AUTOR: James Oliver Curwood
TÍTULO: Kazán, Perro Lobo
EDITORIAL: Juventud, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 267
TRADUCCIÓN: José Fernández
RANK: 5/10
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Por Alejandro Jiménez

Escribir una novela es una tarea exigente, y lo es más cuando tiene por protagonista a un animal. Seguramente todos hemos leído a Esopo o Samaniego, y sabemos cómo puede personificarse a los animales sin que la ficción pierda verosimilitud; pero qué sucede cuando la extensión de una fábula se amplia a la de la novela: ¿es posible, entonces, mantener ese carácter verosímil? Y, si es así, ¿qué conjunto de nuevas exigencias debe asumir el escritor? Porque está claro que, por un lado, no existen las novelas “objetivas”, ni siquiera “realistas” sobre animales y, por otro, que la simple psicologización de estos seres no redunda en credibilidad narrativa.

El caso de James Oliver Curwood (1878-1927) supone la discusión sobre esta problemática, puesto que el autor se embarca en una novela de casi trecientas páginas, cuyo personaje es un perro-lobo y, por lo mismo, se cuestiona sobre la técnica que le permite poner en marcha su escritura. A nuestra primera pregunta, Curwood responde afirmativamente, es decir, reconociendo la posibilidad de una historia extensa y verosímil; y, respecto de lo que se le exige para su realización, nos indica un método preciso y perfectamente definido: la personificación narrada.

En efecto, Kazán, Perro Lobo (1914) es una historia que se dibuja a través de una extensa zona narrativa, que prescinde casi totalmente de los diálogos, y que atribuye, desde allí, una serie de condiciones humanas –envidia, tristeza, amor, pasión- a los personajes animales que presenta. El juego del libro es mucho más complejo, sin embargo, porque Curwood no se molesta en establecer un contraste entre hombre y animal, en el que lo humano es precisamente lo que designa lo salvaje, mientras que al animal se le atribuyen valores y talentos sobresalientes. Joseph Green escribe, en la semblanza biográfica de la edición, lo siguiente:

“Como amigo de los animales, Curwood no se limita a observar a las bestias como lo haría un naturalista, sino que pone en juego recursos de psicólogo. Pocos como él conocen las costumbres y los hábitos de la innumerable fauna de los países septentrionales: los astutos castores, los hábiles zorros, los tenaces búhos, las circunspectas nutrias, los crueles armiños, los osos glotones están estudiados con amor en sus relatos y Curwood se complace en definir su inteligencia y en adivinar un sentido en su destino” (Pág. 265)

Así pues, tenemos que el autor escribe un largo relato, que se ubica en un escenario salvaje (la vida de los perros de trineo, las factorías y la cruda naturaleza del noroeste canadiense), pero que pretende poner en claro, ante todo, ciertas cualidades tradicionalmente atribuidas a los hombres –como la inteligencia, el odio o el sufrimiento- a partir de la personificación de animales. Y en esto, parece operar mucho la personalidad del mismo Curwood que, tal como nos dice Green, fue un “amigo de los animales”, un defensor ambientalista que descubrió, luego de un pasado de caza y destrucción, la fuerza superior de la Naturaleza, la armonía y trascendencia que puede alcanzar la vida animal, y la maravillosa tranquilidad de la gente humilde. Temas y situaciones que fueron constantes en otras de sus obras como: El Valor del Capitán Plum (1908), Los Buscadores de Oro (1909), o El Valle de los Hombres Silenciosos (1911).

Kazán, Perro Lobo es una novela que puede ser leída por jóvenes y adultos debido a que su apuesta no se encuentra dentro de los marcos arquetípicos de la literatura infantil, sino, como se ve, en un mundo mucho más amplio y revelador. Ahora bien, tal vez para cierta clase de lectores, la escritura de Curwood pueda parecer excesivamente lenta y lineal, incluso, es posible que se piense que le sobran muchas páginas para lo que tiene que decir, pero eso es algo que define cada quien. Por lo que interesa aquí, haremos una breve reseña de la historia, para luego examinar dos puntos que son fundantes de la misma: el contraste animal-hombre y la dualidad perro-lobo en Kazán.

La historia de Kazán, Perro Lobo

Kazán es un perro mestizo de lobo y husky; después de vivir cuatro años como animal salvaje y una temporada en casa de Isabel y Thorpe, se alista para partir con la pareja hacia el Río Rojo. La muchacha ha despertado el amor de Kazán; por primera vez, el animal ha descubierto que los humanos también pueden ser amables y suscitarle algún tipo de cariño; sin embargo, él continúa viendo en la mayoría de los hombres a personajes odiosos y violentos, pues esa ha sido su experiencia hasta entonces.

Su recelo se verá confirmado una vez más cuando, ya en la travesía, compruebe las malas intenciones de Mac Cready, un tipo que hace las veces de guía de la pareja, pero que en realidad sólo busca aprovecharse de Isabel y robar a Thorpe. Kazán impedirá que esto suceda atacando al hombre pero, temiendo ser castigado por quitarle la vida al bandido, escapa hacia la libertad, es decir, se interna de nuevo en la vida salvaje y, por extensión, potencia de nuevo su lado lobo.

Poco después, se topará con una comunidad de lobos y tendrá que luchar contra el líder de la misma; saldrá victorioso aunque malherido, pero lo más importante vendrá a ser el hecho de conocer a Loba Gris, la fiel pareja de nuestro personaje que, desde entonces, lo acompañará a donde vaya. Como líder de aquella manada, Kazán dirigirá un ataque organizado contra un trineo que pasa por la zona, mas, arrepentido en último momento por la presencia de una mujer que le hace recordar a la tierna Isabel, luchará en contra de los propios lobos para impedir que estos terminen por asesinar a los pasajeros.

El acontecimiento tiene dos consecuencias importantes; la primera es que Kazán se ganará el odio de la manada y, la segunda, es que se verá inmerso de nuevo en su papel como perro de trineo; sucede que, decidido a no dejar a Juana –la muchacha que estuvo a punto de atacar-, ni a su padre e hija, el perro pondrá todas sus fuerzas para superar el difícil camino que separa a la familia de las Bahías de Hudson. El trayecto será mucho más complicado una vez el padre de Juana muera a causa de una enfermedad respiratoria; pero, doblando su esfuerzo, Kazán conducirá a la joven y su hija hasta donde las espera su esposo.

Una vez allí, Kazán vivirá una larga temporada alternando la vida en la cabaña de Juana –en donde se le recibe como “mascota”- y la Roca del Sol, la cueva en donde pasa las noches junto a Loba Gris. Pero la tragedia llegará muy pronto para interrumpir esta paz momentánea. Primero, un lince atacará la cueva en donde Loba Gris cuida los tres hijos que, a la sazón, ha tenido con Kazán, los asesinará a todos y dejará ciega a la loba. Y después, Juana y su familia marcharán a la ciudad en busca de mejores condiciones ambientales, dado que el último invierno ha afectado su salud.

Corre el año de 1910 y nuevos personajes aparecerán en la vida de Kazán y Loba Gris. Henri Loti –un cazador de linces que atrapa al perro en una de sus trampas-, y Pablo Weyman, zoólogo que pretende documentar la extraña relación que se ha gestado entre la pareja de animales, basada en una real necesidad, puesto que Loba Gris está inutilizada para la caza, y Kazán –en tanto perro- no tiene el olfato tan desarrollado como los lobos. Weyman, después de un tiempo, entenderá que lo mejor es dejar de nuevo a la pareja en libertad, pero su decisión coincide con un periodo difícil para la región: epidemias que diezman considerablemente la población humana, incendios que devastan grandes extensiones de naturaleza.

La cruda situación hará que Loba Gris y Kazán se vuelvan inseparables. Juntos recorrerán ríos, bosques y colinas; juntos cazarán, dormirán e invernarán y; juntos, vivirán por segunda vez la experiencia de ser padres. Bari, cuarto hijo de la pareja –protagonista, además, de la novela Bari, Hijo de Kazán (1917)-, nacerá en aquella época, pero su rastro será muy fugaz, porque una vez adquiridas las habilidades de sobrevivencia marchará dejando lejos a sus padres. Tiempo después y, ante la invasión de su territorio por parte de un grupo de castores, comandados por Diente Roto –referencia a un criminal rehabilitado llamado Jim Carwel-, la pareja se verá otra vez obligada a emprender la búsqueda de espacios propios.

Lastimosamente se encontrarán en su camino a Sandy Mac Trigger, un buscador de oro venido a menos, quien captura a Kazán, lo castiga brutalmente y lo lleva a una de las factorías cercanas al Río Mackenzie para hacerlo luchar a muerte contra un perro danés. Por suerte, un profesor de apellido Mac Gill –gran admirador de los animales - comprará ambos perros antes de que sean azuzados a pelear. El plan de Mac Gill consiste en utilizar a Kazán como perro de trineo; conforme a esto, empieza un viaje que pretende atravesar buena parte de Canadá, pero dos hechos cambiarán el panorama de la historia: por un lado, reaparece Mac Trigger en el terreno y, por otro, Loba Gris agoniza en la lejanía de tristeza y hambre.

El contraste animal-hombre

Hay un plano general de la vida salvaje en Kazán, Perro Lobo, y tiene que ver con el contexto en el que se desarrolla su historia. Es constante en la novela, efectivamente, mostrar la manera en la que el invierno, los incendios forestales, las guerras entre animales, etcétera, configuran el ambiente en donde se desenvuelven los personajes. Pero ese salvajismo es, en últimas, sólo un marco de referencia, puesto que lo que parece dar forma al trabajo de Curwood es, más bien, un análisis sobre la manera en la que el salvajismo se expresa por y desde los animales y los hombres.

No de otra manera podría verse esa insistencia en la idea de que tanto hombres como animales pueden actuar salvaje o humanamente según las circunstancias. Existe aquí –como dijimos más arriba- un rastro de la misma experiencia del autor: el haber actuado salvajemente, por ejemplo, asumiendo la caza como negocio y, luego, luchar activamente en la defensa de territorios o especies en vía de extinción. Lo importante, sin embargo, es observar las implicaciones que una u otra posición tiene para el conjunto de las cosas.

Curwood utiliza la psicologización de Kazán para establecer el examen de esas implicaciones. Así, es el perro lobo quien desarrolla los juicios de valor sobre las acciones de los hombres; es él quien tiene clara la distinción entre hombre (ser salvaje por excelencia, violento, castigador, peligroso) y mujer (ser pasivo, amoroso, contemplador). Las continuas experiencias de tortura y persecución a las que se ve sometido a lo largo de la novela, hacen posible situaciones reflexivas en medio de la narración:

“Ciertos sucesos quedan grabados de modo indeleble en la mente de los hombres; y del mismo modo, y no de otro, quedan registrados en la mente de los animales. No hay necesidad de cerebro ni de razón para medir las profundidades del dolor o de la felicidad. Y Kazán, en su mente irracional, sabía perfectamente que el contento y la paz, el estómago lleno y las caricias y las palabras bondadosas en vez de golpes, los tuvo siempre gracias a la mujer, y que la camaradería en la soledad, la fe, la lealtad y la devoción, las disfrutó gracias a Loba Gris” (Págs. 171-172)

Ubicar al hombre como ser cruel es envestirlo de cierta animalidad; las situaciones que podrían dar cuenta de esto son numerosas en la historia: Mac Cready golpea hasta el hartazgo a Kazán, Loti lo captura en una de sus trampas y Mac Trigger lo somete con un látigo. En contraste, Isabel despierta en el perro confianza y estima, sentimientos que se reproducen posteriormente con la presencia de Juana y que, en otro plano, pero también condicionado por el sexo, son productos continuos de su relación con Loba Gris.

Existe, empero, un hecho curioso y es que también hay hombres que terminan por ganarse la confianza de Kazán –Thorpe, Weyman y Mac Gill-; la condición para que esto suceda es básica: establecer una comunicación hombre-animal que no esté mediada por la agresividad, sino por el respeto, la amistad y la complementación. De esto se concluye que la novela construye un señalamiento al hombre salvaje, que lo juzga por una condición que no es producto de deficiencias de pensamiento, sino de intereses tergiversados e interpretaciones equívocas de la realidad.

Resta por señalar que, en Kazán, Perro Lobo, también existen animales salvajes, y que su consideración se establece desde el protagonista de la novela, para quien las actuaciones de aquellos animales comportan importantes consecuencias. Es el caso de los linces, por ejemplo, que asesinan a los tres hijos de Kazán, y que constituirán desde ese preciso momento, un punto desencadenante del salvajismo del perro, pues experimentará deseos de venganza, odio, violencia, y demás.

La dualidad perro-lobo en Kazán

Como quedó dicho, Kazán es mestizo de lobo y husky, hecho que tendrá una significación especial a lo largo de la historia. No se trata de dos simples dimensiones de su personalidad, sino de los dos grandes universos a través de los que se expresa su forma de ser en el mundo. Su carácter lobezno lo orientará a una vida solitaria –tal vez solo tolerante con la presencia de Loba Gris-, salvaje cuando se trata de defender su territorio o familia, y enemiga de los hombres que expresan a través de sus ojos o sus armas cualquier manifestación mortífera. Su carácter canino, por otro lado, lo llevará a buscar la tranquilidad del hogar, la compañía de lo humano (especialmente de las mujeres), la necesidad de fortalecerse en el trabajo, etcétera.

Al modo en que, en muchas ocasiones, se manifiestan las situaciones de dualidad en los humanos, Kazán experimenta su propia tensión. Se trata de una condición difícil de entender, incluso para él mismo, y que se nos revela como definitoria desde las primeras páginas del libro, cuando alcance hasta los propios límites del sueño de nuestro personaje:

“Al calor del fuego los ojos de Kazán se cerraron lentamente. Pero su sueño fue intranquilo y en su cerebro no se representaban sino escenas desagradables. A veces soñaba que se peleaba, entonces abría y cerraba las mandíbulas; otras veces daba estirones al extremo de la cadena, tratando, en su sueño, de alcanzar a su ama o a Mac Cready, sin lograrlo. Luego sentía nuevamente el contacto suave y agradable de la manita de la joven y oía otra vez la maravillosa dulzura de su voz al cantar para él y su amo, y su cuerpo temblaba y se estremecía con la emoción que había sentido aquella noche” (Pág. 20)

El anterior fragmento, no sólo permite encontrar pistas sobre la manera en la que Curwood humaniza al personaje, sino también sobre ese intrincado universo que está en la mente de Kazán y lo lleva a actuar unas veces como lobo, y otras como perro, sin poder renunciar en ningún momento a alguna de estas dos dimensiones. Es así como sucede que, cuando trabaja como perro de trineo, a veces piensa en la libertad de los parajes solitarios y su sangre de lobo se enerva y vitaliza; pero una vez ha conseguido escapar de sus amos y se pasea como mejor prefiere por tierras deshabitadas, empieza a extrañar la comida y compañía de los hombres, y entonces se sienta en sus patas traseras y empieza a aullar.

La tirantez de ambos mundos llega a ser por momentos un verdadero problema existencial –y en esto no creemos exagerar de ninguna forma-, dado que el universo entero se sobreviene y exige decisiones, allí donde un marco contingente es la única referencia. El siguiente extracto puede mostrarlo:

“El cerro parecía ser para él una línea divisoria entre dos mundos. Un lado era nuevo, extraño, y en él no había hombres. El otro parecía atraerlo, y repentinamente volvió la cabeza y miró atrás, a través del espacio iluminado por la luna, y gimió. Le pareció que oía la voz de la mujer y que sentía el contacto de su mano suave. Veía la risa en sus labios y en sus ojos, aquella risa que le hiciera feliz. Sin duda lo llamaba a través de los bosques y él estaba indeciso entre contestar a su llamada o bajar a la opuesta llanura” (Págs. 39-40)

En ambos lados de esa línea divisoria, profundamente imbricada, pero de modo extraño trazada sobre la superficie y las apariencias, se encuentran los dos núcleos de felicidad para Kazán: Loba Gris y la mujer (llámese Juana o Isabel). La superación de esa línea no será posible ni durante, ni al final de la novela y, por lo mismo, sorprende la situación en la que deja Curwood a nuestro personaje: lo hace ir y venir de un mundo a otro, para dejarlo allí, en medio de ese camino que se viene construyendo. Pero acaso sea esta la decisión más acertada para evitar desprender un carácter moralizador de Kazán. Dejando así las cosas, Curwood nos abre la posibilidad de entender al personaje como una dualidad insuperable, que no habría de entenderse aquí en términos maniqueístas, sino más bien de proyecciones causales, situadas y resignificadas cada tanto.
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Kazán, Perro Lobo es la metáfora que permite examinar nuestra conducta a través de la mirada humanizada del animal.

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