AUTOR: Carmen Martín Gaite
TÍTULO: Ritmo Lento
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 315
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

En abril de 1975, Martín Gaite escribía en su nota a la tercera edición de Ritmo Lento (1963) el siguiente comentario: “Prescindiendo de todo juicio valorativo, nuestras novelas (se refiere también a Tiempo de Silencio de Martín Santos) supusieron las primeras reacciones contra el ‘realismo’ imperante en la narrativa española de posguerra, dos intentos aislados por volver a centrar el relato en el análisis psicológico de un personaje”. Y estas palabras que, a la sazón, vinieron a significar la necesidad de superar un modelo narrativo –en cuya consolidación ella misma había participado- ciertamente son las que mejor definen el estilo y los problemas que caracterizan esta obra.

Se trata de la segunda novela escrita por Carmen Martín Gaite (1925-2000) y que, tal vez por razones de oportunidad, ha quedado rezagada respecto de Entre Visillos (1957) y El Cuarto de Atrás (1979). Sin embargo, esta historia resulta importante porque, a mi parecer, no sólo se coloca en el umbral de nuevas rutas narrativas, sino porque haciéndolo, no recae en una negación arbitraria del contexto –condición de muchas novelas psicológicas-, y permite que sus personajes, además de tener una expresión individual e interna, también esbocen una crítica social, hecho que le confiere un alto grado de coherencia.

A modo de pesquisa, conviene resaltar que la misma autora vivió realmente algunos de las situaciones por las que atraviesa David Fuente, el protagonista de Ritmo Lento: 1. No tuvo educación formal durante su primera infancia, debido a la desconfianza de su padre en los sistemas educativos y; 2. Permaneció en Salamanca durante la Guerra Civil, lo que redundó en una experiencia indirecta, pero compleja de ese periodo. Ahora bien, el modo en que interpretó Martín Gaite estos dos hechos de su vida, y si aquel se corresponde con el horizonte de su personaje es cosa difícil de determinar; lo cierto es que aquí se desarrollan con gran finura y talento, las relaciones entre infancia-madurez, normalidad-anormalidad e interior-exterior, aspectos sobre los que se centrará este análisis.

Apuntemos, para dar cierre a esta pequeña introducción, que Martín Gaite estuvo casada con Rafael Sánchez Ferlosio durante veinte años, que su obra ha sido merecidamente traducida a varios idiomas, galardonada con distintos premios, y que Ritmo Lento, a pesar de no haber sido aplaudida por la crítica –que ha visto en la novela una historia polarizada de sobremanera y de final abrupto-, hace propio el título para su estilo, ya que se halla escrita con una suave dirección y como a pincelazos que van y vienen hasta constituir un cuadro coherente y bien formado que, de cualquier forma, estaba destinado desde el principio a desaparecer, y ello sólo por su simple lentitud.

Indeterminación y nulidad: la historia de Ritmo Lento

David Fuente está recluido en un hospital psiquiátrico; los motivos de su estancia en aquel lugar son muchos y complejos, pero pueden agruparse en dos: indeterminación y nulidad. Estas dos características de su personalidad se remontan a la infancia, fue allí cuando se inició esa difícil relación con él mismo y los demás. Su padre, médico de profesión, determinó –al igual que lo había hecho con Aurora, la hermana mayor de David- que el chico no asistiera a la escuela y que, en cambio, decidiera libremente cómo disponer de su tiempo en el hogar. Su madre, Emilia, una mujer pusilánime y simple, no tomó nunca parte en las decisiones sobre sus hijos, de suerte que ambos hermanos crecieron jugando en el jardín, aprendiendo a leer con su padre, divirtiéndose a su manera pero, ya desde entonces, con ciertos rasgos de retraimiento y anormalidad.

Sucede, sin embargo, que ante las insistencias de la abuela Trinidad y su propia hija, David (padre) decidió permitir el ingreso de los ya jóvenes al instituto. Aurora pudo adaptarse muy rápidamente, hacer amigos, construir rutinas, etcétera; pero David no logró encontrar los medios para comunicarse con las nuevas cosas que vivía: amistad, estudio, amor, felicidad. Su retraimiento, por el contrario, cada vez se fue haciendo más fuerte, y una vocación de observador fue abarcando la totalidad de su existencia; desde entonces, pues, y hasta el momento en el que empieza su reflexivo monólogo desde el sanatorio –y con ello, la novela- su leitmotiv será la pasividad, la lentitud.

Pero como David no vive en un mundo solitario, su “actitud”, su forma de ser y entender las cosas se convirtieron, desde el preciso instante en el que tanto él como los otros descubrieron su diferencia, en un problema incómodo. A Aurora le choca su indolencia; Lucía (amiga, luego novia de David) fracasó en su deseo de “reformarlo” y terminó enfrascándose en una ciega admiración; Bernardo (su mejor amigo) no comprende las razones por las que David evita trabajar, estudiar, casarse y todo lo demás; el tío Alejandro reprocha su mutismo; su padre, comprendiendo que su “experimento” de libertad se aboca peligrosamente a la tragedia, busca a su amigo Jaime Ferrer, psiquiatra, para tratarlo y; tal vez, sólo su prima Magdalena –después de la reticencia de la niñez- pudo otorgarle algunos instantes de complicidad y verdadero abandono.

Encerrado, en tratamiento, David pasa revista por esas zonas de encuentro entre lo que antes pensó y sintió y la presión social: los juegos en el jardín, las conversaciones espiadas a su padre, las visitas que hizo a la abuela Trinidad, las primeras charlas con Magdalena, o su estadía durante la guerra en la finca del tío; pero también su difícil tránsito por el instituto y la Facultad de Letras, su primera experiencia frustrada del amor con Gabriela (una joven de la universidad), el complejo trato con Bernardo (su amigo y verdugo), la relación con Lucía (no basada en el amor, sino en una necesidad compartida), el breve paso por el ejército, la inútil búsqueda de algún oficio y, cómo no, la tarde en que decidió que podía tomar el bolso de una americana, y arrojar todos sus billetes por los suelos del banco, en donde había terminado por refugiarse, igual que lo habría hecho en cualquier otro sitio.

Un día, en fin, David recibe varias cartas: la de Lucía informa su matrimonio con Marcos, un compañero de oficina; la de Magdalena prevé una exposición de sus pinturas –único oficio probable de David- y; la de su padre, explica la inevitable expropiación del chalet en el que vive. Así que David planea ir a visitar a este último, pero como después del matrimonio de su hermana y la muerte de su madre, han vivido solos, y han tensado sus relaciones mucho, hasta verse mutuamente sus miedos, frustraciones y semejanzas, el encuentro puede desembocar en un acontecimiento inusual.

Anormal quiere decir poco frecuente

David descubre la palabra anormal por boca de su abuela; al principio piensa que es sinónimo de “malo”, luego que es tan sólo poco frecuente. Pero lo importante de esto, es el hecho de que crecerá teniendo muy presente esta relación de contraste entre normal-anormal, o cualquiera de sus correlativos: común-raro, determinado-contingente, pasivo-activo, etcétera. Lo anormal en la vida de David se manifiesta a través de diferentes vías: su familia, las presiones exteriores y sus preferencias. En la familia, porque progresivamente su hermana se irá constituyendo como un marco de definiciones, ella hará todo lo normal: estudia, tiene amigos, se casa y cría hijos, esto es, todo aquello que no entra en la cabeza de David. Pero, además, lo anormal se expresa en las presiones sociales: Bernardo le insiste –al igual que su cuñado- en que trabaje, se enamore, gane dinero o estudie, que, en últimas, se adentre en la zona de las seguridades de lo cotidiano, pero David está lejos de ello. Finalmente, sus mismas preferencias denotan situaciones inusuales: un día, por ejemplo, decide buscar empleo (algo normal), pero la intención se transforma subrepticiamente:

“Todas las mañanas compraba el periódico y me metía en mi cuarto a leer, en la sección de anuncios, las demandas de trabajo. Eran muchísimas, y estaban redactadas de un modo tan uniforme que de una primera lectura no demasiado empeñada, salía uno desorientado como de un bosque. Comprendí que la tarea de leer y entender los anuncios era ya de por sí un cometido y que debía tomar una actitud menos inerte para enfrentarme con él, si quería que llegase a significar algo. Es decir, aquel significado tenía que rastrearlo yo, extraerlo de aquellos lacónicos enunciados a base de atención y pesquisas. Lo primero que necesitaba era imaginarme en qué podía consistir realmente cada trabajo de los insinuados allí, tratar de reproducir las circunstancias que habían hecho posible su existencia y preguntarme si tal existencia era en rigor necesaria o no.
Así, una previa clasificación en trabajos necesarios y superfluos se impuso; los primeros los marcaba con una cruz roja, los otros con una cruz azul. Pero la asombrosa mayoría de cruces me dejó muy perplejo, y entonces pensé que era imposible que hubiera tantos trabajos superfluos, y que tal resultado podría ser debido a mi insuficiente preparación para entender alguno de aquellos enunciados. Con esto, agucé mi meticulosidad en la lectura de los enunciados (la cual se hizo tan concienzuda que llegó a ocuparme muchas horas) y separaba los que se referían a un quehacer claramente concebible por mi imaginación de aquellos cuyo sentido solamente penetraba a medias.
Recuerdo que para esta segunda clasificación empleé lapiceros verde y negro, pero en seguida surgieron tantas nuevas divisiones y subdivisiones que el sistema de los colores se volvió embrollado e insuficiente. Entonces inventé uno de señales, pero la cosa se iba ramificando tanto, que tuve que comprar un cuaderno, donde pegar, recortados y agrupados por secciones, los anuncios de los diferentes trabajos propuestos a mi consideración.
En aquel cuaderno, que empecé llamando ‘el cuaderno fichero’, terminé por anotar todas las incertidumbres provocadas en mí por el tema del empleo del tiempo y relacionadas de algún modo con él, las cuales anotaciones al cabo se desbordaron de su condición marginal e invadieron todo el ámbito del cuaderno. Así que cuando este primero se gastó, me vi obligado a sustituirlo por otro, el cual a su vez fue continuado por otro y aquel por uno más.
El último de estos cuadernos fichero, aunque en la intención con que fue inaugurado guardaba relación con mi primitivo propósito de encontrar un empleo, había venido a convertirse en una especie de diario entreverado de dibujos” (Págs. 100-101)

Dos años en esta búsqueda minuciosa de trabajo, de cartas enviadas a los empleadores preguntando sobre disquisiciones éticas de los empleos, que no resultó en nada. Una herramienta que podría ser útil para examinar esta noción de anormalidad en Ritmo Lento es, precisamente, el tiempo. Pocas cosas como el afán y la velocidad caracterizan los procesos socio-culturales del siglo XX (información, trabajo, transporte, rutinas), diríamos que ese es el ritmo al que “tienen” que caminar las personas del común, las personas normales. David Fuente, en cambio, crea un ritmo diferente, un ritmo lento, pesado, el ritmo del buen observador; y ese tiempo de David le permite construir alternativas distintas a las dadas desde lo normal: se sentará muchas tardes a espiar a las parejas que discuten en el parque, perseguirá muchachas por las calles de Madrid, tomará la pintura como una labor de impulsos no de persistencia, y se dedicará a la pasividad, a dormir, caminar, fumar, dejando de lado cualquier asidero propuesto por el ambiente, y no sugerido por él.

La consecuencia principal de esta incongruencia entre los ritmos a los que van los personajes de la novela es el extrañamiento. Tanto los “normales” como David, experimentan una sensación de distancia frente a las palabras y actitudes del otro –el título de una obra posterior de Martín Gaite refiere esta situación como: La Búsqueda del Interlocutor (1973)-. Ese extrañamiento, que desde mediados de la novela parece ya una diferencia irreconciliable, crece en varios de los personajes al punto de definir los rasgos principales de su personalidad: Aurora se hará más apática, Bernardo se olvidará de su amigo, el padre intentará resarcir la indeterminación que rebosa en David; y por su parte, él se obstinará todavía más en que la verdad de los otros es insignificante:

“El no prestar atención a todas las voces entusiastas y alentadoras que me cercaban llamándome a lugares distintos y sugiriéndome el porvenir como algo seguro y deseable, se había convertido en una terquedad casi morbosa. Era algo correlativo con el miedo a crecer de los años del Instituto, aquella especie de horror a ser arrastrado por los proyectos hacia cajones cerrados donde no tendría aire para pensar, donde moriría. Y así, a pesar de que mi situación provisional, en contraste con las definitivas posiciones que iban tomando los otros, se había vuelto incómoda y melancólica, no por eso me parecía falsa, mientras conservase los ojos limpios para contemplarla y contemplar, desde ella, las que por mejores tenían los demás” (Págs. 214-215)

Sabremos después que, para David, ese muro infranqueable que existe entre él y los demás, ha sido la razón misma de su anormalidad, esto es, que su condición surge sólo en el momento en el que los otros intentan encerrarle dentro del molde desde el que hablan y actúan; porque él, que ha crecido en una libertad absoluta, y se ha acostumbrado a disponer como mejor le parece de la realidad, ahora se encuentra con una serie de fuerzas que buscan reprimirlo, encauzarlo; en otras palabras, su patología sólo existe para quien habla a partir de lo normal. Por esta razón, no comparto la opinión de ciertas reflexiones que hacen ver la novela como negativa, sólo porque no “ofrece soluciones”; encuentro que el lugar desde el que se para nuestro protagonista es sumamente privilegiado, porque corresponde a un espacio que no está permeado por las imposiciones, es decir, constituye una zona de resistencia: ¿Acaso las reflexiones que hace un “depresivo” o un “anormal” no tienen validez? Esto equivale a un desfase porque, precisamente, por ubicarse en un sitio inusual, distinto, esas reflexiones constituyen una verdadera novedad.

La figura de Lucía, en este sentido, emerge como el elemento que comunica esos dos puntos de la novela –lo normal y lo anormal- por medio de la trascendencia del primero. En efecto, la Lucía del inicio es bastante parecida a todos los otros personajes (rutinarios, cohibidos, enajenados) y, como ellos, se extraña de lo diferente que es David. Su relación amorosa será un intento mutuo de transformación: ella quiere enseñarle la necesidad del dinero, la importancia de la familia, y él, desea liberarla de estas mismas ataduras, fortalecer su autonomía y libertad. Pero ambos renuncian a su tentativa al poco tiempo: ella, porque ha encontrado que ese mundo que concibe David es muy atrayente, que demuestra –a pesar de lo pasivo- mucha vitalidad, por lo que termina incluso patrocinándolo, y él, porque se persuade de que la liberación de Lucía es un imposible, la sociedad o él, son para ella aspectos que la amordazan.

Pero, está la trascendencia, y es aquello de que ciertos personajes de la novela pueden ver por medio de ese túnel oscuro e intrincado que es la vida de David y llegar a comprender su posición: así lo hace Lucía, después del proceso descrito, y también la prima Magdalena, que de muchas formas manifestará las mismas características del protagonista. Con esto se prueba que el lenguaje y la referencia que se personifican en David no son, en rigor, “anormales”, sino que corresponden a unos modos específicos de entender y participar en la realidad.

Pienso que Martín Gaite quiso jugar un poco con ese horizonte de límites inciertos y engañosos entre lo común y lo inusual, lo cierto y lo nulo, etcétera, y que por ello algunos de sus personajes, distinto a lo que señalan otras interpretaciones, van y vienen, se debaten en las zonas de proximidad, de lo contingente, para reafirmar una sola idea: resulta muy difícil establecer distinciones entre una cosa y la otra, y tal vez, esto se debe a la existencia de lo relativo, o a que, después de todo, lo normal y lo anormal, como todo contraste, en realidad no existe. El padre de David es un ejemplo, porque su personalidad se transfigura a lo largo de las páginas: se desdibuja, erosiona, cae, y vuelve; y así también la de Julio –el esposo de Aurora-, y la de Magdalena.

Las máquinas tragaperras de la obediencia

Como intenté decirlo más arriba, Ritmo Lento no es una obra psicologizada, sino que, desde ese universo particular de la reflexión interior, busca entender la manera en la que los individuos se relacionan en la sociedad. Y esto tiene un conjunto de argumentos, de los que tendré en cuenta aquí sólo dos: 1. La novela comporta una crítica social porque retoma el periodo de la posguerra y sus implicaciones para las personas –en Salamanca, David conoce a un anciano que tiene sus dos hijos en la guerra; en Madrid, se consterna con la situación de una campesina que vive en los suburbios- y; 2. La afirmación de un cierto pensamiento anormal implica casi de inmediato la pregunta por aquello que entendemos por normal, por lo establecido, y la manera particular de reconocernos frente a ello.

El primer argumento se desarrolla, entre otras, en las siguientes dos situaciones. La inicial, tiene que ver con el rápido paso de David por el servicio militar:

“- Pero ya se sabe que la mili es eso –me contestaban los otros, muy extrañados de que protestara- ¿De dónde caes? ¿Es que no sabías que se madruga?
- Sí. Pero ¿Y qué con que lo supiera?
- Pues que te podías haber hecho a la idea; cuando te haces a la idea de una cosa, ya tan campante.
Se negaban terca y apasionadamente a imaginar que las cosas pudiesen funcionar de diversa manera; y, a no ser por las bromas y conversaciones a que se entregaban brevemente llegada la noche, antes de sumirse en el sueño que borraba otro día de sus mentes, nadie habría podido pensar que eran máquinas tragaperras de la obediencia en lugar de seres con voluntad propia” (Págs. 108-109)

La segunda situación tiene lugar durante los diálogos que sostiene David con un campesino de Salamanca durante la guerra:

“Le pregunté si eran suyas.
- ¿Las Ovejas? No. Del amo.
- ¿De qué amo? ¿El amo dónde está?
- Vive en Salamanca. Tiene que conocerlo mucho tu tío.
- (…) ¿Y el amo tuyo viene a ver las ovejas?
- ¡Qué va! Sólo a cazar. Aquí va a andar viniendo a ver ovejas ni pastores. El administrador es con el que me entiendo; ese si viene: Don Luciano.
- (…) Claro. ¿Y entonces por qué has dicho que son suyas? Si no las conoce…
- Tienes razón. Son cosas que se dicen no se por qué. Suyo es el dinero que dan, pero las ovejas son mías hasta que se mueren. Bien mías que son, claro que sí. Del pastor.
- Y el dinero que dan, ¿por qué no?
- Eso ya es harina de otro costal. El dinero es para los ricos. Los pastores son pastores y se mueren como nacieron. No sé cuándo has oído tú mentar a un pastor que sea rico” (Pág. 208)

Como se ve, en la primera situación se recrea una práctica social basada en la imposición de ciertas lógicas militares, que durante el periodo de guerra se pronuncian mucho más, y frente a las cuales, David no logra ubicarse. Ya sabremos luego, que prefiere pasar las tardes con don Isaías, un maestro que conoce en el pueblo donde se encuentra el regimiento, y con él mismo discute la manera en la que la sociedad condiciona el comportamiento de las personas, y lo arduo que resulta notar esto para sus compañeros. Así mismo, la segunda situación da cuenta de esas diferencias sociales de las que es testigo David desde sus primeros años, y que vendrán a significar para él, uno más de los motivos de alejamiento frente al dinero, los gustos y los lugares de los ricos. Critica así varias de las conquistas más “notables” de su sociedad: la felicidad, el trabajo, el dinero, el amor. Esa es, evidentemente, la línea de expresión del segundo argumento, o sea, la pregunta por aquello que es normal. Algún día, David piensa respecto de su psiquiatra:

Oyéndolo, pienso en esos padres que, para persuadir a sus niños de que no deben llorar, les ponderan los juguetes que tienen, al propio tiempo que les señalan a otros muchos niños que se sonríen jugando con los suyos. Estos mecanismos de consuelo son los mismos que siguen funcionando en la edad adulta. Todavía no ha aparecido en la sociedad ningún fenómeno capaz de desprestigiar la sonrisa. ‘Sonría. Sea optimista. Sea más feliz’, rezan miles de anuncios. Nos señalan a los que sonríen, nos dicen que el mundo es de ellos. Y la gente, contagiada de sonreír unánime, saca una sonrisa mimética y aprende a llevarla –como las dentaduras postizas- hasta que ven que ya no les roza” (Pág. 148)
Crítica, pues, a la hipocresía, a las costumbres, a la inconciencia y rapidez características de su –y nuestra- época, pero sobretodo a la dinámica de imposición que le es connatural y que busca etiquetarnos a toda costa. Si fuésemos un poco más allá aún, podríamos inclinarnos a pensar que, debido a que es la fuerza de la norma lo que dictamina el estado de David, en la configuración de su personalidad y conducta, la sociedad juega un papel más importante que la influencia psicológica de su padre: el sistema que solapadamente promueve la libertad de los individuos, pero que apenas evidencia algún brote de pensamiento original, de ruptura o de choque, está presto para señalarlo como nocivo ante los otros, que alimentados día y noche con lo correcto, lo usual, lo útil, lo determinado, lo seguro, serán los encargados de fungir como carceleros.
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Ritmo Lento es una voz que se alza sobre las sombras maniatadas de lo cotidiano, para sugerir la posibilidad de un nuevo espacio desde el que es posible expresarse, negando lo dado, o más bien –como diría un gran ideólogo- asumiéndolo como una realidad objetiva, pero no legitimada, puesto que se impone violentamente para coartar las verdaderas vías de escape que tiene el individuo: su indeterminación, su creatividad y su imaginación.

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