AUTORES: Daniel Bensaid, Alain Nair, Rosa Luxemburg, Vladimir Ilich Lenin y George Lukács
TÍTULO: Teoría Marxista del Partido Político (Problemas de Organización)
EDITORIAL: P y P, S.A. (Cuarta edición)
AÑO: 1976
PÁGINAS: 155
TRADUCCIÓN: José Aricó
RANK: 7/10

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Por Alejandro Jiménez

Si no fuese porque continuamos inmersos en la lógica del capitalismo, leer un libro como este podría parecer un poco extravagante: ¿Acaso no es esta revisión crítica de los principios una tarea acuciante para el socialismo? ¡Qué pronto hemos olvidado ese llamado de Lukács a reforzar nuestra sensibilidad y aprender de cada momento evolutivo! Pero, por otro lado, con qué encarnizada obstinación medimos lo nuevo, una y otra vez, con las viejas palabras de nuestro diccionario ideológico –que, por lo demás, parece ya una edición destinada a coleccionistas, antes que una herramienta práctica para la acción-.


Estamos, como se ve, frente a una situación de doble vía: primero, volver sobre las ideas de las que algún día obtuvimos algo y, luego, no permitir que ellas se nos conviertan, a la postre, en un obstáculo para la comprensión y luchas de nuestra época. Un socialista de nuestro siglo debe leer a Lenin y Luxemburg porque ellos son los ideólogos de ese conjunto político llamado socialdemocracia al que muchos de nosotros, de una u otra forma, continuamos adscritos, pero no debe perder de vista que todas las ideas y teorías que aquellas lecturas puedan aportar, corresponden a una época y un conjunto de problemas particulares y que, por lo mismo, deben ser re-interpretadas, resignificadas para la situación específica de nuestra contemporaneidad.

Y no puede ser de otra manera, porque vivimos en un tiempo en el que aquello que Sartre llamó las zonas incultas, empieza a dominar grandes territorios teórico-prácticos. Así que, si volvemos sobre problemas tales como la organización del Partido es sólo porque nos preocupa observar la manera en la que las condiciones objetivas del capitalismo se han transformado; no por terquedad o dogmatismo, sino porque deseamos trazar la lista de lo vigente y lo retrogrado, lo urgente y lo secundario. Si la izquierda es realmente progresista debe tomarse muy en serio su papel histórico, y este no podrá encontrarlo en el fundamentalismo, pero tampoco en el descrédito de su pasado: en la sociedad capitalista neoliberal, el socialismo tiene como prioridad su propio redescubrimiento.

Pues bien, pienso que solamente así puede leerse un libro como Teoría Marxista del Partido Político (1969) sin recaer en la adulación característica de todo fanatismo. Sin duda que en estas páginas hay muchas cosas que continúan interpelándonos directamente, y que la organización es todavía un tema de la “actualidad” política y, sin embargo, Lukács, Lenin y Luxemburg hablaron por y para un momento en el que el capitalismo estaba basado en la producción, no en el consumo, y mucho menos en el de tipo transnacional y, por otro lado, lo hicieron para colectivos que –a pesar de los esfuerzos de la Internacional- se entendían todavía en términos de Estados. Hoy día, ni lo uno ni lo otro hace parte de nuestra realidad. Un socialismo de vanguardia, por ello, es aquel que habla con los ojos puestos en la economía globalizada y un Estado-nación en plena crisis. ¿Cómo se organizó la socialdemocracia a principios del siglo XX y cómo debe organizarse ahora, merced a la transformación de las condiciones? Esa es la pregunta que debe permitirnos responder esta lectura.

Y es que el libro recoge una de las controversias más populares de la izquierda, y que tuvo que ver con las diferencias entre Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) y Rosa Luxemburg (1870-1919) acerca de la manera en la que el Partido Comunista debía participar en la organización y dirección de las masas durante la revolución del proletariado. Podemos referirnos a esta discrepancia como dialéctica del centralismo versus dialéctica de la espontaneidad, en donde el centralismo de Lenin privilegia las acciones del Partido, mientras que la espontaneidad de Luxemburg las reduce frente a la autonomía de las clases en disputa. Además, la edición contiene dos ensayos de Georg Lukács (1885-1971) que vienen a ser algo así como una interpretación “ecléctica” de las posiciones encontradas, pero también un territorio desde el que es posible abordar algunos aspectos –obviados en los textos de Luxemburg y Lenin- como reificación, (i)legalidad o Estado.

Es lástima que el texto con que abre esta Teoría Marxista del Partido Político –escrito por Daniel Bensaid y Alain Nair- sea una defensa a ultranza de los principios leninistas, puesto que ello, sumado al del propio Lenin y los dos ensayos de Lukács que, también terminan por inclinarse sobre la misma línea, ponen más peso sobre uno de los lados de esa balanza que debería ser toda propiedad de los lectores. Aquí, intentaré dar cuenta del problema y su desarrollo, no siguiendo la estructura del libro, sino a partir de tres de sus dimensiones: el punto de discusión, los términos de la discrepancia y la posición de Lukács. Quizá visto de esta forma, el contenido de la obra pueda extrapolarse más fácilmente de su espacio originario, para permitirnos nuevas significaciones.

El origen de la controversia Lenin-Luxemburg

Si pretendemos rastrear el origen de los Partidos y, en especial, de los orientados por el socialismo, lo más pertinente es ubicarnos en el marco de las situaciones revolucionarias. Según Lenin hay tres signos distintivos de estas situaciones: 1. La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable… la base no quiere vivir como antes y la cúspide no puede seguir viviendo como lo hacía; 2. Agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas y; 3. Intensificación de las actividades de las masas. Ahora bien, aunque una sociedad atraviese por una situación revolucionaria, esto no quiere decir necesariamente que permitirá sin dilaciones la transformación del estado de las cosas; muy por el contrario, la situación es apenas un dato objetivo de la realidad, y se convierte en revolucionaria sólo cuando –en palabras de Bensaid y Nair- “un sujeto intenta resolverla lanzándose contra el Estado, blanco estratégico, cerrojo mediante el cual son mantenidas en sus puestos las relaciones de producción convertidas en camisas de fuerza para las fuerzas productivas”.

De modo que una crisis revolucionaria, en el sentido estricto, no requiere únicamente de unas condiciones objetivas de la sociedad, sino –y sobre todo- de un sujeto que asuma el papel del cambio. Distinguimos con Lenin este sujeto en sus dos dimensiones, una teórico-histórica y otra político-práctica; la primera, es el proletariado como clase que procede de cierto modo de producción, la segunda, la vanguardia que deriva de la formación social; en otras palabras, hablamos de la clásica distinción marxiana entre la clase en sí y la clase para sí. Pero sucede que ese sujeto revolucionario no está dado por las condiciones, esto es, requiere de una cierta construcción que le permita reconocer tanto su circunstancia histórica, como su papel político. En otras palabras, necesita construir su conciencia.

El Partido surge, precisamente, en este territorio. Hay una vanguardia intelectual que reconoce antes que la totalidad del proletariado la condición de explotación en la que se encuentra sumergido y, por supuesto, la necesidad de superación de ese sistema, que es tanto como la superación de la sociedad de clases y, en ese sentido, debe decidir sobre su posición y papel en la concienciación y lucha del proletariado. El Partido trabaja en la propaganda revolucionaria y, al mismo tiempo, organiza unificando ese movimiento de las masas que se presenta, la mayoría de las veces, de modo inconstante, aislado, concreto, etcétera:

“La organización revolucionaria supera las vacilaciones de los distintos criterios, los anuda y los unifica. Siendo el punto de su intersección, ella desestima la yuxtaposición. La debilidad de las capas dirigentes, la aproximación de las capas medias, la impaciencia de la base se convierten en su fuerza. La condición de éxito de la crisis no reside ya en uno u otro de los elementos objetivos, sino en el corazón mismo del sujeto que los sintetiza al interiorizarse. Su nudo no está más en la diversidad no mensurable que esboza la situación revolucionaria sino en la organización que unifica esta diversidad, la interioriza y la supera” (Pág. 22)

¿Qué consecuencias tiene para la lucha del proletariado que su proceso revolucionario esté dirigido o no por una organización política? Dos posibles respuestas a esta pregunta nos ponen en el umbral de la polémica Lenin-Luxemburg: o bien, bajo la dirección del partido las luchas aisladas de la clase obrera irrumpen en el plano de la lucha política, preparando un enfrentamiento contra la totalidad del Estado hegemónico y asumiendo una estrategia y organización de tipo centralista; o bien, sin la intervención directa de un partido, los obreros continúan una serie de luchas que ya han empezado, asumiendo ellos mismos su trabajo en tanto colectivo. La primera respuesta, que corresponde a Lenin, entiende el Partido como elemento necesario y, la segunda, que es la de Luxemburg, ubica el Partido como un producto de la lucha y, por ende, subsumido dentro de la misma.

Ese es el origen de la controversia y el punto desde donde se inicia el debate. Lenin piensa que sólo a través de un grupo de intelectuales dirigentes es posible organizar esa masa informe que es la lucha revolucionaria, concienciarla y politizarla en aras de derrocar el sistema hegemónico y; por su parte, Rosa Luxemburg confía en el movimiento espontáneo e histórico de las masas, las insta a organizarse autónomamente, reduciendo las tareas del partido a la interpretación de sus aspiraciones, y negándole la organización que históricamente corresponde a la misma clase revolucionaria, no a una élite dirigente.

Dialéctica centralista versus dialéctica espontánea

El punto neurálgico de la controversia no está, en rigor, en el hecho de asumir este u otro modo de organización, sino más bien en el conjunto de consecuencias que se desprenden de dicha elección. Así, por ejemplo, la dialéctica centralista es criticada por Luxemburg abogando que su dinámica mantiene muchos de los aspectos que se intentan superar con la lucha revolucionaria: la creación de grupos privilegiados, las figuras dirigentes, la burocratización, entre otros; la dialectica espontánea es refutada, a su vez, por Lenin –y también por Lukács- porque resulta difícil creer que sin algún tipo de dirección y unidad de principios, pueda alcanzarse una verdadera lucha contra-hegemónica.

Rosa Luxemburg piensa que el hecho de haber nacido en el seno mismo del capitalismo –sistema centralizador por excelencia- hace pensar a un ideólogo como Lenin que, por fuera de una organización unificada, no existen posibilidades para la revolución: ni ligas federalistas, ni espontaneidad pura pueden constituir para un marco de pensamiento como el centralista verdaderas posibilidades para la lucha. Piensa, además, que de este tipo de organización lo único que puede extraerse con claridad es una obediencia ciega de los obreros y campesinos a los dictámenes de sus dirigentes, o lo que equivale a decir, la creación de unos compartimentos igual de perversos que los que separan en la sociedad capitalista a los dueños de los trabajadores. En sus palabras:

“No es partiendo de la disciplina impuesta por el Estado capitalista al proletariado (después de haber simplemente sustituido a la autoridad de la burguesía la de un Comité Central Socialista), sino extirpando hasta su última raíz estos hábitos de obediencia y de servidumbre como la clase obrera podrá adquirir el sentido de una nueva disciplina, de la autodisciplina libremente consentida por la socialdemocracia” (Pág. 49)

Es más, ni siquiera en el plano de la táctica Luxemburg se permite el lujo de aceptar las tesis centralistas; piensa que las estrategias buscan su camino en la espontaneidad de las luchas, son inventadas a cada momento según el grado de desarrollo de la organización proletaria y sus objetivos particulares. Y es que para la autora más que un esquema definido de acciones –con el que si puede contar un Partido organizado- lo único con lo que realmente debe contarse es con un juicio histórico correcto, es decir, el punto preciso en el que se está y aquel que pretende alcanzarse.

El otro gran punto de crítica de Luxemburg frente a la teoría leninista del Partido está basado en la noción de individualismo que parece desprendérsele. Básicamente se trata de comprender que una distinción entre masa e intelectual, o proletario y dirigente, tiene repercusiones para el carácter activo-pasivo de sus papeles en la lucha. Por qué continuar con la conducta de obediencia –se pregunta Luxemburg- si en esencia esta conducta es igual frente al verdugo capitalista que al intelectual ¿De qué libertad se habla cuando se aboga por un camino de este tipo? Lo que parece estar detrás de todo ello no es otra cosa que la reincidencia de un Yo del Comité que puede pecar de excesiva individualidad, frente al colectivo responsable del verdadero papel histórico

Vladimir I. Lenin escribe un pequeño artículo titulado Un Paso Adelante, Dos Pasos Atrás, como respuesta a todas estas críticas que Rosa Luxemburg había hecho a propósito de su libro homónimo, un artículo que nunca llega a publicarse en la Die Neue Zeit, publicación que sí había acogido el hecho por Luxemburg. En aquel escrito Lenin traza unas líneas generales sobre la historia del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, explicando sobre su base las particularidades de la lucha revolucionaria y, sobretodo, la necesidad irrevocable que tuvo allí la creación de un partido centralista. Esta situación es importante aclararla, porque la mayoría de los detractores de Luxemburg han hecho ver su crítica a las tesis leninistas como producto de una mera abstracción de los problemas de organización del Partido, sin ninguna referencia directa a las determinantes prácticas.

Uno de los aspectos más importantes de ese desarrollo explicado por Lenin es el que tiene que ver con el oportunismo; el autor observa que la espontaneidad y contingencia con los que había venido creciendo, hasta principios del siglo XX, el movimiento proletario en Rusia, trajo una consecuencia tal vez inesperada, pero en todo caso presumible: la escisión en distintos grupos de lo que debería conformar la unidad revolucionaria; pequeñas burocracias fueron conformándose en los núcleos que fungían como dirigentes de esos grupos, y cada cual aprovechaba como podía las oportunidades para sacar de ellas la mejor tajada. Una lucha escindida, contingente y desvirtuada estaba condenada a desaparecer a menos de que adviniera una organización que unificara la diversidad y eliminara la corrupción. No otra cosa es el P.O.S.D.R.

En ese marco parece que encontramos algo distinto de lo que percibe Luxemburg, puesto que el intelectual propuesto por Lenin como cabeza del Comité Central, no es ya un actor del centralismo, sino un agente descentralizador: está allí, ejerciendo una lista de tareas determinadas, no porque obedezca a intereses propios, sino porque actúa conforme al interés revolucionario de la clase proletaria; la vanguardia a la que pertenece es el punto en el que se cruzan teoría-práctica, y sentido-realidad. Es, además, quien permite que aquello que, en la perspectiva de Luxemburg, equivale a la casualidad, tenga forma y ritmo; que aquello que se espera como consecuencia necesaria de la autodestrucción del capitalismo pueda acelerarse a través de táctica y organización. Sin embargo, tal vez la mejor síntesis del por qué de una dialéctica centralista no la encontremos en el artículo de Lenin, sino en los ensayos de Lukács, de modo que lo mejor es echarles a ellos un vistazo.

La posición de Georg Lukács

Si una tarea se manifiesta como posibilidad abstracta mucho antes de que se tornen visibles las formas concretas de su realización –piensa Lukács-, es posible que exista un espacio en la organización de las luchas revolucionarias para la previsión y la concertación de principios y líneas de acción distintas a las de la espontaneidad. Esto es tan claro y profundo que el mismo autor piensa que tras ello lo que late en realidad es el problema de una teoría de la revolución; teoría que no podría existir en el modelo espontáneo de Luxemburg, al menos no durante los periodos iniciales e intersticiales del desarrollo de las luchas, pero sí en la teoría del Partido leninista. Es más, tener claros los principios bajo los que se actúa es tanto como ganar un buen terreno antes de que el inevitable crecimiento de las masas termine por hacer imposible la concertación de unas líneas generales para la acción.

Lo que sucede con Luxemburg, piensa Lukács, es que exagera las posibilidades propias de las masas que, es cierto, actúan autónomamente en las relaciones sindicales, pero no se encuentran todavía por diversos factores (concienciación, visión histórica, dominio teórico) preparadas para organizarse prescindiendo de un Partido. Esto se debe a que “la actitud del proletariado, su reacción frente a la crisis permanece muy retrasada, tanto en vigor como en intensidad, respecto de la crisis misma”, o sea, no existe una equivalencia más o menos general de conciencia en sí y para sí en todos los participantes de la lucha, por lo cual siempre existirán algunos individuos destinados a la vanguardia ideológica y política.

Pero hay algo más. Según Lukács la crítica de Luxemburg que ve el centralismo de Lenin como fórmula de pasividad política para el proletariado carece por completo de una visión histórica. Entendemos con Engels que, en términos generales, la lucha revolucionaria es la trascendencia del reino de la necesidad al reino de la libertad; se trata de un proceso en el que la conciencia de clase opera como fundamento. Ahora bien, cuando se habla de libertad en socialismo se hace referencia a una noción totalmente distinta de la propugnada por el capitalismo –cuya base es la democracia formal-, porque aquí se habla teniendo presente una voluntad de conjunto: si la libertad capitalista es aquella individualizada y carente de toda cohesión, la socialista es justamente la que renuncia a la libertad individual y aboga por la solidaridad, es aquella desde y por la que trabaja cada proletario conciente de su condición política activa en la transformación. Por fuera de esta lógica todos los partidos u organizaciones son anti-libertarios porque:

“(…) Se manifiestan necesariamente en ellos dos concepciones igualmente falsas sobre el curso de la historia que son interdependientes y aparecen siempre al mismo tiempo: una sobreestimación voluntarista de la importancia activa del individuo (del jefe) y una subestimación fatalista de la importancia de la clase (de la masa). (…) La libertad que puede existir para los miembros de tales partidos es, por consiguiente, sólo la libertad de juzgar los acontecimientos que se desenvuelven de manera fatal o los errores de los individuos. Ellos son espectadores y participan de alguna manera, pero jamás profundamente y con toda su personalidad, pues la personalidad total de sus miembros nunca puede ser englobada por tales organizaciones; las que ni siquiera pueden tender a englobarla” (Pág. 107)

En última instancia, si dentro de una organización como la leninista pueden participar todos y cada uno de los hombres que intervienen en la lucha revolucionaria, y esto a pesar del carácter centralista del Partido, es porque, primero, su Comité no se encuentra burocratizado y responde a las necesidades de la colectividad y, segundo, la cualidad activa de su participación está determinada por el hecho de que el partido abriga toda la personalidad de quienes participan en los derroteros de la misma lucha, esto es, cada quien se encuentra ciento por ciento comprometido con el destino histórico por el que trabaja, del que es inmanente la libertad y que, al mismo tiempo, tendrá como consecuencia la libertad de la sociedad sin clases. El Partido renuncia, según Lukács, a toda suerte de cosificación que pueda recordar las prácticas del capitalismo y ello porque: 1. Integra totalmente a la clase proletaria en el destino histórico al que se encuentra abocada y; 2. Unifica la organización y la táctica, de un modo en el que toma sentido las prácticas y se actúa concientemente.

Hay, finalmente, un aspecto desarrollado por Lukács y que quizá sea uno de los puentes más firmes para comunicarnos con las ideas presentes en el libro. Se trata de la noción legalidad-ilegalidad. No discutiremos aquí su posición –nuevamente ecléctica- por la cual el Partido debe utilizar por igual las acciones legales e ilegales según la situación lo haga pertinente, y con lo que de paso puede liberarse tanto del romanticismo de la ilegalidad como de la burocratización de lo legal. Parece más oportuno considerar aquí el juego de relaciones entre Estado y oposición. A propósito de estas categorías el autor escribe lo siguiente:

“El Estado capitalista debe presentarse a su reflexión como el momento de una evolución histórica: no constituye de ninguna manera ‘el medio natural del hombre’, sino simplemente un hecho real, cuyo poder efectivo está por verse, sin pretender determinar interiormente nuestra acción. La validez del Estado y del derecho debe ser tratada como una realidad puramente empírica” (Pág. 140)

Que el Estado que intenta derrocarse no deba entenderse como un “medio natural”, sino como un fenómeno histórico de la sociedad capitalista que debe desaparecer con ella, lo han olvidado casi por completo los partidos de izquierda en el mundo –el caso de Colombia es desastroso-. Evidentemente la casi totalidad de ellos ha renunciado a la lucha abierta contra el poder, para ampararse tras los banquillos de la “oposición”, pero como bien lo hace notar Lukács:

“La actitud de 'oposición' significa, en efecto, que en lo esencial el orden establecido es aceptado como fundamento inmutable y que los esfuerzos de la oposición están dirigidos a obtener lo más posible para la clase obrera dentro de los límites del orden establecido” (Pág. 137)

Degradación y conformismo, no con otras palabras puede hacerse referencia a esta “actitud” de la izquierda, y que es, por ejemplo, la del Polo Democrático –el partido de “oposición” más importante de Colombia- que se ha olvidado, entre otras cosas, que la lucha no es sólo dentro del Estado, sino más bien contra el Estado, porque su normatividad tiene validez únicamente en la lógica del capitalismo. La lucha por la supresión de clases –hoy día camuflada perversamente- es legítima, y el problema de la legalidad frente al Estado hegemónico no tiene otro sentido que el de un conjunto de normas que sostienen, coercitiva y espiritualmente, la sociedad a la que debe atacarse, precisamente, desde ellas.
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Teoría Marxista del Partido Político es un libro que conviene leerse con el ánimo, no de hacer el tipo de ejercicio hecho aquí, esto es, dar cuenta de sus líneas argumentativas generales, sino más bien, para que sirva de base a una interpretación sobre la manera en la que lo expuesto es inútil o no en las condiciones sociales de nuestro tiempo; tarea que no corresponde a los propósitos del blog, pero creo sí al interés intelectual de buena parte de sus lectores.

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