AUTOR: Gabriel García Márquez
TÍTULO: El Coronel No Tiene Quien le Escriba
EDITORIAL: Oveja Negra, S.A. (Decimoctava edición)
AÑO: 1989
PÁGINAS: 85
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

En la ya extensa obra narrativa de Gabriel García Márquez (1928-), esta pequeña novela El Coronel No Tiene Quien Le Escriba (1961) sobresale por una situación que puede parecer un tanto contradictoria. Por un lado, es la cuna de uno de los personajes más recordados por los lectores del Nobel colombiano –ese Coronel obstinado, taciturno, que pasa sus días inmerso en una espera insondable- y; por otro, se trata de una obra en la que no se puede rastrear con la misma facilidad que en otras, ese sello personal del autor que le ha valido el reconocimiento internacional: el realismo mágico.

Lo que sucede es que, a pesar de la distancia frente a un estilo tan distintivo como el de Cien Años de Soledad (1967), la obra acierta de una forma admirable en el análisis de ciertos hechos y rasgos idiosincrásicos del pueblo colombiano; y ese estatismo de su historia, que recuerda al Faulkner de Santuario, y que parece estar en las antípodas de los destiempos, la magia y la imaginación propios de García Márquez, constituye –a mi parecer- otra de las rutas creadas por el autor para acercarse a los problemas de Latinoamérica, y este estilo, aunque no se le celebre tan comúnmente, no por ello resulta menos logrado.

Hay un aspecto importante respecto de esta tensión entre los estilos narrativos de ambas novelas y es, precisamente, la intertextualidad manifestada en El Coronel No Tiene Quien Le Escriba –fechada en París, enero de 1957-: las referencias a Macondo, al Coronel Aureliano Buendía, y a otros muchos hechos y personajes de Cien Años de Soledad, constituyen una lista importante teniendo en cuenta la mínima extensión de la novela. Además, la intertextualidad no se limita a una simple mención de ciertos espacios claves, sino que emerge de forma significativa para la historia: el Coronel ha huido de Macondo una vez iniciada la fiebre del banano, ha conocido personalmente a Aureliano Buendía, sueña con el Duque de Malborough –el Mambrú de la canción popular-, etcétera.

Es un juego muy complejo entre la realidad real y la ficción, puesto que El Coronel No Tiene Quien Le Escriba habla de personajes que sólo aparecerán con su historia completa en una obra publicada diez años después, pero, al mismo tiempo, los refiere en la ficción dentro de situaciones que ya ocurrieron hace años, dado que en la cronología de ese gran universo de García Márquez Cien Años de Soledad precede, temporalmente, a la otra historia.

Como se ve, aquello del estatismo que se le atribuye a la novela es más bien una cosa relativa, porque ella misma se está moviendo hacia muchas direcciones, aunque su fábula parezca inmóvil. Ciertamente, El Coronel No Tiene Quien Le Escriba parece terminar en el punto en donde había iniciado, sólo que después de recorrer unos espacios que permiten ubicar la situación narrativa, no superarla, simplemente ubicarla. Pero es que esto tiene que ver mucho con los aspectos de la realidad a los que se refiere la novela: la Guerra de los Mil Días, la censura política y religiosa o la pobreza social; situaciones que todavía hoy permanecen muy arraigadas a la cosmovisión colombiana y, por lo mismo, dan esa sensación de insuperables y estáticas. Lo que intentaré aquí es reflexionar en torno a tres elementos que me parecen centrales en la novela: la censura política, la noción de espera, y la idiosincrasia nacional.

La historia de El Coronel No Tiene Quien Le Escriba

El Coronel es un veterano de guerra que ha esperado durante más de quince años la pensión que se le prometió legalmente después del tratado de Neerlandia –otra referencia a Cien Años de Soledad-. Su vida, junto a su esposa ha sido difícil, no sólo por la apretada economía que la pareja se ha visto obligada a sobrellevar, sino también debido a la muerte de su hijo Agustín, acribillado en una gallera por distribuir información política. Las circunstancias, pues, han hecho que el Coronel centre todas sus expectativas en dos posibilidades igualmente difusas, pero frente a las que se mantiene con insistencia y terquedad: la carta que puede llegar en cualquier semana informando que su pensión ha sido finalmente obtenida, y/o, el gallo de pelea que, siendo propiedad de su hijo muerto, ha mantenido con la idea de que triunfe y le socorra algunos beneficios.

La esposa del Coronel, una mujer asmática y de temperamento complejo, sigue con no menor obstinación las actitudes y esperanzas de su marido, pero constantemente las critica, porque se han convertido en simples posibilidades, mientras que el hambre, las deudas, las privaciones y demás, los hacen venir a menos. Ante sus insistencias, el Coronel cambiará el abogado que lleva su demanda de pensión –pensando que la no llegada de ésta puede ser el resultado de un oficio negligente de aquél-, y también se verá tentado a vender el gallo a su compadre Sabas, un tipo sin escrúpulos que salió ampliamente beneficiado de la guerra y que tiene como único norte el dinero.

Pero, una y otra situación significan para el Coronel dos cosas a las que no logra renunciar definitivamente, dado que está demasiado aferrado a ellas. En primer lugar, no puede pensar que el gobierno incumpla los auxilios prometidos a los oficiales de la revolución, a esos, entonces muchachos, que lucharon en el frente de batalla y; en segundo término, no concibe que otra persona, además de él, suelte el gallo de pelea en el redondel el día en que se abran las puertas de la gallera. De suerte que el poco dinero que consigue el Coronel y su esposa, ora endeudándose con los vecinos, ora empeñando sus pocas pertenencias, siempre termina gastándose en el maíz con que se alimenta el gallo, o los costos del abogado que asume su pleito de pensión.

La novela se mantiene de principio a fin en esta lógica, aun cuando abarca tres meses de tiempo narrativo –de octubre a diciembre-. La lentitud de su trama, sin embargo, permite ir conociendo los elementos coyunturales de su historia: el estado de sitio permanente en el que vive el pueblo, la persecución y censura política, las costumbres del caribe colombiano, el pasado de guerra en que actuaron los personajes, y hasta el impacto tecnológico (aviones, cine) en la vida cotidiana.

Las campanas de la censura político-religiosa

La historia colombiana –como la de muchos países hermanos- ha sido desde la “independencia” una cadena ininterrumpida de conflictos. Es por ello que, a pesar de que en El Coronel No Tiene Quien Le Escriba hay una guerra anterior –en la realidad, la Guerra de los Mil Días (1899-1902)-, de la que el mismo Coronel fue un actor importante al lado de Aureliano Buendía, la novela no se instala en un territorio de paz, sino en un nuevo escenario conflictivo. Hay, a lo largo de la novela, un estado de sitio, tan interiorizado en la conciencia de los personajes, tan aceptado como natural, que hasta se utiliza para programar el reloj de la pared. Y a este poder abrumador del estado de sitio se le suman dos vías coercitivas más: la censura política y la religiosa.

La censura política no sólo tiene que ver con los toques de queda, sino ante todo con la configuración de un discurso oficial, que es el que se publica en los diarios permitidos y, por supuesto, con el hecho de que todo discurso de resistencia deba operar desde la clandestinidad. El Coronel se comunica con los amigos de su hijo, Álvaro y Germán, y con el médico del pueblo a través de mensajes cifrados que van de mano en mano informando la verdadera cara de las noticias; así sucede, por ejemplo, cuando el médico visita a la mujer del Coronel para revisar su asma:

“Cuando la mujer anunció que estaba preparada, el médico entregó al Coronel tres pliegos dentro de un sobre. Entró al cuartel, diciendo: ‘Es lo que no decían los periódicos de ayer’.
El Coronel lo suponía. Era una síntesis de los últimos acontecimientos nacionales impresa en mimeógrafo para la circulación clandestina. Revelaciones sobre el estado de la resistencia en el interior del país. Se sintió demolido. Diez años de informaciones clandestinas no le habían enseñado que ninguna noticia era más sorprendente que la del mes entrante” (Pág. 24)

La otra censura, la religiosa –cuánta razón tenía Sartre al decir que religión y verdugo siempre juegan del mismo lado-, está muy ligada a aquello que permite el gobierno, y opera en distintos niveles: unos tan elementales como no poder prendar los anillos de compromiso para comer, por considerar éstos como sagrados –es lo que el padre Ángel piensa cuando la mujer del Coronel se lo consulta-, y otros, más generales, menos abstractos, como el de determinar qué puede ser visto o no en el cine:

“Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del Coronel contó doce campanadas.
- Mala para todos –dijo-. Hace como un año que las películas son malas para todos (Pág. 21)

Lo que desearía resaltar al respecto de esas “campanas de la censura” que siempre hemos escuchado repiquetear en Colombia, y que en esta novela están sutil, pero contundentemente señaladas, es el hecho de que en la guerra y en la coerción siempre existen dos caras: la del vencedor y la del vencido; caras que encuentran una expresión aquí en las figuras del Coronel y su compadre Sabas. Para el primero, todo lo que ha venido después de la guerra es miseria y privaciones, una inútil persistencia en lo que nunca llega. Esa es una de las cosas que su mujer reclama en alguna de las habituales discusiones con su marido:

“El Coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso, fluyente, implacable.
- Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.
- El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.
- También tenías derecho a que te dieran un puesto cuando te ponían a romperte el cuero en las elecciones –replicó la mujer-. También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo.
- No estoy solo –dijo el Coronel (Pág. 83)

El compadre Sabas, en cambio, supo cosechar con hipocresía y sin reparo una posición holgada desde la guerra. No le importó ir en contra de sus idearios políticos o vender antiguos compañeros; hizo de la guerra –como sucede tanto en nuestro país-, no un problema, sino un negocio, y se proveyó desde él toda clase de beneficios. Así trata de explicárselo el médico un día al Coronel, ante su estupefacción:

“- El único animal que se alimenta de carne humana es don Sabas –dijo el médico. Estoy seguro de que revenderá el gallo por novecientos pesos.
- ¿Usted cree?
- Estoy seguro –dijo el médico-. Es un negocio tan redondo como su famoso pacto patriótico con el alcalde.
El Coronel se resistió a creerlo. ‘Mi compadre hizo ese pacto para salvar el pellejo’, dijo. ‘Por eso pudo quedarse en el pueblo’.
‘Y por eso pudo comprar a mitad de precio los bienes de sus propios copartidarios que el alcalde expulsaba del pueblo’, replicó el médico. Llamó a la puerta pues no encontró las llaves en los bolsillos. Luego se enfrento a la incredulidad del Coronel.
- No sea ingenuo –dijo-. A don Sabas le interesa la plata mucho más que su propio pellejo (Págs. 69-70)

Nuestro número es el 1823

“Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés”, dice el Coronel a su esposa, refiriéndose al expediente de su pensión… “Hay que esperar el turno”. Pero la espera del Coronel es un asunto que trasciende los números de archivo, tiene que ver, más bien, con una crítica social a toda una serie de estructuras burocráticas que hacen desistir a cualquier persona en nuestro país de la exigencia de alguno de sus derechos; tiene que ver con que se nos vulnere y pisotee de las formas más arbitrarias y despóticas, con que apenas se cambia un orden de poder por otro, deje de reconocerse el aporte de quienes actuaron honesta y decididamente en la crítica o defensa del anterior. En este sentido podría interpretarse la discusión entre el Coronel y su abogado:

“Siempre la misma historia. Cada vez que el Coronel la escuchaba padecía un sordo resentimiento. ‘Esto no es una limosna’, dijo, ‘No se trata de hacernos un favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la república’. El abogado se abrió de brazos.
- Así es, Coronel –dijo-. La ingratitud humana no tiene límites.
También esa historia la conocía el Coronel. Había empezado a escucharla al día siguiente del tratado de Neerlandia cuando el gobierno prometió auxilios de viaje e indemnizaciones. Acampado en torno a la gigantesca ceiba de Neerlandia un batallón revolucionario compuesto en gran parte por adolescentes fugados de la escuela, esperó durante tres meses. Luego regresaron a sus casas por sus propios medios y allí siguieron esperando. Casi sesenta años después todavía el Coronel esperaba” (Págs. 35-36)

Hay, además, otra espera que me parece un poco más simbólica y que tiene que ver con la relación tiempo-espera utilizada por García Márquez. Como quedó escrito más arriba, la novela empieza una mañana de octubre en que entierran al primer muerto natural del pueblo en mucho tiempo, y se extiende hasta diciembre. Ahora, sucede que durante cada uno de estos meses, el tiempo condiciona una forma distinta de espera para el Coronel: en octubre se siente enfermo, “es el frío”, piensa, y la espera de la carta o la pelea del gallo se hace interminable y difícil; noviembre pasa veloz y; diciembre cubre con un entorno suave la espera, es un mes luminoso en el que parecen renacer esperanzas hacia el futuro, y que lleva al Coronel, por ejemplo, a desistir de una venta inminente del gallo, por sentirse en condiciones de mantenerlo.

Y, claro, está esa ironía con la que juega el autor respecto de que ninguna de las posibilidades de superar el estado de los personajes corresponda al tiempo de la obra, esto es, que la carta siga estando en una fecha indefinible, tal vez, inexistente del futuro, y la pelea de gallos, sólo hasta enero, fecha que escapa al relato y que, por extensión, provoca en el lector una sensación de haber sido revuelto un poco para ser arrojado en el mismo sitio en que inició, sin poder hacer nada.

Es un gallo que no puede perder

Si antes decía que El Coronel No Tiene Quien Le Escriba recrea y reflexiona muchos aspectos idiosincrásicos de Colombia, especialmente de la zona del Caribe, es porque hay una recurrencia tanto formal (tipo de diálogos, léxico, expresiones), como temática (peleas de gallos, ambiente de los pueblos, relación con el paisaje). Ninguno de los dos aspectos es exclusivo de esta obra, sino que están desperdigados en todos los cuentos y novelas de García Márquez, y si hay algo que resaltar de ellos es una situación que –como la del inicio- puede parecer contradictoria: el pueblo colombiano tiene una facilidad enfermiza para acostumbrase a lo aberrante (guerras, pobreza, desamparo, muerte) pero, al mismo tiempo, y con la misma facilidad, hace de esto una cosa que parece increíble, llena de fantasía; mirado desde cierta perspectiva, esto es exactamente el realismo mágico.

Aquí, en esta novela, existen muchos ejemplos que refieren a esa relación: empeñar las cosas del hogar es algo natural en las clases pobres de Colombia –yo mismo he perdido muchas-; sentirse humillado y como “pidiendo favores” a los que tienen más, es algo que ha hecho del país un pueblo sumiso y dependiente (así sucede con el Coronel respecto de su compadre Sabas); un hombre insulta a otro, lo juzga severamente y, un segundo después, porque escucha un trueno, piensa que es su turno para ser juzgado por el “dios de los cielos”; ponemos a hervir una olla con piedras para hacer pensar que se cocina en nuestra casa, y no revelar así este vacío grandísimo, este miedo a vernos como somos realmente: una sociedad con hambre, sin expectativas, enajenada, que sufre y tiene que ver muy poco con esa farsa pujante que promulgan los medios.

Es esa idiosincrasia confusa, compleja, llena de matices la que más acertadamente corresponde a Colombia y que, de muchas maneras, se observa en la novela ¿Por qué no pensar que estamos a la espera de, por un lado, una sugestión ajena –como la pensión del Coronel-, y, por otro, de una autoafirmada, pero que tiene muy pocos asideros –como la del gallo-? A fin de cuentas, una de las palabras que mejor define la historia y costumbres de nuestro país es ESPERA, esa espera que alguien solucione, que alguien nos ayude, que algo nos dé lo que necesitamos, en vez de ir directamente a quien antes lo robó, quitárselo, darle un puñetazo y, empezar, de una buena vez, a disfrutarlo.
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El Coronel No Tiene Quien Le Escriba es una corta, pero profunda prueba del sinsabor colombiano.

Los invito a visitar el blog de mis amigos de Doclécticos, en donde podrán encontrar dos interesantes documentales del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

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