AUTOR: Robert Louis Stevenson
TÍTULO: El Diablo de la Botella
EDITORIAL: Grupo Editorial Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1996
PÁGINAS: 77
TRADUCCIÓN: Eleonora García Larralde
RANK: 8/10
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Por Alexander Peña Sáenz

El escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) tuvo la fuerza para reivindicar los relatos clásicos de aventura, olvidados por el gran interés que despertó la novela psicológica en el siglo XIX. Sus novelas dieron un renacimiento al género, rescatando a los personajes cuyos rasgos y características se hallan en la acción y en las diversas peripecias que acometen. De allí que obras como La isla del Tesoro (1883) y El Extraño Caso del Doctor Jeckyll y Mister Hyde (1886) revistan fama en todos los rincones del globo.

El Diablo de la Botella (1893) es quizá el tercer relato de mayor difusión en la obra de Stevenson y, sin duda alguna, un clásico de aventuras que no falta en ninguna biblioteca. Y es que fue, precisamente, la última parte en la vida de nuestro autor –que transcurrió en medio de tormentosas enfermedades, entre ellas tos y hemorragias, sumadas a problemas de alcoholismo- la que atestiguó las mejores obras de su carrera, todo ello, por supuesto, gracias a su constante caminar por el mundo.

Entre los viajes del escritor, se cuentan los realizados a San Francisco, y de allí a las islas de Samoa, en el océano Pacífico, en donde se radicó con su esposa Fanny Osbourne hasta 1894, año en que llegó a término su prolífica existencia. La estancia en aquel lugar inspiró la concepción de esta novela, llena del encanto de la geografía tropical de la región. El Diablo de la Botella es una bella narración que contiene las aventuras de Keawe, un joven proveniente de las islas del Pacífico Sur, que en su visita a la ciudad de San Francisco, se topa con un individuo extraño que le ofrece un misterioso objeto para la venta. Tal objeto es, nada más y nada menos, que una botella mágica en cuyo interior se alberga un diablo con poderes sobrenaturales, capaz de conceder los deseos menos imaginables. Veamos algunos elementos que constituyen esta grata obra.

Keawe y el diablo de la botella

Como dijimos antes, Keawe, proviene de una de las islas del Pacífico, concretamente de la isla de Hawai. Aunque este muchacho es pobre, tal condición no le impide desarrollar su profesión de marinero, por ello, se le puede considerar un tipo valiente y bastante activo. En uno de esos ataques de actividad, se decide a emprender una carrera para conocer el mundo, así que pronto estará andando por las calles de San Francisco.

En aquel lugar, Keawe se encuentra con un personaje sombrío. Se trata de un calvo gordo y con barba, que ofrece al joven hawaiano un objeto bastante singular. Sí, así es, es la misma botella del título del libro, botella mágica de barriga redonda y cuello largo que contiene dentro de su vidrio blanco y lechoso al mismísimo demonio. Tamaña sorpresa se lleva el joven Keawe al saber esto, pero resulta tentadora la oferta de adquirir el mágico objeto. Hombres en antaño poderosos, obtuvieron la gloria gracias a la botella, entre ellos Napoleón y el Capitán Cook, pero al deshacerse de ella vendiéndola, cayó sobre ellos la desgracia, según cuenta el calvo misterioso.

Al inicio de los tiempos, cuando el demonio mismo trajo la botella a la Tierra, esta valía una considerable suma de dinero, pero su costo actual ha descendido a noventa dólares, precio que pagó antes por ella el propio Calvo. Keawe, sin embargo, todavía escéptico respecto de sus veraderos poderes, la compra por apenas cincuenta dólares, dinero que regresará a su bolsillo gracias al primer deseo que se le ocurre. Con ello, además, cierra el negocio, asume su nueva pertenencia y tal vez se condena a no poder escapar de su maldición.

La botella, además de los mágicos beneficios que puede otorgar a su comprador, tiene diversos inconvenientes. Uno de ellos es enviar directamente al infierno a quemar el alma de su portador si éste no la vende antes de morir. Para evitar esta situación, el dueño de la botella debe venderla a un costo menor del que pagó cuando la obtuvo; en caso de no ser así, la botella regresará mágicamente. Por otra parte, cada deseo que se pida y se cumpla, trae consigo una desgracia.

Keawe, pues, obtiene la botella, pero teme que su alma arda en el infierno. Por eso, regresa a Hawai con la intención de deshacerse de la misma. El sueño del joven es obtener una gran casa de lujo con jardín cerca de la costa de Kona, lugar donde nació, y lo desea tanto que se aventura con Lopaka, su amigo, a pedir a la botella su deseo, el cual se realiza pero a un costo que no puede prever: su tío muere, y su primo perece ahogado en el mar; de su tío hereda dinero y tierras, lo suficiente para hacer realidad lo que desea.

“‘En mi destino está tener esta casa’, pensó. ‘Aunque poco me gusta la forma en que he recibido todo, es cosa del destino, y es mejor que acepte lo bueno con lo malo’” (Pág. 22)
Un buen mensaje da Stevenson con este acontecimiento. Por supuesto que es necesario aceptar como vienen las cosas, tanto buenas como malas. Estoicamente Keawe reconoce la pérdida, o mejor dicho, el inconveniente que causa pedir tan avaro deseo. Luego de esto, Keawe y Lopaka piden a la botella que les muestre al ser que lleva dentro. Un diablo en forma de lagartija se les aparece; aterrados, quieren deshacerse de la botella y hacen un negocio, cediendo a Lopaka el derecho de la propiedad.

Ya regocijado y tranquilo en lo más profundo de su alma, Keawe vive en su lujosa casa frente al mar. En uno de esos días de esplendor conoce a una linda muchacha, de nombre Kokua, a quien conquista sin remedio. Listos para la boda, a Keawe descubre en su cuerpo el mal chino, comúnmente conocido como lepra. Una mancha que lo intranquiliza, y le hace pensar que no podrá casarse con la muchacha. Entonces, de nuevo le viene a la mente la idea de adquirir la botella poderosa, y lograr curarse del mal que amenaza su bienestar y su futuro.

Malas noticias para Keawe, la botella ha pasado por muchos dueños, dándoles riquezas, por supuesto, pero logrando que así descienda el precio considerablemente. Al encontrar al nuevo dueño, Keawe descubre que su costo se ha reducido a dos centavos americanos; aquel tendrá que venderlo por un centavo, lo que hará que la botella no se pueda vender más, pues no existe denominación menor, pero aún así decide correr el riesgo de comprarla.

Ya en sus manos, le pide que cure el mal chino de su cuerpo, y aunque cura, devienen oscuros días de desolación y angustia: Keawe se irá al infierno, y nada podrá hacer para evitarlo. Kokua le propone a su amado que se dirijan a Tahití, isla francesa, en donde hay monedas de denominación menor a un centavo. Se trata de los céntimos, cuyo valor en centavos equivale a cinco. De esa forma aún existirán posibilidades para librarse de la maldición.

Y hasta aquí les comento mi lectura para no arruinarles el final, que trae consigo gratas sorpresas, gracias al hábil manejo de las letras que el señor Stevenson desarrolla para mantenernos entretenidos con la lectura.

El diablo y la avaricia

El diablo es el símbolo tradicional de lo maligno; figura mítica que en muchas de las historias de aventuras, cuentos de hadas, fábulas de terror y misterio, ha sido un personaje principal. Es reconocida su figura como ente mágico, capaz de cumplir deseos de los más egoístas y perversos, pero no desinteresadamente, sino recibiendo a cambio las almas para su eterna condenación. Lo hemos visto en el Fausto de Goethe; también pactar con el conde Drácula; en La Divina Comedia, como supremo rey de los infiernos y en un millar de etcéteras. El demonio es un personaje que nunca pasará indiferente para la literatura.

Además, con el demonio tenemos el clásico problema de un más allá. El diablo amenazante, rey de los infiernos, capaz de condenar almas al sufrimiento de las llamas y el azufre. Recurrente angustia para aquellos que aceptan cualquier doctrina religiosa como verdad absoluta. Keawe, preocupado por el destino de su alma en el más allá, soslaya su presente, entregándose a la desolación, mientras tiene todo alrededor: lujos, una casa de inmensos jardines, un grato paisaje, la naturaleza en todo su esplendor, una bella mujer que le ama… Nada de eso se compara con su destino metafísico. Vaya que Keawe no toma conciencia de su presente.

Por otra parte, el deseo de avaricia que albergan los hombres es tan grande, que no importa si se vende el alma al diablo con tal de conseguir grandes cantidades de dinero, lujos y poder. El afán de riqueza, quizá sea inherente a la naturaleza humana. Ya habíamos visto algo similar con Aladdín y su lámpara máravillosa, personaje que en ningún momento reparó para pedir beneficios económicos y lograr acercarse a la princesa. De igual manera, los seguidores de la serie de manga y animé Dragon Ball, vimos cómo las siete bolas del dragón traerían a un gigantesco ser llamado Sheng Long para cumplir el deseo de la persona que las reuniese. Los malvados de la historia, siempre tras de ellas, dispuestos a pedir deseos egoístas como riqueza, eterna juventud, la conquista del mundo, entre otros.
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Estamos frente a una joya de la literatura universal, desarrollada en el siglo XIX. Todos los lectores estarán dispuestos a adentrarse al mundo que desarrolla El Diablo de la Botella, un relato lleno de imágenes, de aventuras, de la vida misma con su alegría y angustias, y que no dejará a nadie insatisfecho con su lectura. Totalmente recomendada para el público en general.

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