AUTOR: Amílcar O. Herrera
TÍTULO: La Larga Jornada: la Crisis Nuclear y el Destino Biológico del Hombre
EDITORIAL: Siglo XXI Editores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 207
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

Hoy regresaremos más temprano a casa, tomaremos un libro del estante, o nos dejaremos caer en el sillón para ver una película; tal vez alguno de nosotros pueda escuchar un par de discos e, incluso, arrellanarse en compañía de su novia. Y haremos bien –sin saberlo-, porque mañana puede suceder que no se encuentre algo que recuerde nuestro inútil paso por la vida. Basta con que, durante el lapso de esta noche, lo (in)esperado finalmente ocurra: en dos horas podrán verse los misiles en el cielo y, luego, desde los satélites, un millón de Hiroshimas muertas.

Y este argumento que –por ahora- significa para muchos el producto de un trastrocamiento, a lo sumo una idea de factura novelesca, este argumento, digo, será entonces el único verdadero, porque habrá puesto de manifiesto la fragilidad de que pendemos, la contingencia del asunto; lastimosamente ya no existirá quien pueda atestiguarlo y, mucho menos, encontrarle aplicaciones efectivas: en aquel momento nada tendrá sentido. El hoy es la última oportunidad para amarrarse los zapatos, y pensar que la crisis nuclear es una realidad que nos convoca a todos.

Paulatinamente se gana conciencia en ello, pero sigue faltando demasiado; por ello, este libro de Amílcar Herrera constituye un aporte valiosísimo, no sólo por el hecho de unirse al estudio de esa delicada situación a la que nos enfrentamos, en términos de sociedad y especie, sino, de modo particular, por renunciar a los límites tradicionalmente asignados a las ciencias, y apostar por una postura sintética y transdisciplinar que no tiene inconvenientes en poner a dialogar discursos tan herméticos y “distantes” como los de la biología, la física, la política, la historia, entre otros.

Herrera –geólogo de profesión, autor de Ciencia y Política en América Latina y, Los Recursos Minerales y los Límites del Crecimiento Económico- desarrolla en La Larga Jornada una original respuesta a la tesis que sostiene buena parte de los intereses nucleares y armamentísticos de las potencias: la autodestrucción. En su opinión, el hombre no está abocado a autodestruirse, ni instintiva ni concientemente, debido a que es la única especie en el mundo con la capacidad de transformar su hábitat, entendido aquí, más allá del medio ambiente, como cultura.

Sin embargo, allí está el sistema destructivo: el 75% de los satélites puestos con objetivos militares, el 40% de los recursos científicos dirigidos a la guerra, el 25% de los científicos del mundo investigando cómo destruir a sus congéneres y, en fin, miles de megatones esperando en plataformas “controladas”, en submarinos “estratégicos” y en bombarderos “antibalísticos” para ser lanzados sobre cualquier ciudad del mundo, sin dar tiempo a sus habitantes para hacer cosa distinta a dibujar esa sonrisa sarcástica que tan bien resumiría la futilidad del hombre.

¿Por qué la idea de una guerra total es inadmisible? ¿Cuál es el verdadero destino biológico del hombre? ¿Qué tipo de relaciones histórico-culturales están de base en la actual crisis? ¿Cuál es nuestro papel como especie en todo esto? Estas son las preguntas que permite abordar el libro. Por lo que respecta a nuestro trabajo, intentaré dividir el contenido de la obra en tres partes: crisis nuclear, destino biológico y nueva jornada; una división que, por cierto, se aproxima a la hecha por el autor para desarrollar en diez capítulos el contenido de su disertación.

Crisis nuclear y sistema destructivo

Lo más probable es que ninguno de nosotros esté pensando en todo momento que existe un sistema destructivo capaz de extinguir la vida de la Tierra, tampoco que este sistema crece a un ritmo de tres bombas por día; pero esto no quiere decir que no sea así, es decir, que exista, y que pueda ser utilizado en cualquier instante para una nueva guerra mundial que ya no encontrará los límites de antes. Y es que el desarrollo científico-técnico de los últimos siglos, en especial el promovido a partir de la Segunda Guerra Mundial, ha modificado radicalmente, tanto la noción de conflicto, como la de victoria, creando un nuevo lenguaje que para la mayoría de nosotros es inaccesible y que contribuye a esa errada interpretación que hacemos del asunto: apocalipsis, armagedón, fin de los tiempos.

Esos calificativos con los que solemos señalar la posibilidad de un desastre nuclear no sólo son inexactos, sino también impuestos: nos los han obligado a asumir la religión con su discurso sobre el juicio, la política con sus intereses soterrados, y los científicos con sus inextricables explicaciones sobre todo. Amílcar Herrera habla de una “jerga tecnocrática esotérica” que no nos permite llegar al fondo de la situación, porque tal vez, por un lado, nosotros mismos no queramos llegar y, por otro, porque la lógica del sistema es permanecer inexpuesto a nuestro conocimiento, y controlado por unos pocos.

Hay, pues, un sistema destructivo desarrollado especialmente por las potencias mundiales (Estados Unidos, Japón, Rusia, Alemania) que crece día a día incontroladamente, y que permanece fuera de nuestra comprensión. En opinión de Herrera, su lógica funciona bajo tres premisas básicas: 1. Es preferible destruir la humanidad y la biósfera antes que aceptar que una de las potencias, con el sistema social y económico que representa, pueda predominar sobre las otras; 2. La destrucción de los países subdesarrollados de Latinoamérica, África o Asia, es únicamente un subproducto de la confrontación entre potencias y; 3. Es preferible dedicar los recursos que tienen las potencias a la construcción del sistema destructivo –para competir por la dominación de los países pobres- que buscar una sociedad mundial más equitativa.

Como se ve, se trata de una lógica enferma en la que predomina el egoísmo, el recelo y la codicia; constituye una forma de ver el mundo en la que no existe tranquilidad ni siquiera para los ciudadanos comunes de las potencias. ¿Pero quién puede determinar si todos los habitantes de un país eligen morir antes que aceptar –en el caso de una guerra- la victoria del país adverso? ¿Quién puede decir que un determinado número de víctimas es un “costo aceptable”? La respuesta es sencilla: la élite que dirige el sistema y que está compuesta por tres cabezas fundamentales: los políticos, los científicos y los militares. Por supuesto, determinar sobre los otros ciudadanos es un acto ilegítimo, pero igual se hace pública o secretamente, y nuestro propio control sobre ello es mínimo, por no decir inexistente. Hace algunas décadas, Gerard Burque, militar estadounidense sostenía lo siguiente:

“Hay amplias razones para creer que la guerra nuclear puede ser combatida y ganada, con un costo aceptable en vidas humanas y propiedad” (Pág. 39)

Se refería como “costo aceptable” a la muerte de 20 millones de sus compatriotas ¿Es eso justo realmente y, luego, para qué y para quién? Sucede que la humanidad ya no volverá a presenciar una guerra como las que ha registrado hasta hoy la historia: hombres luchando cuerpo a cuerpo, con fusiles y helicópteros, con rehenes y granadas; todo eso ha quedado en el pasado, ahora la guerra se hace desde una sala de controles, desde bases estratégicamente ubicadas, que ponen a funcionar lanzamisiles, cabezas atómicas, virus informáticos o genéticos, campos de radiación, y ojivas de todo tipo; de suerte que nadie necesite un gran ejército para triunfar –como estúpidamente siguen pensando ciertas personas, entre ellas, por ejemplo, Álvaro Uribe-.

Lo cierto es que los MIRV, los ICBM, los SLBM, etcétera, son los protagonistas de la nueva historia de la guerra. Material y equipos desarrollados por miles de “científicos” pagados por los ejércitos y gobiernos de las potencias para no quedarse atrás en un proceso que funciona a modo de competencia y que, por lo mismo, a cada hora se hace menos reversible. Y esto es lamentable por dos razones: primero, porque la humanidad desperdicia un alto porcentaje de su potencial creativo en cosas de este tipo y, segundo, porque los bienes militares no son de consumo ni de capital, “lo mejor que podemos esperar de ellos es que no sean usados, que se vuelvan inservibles y se los transforme en chatarra”.

Ese es, grosso modo, el panorama: la humanidad entera en medio de un sistema destructivo que puede colapsar en cualquier momento (un disgusto, un error, un fanático, el continuum –paso tácito de una guerra “normal” a la atómica-), sistema manejado por una élite inescrupulosa que habla de nosotros como cosas que pueden intercambiarse satisfactoriamente, y que será la primera en huir, eso sí, en aviones privados, en submarinos, en lo que sea, apenas se acerque la tragedia; porque la victoria ya no parece concentrarse en un dominio pleno sobre el otro, sino más bien en mantener una “sociedad manejable”, esto es, “sobrevivientes en cantidad suficiente para mantener una apariencia de organización que pueda asegurar todavía la continuación de la estructura de poder”.

El destino biológico del hombre

Pero, qué tan cierto es que el hombre está condenado a la autodestrucción. Si se revisa detenidamente el modo en que funciona el sistema destructivo creado por el hombre, tal como se hace en La Larga Jornada, puede verse que detrás de ese paso “seguro” con el que marchamos hacia una extinción autoproducida, más que desarrollo tecnológico y científico, existe un discurso hegemónico que se remonta a nuestro propio origen como especie, es decir, al nacimiento del homo sapiens, porque la tesis que soporta la postura del fin inevitable nace, de una cierta interpretación del devenir histórico y biológico del hombre, una interpretación que cree que: 1. La historia del hombre es un inventario de guerras y conflictos, razón por la cual su destino termina en el momento en el que el desarrollo armamentístico alcanza el mayor grado de sofisticación y; 2. El destino biológico del hombre está marcado por un instinto destructivo –heredado de su carácter animal- y el poco control que tiene de su mente.

Si, por un momento, consideráramos válidas estas dos premisas, el actual panorama de nuestro planeta podría tener sentido, y no sólo teniendo presente el problema de la crisis nuclear, sino también el ecológico-ambiental e, incluso, el ético-filosófico. Pero ni Amílcar Herrera, ni muchos de nosotros, estamos de acuerdo con la tesis de un fin inevitable, y nos posicionamos frente a ella en una zona de resistencia. Así, la segunda parte de La Larga Jornada, o sea, los capítulos que van de Evolución y Mutación Cultural hasta Crisis y Oportunidad, que sumados ocupan casi tres cuartas partes del libro, van a estar dedicados a sacar en limpio el verdadero lugar que ocupa en nuestra historia aquella tesis que pretende mantenernos alejados de la inquietud por la crisis de la época.

El examen de Herrera es muy extenso y acá quedará seguramente limitado en cientos de aspectos, pero intentaré seguir la línea de su reflexión. Su tesis central puede expresarse de la siguiente forma: “todas las civilizaciones han evolucionado contribuyendo a un objetivo común”, este objetivo es la “búsqueda del conocimiento para entender la naturaleza del universo que los impele a explorar todas las dimensiones de la realidad, desde el contenido de la mente y las leyes que gobiernan el mundo físico, hasta su naturaleza última”, esa búsqueda es lo único que puede definirse satisfactoriamente como destino biológico del hombre y, por lo mismo, sólo en la mente y la cultura está el espacio de realización verdadero del hombre.

Fijémonos; Amílcar Herrera piensa que el destino biológico del hombre, al contrario de todas las demás especies del planeta, no está supeditado a su relación con el medio ambiente, sino más bien, a aquello que él mismo ha construido desde que tuvo esa herramienta fabulosa y compleja que es la mente, es decir, la cultura. Esto significa que su relación con la naturaleza, al poder transformarla, ha pasado a un segundo plano respecto de la cultura, puesto que este sí es el espacio que condiciona al hombre: trabajo, conocimiento, paradigmas, rutinas, costumbres, tradiciones. Siendo así, la humanidad sintetiza tres formas de vida: la del homo sapiens –inteligencia superior, racionalidad-, la del homo faber –manipulación del medio físico-, y la del animal metaphisicus –asombro y pregunta frente a sí, la muerte y el sentido-.

Pero además, que la cultura sea el hábitat del hombre tiene una implicación todavía más seria: la teoría de evolución darwiniana no funciona del todo para el hombre; en efecto, si entendemos por evolución el resultado de mutaciones al azar que, impelidas por el medio ambiente, son desarrolladas por selección natural y preservadas genéticamente, determinando un “estado” de cierta especie; si entendemos esto, pues, nos percatamos de que la evolución del hombre ha transitado otro tipo de caminos: la ciencia, el arte, la metafísica y, todos ellos en su conjunto, han formado un campo complejo para el que sólo el hombre está biológicamente preparado: el conocimiento y las mutaciones culturales. En palabras de Herrera:

“La diferencia radical con las mutaciones biológicas strictu sensus es que mientras estas últimas son el resultado de agentes externos e internos sobre los cuales la especie no tiene control, las mutaciones culturales son el producto de la voluntad conciente del hombre, de su capacidad creadora” (Pág. 66)

Pensemos en grandes ejemplos de mutaciones culturales: los paradigmas griegos y medievales sobre la esclavitud “abolidos” durante la ilustración, el paso por el pensamiento de los físicos más renombrados, el nominalismo que cayó con Goethe y Richardson, o la física cuántica que destruyó tanta verdad asegurada. A este tipo de cambios es a los que en realidad debe “adaptarse” el hombre desde hace mucho tiempo, más que a las condiciones del ambiente que, por supuesto, no por ello dejan de revestir importancia; y debe adaptarse porque representan momentos de su evolución en la construcción del conocimiento, esto es, de su desarrollo biológico que es el aprovechamiento de la mente para conocer el mundo.

La mente –y el cerebro en concreto- se nos revela, de esta forma, como el locus propio de la inteligencia, pero sobretodo como un elemento alternativo para romper con el paradigma darwiniano. Si para este último la materia y la energía son las dos únicas fuentes de referencia y su método continúa expresándose desde la típica relación sujeto-objeto, para una visión sintética, la mente es el otro gran motor del universo, especialmente del humano, puesto que es a través de ella que selecciona, almacena y procesa la información que constituye su acervo cultural, ley que llamará Herrera sintropía. En otras palabras: mientras que los animales tienen sólo tres opciones frente a las demandas evolutivas del medio: emigrar, adaptarse o extinguirse, el hombre, merced a su capacidad intelectiva, puede transformar las condiciones concientemente y, más aún, problematizarlas.

¿Qué puede llevar, entonces, a pensar que la humanidad está abocada a la autodestrucción si, por el contrario, parece tener el control sobre todo lo que la impele? Como dijimos, hay dos tesis principales; la primera, habla sobre un devenir de guerras –tribales, dinásticas, de conquista, de liberación, de prevención- que parecen ser la marca indeleble del hombre. Amílcar Herrera considera que esta idea resulta engañosa, primero, porque la historia del hombre nunca se ha contado en su totalidad, sino que se ha esbozado de a pedazos, y cada uno de esos pedazos tiene la pintura de quien la escribió bajo ciertos intereses y, segundo, porque creer que la guerra es el único testimonio de hombre es dejar de lado todo su destino creativo: el arte, la ciencia, la metáfisica.

La segunda tesis piensa que la destrucción es inevitable porque en el hombre hay una relación tensa entre un carácter animal –que instintivamente todavía lo hace inclinarse a la violencia- y el poco dominio de su mente. Ciertamente, nuestro cerebro apareció “en un lapso de tan sólo unos cuantos centenares de miles de años, seguramente menos de un millón, periodo extremadamente breve en términos de la evolución de la vida”, y aún más, por primera vez en la historia evolutiva, surgió como un órgano que no estaba desarrollado por completo para funcionar con todas sus capacidades –todavía hoy no se utiliza mayor porcentaje de su potencial-. En opinión de algunos, este desequilibrio desembocará inevitablemente en un colapso destructivo, lo cual, sin embargo, piensa Herrera, es muy poco probable, puesto que no sólo no tenemos como enemigos a las otras especies animales en términos de sobrevivencia, sino que además, el relativo desarrollo de nuestra mente más que un verdugo es el resultado de un proceso histórico constreñido.

En este punto, el autor se permite esbozar una muy completa consideración sobre la manera en la que la división del trabajo empezó a redundar, desde las primeras comunidades que la experimentaron, en una línea infranqueable entre las labores mecánicas y las actividades de la mente; una idea que abordó el materialismo histórico desde siempre, pero que en La Larga Jornada encuentra unas consecuencias muy particulares: el hecho de que la gran mayoría de personas históricamente hayan estado destinadas al trabajo material -primero como esclavos, luego como arrendatarios y obreros- ha implicado que, hasta nuestros días, sólo una élite se haya encargado de las actividades de la mente –son los mismos que han construido la “historia” que conocemos-: los filósofos, los científicos, los religiosos, los políticos.

Por la ausencia de ese gran grupo –al que todavía pertenecemos la casi totalidad de los humanos- del oficio de pensar, puede explicarse el bajo nivel de desarrollo del cerebro, y también puede mostrarse que la tesis de un colapso entre instinto y cerebro es insulsa, porque, al contrario, lo que manifiesta esta relación es la necesidad de que todos nosotros pensemos por sí mismos, de quitarnos de la cabeza ese discurso por el cual el conocer es una prerrogativa de unos cuantos y, en últimas, la necesidad de que nos apropiemos del destino biológico del hombre que no es extinguirse, ni adaptarse, sino transformar, modificar, construir espacios, revelarse contra viejos paradigmas, tomar el riesgo y la emoción de ser quienes construimos nuestra historia.

La nueva jornada

Si se nos ha robado desde el inicio de los tiempos, la oportunidad de participar en el destino de nuestra sociedad y, más aún, de nuestra especie, y todo ello por unos intereses a los que, una vez creados, ciertos grupos no estuvieron dispuestos a renunciar, a tal punto de reproducirlos concientemente en una larga y penosa jornada, el paisaje que se ofrece hoy, aunque conflictivo, es muy interesante, puesto que convergen sobre él, varios aspectos que pueden resarcirnos en tanto excluidos.

El primer aspecto tiene que ver con que, por primera vez en la historia, la humanidad “posee el conocimiento necesario para resolver todos los problemas conectados con las bases materiales de la vida”. Esto implica: 1. Que la necesidad de una “clase trabajadora” o “mecanizada” constituye un falso discurso, puesto que la tecnología ha hecho posible la liberación de nuestro tiempo para, entre otras cosas, la acción del pensamiento, de modo que si esta necesidad pervive, es sólo como consecuencia de un discurso hegemónico que no pretende compartir “exclusividades” y; 2. Los problemas de nuestra especie, productos culturales de la misma, como la pobreza, la desigualdad, o la injusticia son perfectamente solucionables, una vez las condiciones políticas y despóticas que nos gobiernan sean derrumbadas: se produce más comida de la que se consume, el dinero invertido en material bélico es suficiente para solucionar los problemas sociales, etcétera.

El segundo aspecto que converge en esta nueva jornada que debe iniciarse ahora mismo es que, también por primera vez en la historia, podemos y debemos reconocer algo llamado civilización mundial. Marx pensaba que el fin de nuestra especie es la consecución de una sociedad sin clases; Lévi-Strauss, por su parte, creía que no existe un solo fin para todas las civilizaciones, sino que cada cual construye uno propio desde sus necesidades y cuadros teleológicos. Herrera condensa estas dos posturas afirmando que sí existe un fin general, en tanto especie, y es el explorar y conocer el mundo que nos rodea y, claro, a nosotros mismos, sólo que en ese objetivo cada cultura, cada comunidad participa desde su particularidad, sin ningún tipo de restricciones o miramientos: metafísica, ciencia pura, parapsicología, misticismo, arte y demás; a la unión de todo ello es a lo que podemos denominar civilización mundial, y ella misma, en tanto conocimiento, constituye el verdadero destino biológico del hombre.

Finalmente, un tercer aspecto, tiene que ver con que nuestro tiempo es la fecha límite para “lograr esa transición, la más importante de nuestra especie”: el paso de una sociedad en que pocos piensan y deciden, a una en la que todos pensamos y decidimos, y es así de importante para todos porque la otra opción es, básicamente, autodestruirnos o, para ser más exactos, permitir que unos pocos decidan autodestruirnos. Necesitamos el interés de todos, y que este corrillo se extienda a guisa de epidemia, puesto que conservarnos como especie es una de las más dignificantes luchas que podemos asumir como hombres.
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Podría parecer que esto no está a tono con la reflexión de La Larga Jornada, pero es una mentira: El gobierno de Colombia ha firmado un acuerdo para instalar bases militares del ejército estadounidense en nuestro país –sin ningún tipo de consentimiento ciudadano-. Han acudido al viejo y ya manido discurso de la seguridad democrática y la lucha contra “grupos terroristas”; pero qué tal si pensamos que detrás de esto puede existir el interés por instalar bases nucleares en nuestro territorio –se sabe que es un sitio estratégico para el control de la región-, o que puede ser usado contra nuestros propios compatriotas –más allá de que formen grupos “al margen de la ley”- armas biológicas o atómicas de incontrolables consecuencias para todos, o que un continuum de las discusiones entre los gobiernos del norte suramericano no terminará en una nueva Guerra Fría. No es ficción y tampoco paranoia; la única idea que no debe borrarse de nuestras cabezas es que hay un sistema destructivo construido, que está buscando el momento para ponerse a funcionar.

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