AUTOR: Óscar Jara, Graciela Messina, Alfredo Ghiso, Mario Acevedo Aguirre, et al
TÍTULO: Revista Internacional Magisterio No. 33: Sistematización de Experiencias (Una Forma de Investigar en Educación)
EDITORIAL: Magisterio (Primera edición)
AÑO: 2008
PÁGINAS: 92
RANK: 6/10


Por Alejandro Jiménez

La sistematización de experiencias como práctica investigativa en educación ha empezado a legitimar una serie de actores y espacios que, tradicionalmente, habían permanecido excluidos por las líneas positivistas de investigación. Pero, aun cuando esto es así, y buena parte de las universidades que forman maestros, sociólogos o antropólogos, empiezan a trabajar sobre su base, lo que conoce la sociedad en general sobre sistematización es bastante limitado, razón por la cual –y a pesar de que esto contraría su propia orientación colectiva y emancipatoria-, en la mayoría de los casos, su dirección y teorización sigue corriendo a cargo de los “expertos” en la materia.

De este modo, figuras como las de Alfredo Guiso, Graciela Messina, Lola Cendales, Óscar Jara, entre otras, se han convertido en una referencia obligada para quienes nos interesamos en el tema y estamos relacionados con él debido a nuestro trabajo en la universidad, las escuelas o las comunidades. Este número de la Revista Internacional Magisterio nace, precisamente, de la necesidad de situar la sistematización en el horizonte pedagógico e investigativo, con el ánimo de que los lectores de la misma –en especial maestros de educación básica y media- se apropien de su lenguaje y lógica, factor necesario para su fortalecimiento como profesionales y sujetos políticos.

La edición está compuesta por un conjunto de artículos que, aunque sin perder de vista el problema de la sistematización, responden a diferentes naturalezas: los hay históricos, específicamente el documento de Óscar Jara (que presenta un recorrido por el devenir de la sistematización en América Latina); otros son teóricos, como los de Joao Francisco de Souza, Mario Acevedo Aguirre, Graciela Messina y Alfredo Guiso (en ellos se discuten categorías, nociones, implicaciones epistemológicas, etcétera) y; finalmente, hay unos prácticos: Marco Raúl Mejía, María Elena Manjarrés o Beatriz Borjas (en los que se analiza, basados en procesos y situaciones determinadas, el uso que se ha hecho de la sistematización); todo ello, amén de una entrevista a José Hleap Borrero, y otros documentos orientadores.

A mi parecer, seguir aquí las líneas de reflexión de cada uno de los artículos de la revista resulta menos interesante que poderlos examinar dentro de esas dimensiones que he citado antes (historia, teoría, práctica). Esto se debe a que observar la sistematización desde estas tres perspectivas permite a toda clase de lector, ya no sólo relacionado con la educación, hacerse a una idea global sobre los procesos sociales, epistemológicos y prácticos que han hecho posible en nuestro continente el desarrollo y apropiación del pensamiento y acciones propuestos desde la sistematización.

Hacia la historia de la sistematización de experiencias

La sistematización de experiencias puede ser entendida como una práctica que permite a los actores que participan en distintos procesos sociales –educación, salud, medio ambiente, tratamiento de víctimas de la violencia- apropiarse de su experiencia, reconocerse como sujetos sociales que producen conocimientos, y que tienen la posibilidad de transformar lo dado, lo que trata de imponérseles. Lo que se busca con la sistematización es que todos aquellos aspectos de una experiencia –los actores, las relaciones, los inconvenientes, las modalidades de trabajo, los contextos, los conflictos, etcétera- no se pierdan una vez ha terminado el proceso que la posibilitó, sino que sean recuperados para que todos los que participaron en ella puedan reconocerse y crear conocimientos.

Por ejemplo, un grupo sistematizador trabaja en la recuperación de lo que ha sido su experiencia como ONG en comunidades de desplazados por la violencia; ese grupo desea volver sobre lo hecho para transformarlo, para desempeñarse mejor, así que analiza cuáles han sido esos contextos de trabajo, las limitaciones que ha encontrado, sus fortalezas, sus identidades, y demás. Otro colectivo, esta vez constituido por maestros en formación y asesores, adelanta una sistematización sobre la manera en la que se desarrolló la práctica docente de esos maestros que se forman, en distintos colegios de la ciudad; el grupo desea examinar cómo fueron interpretadas las relaciones de poder en el aula, la interacción con los maestros titulares, las condiciones institucionales, o la tensión entre discursos pedagógicos.

Pero, aquello de volver sobre lo que se ha vivido –para comprenderlo e interpretarlo, esto es, para des-mecanizarlo, y volverlo algo significativo, algo de lo que podemos aprender, y que puede transformar la manera en la que se hacen las cosas- tiene una historia, y es una historia que ha estado ligada a diferentes procesos sociales desarrollados en América Latina desde mediados del siglo XX. Algunos de ellos han sido determinantes en su consolidación, tanto como marco de referencia para la resistencia social y política, como para las luchas emancipatorias que pueden gestarse desde la sistematización. El texto de Óscar Jara titulado Sistematización de Experiencias: Un Concepto Enraizado en la Realidad Latinoamericana, permite reconocer ese aspecto fundamental en la historia de la sistematización, que es el hecho de surgir de la realidad y demandas sociales de nuestros países.

En efecto, a pesar de que la noción de sistematización de experiencias se empieza a utilizar sólo hasta las décadas de los setentas-ochentas, detrás de ello hay al menos otras tres décadas que corresponden: 1. A la profesionalización del servicio social (años cincuentas y sesentas) que, curiosamente, estuvo auspiciado por el gobierno estadounidense –ello claro, dice Jara, con el deseo de que no se reprodujeran más Cubas en Latinoamérica-; 2. A la educación de adultos, que había empezado a trabajarse recién terminada la Segunda Guerra Mundial y; 3. A la educación popular, que tuvo su principal impulso en el Brasil de la década de los sesentas.

A esos tres grandes procesos –el servicio social y las educaciones popular y de adultos- debe sumarse el impulso que dio la Investigación Acción Participación –I.A.P.- a las prácticas de transformación educativas y sociales durante los setentas-ochentas, para las que la figura de Fals Borda es su principal referencia. Estos procesos, pues, conforman los escenarios de desarrollo de la sistematización, los espacios en que fue utilizada por primera vez y en los que se ha consolidado desde entonces como una nueva forma de investigar en la que las tradicionales categorías occidentales son puestas en crisis. Sintetizando afirma Hleap Borrero:

“La sistematización surge en América Latina en los años 70 y desde organizaciones que trabajan en el ámbito de la educación popular, el trabajo social y la educación de adultos, para luego generalizarse en los 90, a otros ámbitos como la educación formal, el desarrollo rural, el desarrollo comunitario, el diagnóstico y la planeación participativa. Para situar el nacimiento de la sistematización de experiencias como un movimiento latinoamericano de gestión social del conocimiento es preciso ubicarse en un modo de concebir la investigación y una práctica (la sistematización) que pretende generar conocimiento sobre experiencias concretas (educativas, de intervención o transformación social), en franca oposición con los modelos investigativos que hegemonizaban la investigación social en ese momento; de modo que nace fuertemente vinculada con la Investigación Acción Participativa –I.A.P.- y con teorías críticas de la sociedad” (Pág. 81)

Durante su desarrollo la sistematización de experiencias ha sido asumida y auspiciada por diferentes instituciones como la CEAAL –Consejo de Educación de Adultos de América Latina-, distintas ONGs, universidades públicas que la promueven como modalidad de grado, programas nacionales de educación e investigación –caso Ondas en Colombia-, organizaciones internacionales de desarrollo, y muchas más.

Hacia la construcción epistemológica de la sistematización de experiencias

Graciela Messina piensa que “el valor de la sistematización educativa radica justamente en que es uno de los espacios de conocimiento donde es posible todavía una cierta autonomía y la construcción de un contrapoder” (Pág. 33). Al afirmar esto, la autora está señalando que la sistematización cumple un papel relevante en la recuperación de la voz de las clases sociales menos favorecidas. Tradicionalmente, han existido al menos tres modalidades de acción hegemónica: el poder, el lenguaje (discurso) y la exclusión. La primera hace referencia tanto al poder ejercido en el plano bélico como en el económico, la segunda, al discurso del colonizador y su repetición por parte del colonizado y, la tercera, a la acción que excluye a ciertos grupos de la acción social y la participación en las decisiones.

Para Messina, la sistematización de experiencias, en tanto recupera la posibilidad de volver sobre mi experiencia, sobre mí mismo, se consolida como escenario de libertad y de autonomía. Desde allí, puedo expresar la voz sobre lo que soy y lo que hago en la sociedad, construir un discurso divergente, de contrapoder, que permita declarar abiertamente que muchas de las cosas que se dicen sobre nosotros no son acertadas y sólo cumplen un papel estratégico dentro del proceso de manipulación mediática de las clases dominantes. Souza, considera esta oportunidad también, pero la sitúa dentro del plano de las realidades residuales. Esto quiere decir que, para él, la sistematización en tanto posibilidad de creación, forma y organiza una determinada acción social que no está inscrita dentro de los planos contra-hegemónicos a través de los cuales podría darse otra respuesta (guerra-guerra, por ejemplo), sino, precisamente, por medio de la toma de consciencia de lo que somos, de lo que experimentamos y del propio modelo social que podemos sugerir a partir de la conceptualización de esas experiencias.

Lo anterior puede resumirse de la siguiente manera: la sistematización de experiencias tiene un objetivo social claro: la transformación de las condiciones, la revolución en el modo de pensar, sentir y vivir de los grupos sociales; la búsqueda de hacer que cada persona se haga dueña de su propia experiencia, se apersone y responsabilice –a partir de la construcción de saberes- de su propia existencia. Por eso, es necesario entender que la sistematización no es exclusivamente una modalidad de acción académica, sino que, por el contrario, el grueso de su aporte está en el plano más general de lo social, en la búsqueda de una sociedad más justa. Antonio Elizalde piensa al respecto que:

“La sistematización al hacer manifiesta la existencia de una multiplicidad de actores, de una multiplicidad de miradas e interpretaciones, permite complejizar la mirada sobre la realidad superando así las explicaciones reduccionistas propias de quienes buscan monopolizar el poder-saber o saber-poder. De tal modo que se obtiene un doble beneficio: se enriquece y a la vez se democratiza el conocimiento” (Pág. 39)

Está claro, por otra parte, que la elaboración que se puede hacer desde la sistematización de experiencias comporta una serie de presupuestos. Souza sugiere tres elementos básicos: una cierta modalidad de pensamiento, una técnica y una sensibilidad; y, cuando se habla de una sensibilidad, se rompe con las visiones más tradicionales y objetivas de la investigación. Recuperar las expectativas, los miedos, los prejuicios como elementos sustancialmente definitorios en los procesos de investigación, es reconocer e interpretar críticamente buena parte de lo que somos y de lo que define nuestras acciones en la sociedad, cosa que la mayoría de veces queda por fuera de las miradas positivistas.

Hay un concepto que maneja Souza y que creo permite explicar mucho más profundamente las implicaciones de lo que digo. El autor entiende que la sistematización es algo así como la construcción de sabiduría. La sabiduría es la más amplia expresión de la intelección humana, dentro de ella se configuran y relacionan el conocimiento, la ciencia y el arte. La sistematización desemboca necesariamente en un saber –aun cuando parte de la sensibilidad- ya que expresa al mismo tiempo la experiencia del sistematizador, la experiencia de los otros y el contraste con el conocimiento científico. En otras palabras, ese saber es una respuesta social emergente en el sentido de que se pone en juego con las demás construcciones que se han hecho desde otras perspectivas sobre esa misma realidad. El caso de la educación es diciente: por un lado, se ha hecho una construcción teórica de la educación desde la perspectiva de la política, desde la sociología, desde la psicología y, sin embargo, he aquí que la sistematización surge como una nueva visión sobre la educación, partiendo de la experiencia de los involucrados en ella, una perspectiva que no sólo investiga (construye marcos de interpretación), sino que también evalúa los procesos (valora las acciones de los humanos que participan en ellos).

De lo anterior se deducen varios elementos. En primer lugar, el hecho de que la investigación no sea lo más importante dentro del proceso de la sistematización de experiencias. Messina y Souza coinciden en observar cómo la investigación –es el caso de la etnografía- sólo es uno de los pasos necesarios antes de reflexionar críticamente sobre las acciones descritas en ella, cuyo aporte sería lo verdaderamente relevante. La investigación, dice Souza, arroja significados, la sistematización construye sentidos, posibilidades, evaluaciones. Messina observa otras implicaciones. La educación es entendida generalmente desde dos posibilidades: la de la teoría-práctica, en donde juega un papel importante la eficacia y las competencias (discurso hegemónico) y; la de la pedagogía crítica, en donde la reflexión estructura el desarrollo de los procesos. Sin embargo, en ninguna de ellas, como en la perspectiva de la sistematización se recuperan y valoran tanto las voces de los actores; en ninguna de ellas se devela tanto como aquí lo oculto, lo cotidiano como algo susceptible de interpretación y significación. En opinión de Ghiso:

“La formación en sistematización, como propuesta crítica generadora de conocimiento, exige una deconstrucción epistemológica de los presupuestos que fundamentan la investigación científica tradicional, entre otras cosas, porque su objeto de estudio es la práctica social, profesional, académica o formativa [un proceso, no un objeto]. Al problematizar los fundamentos se subvierte el dualismo teoría y práctica, se revelan los conceptos implícitos o fundamentados existentes en el quehacer social; se localizan los componentes, intenciones, normas, significados inherentes y subyacentes en las prácticas. Al cuestionar desde la sistematización el pensamiento dicotómico de la investigación social tradicional se descubre que teoría y práctica están conceptual, no contingentemente ligadas” (Pág. 77)

El mismo Alfredo Ghiso –que aborda el problema de la sistematización desde la formación universitaria- piensa que “todo proceso de sistematización se coloca frente a una práctica desde tres perspectivas que se integran, complementan e interconectan, estas son: crítica, histórica y sistémica” (Pág. 79). Es crítica, porque vuelve sobre la experiencia para comprenderla, interpretarla, analizarla y encontrarle sentidos a las acciones y espacios en que se desarrolla; pero además es histórica, porque al contrario de las orientaciones de investigación tradicional rompe con el esquematismo de los modelos abstractos, y ubica las experiencias en planos temporales y espaciales, es decir, las concibe como procesos, no como objetos de la realidad y; finalmente, también es sistémica, porque reconstruye de un modo dialógico y colectivo, el contenido de lo que se vivió.

El texto del profesor Mario Acevedo Aguirre –en mi opinión uno de los más interesantes y completos- permite reconocer los componentes epistemológicos que hacen parte de ese complejo universo de los procesos sociales. Su trabajo, desarrollado en la Universidad del Valle, acude a la metáfora del escenario –pensemos que toda acción social se lleva a cabo en un escenario- y muestra la manera en la que una sistematización debe dar cuenta de alguno o de todos estos aspectos: actores (sujetos individuales y colectivos de las prácticas), argumentos (los conceptos o nociones que se desprenden de los discursos), ámbitos (entornos inmediatos de la práctica), modalidades de trabajo (medios y modos de comunicación e intervención), tensiones y conflictos (entre los diferentes intereses y formas de asumir la experiencia), y contextos (socioeconómicos y políticos).

En opinión del mismo autor, la sistematización –en el sentido metodológico- requiere de tres grandes fases: en primer lugar, una reconstrucción o recreación de lo vivido, para lo cual se utilizan los más variados dispositivos, desde la narración en relatos de lo sucedido, los diarios de campo, las entrevistas, hasta manifestaciones más emotivas de tipo performance (Alfonso Torres trabaja también este tema de las herramientas generadoras de información, pero las asume con base en una clasificación que las distingue a razón de ser descriptivas, histórico-narrativas, expresivas y/o analíticas) (Pág. 64); en segundo término, una lectura extensiva, intensiva y comparativa de todos esos elementos que dan cuenta de la experiencia, lo que permite empezar a vislumbrarles significados, núcleos, perspectivas y demás; luego, una potenciación de la experiencia, que se refiere al poder profundizar en el modo en el que los actores se reconocen en esas prácticas que se han descrito, y la manera en la que se pueden proyectar de formas alternativas. Sintéticamente se trata de:

“1. Comprender. La lógica interna de la experiencia en una lectura intensiva y extensiva. (Actor textual)
2. Exponer. La trama de las relaciones sociales: mitos, ritos, redes, vínculos en una lectura comparativa y desde la perspectiva del actor. (Actor intertextual)
3. Establecer. El campo de fuerzas que enmarcan la experiencia. (Actor contextual o actor social)” (Pág. 30)
Hacia una visión práctica de la sistematización de experiencias

Este número de la Revista Internacional Magisterio ha incluido también una serie de artículos que dan cuenta del modo en que distintas organizaciones e instituciones se han apropiado de la sistematización y la están utilizando para el desarrollo de muchos de sus procesos. Así, por ejemplo, se incluye el documento Pedagogía de la Memoria, en el que se da cuenta de la manera en que el Instituto Paulo Freire de Berlín ha realizado los procesos de sistematización de cuatro de sus más importantes proyectos: 1. Los talleres biográficos con representantes de las Madres de la Plaza de Mayo; 2. Las visitas a lugares de memoria del tiempo nazi, que buscan acercar desde la confrontación de realidades, a los chilenos víctimas de la dictadura; 3. Las actividades simbólicas y rituales hechas con representantes de organizaciones de derechos humanos de América Central y Colombia y; 4. El trabajo performativo de Teatro Augusto Boal, que busca desde los roles e intercambios, generar conciencia sobre las identidades de los afectados por la violencia.

También hace parte de esta edición el artículo de Beatriz Borjas sobre la recuperación de la experiencia que, durante los últimos 23 años y en 17 países, ha tenido la Federación Internacional Fe y Alegría –movimiento de educación popular integral-, el cual ha organizado sus experiencias significativas en cuatro principales niveles: 1. El conformado por los centros y comunidades locales; 2. El desarrollado en programas y proyectos que involucran a varios centros; 3. El que tiene por fin la construcción de teoría y saber pedagógico, tanto para instituciones concretas como para la comunidad académica en general y; 4. El que busca recuperar la historia, vivencias y recuerdos de los fundadores, trabajadores y beneficiarios que a lo largo del tiempo han hecho parte de la organización.

Un tercer marco práctico de sistematización se recupera en el documento de Marco Raúl mejía, María del Pilar Unda y Mercedes Boada, sobre la Expedición Pedagógica Colombiana, proceso que desde 1999 intenta dar seguimiento a lo que el Movimiento Pedagógico Colombiano de los ochentas adelantó, en términos de recuperar y analizar las distintas maneras de ser docente, y entender la práctica profesional. La iniciativa que es apoyada por el Ministerio de Educación Nacional y la Universidad Pedagógica, ha permitido que los maestros empecemos a interiorizar que es posible a través de prácticas como la investigación consolidar el saber pedagógico producto de nuestro ejercicio, como conocimiento validado en el plano teórico y de desarrollo de nuestras potencialidades intelectuales, creativas y disciplinares.

Los otros artículos –uno referido al Plan Internacional en Colombia (institución que trabaja en el pacífico colombiano); otro al Programa Ondas de Colciencias (que da soporte a la investigación, ciencia e innovación desarrollada por niños y jóvenes del país); y uno último sobre el Centro Cultural Poveda (centro de estudios interdisciplinarios de República Dominicana)- dan a conocer más prácticas que vienen desarrollándose dentro de la lógica de la sistematización y que han traído importantes beneficios en términos del desarrollo de conocimiento, el empoderamiento de los sujetos participantes, la transformación de la realidad, etcétera.
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Aunque este número de la Revista Internacional Magisterio no contiene artículos que analicen a profundidad los horizontes de la sistematización de experiencias, sin duda alguna, contribuye al apropiamiento de ese lenguaje y dinámica que le es propio, y que viene consolidándose en la reflexión académica e investigativa de nuestro continente. A mi parecer, sin embargo, ese mismo hecho de que la sistematización haya empezado a asumirse por parte de muchos actores y espacios que tradicionalmente no son residuales ni de resistencia –como la educación formal y las instituciones privadas-, ha traído para ella una consecuencia peligrosa que, en palabras de Hleap Borrero, se traduce en su despolitización. Quisiera decir con esto que me uno a los que piensan que la sistematización de experiencias no es neutral –políticamente hablando-, que compromete críticamente a todos los que intervenimos, y exige de nosotros desde los planos más variados de acción, teoría y crítica, una conciencia clara de que con ella estamos haciendo, ante todo, RESISTENCIA.

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