AUTOR: Francis Scott Fitzgerald
TÍTULO: Los Malditos y los Bellos
EDITORIAL: Zig-Zag, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 355
TRADUCCIÓN: María Angélica Grau
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

Hace tiempo no leía una novela que apuntara hacia tantos lados diferentes y, sin embargo, pudiera sobrellevarlos de un modo satisfactorio. La mayoría de veces que se intenta esto, el estilo termina falseado, o uno de esos lados se impone subrepticiamente hasta desfigurar el horizonte de los otros. Lo que sucede con Los Malditos y los Bellos es que uno puede leerla de muchas formas y estar persuadido de encontrar toda suerte de asideros: es un análisis de la sociedad estadounidense de principios del siglo XX, un exhaustivo examen de las relaciones de pareja, el inventario de los dilemas durante la juventud y madurez o, claro, la crónica de un pesimista condenado al triunfo.

De cualquier manera, no imagino a un tipo rechoncho o a un adolescente leyendo la novela: el primero pensaría que, en el fondo, se trata de una tozudez y, el segundo, no podría encontrarse por ninguna parte. A modo de especulación, pienso que Fitzgerald tenía bastante claro quién sería su verdadero público: aquel que, entrado en cierta edad, ha comprobado la gratuidad de su existencia, ha hecho de su descubrimiento algo así como un principio irrevocable, pero ahora empieza a escuchar esas demandas que vienen de todas partes a decirle: “cásate, organiza una familia, incorpórate al mundo y, por supuesto, ¡trabaja ya!”.

Publicada en 1922, cuando Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) tenía apenas unos 26 años, Los Malditos y los Bellos (The Beautiful and Damned) –sin ser tan celebrada como A Este Lado del Paraíso (1920) o El Gran Gatsby (1925)- es una obra importante porque permite, no sólo reencontrarse con un narrador talentoso, sino también hacer de nuestros fracasos cotidianos, de la futilidad y el pesimismo, más que un tema literario, una forma de vida que puede y debe defenderse. Es cierto que la novela tiene decenas de destiempos, que su ritmo no es compacto y, por lo mismo, se puede pasar de una escena acelerada a la densa descripción de una personalidad que abarca cuatro páginas; esto es cierto, digo, pero hay aquí también una mezcla inusual –y ejemplar- de esa sordidez del realismo sucio y la profundidad ontológica del existencialismo, que hacen de ella una obra original.

Pero además, esta novela es importante porque permite rastrear varios de los rasgos más distintivos de la narrativa que desarrolló la llamada Generación Perdida en Estados Unidos. Tanto a nivel estilístico como temático, Los Malditos y los Bellos está conectada con nombres tan relevantes como los de John Dos Passos, Ernest Hemingway o William Faulkner y, es por esta razón, por la que en sus páginas se construye un espacio común entre el inevitable advenimiento de la crisis del 29, el materialismo e hipocresía norteamericanos, la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias, y el nacimiento de la clase media, luego fortalecida con el New Deal. Y por otro lado, con relación a muchas de las novelas de esos mismos autores, comparte un conjunto de elementos formales característicos: el narrador en tercera persona –combinado aquí con diálogos al modo de las piezas teatrales-; la mezcla de elementos narrativos como cartas, avisos, fragmentos de canciones, etcétera –modelo que encontraría en El Paralelo 42 de John Dos Passos uno de sus momentos memorables- y; finalmente, ese alto contenido satírico que intenta dar cuenta de la gente del común frente a un sistema que la limita, utiliza y olvida.

Intentare aquí reconstruir la trama de la novela para abordar tres aspectos concretos de la misma: su examen de la sociedad estadounidense, el manejo de los tópicos existencialistas y su consideración sobre las relaciones de pareja. Es importante resaltar que Fitzgerald encuentra en la figura de Anthony Patch –el protagonista de la historia- una suerte de alter ego: tenían la misma edad cuando fue escrita la novela, comparten la experiencia de la guerra, la del naciente mundo del cine y, además, la de los compromisos amorosos a temprana edad –Fitzgerald contrajo matrimonio con Zelda Sayre a los 23 años-.

La historia de Los Malditos y los Bellos

Anthony Patch es un hombre de 25 años, nieto de Adam Patch –un aristócrata que hizo su fortuna en Wall Street-; nunca ha tenido que trabajar para ganarse la vida y, aunque estudió en Harvard, aquello fue ante todo gracias a los favores del “linaje”. Lo cierto es que Anthony ha venido creciendo mientras se pone en contacto con un grupo de intelectuales amigos con quienes comparte muchas de sus ideas sobre el mundo: en general, son unos pesimistas que no encuentran justificada de ninguna forma la existencia y no pretenden encontrar ellos mismos esa justificación; hablan de literatura la mayor parte del tiempo y su principal rutina es el licor y el cigarrillo. A este grupo pertenecen, principalmente, Dick Caramel (prospecto de escritor que terminará por publicar libretos para el cine, después de su única buena novela), Maury Noble (un crítico acérrimo, enemigo de la religión y los formalismos) y, Gloria Gilbert (la Belleza hecha carne, auténtica, indolente).

Pues bien, sin deseos de trabajar ni estudiar, los días de Anthony parecen esperar una sola cosa: la muerte de su abuelo, porque aquello le permitiría proveerse de los recursos necesarios para sostener su modo de vida, haciendo del “fracaso su motivo capital” y tensando esa decisión hasta los límites. Pero eso sólo ocurrirá casi una década después, de manera que Fitzgerald nos da la oportunidad de conocer todo lo que sucede durante este largo ínterin. En primer lugar, Anthony conocerá a Gloria –prima de su amigo Dick-sobre la que ha recaído la Belleza, aquello que se crea en el mismo paraíso y viene a la tierra cada cien años para iluminar, momentáneamente, la existencia de una mujer. Y es que Gloria ha despertado desde siempre las más extremas sensaciones en los hombres: amor, obsesión, delirio, esclavitud y hasta miedo; todos han querido, en su orden, tenerla a su lado, pero ella no ha correspondido a ninguno, básicamente porque su condición supera por mucho las posibilidades de los otros.

Sin embargo, he aquí que de alguna manera empezará a salir un poco más de lo común con Anthony, tal vez atraída por el desprecio que éste muestra hacia la mayoría de las cosas. Paulatinamente construirán un sentimiento recíproco que, a pesar de los inconvenientes, terminará por unirlos en el matrimonio. Casados ya, viajan por muchas ciudades de Estados Unidos, emborrachándose, disfrutando de pequeñas confidencias, llenándolo todo con sus presencias, amándose, pues, hasta tal punto que, de vuelta en Nueva York, sentirán que aquello los ha desgastado de sobremanera, y que será muy difícil recuperar esa necesidad de estar solos y juntos a cada momento. La relación empezará entonces una rutina larga y compleja –a la que Fitzgerald dedicará casi la mitad de la novela-: fiestas continuas, alcohol en exceso, hombres acosando a Gloria, el dinero extinguiéndose a montones, discusiones y promesas de cambio, sentimientos de fraude, rencillas, y demás.

La falta de trabajo empezará a acosar muy pronto a Anthony: la pequeña renta que tiene junto a su esposa no alcanza para sostener su rutina de viajes y excesos. Intentará trabajar en una revista, pero lo extraño e inmotivado de la situación la hará ver como una acción inútil, de modo que renuncia. En alguna ocasión su abuelo visitará la pequeña casa de verano en la que Anthony vive con Gloria, pero se encontrará con una situación tan voluptuosa –para un moralista como él-, que aquello será suficiente para desheredarlo. La pareja no está dispuesta a perder una de las razones más fuertes por la que está unida, así que contrata a un abogado para apelar legalmente la decisión del abuelo. Pero como esto lleva tiempo, y Estados Unidos ha empezado a participar en esa guerra de la que se hablaba en los periódicos, Anthony es llevado como soldado a un campo de entrenamiento lejos de Nueva York.

La nueva situación no significa para él un motivo vital, la asume porque no tiene otras posibilidades. Sucede, sin embargo, que en aquel lugar caluroso del Oeste, Anthony conoce a una muchacha de nombre Dorothy Raycroft, con quien se verá envuelto en una nueva relación amorosa, en parte justificada por el tedio y rutina de su matrimonio. La chica está un tanto trastornada y, después de un tiempo, insiste en la idea de que la marcha de Anthony la llevaría al suicidio. Tanto es así que, cuando el campo de entrenamiento se traslada a Mississippi, debe llevarla con él para evitar un suceso de este tipo. Pronto tendrá que regresar a Nueva York porque se ha firmado un armisticio y su grupo no será enviado a la guerra, y lo hará silenciosamente, con el deseo de darle un nuevo aire a su relación, y dejar a Dot –Dorothy- en el pasado. Pero los buenos aires no duran mucho: en pocos días Anthony recae en un alcoholismo del que no podrá escapar ya, y Gloria se repliega en la indolencia y la consternación que le produce la pérdida gradual de su belleza.

Caerán de bruces: un departamento menos lujoso, amigos que se apartan hasta quedar solitarios, el fracaso de Gloria en el cine, el de Anthony en su trabajo como vendedor y, al final, el advenimiento de su indigencia, su deterioro total. Cuando el día del juicio finalmente llega, y su decisión es acaso lo único que puede impedir este resquebrajamiento, también tiene lugar el encuentro con alguien que puede, de un golpe, cambiar el futuro de Anthony y Gloria.

Una sociedad turbulenta y miserable
La Nueva York de Los Malditos y los Bellos y, en general, el Estados Unidos que puede desprenderse de ella, conforma una sociedad caracterizada por varios elementos: la hipocresía de sus clases sociales, la Guerra, y el deterioro al que se ven abocados los ciudadanos. De alguna manera, estos tres elementos se encuentran cruzados en la obra por un lenguaje que no tiene que ver en absoluto con la descripción, sino más bien con la crítica y la ironía, esa ironía –dirá Fitzgerald en las primeras páginas- que es el espíritu santo de nuestro tiempo. Un marco general de esa sociedad se esboza bastante bien cuando asistimos al nacimiento de la Belleza –quizá el apartado más poético de la novela-, y una voz está explicando el lugar en el que habrá de personificarse:

“Es la tierra más opulenta y magnífica del mundo, una tierra cuyos sabios son sólo un poco más juiciosos que los más estúpidos; una tierra donde los gobernadores tienen la misma mentalidad de los niños y donde los depositarios de la ley creen en Santa Claus, donde las mujeres feas controlan a los hombres fuertes…” (Pág. 28)
Una sociedad de gobernadores-niños, y policías que tienen amigos imaginarios, pero no una sociedad inocente, porque muy por el contrario, sus lógicas permiten los contrastes más aberrantes: la indigencia y la pomposidad, el hambre y la exhuberancia, la monotonía y los exabruptos. Una sociedad en que está naciendo esa clase que produjo la política económica del New Deal –los hombres de traje gris de Sloan Wilson-, que fueron los esclavos disfrazados de la época, que soñaron con tener casa y porche, algún trabajo como vendedor u oficinista y, lo más escabroso, contribuir con todo su empeño en el desarrollo de una economía de la que sólo se beneficiaron los grandes y suertudos gordos de Wall Street. Pero, por sobretodo esto, el interés –tampoco inocente- de instaurar esas condiciones como naturaleza, como lo dado e insuperable:

“Y naturalmente que la ciudad entera captaba esa atmósfera de ataque –las muchachas de la clase trabajadora, pobres almas miserables, que envolvían jabones en las fábricas o que mostraban finas mercaderías en las grandes tiendas, soñaban con que quizás en el medio de la excitación espectacular de este invierno pudieran obtener para ellas el tan codiciado varón, igual que un ladrón inexperto ve aumentar sus posibilidades entre la confusa muchedumbre de un carnaval. Y las chimeneas empezaban a humear mientras refrescaba en los asquerosos suburbios. Y las actrices aparecían en nuevas obras y los publicistas editaban nuevos libros y los Castles inventaban nuevos bailes. Y los ferrocarriles sacaban nuevos horarios que contenían nuevos errores, en reemplazo de los antiguos a los que ya se habían acostumbrado los que viajaban diariamente de una localidad a otra…” (Pág. 30)
Y, en medio de este complejo escenario, hombres como Anthony Patch, que no corresponden a la clase de los que se han tragado la mentira y desean explotarse de cualquier manera para entrar en lo dispuesto como “normal”, pero tampoco a la clase de los que establecen la crítica puntual de las condiciones, los que denuncian y examinan modos de transformación, sino a una clase totalmente distinta, para quien esto o aquello reviste siempre la mínima importancia, porque un egoísmo desbordado concentra su existencia en sus propias disposiciones. Es la clase del que se sobrevive, pero al mismo tiempo, del que lleva su libertad a un punto en el que para la sociedad es difícil determinarla. Lo interesante de esto es comprobar que, por esa misma razón, la clase a la que pertenece Anthony está por fuera de esa otra gran característica de su época que fue la hipocresía. Mientras que para algunos el entrar a un restaurante miserable constituía toda una representación –el haber caído allí por casualidad, el estar acostumbrado a mejores cosas, el sentirse incómodo-, para hombres como Anthony, aquí, no existía la mentira, porque este u otro sitio, siempre termina por ser lo mismo.

Lo que valdría la pena rescatar de este examen es que muy buena parte de las circunstancias en que se desarrolla Los Malditos y los Bellos apuntan a esa presión concreta y continua que ejerce la sociedad para que los individuos se incorporen a su dinámica: el abuelo chantajea a Anthony ofreciéndole un puesto en una compañía propiedad de sus amigos; un empleado habla sobre la importancia de ser asistente secretario antes de cumplir los treinta; el valor de un arriendo sube hasta convertirse en imposible a menos de recibir una mejor entrada; los vítores de los amigos se acaban cuando el pesimismo empieza a ser un modo real de vida y no sólo una opinión de borrachera. Circunstancias de presión que llevan al individuo a dejar a un lado su reticencia y entender que por fuera de aquello dispuesto de antemano no puede construirse otra cosa: el hombre se zarandea de un lado para otro, del ejército a la oficina, del restaurante a la casa, puesto que estos sí son los escenarios seguros y controlables de su vida.

De la futilidad de la existencia al pragmatismo positivo

Existe un momento de la vida –y, por esta razón, para quienes están en él, la novela reviste un significado diferente- en el que todo lo que uno ha venido aprendiendo es cuestionado violentamente por nuevas situaciones. Podría decirse que ese momento se corresponde, aproximadamente, con el hecho de que la espontaneidad y resistencia de la juventud se trastocan en afán de obediencia. A esto se le puede dar muchos nombres, una madre lo considera madurez, un empresario inteligencia, un ciudadano del común necesidad, etcétera. Lo cierto es que, más allá del nombre, hay algo entre los veinte y treinta años –piensa Fitzgerald y me sumo a su opinión- que cuestiona lo que hemos sido y lo que creemos, en términos de lo que podemos hacer con ello. Grosso modo, ese es el rasgo existencial que funda la figura de Anthony Patch: el choque de la futilidad de su existencia (cosa que ha creído desde siempre y comparte con sus amigos) y el pragmatismo positivo (que no sólo es la filosofía de su tiempo, sino además la lógica misma con la que funciona la sociedad).

“Su manera de vivir –se dirá en alguna parte- estaba justificada primero por el Sinsentido de la Vida”, y había asumido como propios, la inmovilidad de su amigo Maury (quien, sin embargo, terminará ingresando al mundo de los negocios en Filadelfia y casándose), y el orgullo de su condición de pesimista. Es decir, Anthony no sólo no está preocupado al llegar a los veinticinco años por alejarse de la figura de “hombre normal” (trabajador, asalariado, con familia), sino que no le importa el que sea así, porque en tanto la vida constituye una gratuidad, buscar razones es desgastarse. Por el contrario, Anthony se dedica a un ocio fácil, a leer, a caminar, fumar e intentar escribir alguna cosa. En palabras concretas se trata de que:

“…Hacia el final de la veintena, las cosas se han vuelto demasiado intrincadas, y lo que hasta allí ha sido inminente y desordenado se convierte gradualmente en algo remoto y turbio. La rutina baja como un crepúsculo en un paisaje árido, suavizándolo hasta lo intolerable. La complejidad es demasiado sutil, demasiado variada; los valores cambian por completo con cada lesión de la vitalidad; ha empezado a hacerse claro que no podemos encarar el futuro con nada que hayamos aprendido en el pasado –así es que cesamos de ser hombres impulsivos, y nos transformamos en hombres convencidos e interesados en una verdad ética con amplios márgenes. Substituimos con reglas de conducta las ideas de integridad, valoramos la seguridad por encima de la ficción, inconscientemente nos volvemos pragmáticos. A unos pocos nada más les es permitido seguir interesados en los matices de las relaciones humanas, y aun estos pocos lo practican a ciertas horas robadas a su trabajo” (Pág. 230)
Pero hay una cosa que resulta importante. Llegado ese definitivo momento, Anthony empieza a darse cuenta de la inevitable metamorfosis (se ha casado, busca trabajo, se siente viejo), y esa certidumbre lo lleva a encarar la situación, a enfrentar la mediocridad y rutina sobre las que empieza a abocarse, y demostrar que el pesimismo y el fracaso pueden justificar una existencia; en ese momento, cuando su decisión parece que convierte a la novela en la crónica de un pesimista, precisamente, ha dejado de serlo, no sólo porque puede triunfar en el futuro, sino porque ha terminado por atribuir un sentido que niega la negación misma del pesimismo y, por ende, se convierte en una autoafirmación existencial. Al contrario de una figura como la de Mersault en El Extranjero, cuya condición no es proyecto, sino la contingencia misma, la futilidad completa, aquí, para Anthony, sí existe una conciencia de condición e, incluso, una aspiración de demostrar aquello que se cree.

Lo que sucede es que la presión de lo social nunca es respondida por Mersault, pero sí por Anthony, así que se deja llevar por un mundo cuya lógica exige sentidos y razones. Pero no es el único, todos terminan haciéndolo en la obra, sólo que de modos diferentes. Maury y Dick, amigos de Anthony, encontrarán su sentido en los negocios y la carrera literaria, olvidando aquellos discursos que durante las borracheras los perfilaban hacia un destino inconmovible y autosuficiente. Y Gloria, apenas tiene la certeza de perder su belleza, se sume en un vacío insondable –este sí existencial- que demuestra que su vida tenía un sentido que ella misma negaba y que estaba constituido, precisamente, por su belleza. Como se ve, pues, no es otra cosa que la manera particular con la que cada cual responde en ese momento del que se habló al principio: aceptándolo (casos Maury y Dick), negándolo y contraatacándolo (caso Anthony), o sumiéndose en él (caso Gloria).

Un mundo de pinturas sobrepuestas

El amor es un mundo de pinturas sobrepuestas, parece decirnos Fitzgerald. Hacemos unos primeros trazos al principio, pero nunca llegan a ser definitivos, porque la rutina de las relaciones los reescribe, anula, complementa, hasta el punto de que aquello que, en últimas, llegamos a conocer de otro, es una figura compleja y matizada. Este es el proceso de la intimidad:

“Al principio uno entrega su mejor retrato. El producto, brillantemente terminado, se corrige con engaño, falsedad y humor. Luego, se requieren más detalles, y uno pinta un segundo cuadro, y un tercero, y antes de mucho, los rasgos mejores quedan anulados y finalmente el secreto sale a la luz; los planos del retrato se han confundido, enajenándolos, y aunque pintemos y pintemos, ya no podremos vender el cuadro. Debemos sentirnos satisfechos con la esperanza de que esas apreciaciones fatuas que tenemos de nosotros mismos y que fingimos frente a nuestras mujeres, a nuestros hijos y a nuestros asociados en los negocios, sean aceptadas como verdaderas” (Pág. 93)
El problema del amor, o más bien, de las relaciones de pareja, es un núcleo fundamental en Los Malditos y los Bellos; Fitzgerald le dedica toda la segunda parte del libro –compuesto por tres-, y muy bien ubicado desde esos planos que antes se mencionaron –el realismo sucio y el existencialismo- analiza algunas de sus dimensiones: la rutina, el tedio, las inseguridades, el olvido, o los miedos. Una cierta aproximación al título de la novela podría llevarnos a pensar que éste obedece a un interés de contraste entre dos símbolos que encuentran en Anthony y Gloria sus dos líneas de expresión: lo bello y lo maldito. Lo bello que es Gloria no sólo porque sea su realidad física, es decir, porque sea objetivo, sino porque constituye la expresión de una totalidad que no requiere justificaciones, que encuentra el camino en su propia superioridad, en el hecho de levantarse como lo deseado e indolente; pensemos que, en el momento en que Gloria se da cuenta –a eso de los treinta- de que su belleza ha empezado a decaer, la totalidad se viene al piso. Y, por otro lado, lo maldito que es Anthony, que es lo que se condena porque no es definitivo, porque sobre él recae el peso de las decisiones, la elección, y sobretodo la tensión del desgaste.

El principio de la relación entre Anthony y Gloria es, evidentemente, esa polaridad atrayente: él está cautivado por la manera tan natural y definitiva con que Gloria asume las cosas, y ella, ama de Anthony el desprecio que profesa por la hipocresía y las apariencias de quien se cree definitivo sin poder serlo. Ahora bien, sucede que es el desarrollo de estos rasgos el material de análisis de Fitzgerald; nos hará ver la manera en la que, por un lado, esa creencia ciega en Gloria que lo arroba y lo obliga siempre a obedecer, se convierte con el pasar de los años para Anthony, en un espacio que aunque intimidante es posible trangredir –la contradirá y la intimidará- y, por otro, también dejará ver cómo la figura de Anthony decae para Gloria, cómo serán para ella incómodos su alcoholismo, su aroma, su desazón y el fracaso inminente al que se arrastran.

Este análisis de Fitzgerald es significativo porque no está centrado exclusivamente en las inquietudes psicológicas de los personajes y nunca pierde de vista las situaciones concretas de su desarrollo (el contexto de las primeras infidelidades, la opinión de terceros, etcétera). Y es que la relación de Gloria y Anthony requiere que sea de esta forma, de que en su narración se incluyan tanto las perspectivas existenciales como los marcos sociales, porque el autor pretende mostrarla como resultado de ese universo; no en vano Fitzgerald la disecciona desde muchos de esos ángulos que se enumeraron antes como definitorios del pensamiento y condición de su época: la lucha entre la libertad y la imposición, el continuo decaimiento de las condiciones sociales, la guerra, una economía de servicios en nacimiento, el alcoholismo y la futilidad, etcétera.
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Los Malditos y los Bellos es una obra precursora, en muchos sentidos, de dos de las líneas narrativas más importantes del siglo XX: el realismo social estadounidense, y el existencialismo europeo de la posguerra. Por su contenido, y la naturaleza de sus personajes, su vigencia es abrumadora y, sin duda, todas las “figurillas” contemporáneas podrían aprender mucho sobre narrativa leyendo esta novela.

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