AUTOR: Benito Pérez Galdós
TÍTULO: Marianela
EDITORIAL: Grupo Editorial Norma, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 209
RANK: 9/10

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Por Alejandro Jiménez

La Pamela de Richardson pone al descubierto para la literatura lo que podríamos llamar un nuevo territorio que, socavado desde siempre –por los relatos de las grandes heroicidades y, en su época concreta, todavía por las seguridades del nominalismo- se manifiesta en el nacimiento de un paisaje interior. Pamela revela, en 1740, que es posible desde el arte ocuparse de ese mundo olvidado de lo fútil; y lo hace tomando a su cargo la escritura de un diario en el que se registran, no ya los sucesos importantes de la historia, sino toda clase de inquietudes cotidianas. Es decir, inaugura un espacio de incertezas para el que no funciona el sistema de verdad del clasicismo.

Varias décadas más tarde, Goethe expresará a través del joven Werther una sentencia contundente: “¡No hay remedio conocido para manejar los sentimientos!” ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué significa, en términos de verdad, afirmar la existencia de un mundo subjetivo? O, si se prefiere: ¿Cómo interpretar ese paisaje interior, nuestros sentimientos, nuestras pasiones, nuestros deseos, cuando existe un marco exterior que nos constriñe? Esa pregunta que será una preocupación fundamental durante todo el romanticismo no significa otra cosa que el descubrimiento de un espacio del que nadie se ocupó hasta entonces y, frente al cual, la razón y la ciencia se vieron maniatadas.

Pues bien, pienso que Marianela (1878) recupera –y esto, más de un siglo después- aquella misma reflexión para abordarla desde una perspectiva que, aunque no es propiamente romántica, conserva muchos de los rasgos con que Richardson y Goethe, pero también Rousseau y Hölderlin lo habían hecho con anterioridad. Pero he aquí que Benito Pérez Galdós (1843-1920), una figura privilegiadísima de la narrativa española, incorpora una serie de elementos sobre los que no se había trabajado lo suficiente y, cuando digo esto, me refiero esencialmente a dos cosas: en primer lugar, a la crítica social de ciertos ambientes e instituciones y, luego, a la consideración de los efectos de la racionalidad sobre existencias particulares.

Así, a mi modo de entender, en Marianela se funden cuatro elementos principales: 1. Un espíritu romántico que emerge de la descripción e influencia de la naturaleza en la vida de sus personajes (los bosques, las zonas mineras, los paisajes luminosos); 2. Un espíritu crítico que, desde voces atravesadas por el realismo, inquieren sobre cuestiones fundamentales como la caridad, la religión o la falta de educación; 3. Un espíritu existencial, fruto de la influencia que las lógicas de la razón tienen para alguien atrapado en la superstición (como es el caso de la Nela) y; 4. Un espíritu trágico, que debe entenderse como esa manera especial con la que el autor vuelve sobre la relación idea/forma, o lo que es lo mismo, idealismo/realidad, relación que se problematiza aquí en términos de Belleza (qué es lo bello desde la idea o, qué es lo bello desde la forma) y en donde juega un papel muy importante la ciencia, como veremos un poco después.

Tal vez sea importante destacar que Marianela es una novela que puede leerse, a pesar de ese complejo universo que desarrolla, muy rápidamente. El lenguaje de Pérez Galdós, rico en metáforas y descripciones, que dibuja los ambientes y figuras sin ninguna clase de titubeos, así lo permite. Son 22 capítulos los que conforman esta obra y todos ellos comparten ese estilo tan logrado del autor que lo presenta unas veces como amplio conocedor de los sucesos que narra y, otras, como alguien que no conoce más que aquello que nosotros mismos podemos advertir y que, además, viene y va, según se necesiten ciertas precisiones, hasta que, finalmente, nos deje a las puertas de su obra de 1883 El Doctor Centeno, que seguirá la vida de Celipín, personaje surgido en estas páginas.

La historia de Marianela

Marianela, la Nela, María Canela, Mariquilla, como quiera llamársele, es una joven-mujer de 16 años con una mezcla inusual de rasgos físicos que impiden precisar si se trata de una niña o no. Huérfana de padre y madre se ha visto abocada a un destino de mendicidad y señalamientos; el pequeño pueblo minero en donde vive, Aldeacorba de Suso, se ha encargado de formar en ella la extraña conciencia de que no sirve para nada. Si bien vive y come en casa de la familia Centeno –formada por Sinforoso (capataz de las minas de Socartes), Señorana (una mujer mezquina y codiciosa) y los hijos de la pareja (entre ellos Celipín, amigo leal de la Nela)- la muchacha pasa sus días sirviendo de lazarillo al joven Pablo Penáguilas, hijo de uno de los hombres más adinerados de la región, y ciego de nacimiento.

Con él, Marianela recorre todos los campos, las excavaciones, los bosques y caminos del lugar. La intimidad que se ha fortalecido entre ellos merced a estas actividades los ha unido hasta tal punto que Pablo ha prometido casarse con la chica una vez operen su vista. En efecto, el hermano del ingeniero que dirige las minas, el médico Teodoro Golfín, ha llegado desde América y después de un examen ha dado esperanzas al joven y su familia. Lo que preocupa a Marianela es el hecho de que la belleza que le atribuye Pablo está basada únicamente en categorías abstractas: su bondad, inocencia, alegría y candor, no en la certeza de la realidad, en donde ella es lánguida, enjuta, pequeña y con muy poca gracia; se ha persuadido así de que una vez Pablo pueda verla, la rechazará y olvidará su promesa, cosa que para ella –que secretamente lo ama- sería la muerte.

Y es que para Marianela, el hecho de que Pablo pueda ver, significa además de un rechazo inminente, la confirmación del vacío en el que se encuentra fundada su existencia, puesto que si el ser lazarillo es lo único “para lo que sirve”, el no poder serlo es tanto como reconocerse presa de una vida inútil. La situación se agravará un poco más todavía cuando aparezca en Aldeacorba, Florentina, la prima de Pablo, que ha venido con su padre, pues este ha jurado unirla en matrimonio con el joven de tener éxito la operación. Y Florentina es la personificación misma de la Belleza; se le presentará a Marianela, incluso, al modo de una aparición bendita y mística en medio de unos zarzales, y le confirmará que, para los ojos que pueden ver, la Belleza como idea está supeditada a la que se manifiesta a través de la forma.

Los días pasan y, finalmente, Pablo es operado con todo éxito por el médico Golfín. Lo primero que puede observar –a pesar de lo atropellado de la luz y los colores- es el rostro de Florentina que, desde entonces, se convertirá para él en la verdadera manifestación de la Belleza, dejando a un lado sus antiguas opiniones basadas de forma exclusiva en sus otros sentidos y, por supuesto, en su abstracción totalizada. Marianela, una vez enterada de lo sucedido, trata de escabullirse lo mejor que puede para no ir a la casa de la familia Penáguilas, en donde ahora todo es alegría e ilusiones. Logrará huir también de Florentina –quien le ha prometido convertirla en su “hermana”, en una señorita de modales refinados y todo lo demás-, pero no se atreverá a dejar el pueblo junto a Celipín –el menor de la familia Centeno que ha decidido irse de Aldeacorba para buscar mejores horizontes-.

Encontrada por el mismo médico Golfín cuando se acercaba con el secreto ánimo de suicidarse en la Trascava –una especie de sima en medio de las minas en donde su madre se lanzó cuando los problemas la obligaron, y desde donde creer escuchar sus constantes llamamientos-, es convencida, casi obligada a ir a la casa de los Penáguilas y aceptar la propuesta de refinamiento que le ha hecho Florentina. Pero esto es tanto como arriesgarse a un encuentro con el joven Pablo; encuentro que, efectivamente, tiene lugar a la mañana siguiente, cuando al joven se le ocurra entrar al cuarto de Florentina en plena algarabía, después de retirarse las vendas por sí mismo, y sorprenda tanto a su prima que cosa prendas en el suelo, como a la Nela que se encuentra reposando en un sillón. Nada puede ya impedir este inevitable encuentro, y mucho menos, sus trágicas consecuencias.

Aldeacorba o la metalización de la sociedad

Decía más arriba que uno de los elementos importantes en Marianela es el espíritu crítico que desarrolla. Podríamos intentar una cierta aproximación a este elemento desde tres sitios diferentes: la crítica hecha a la religión, la hecha a la organización social y la hecha a las conductas. Estos tres grandes marcos a través de los cuales expresa Pérez Galdós su examen de la época –no hay que perder de vista que fue él uno de los autores cardinales del realismo de corte progresista- se relacionan de forma muy dinámica y se expresan coincidentemente en una misma situación. Una noche, por ejemplo, apenas dormidos todos en la casa Centeno, la Nela habla con Celipín, quien ha empezado a ahorrar todas las monedas que consigue desde hace un tiempo, porque desea escapar muy pronto hacia Madrid; el chicuelo, sagazmente le confiesa:

“– No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico. Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!... (al decir esto, los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór… Córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina… No, Celipín no sirve para esto… Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantesía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal…” (Pág. 41)
Dirá un poco más adelante Pérez Galdós que las críticas a la sociedad hechas por sus contemporáneos están, con demasiada frecuencia, limitadas al ámbito exclusivo de lo urbano. Nos habla de un positivismo de las aldeas, con lo que pretende hacer visibles las conductas de personajes como Señorana, la mamá de Celipín, quien disfruta codiciosa e insatisfechamente sumando el dinero que produce el trabajo, no sólo de su esposo, sino también de sus hijos e hijas en las minas. Hay allí una especie de negocio que no entiende de leyes morales, obligaciones jurídicas, ni nada de esas cosas, situación que convierte a un espacio como Aldeacorba en una degenerada concepción de sociedad. La Nela misma es producto de esa concepción: nadie se responsabiliza por ella, nadie la entiende en tanto persona, no hay una escuela que le asegure un puesto y, ni siquiera, una iglesia que la albergue.

Pero, hay además otra dimensión de la crítica social que se centra en la cuestión de las conductas religiosas. El médico Golfín será el encargado de desenmascarar muchos de los verdaderos rasgos que se esconden detrás de prácticas como la caridad o la misericordia. Una tarde, camina junto a Sofía, la esposa de su hermano, mujer que se vanagloria de los amplios logros que tiene organizando fiestas y corridas de beneficencia, y que no cree en el lenguaje de nombres y situaciones concretas, sino que actúa atendiendo una noción universal de caridad. Teodoro Golfín, consternado por la situación de Nela y, escuchando las palabras de su cuñada, dirá lo siguiente:

“– (…) Estáis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestras cómodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo lo que es necesario a la niñez, desde los padres hasta los juguetes...; les estáis viendo, si… nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad, haciéndoles saber que son seres humanos, dándoles las ideas de que carecen; no se os ocurre ennoblecerles, haciéndoles pasar del bestial trabajo mecánico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo en habitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionándose cada día en su salvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos las comodidades de que estáis rodeados… ¡Toda la energía la guardáis luego para declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sin reparar que sostenéis escuela permanente de estos crímenes!” (Pág. 93)
La relación idea/forma o idealismo/realidad

Si abrí esta reseña trayendo a colación ese mundo que nace en Pamela, y se convierte de inmediato en el grito del romanticismo es, básicamente, porque es el problema existencial y filosófico de Marianela. Con ella asistimos a un capítulo privilegiado de esa relación a la que puede colocársele muchos nombres, pero que termina siempre por referirse a una única tensión. Podemos decir que se trata de la relación idea/forma, puesto que es a través de estos marcos de entendimiento con los que se concibe la Belleza –que se dijo es el elemento que atraviesa idea y forma- en la novela. Pablo, debido a su ceguera, entiende la Belleza en tanto idea, por ello siempre que se refiere a ella se expresa de un modo abstracto: ¿Cómo no puede ser bella la Nela –piensa-, si él, tocado por su bondad, inocencia y tranquilidad, logra imaginarlo? Y, a su vez, Marianela entiende la Belleza en tanto forma, no sólo porque su experiencia está mediada por lo que ve, sino además porque ella es todo instinto y superstición, es una salvaje –se nos dice en alguna parte- que ha hecho de sus sentidos y pasiones dos de sus dioses más queridos-.

Si extendiéramos el problema a su sesgo más profundo entraríamos en una discusión que se sintetiza en la siguiente afirmación: la experiencia no es transparente y ninguna forma es su medida. Es decir, ninguna idea puede emerger de la nada, necesariamente está revestida del importe de los sentidos, pero, al mismo tiempo, ninguna forma concreta de la realidad, es la medida de una idea que ha sido totalizada. En términos prácticos esto significa que lo que Pablo y Marianela entienden por Belleza implica necesariamente una contraparte que problematiza: 1. La Belleza de Pablo no es una abstracción pura –aunque sea idea-, puesto que se ha venido determinando, enriqueciendo, etcétera, por medio del influjo de sus otros sentidos y; 2. La Belleza de Marianela desconoce el hecho de que una idea no puede reducirse a su forma y que, por lo mismo, la sola apariencia aprehendida por lo visto, no es suficiente para apropiarse de lo bello. En uno de los momentos cruciales de la novela el joven Pablo se planteara la siguiente pregunta:

“– Lo que es y lo que se siente ¿no son una misma cosa? La forma y la idea, ¿no son como el calor y el fuego? ¿Pueden separarse? ¿Puedes dejar tú (la Nela) de ser para mí el más hermoso, el más amado de todos los seres de la tierra, cuando yo me haga dueño de los dominios de la forma?” (Pág. 139)
¿Puede dejar de ser bella la Nela para Pablo, aun cuando la ha concebido como idea suprema de lo bello en su imaginación? Sí, esto es posible, y es así porque en Marianela opera una dinámica que presupone la existencia de la visión como base para hacer suya la verdad. No de otra forma puede explicarse ese cambio paulatino que atestigua Pablo a lo largo de las páginas: de una obstinación total en que la Nela es bella y que, incluso, él sólo puede saberlo, puesto que su idea no se encuentra limitada por lo visto; pasando por la duda sobre la manera en la que los ojos pueden determinar ciertas experiencias; hasta la declaración definitiva que hace en los capítulos finales, cuando es capaz de gritar: “Ahora me río yo de mi ridícula vanidad de ciego, de mi necio empeño de apreciar sin vista el aspecto de las cosas”, y, apenas un poco después, condensando el lenguaje hegemónico de una época todavía no superada, el racionalismo: el que no posee la realidad es un idiota.

La razón es ese elemento que viene a definir el juego de balanzas entre ser un idealista al modo del primer Pablo o una realista como Marianela. Porque estamos en un siglo en el que el terreno de las seguridades de lo que puede mostrarse y nombrarse es todavía muy fuerte. Esas dos posiciones que están representadas en la novela deben superarse, porque ninguna de ellas resiste totalmente la razón de lo real: Pablo esta ciego a lo real, es decir, a lo que puede “probarse”, y por ello su verdad está tergiversada, y la Nela esta también ciega en términos de no comprender que lo que observa se expresa y trasciende en la idea, que no se limita a la mera forma. Hay una metáfora de fondo que se traduce en el advenimiento de la ciencia, que es ese sistema de razón y verdad por excelencia, que está presente en la novela, que irrumpe en ella una vez Pérez Galdós nos ha dejado conocer esos dos mundos en los que se debaten sus personajes, y que ironiza el proyecto del racionalismo: ha llegado un médico que ha puesto ojos al que no podía ver las formas y se molesta con el “salvajismo”, y la “superstición” con que debe enfrentarse por el otro lado.

“Ese es el deber de la ciencia –dice el médico Golfín- traigámosle (a Pablo) del mundo de las ilusiones a la esfera de la realidad y entonces sus ideas serán exactas”. Exactas, claro, en su lógica, en la lógica del racionalismo. Pero ese mundo con el que abrimos, eso que llamamos paisaje interior, se cae: ¿Qué lugar se le asigna a la imaginación? ¿Qué pasa con todo aquello que no puede expresarse a través de las verdades racionales? ¿Dónde quedan los órdenes alternos? ¿Dónde, nuevamente, esa capacidad de ser un apasionado, ciego a las razones que se nos imponen, y que pretenden convertirnos en máquinas de respuestas cuantificables? La novela juega, en fin, con ese rico panorama de las preguntas por el lugar que ocupan las cosas que están en una zona de resistencia, que escapan de sellos tan constreñidos como los de verdad, cordura y realidad.

La Nela sólo es algo para el ciego

Marianela creció escuchando que no servía para nada, y esto es cierto por varias razones: porque es blandengue, anémica y poco briosa en el trabajo. Pero también es falso, porque esa sentencia está hecha desde la razón, y más aún, desde la razón positivista: no sirve para nada porque no puede hacer nada de lo que pueda controlarse. ¿Quién controla el hecho de que escuché los susurros de una madre muerta que le habla desde la Trascava? ¿Quién controla ese ordenamiento que ha hecho de las cosas basándose sólo en su pasión e instinto? Irónicamente, “hacerse” a ese espacio de inseguridad y errancia no es resultado de una decisión conciente y propia, sino de un conjunto de circunstancias sociales. Así lo precisa Golfín:

“Para ti han pasado en vano dieciocho siglos, consagrados a enaltecer el espíritu. Y esta egoísta sociedad que ha permitido tal abandono, ¿qué nombre merece? Te ha dejado crecer en la soledad de unas minas, sin enseñarte una letra, sin revelarte las conquistas más preciosas de la inteligencia, las verdades más elementales que hoy gobiernan al mundo; ni siquiera te ha llevado a una de esas escuelas de primeras letras, donde no se aprende casi nada; ni siquiera te ha dado la imperfectísima instrucción religiosa de que ella se envanece. Apenas has visto una iglesia más que para presenciar ceremonias que no te han explicado; apenas sabes recitar una oración que no entiendes; no sabes nada del mundo, ni de Dios, ni del alma…” (Pág. 175)
Ese conjunto de cosas ha hecho posible para la Nela una condición existencial que se caracteriza, en primer lugar, por su indigencia (nadie se ocupa de ella, se la considera inferior, incluso, a los animales que al menos sirven para las faenas del trabajo), después, por su salvajismo (es una joven instintiva, anda descalza por las calles, se complace visceralmente en la naturaleza) y, por último, en su superstición (porque a pesar de no ser religiosa, tiene una relación muy compleja y metafísica con muchos de los elementos que la rodean).

Lo que comparte Marianela, sin embargo, con un conjunto amplio de personajes que, pudiésemos llamar existencialistas, viene a ser el encontrarse en una situación patética, y además signada por la tragedia. Esta comparación con que quiero cerrar puede parecer una obscenidad, pero quiero intentar desarrollarla: sólo una cosa justifica la existencia de Antoine Roquentin en La Náusea, la novela de Sartre, y eso es escribir las memorias del Marqués de Rollebon; sólo una cosa justifica la existencia de la Nela, y es servir de lazarillo a Pablo. En el momento en el que en ambas novelas se hace imposible mantener esta justificación –allá será por el aburrimiento, acá por un suceso prescrito- ambos personajes son arrojados a un mundo que ya no les pertenece, y que se les manifiesta abiertamente trágico. Lo que a mí me parece interesante es el hecho de que, en ambas situaciones, esa como desazón que produce el verse sumergido en el vacío va a responderse con un acto que hace suyo la gratuidad. Esto no debe sorprender de Sartre, pero tal vez sí de Pérez Galdós, que nos deja una pequeña ruta de trabajo para quienes siempre nos fijamos en este tipo de cosas cuando tomamos un libro: Marianela es, además de todo lo dicho hasta aquí, ese tipo de individuos que, a la postre, asumen un estado de futilidad, y contingencia, con el mismo rigor con que asumirían un gran proyecto. Las páginas que van de Fugitiva y Meditabunda a Los Ojos Matan podrían estudiarse, en un examen que ya no haré aquí, en términos de un perfil existencialista que al caer de un plano de seguridad termina apropiándose de un discurso sobre la nada.
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Poética, profunda, y sencillamente conmovedora, Marianela constituye la visión de una heroína condenada a la tragedia.

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