle un vistazo a estos dos elementos (incertidumbre e integración), poniendo especial cuidado en la reflexión que contiene el pulp sobre el mito, pero antes haremos una breve reseña de su historia:

Quince Días Sin Sol

Un 12 de agosto de un año muy cercano, amanece sobre los Estados Unidos y toda la gente se prepara como de costumbre para sus labores cotidianas. Pero, sucede que este día la salida del sol se retrasa misteriosamente, primero unos minutos, luego horas. La gente se consterna y las primeras consecuencias de la situación empiezan a manifestarse: las redes de tránsito colapsan, los delincuentes saquean casas y almacenes, el frío se hace intenso, etcétera. En Nueva York, Harry McLaine, asesor del presidente Carman, busca llamar a la calma a su gobierno, que interpreta esta singular situación como el inicio de una guerra meteorológica con la Unión Soviética.

Lo que no saben ellos, es que otro extraño suceso ocurrió la noche anterior en distintas zonas del planeta: misteriosas luces, que daban la impresión de plataformas cristalinas, ascendieron desde ríos y lagunas hasta perderse más allá de la biósfera, como si se tratase de estrellas; así sucedió en el río Amazonas, en el Ganges, y en el Tajo, cuyas aguas después del fenómeno quedaron congeladas. Los testigos de lo sucedido, que no dan crédito a sus ojos, empezarán a convencerse de que no son hechos aislados cuando no sólo en Estados Unidos, sino también en Asia, Sur América y Europa, el sol no vuelva a aparecer.

Cada país empieza a tomar sus propias determinaciones respecto del modo de sobrellevar la situación. En Estados Unidos, por ejemplo, se prohíbe el tránsito por tierra, mar y aire, la armada protege los buques que transportan las reservas de petróleo y combustibles, se declara el estado de sitio ante la ola de violencia –que incluso alcanza a la esposa de Harry, Joan-, y se pide a los ciudadanos la mesura en el consumo de energía y alimentos. Y es que con la ausencia del sol, las cosas se van poniendo cada vez más complicadas: la temperatura decrece estrepitosamente hasta el congelamiento, las plantas dejan de producir oxígeno y el producido no circula ante la falta de variaciones térmicas, las industrias de alimentos se detienen ante la falta de energía, la nictafobia se apodera de miles de personas, y en las prisiones y hospitales psiquiátricos, empiezan los motines.

Como los días pasan y el extraño fenómeno permanece inalterable, McLaine logra convencer al presidente para que en asamblea de las Naciones Unidas, se convoque un trabajo conjunto por parte de los más prestigios científicos. Después de las reticencias habituales, se comprenderá que la situación lo hace necesario, y empezarán a trabajar en la construcción del Lightmaker, un poderoso cohete que puede llegar al sitio exacto en donde se ha formado aquella extraña “sombrilla negra”, un compuesto gigantesco de gases que no deja pasar los rayos del sol. El cohete tiene la misión de activar una explosión nuclear que, en opinión de los científicos, dispersará la “sombrilla”. Y aquello constituye la última esperanza para la humanidad, puesto que después de quince días sin sol, la vida sería imposible sobre la faz de la tierra.

Ahora, hay un hecho que despierta la curiosidad de Harry McLaine: hasta el piso 14 del Hotel Metropol, en donde se encuentra instalado el presidente Carman, ha llegado un tal Rurah Walpindi, hindú, que dice saber el origen y significado del fenómeno. Afirma el gurú que la ausencia del sol durante aquellos días es un mensaje de los Randrah-Virayas, llamados antiguamente “los dioses del universo”, y que según los textos hindúes visitaron la tierra, en tiempos primordiales, montados en sus “caballos de fuego”. Por supuesto, la tensa situación, y lo “irreal” que parece la historia de Walpindi hace que se la deseche como alternativa, razón por la cual, el gurú será enviado a prisión.

Pero, unas horas después, Harry McLaine, volverá a buscar al misterioso personaje. En primer lugar, porque el proyecto Lightmaker ha explotado antes de tiempo y, luego, porque McLaine cree que detrás de las palabras de Walpindi puede estar la clave para superar la situación. El mensaje de los dioses es claro: la raza humana desaparecerá dentro de poco si no logra trocar sus venganzas y recelos, por solidaridad y apoyo mutuo, su final será algo similar a esta noche que se ha extendido durante quince días y ha sometido a la vida a una lenta agonía. Entendido el mensaje, McLaine tendrá que convencer al presidente para que actúe en consecuencia ante sus camaradas del mundo, pero, ¿podrá hacer esto un hombre de su carácter? Y más aún, ¿habrá ya tiempo para ello?

La sociedad no es la que gobierna

En Quince Días Sin Sol hay un primer gran elemento de análisis, y es el que tiene que ver con la forma en la que las decisiones son tomadas, de forma exclusiva, por una élite político-científica. McIntire se ha encargado de señalar muy bien esta distancia entre los que deciden, y los que obedecen, no sólo porque la estructura narrativa está centrada en aquello que hace el presidente y su asesor, sino también porque el único personaje que no pertenece a esa élite, es decir, Joan –la esposa de Harry- ataca constantemente aquella división en la organización social.

Esto no es una cosa de ficción, se sabe, así funcionan las cosas en la realidad: los que decidieron bombardear Hiroshima no fueron los estadounidenses, sino ese bastardo de apellido Truman, los responsables del desastre en Chernóbil, no fueron sus habitantes, sino el gobierno soviético. Y aquí, en el pulp, los que determinan si se responde una supuesta agresión con una descarga nuclear, o si debe prohibirse el transporte y las telecomunicaciones, no son los ciudadanos, sino el presidente. (No discutiremos aquí las cuestiones de legitimidad para decidir sobre el otro, en cuanto resultado de elección democrática, porque todos sabemos que aquello es una payasada).

Esta situación es la base de eso que se llamó más arriba la incertidumbre del hombre común. En Quince Días Sin Sol los que pueden se agolpan en sus casas para escuchar lo que dice el presidente por la radio, lo que opinan los científicos, y eso es lo que vale, puesto que nadie se encarga de preguntar, en un momento como este, qué es lo que están pensando todos los demás: el psicópata que decide tirarse desde el techo del sanatorio, el presidiario que intenta violar a una muchacha, la mujer que hace la lista de los alimentos en su gaveta, etcétera. Se supone, pues, que ellos confían en los que deciden, así a estos últimos no les importe un pelo lo que les suceda a los otros, desde que ellos puedan hacer un vuelo carter a “tierra santa”, o instalarse como avaros en lugares provistos de recursos.

Fijémonos en este caso: el presidente de los Estados Unidos decide que puede invadir territorio soberano, y determinar sobre los productos de distintos países, esto es, no sólo actúa atribuyéndose un consentimiento de sus conciudadanos a quienes nunca pregunta, sino que también ordena sobre los recursos y los habitantes de un lugar, para el que no es más que un extraño:

“El presidente acababa de tomar una nueva resolución, previamente consultada con su asesor privado.
Y así, unidades navales de la VII Flota Norteamericana cerraban ya el paso al Golfo Pérsico de petróleos y buques de otras nacionalidades. Veinte mil marines copaban los pozos petrolíferos con el apoyo logístico de aviones, tanques y vehículos lanza misiles.
- No vamos a monopolizar el petróleo –afirmó Carman-, pero nos ocuparemos de que sea justamente repartido” (Pág. 44)

Léase bien: “el presidente… toma una resolución”, consultada claro está, con su “asesor privado”; es para reírse. Y además, militariza la zona para asegurarse de que “sea repartido justamente el petróleo” (es casi imposible dejar de pensar en las invasiones de los últimos tiempos). Pero, bueno, lo importante aquí es señalar que está por fuera de nuestras manos tomar decisiones sobre estos aspectos y, que por lo mismo, seguimos a la espera de que la buena suerte esté de nuestro lado, para evitar que el presidente, este o aquel, da lo mismo, -previa consulta de su asesor- decida mandarnos a la porra.

En un trabajo muy serio sobre este tema escrito por Herrera, se señala cómo esta incertidumbre del hombre común no es simplemente una indeterminación, sino más bien, una contingencia de sobremanera peligrosa. Cualquier acto fortuito puede desencadenar una guerra total, la desaparición de la humanidad; en Quince Días Sin Sol este azar está a punto de concretarse, por ejemplo, cuando ante lo inaudito de una mañana sin sol, lo primero que se sospecha es un ataque del grupo contrario de poder; no se llega a atacar a la Unión Soviética, pero el presidente deja muy clara su posición:

“- Lo sé. Pero no tenemos otro camino. Si no respondemos a la URSS con energía, los comunistas pulverizarán la civilización de Occidente con su materialismo y su intransigencia –declaró-. Personalmente, estoy contra las confrontaciones de guerra total, pero no olvide que la mayoría de los norteamericanos que me eligieron presidente exigen una actitud dura para con los soviéticos y su bloque” (Pág. 40)

Es lástima no poder preguntar al presidente Carman, primero, si en verdad fueron muchos los norteamericanos que lo eligieron –o sólo la élite a quien favorece este tipo de políticas- y, segundo, si estos norteamericanos estarían dispuestos a apoyar una guerra total, que no es un juego, porque nadie está dispuesto a perder en ella, de modo que su único resultado es el aniquilamiento de los hombres. Pero esta reflexión nos pone frente al otro gran elemento que aborda el pulp: la posibilidad de integración.

El mito como búsqueda de integración

Una guerra no necesita dos partes, eso es mentira, basta con que un país quiera atacar para que la violencia se desencadene. En cambio, para la integración si se requieren dos, y esta tesis, que es de Savater, aplica bastante bien aquí para estudiar la forma en la que actúa en el pulp de McIntire el mito. Ese llamado de los dioses del que habla Walpindi, el sabio hindú, busca recuperar en el ser humano la confianza que hemos perdido en el otro. La lógica del sistema destructivo que hemos creado ha llegado a tal punto que resulta muy difícil pensar que un país podría desarmarse para mostrar al otro su interés pacífico, y esto es así, porque la reticencia, el recelo y la hipocresía están al orden del día.

Lo primero que piensa el gobierno estadounidense ante el acontecimiento de un día sin sol, es que se trata de un ataque soviético; no se piensa en la posibilidad de un eclipse, de un asteroide, un cometa, o aunque parezca jocoso, de una invasión extraterrestre. No, de inmediato se piensa que es un arma sofisticada de los soviéticos. Pues bien, esa predisposición a pensar en el otro siempre en términos de defensa o destrucción, es lo que en palabras de los Randrah-Virayas debe combatir el hombre; así se lo manifiestan a Walpindi cuando le encargan comunicar la advertencia a los “líderes” del mundo:

“Ve tú, oh Rurah, y convence a los hombres de que deben doblegar su soberbia y tornar su egoísmo en comprensión, pues si no estarán abocados a la ruina y a la desolación. Háblales, ahora que aún es tiempo…” (Pág. 85)

¿Y qué sucede con Rurah Walpindi? Los soviéticos lo encadenan y torturan, después de mostrarse incrédulos, y los estadounidenses se burlan, lo consideran sospechoso, y lastiman. Ninguno, pues, pretende escuchar palabras de este tipo, porque son consideradas como demasiado fantasiosas para la época; la única sabiduría a la que pretenden atender es a la que pueda ser útil para los fines bélicos y coercitivos. En términos generales, podría opinarse que ese descrédito al que se ve sometido Walpindi, es el mismo que ha atestiguado el mito en la historia.

Ese saber primordial, la mayoría de veces basado en la consecución de una armonía con la totalidad del universo y el aprovechamiento respetuoso de la naturaleza, se ha visto golpeado por el desarrollo de una tecno-ciencia que desconoce cualquier miramiento, y que no está al servicio del Hombre, sino de intereses particulares. Su reencuentro constituye, así, una clave para salir del caos en el que está inmerso el mundo, pero sobretodo, la posibilidad de revalorar nuestra dignidad.

El mito que presenta McIntire, en este sentido, se aleja de la disposición meramente religiosa, apegada al dogma y la ortodoxia, propia de la religión judeo-cristiana, y se instala en un territorio cuya sabiduría se expresa por y para el hombre, que reconoce en su finitud las necesidades y formas de expresión de una existencia que no lo degenera, ni esclaviza, sino que hace de él un ser solidario y sabio. El mito –esta forma del mito-, no choca en nada contra el alto nivel tecnológico de nuestra época, al contrario, permite reinterpretarlo, en el sentido de descubrir lo humano que se ha perdido en él; ese desarrollo es una máquina que no puede ni debe detenerse, aunque sí verse complementada con una noción más integral y humana del hombre.
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Quince Días Sin Sol representa el encuentro de dos dimensiones fundacionales de lo humano: el conocimiento (científico) y la sabiduría (mítica) en un territorio de crisis que exige preguntarnos por su verdadero significado.

En Sitio de Ciencia Ficción puede leerse una nota sobre Kelltom McIntire, sobre su vida, sus obras y demás.

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