AUTOR: Juan Carlos Onetti
TÍTULO: La Muerte y la Niña / La Novia Robada
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 146
RANK: 9/10
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Por Alejandro Jiménez

Hay nombres que parecen necesarios para ciertas épocas y territorios; en literatura, tal como sucede con la historia, la suerte de esos nombres no depende, sin embargo, únicamente de su carácter de necesidad, sino también –y quizá mucho más- de todo tipo de contingencias. No de otra manera podría explicarse que, muy buena parte de los lectores, hayamos descuidado una obra como la de Juan Carlos Onetti (1909-1994); obra que, sin ningún tipo de exageraciones, debe ser la más importante para el existencialismo latinoamericano del siglo XX.

Dos situaciones dificultan ese merecido reconocimiento: el boom de la narrativa latinoamericana –del que Onetti fue sólo una figura ausente-, y “ese mundo más bien pesimista, cargado de negatividad” que, en opinión de Vargas Llosa, le ha impedido llegar a un público más vasto. Lo primero corresponde a un reduccionismo perverso de la crítica, que no ha logrado ver por fuera del boom otras posibilidades literarias; lo segundo, acaso todavía más perverso, significa que por fuera de las lógicas de la “esperanza”, ninguna literatura tiene verdaderas posibilidades de existir.

Onetti tuvo algo que decir respecto de ambas situaciones, pero lo más posible es que no le importaran demasiado; una, porque estaba seguro de que su obra terminaría, después de todo, haciéndolo inmortal; otra, porque el optimismo es una mentira, y el engaño es lo único que no puede perdonarse un hombre. Así que sus libros van a constituir una producción muy íntima, tan personal y confidente, que recurrirá a la idea de un sitio propio: Santa María, lugar imaginario en el que ocurren casi todas sus historias a partir de la publicación de La Vida Breve (1950); espacio que, además, terminará haciendo más profundas la timidez y nostalgia que siempre caracterizaron al autor.

La Muerte y la Niña (1973) y La Novia Robada (1968), son dos capítulos privilegiados de ese “monumento de la épica moderna” que es la vida de Santa María; dos cuentos atravesados tanto por recurrencias temáticas –la incomunicación, la hipocresía, la falsa moralidad-, como por un estilo narrativo poético, contundente y lleno de un humor tan irónico como sutil. En estas páginas por las que circulan personajes tan perfectamente dibujados como el médico Díaz Grey o el padre Bergner, el lector no puede por menos que asistir a una nueva forma de relación espacio-tiempo, en la que la velocidad de los acontecimientos alcanza tales proporciones que, a pesar de su excesivo movimiento, el tiempo parece estático; el tiempo que es la fuerza que traza cada espacio de Santa María, parece quedar preso dentro de sus propios límites: “el tiempo no existe por sí mismo –dice Onetti-… es hijo del movimiento”, y el tiempo se vuelve espacio en estos cuentos.

Es por esta razón que las tramas de sus historias, si bien alcanzan grandes distancias en el devenir de Santa María y sus personajes, se muestran estancadas dentro de un espacio que, al estilo joyciano, parece insuperable: las barreras de personalidades repetidas, las costumbres a las que no se está dispuesto a renunciar, las mentiras sostenidas irremediablemente, y hasta esa hipocresía –en el fondo muy poco razonable- de vestirse todas las mañanas. Pero, tal vez, lo que mejor puede dar cuenta de La Muerte y la Niña y La Novia Robada, sean precisamente las palabras del mismo Onetti, quien a propósito de ellas escribió en mayo de 1980 lo siguiente:

“A primera vista estos dos cuentos (…), sólo están unidos por la ubicación en un lugar indeterminado: Santa María. Pero, además, obedecen a un destino nostálgico. Verdadera nostalgia, porque Santa María no existe, es mía, yo la construí con calles paralelas y ladrillos que pretendieron, entonces, derrotar el tiempo.
Obvio es decir que también puse ahí hombres y mujeres con la esperanza débil de que numerosas lecturas los convirtieran en personas y personajes.
Reitero que esta saudade por la nada es más fuerte, con frecuencia y cuando escribo, que la inspirada por rostros y sitios reales, tan lejanos.
Los dos cuentos fueron escritos en circunstancias dispares de mi vida y la maldita piedad salta de uno a otro con tonalidades distintas.
No se trata de excusas sino de pistas humildes para obtener una mayor tolerancia”

Sobre La Muerte y la Niña y La Novia Robada

La Muerte y la Niña y La Novia Robada constituyen destellos muy frágiles dentro de la monótona existencia de Santa María: sus historias parecen anunciar sucesos que mueren demasiado pronto, que los santamarianos olvidan y desatienden, o que son devorados por la fuerza cotidiana. En el primer cuento, se reconstruye la vida de Augusto Goerdel, un hombre de carácter inextricable que mezcla, sin miramientos, la moralidad y la mentira. Educado desde su infancia por el padre Bergner –un cura poco escrupuloso-, muy rápido renegará de su pasado en la Colonia pobre y exiliada en que nació, y que se ha asentado muy cerca de Santa María; se sentirá abocado a un destino de fortuna y renombre que Bergner, conciente, aprovechará al máximo para beneficio propio y de la iglesia, recibiéndolo en el Seminario y becándole la carrera de contador, de la que podrá recoger después muchísimos favores.

Casado en un matrimonio arreglado con la adinerada Helga Hauser, Goerdel verá cómo poco a poco su fortuna va creciendo hasta ser uno de los hombres más ricos en la ciudad. Sin embargo, una situación vendrá a probar su fuerza religiosa: a Helga, luego de nacer su primer hijo, se le ha hecho saber que otro embarazo constituiría para ella la muerte; Augusto y la mujer, una pareja católica, no puede aceptar protegerse de ninguna forma, pero tampoco renunciar a los ímpetus del amor. Irán de un lugar a otro recibiendo las opiniones de distintos médicos –entre ellos Díaz Grey-, las cuales siempre coincidirán en su trágico designio. Tiempo después, y a pesar de todo, Helga muere debido a un segundo parto, otro varoncito, de modo que Santa María se consterna, especialmente en cabeza de Patricio –el hermano de la chica- y Jorge Malabia, quienes lo buscarán para vengarse, pero ese espíritu vindicativo durará apenas unos meses, hasta quedar totalmente en el olvido; tanto así, que luego de un viaje por Europa haciéndose pasar como el cura Johannes Schmidt, Augusto vuelve bajo la protección de Bergner, e irá a la casa del médico Díaz Grey para confesar un dato no conocido de su historia.

La Novia Robada, por su parte, recupera la vida y locura de Moncha Insaurralde, la muchacha delgada y hermosa que está persuadida de casarse con Marcos Bergner –quien está muerto desde hace algunos meses-, que viaja a Europa para comprar la seda de su ajuar, que cena con su prometido en el bar del Plaza, y que prepara su desfile todas las noches en el patio de su casa, sola y en un presente visceral e insuperable. Es la historia de una complicidad hipócrita, en la que toda Santa María interviene asintiendo cada desproporción de la muchacha, hasta el punto en el que se hace irreconocible si la condición de Moncha es producto de un desequilibrio mental o, por el contrario, de todo un espectáculo circense y malévolo en el que han contribuido todos a través de su silencio y auspicio.

Algunos personajes intervienen en ambos cuentos para superar los límites que ellos mismos establecen, porque tras estos destellos particulares está en juego esa totalidad que es Santa María. El médico Díaz Grey, por ejemplo, es quien nos cuenta la historia de Augusto Goerdel, tal como la conoció desde el momento en que aquel miserable fue a inquirirlo en su consultorio, llevando ese cartel en el pecho de letras rojas-grises: “Yo mataré”, y buscando arrastrar a todos, al cura, a sus amigos, a toda Santa María a un asesinato inevitable. Pero también es uno de los personajes que andan por las calles de la ciudad mirando a Moncha Insaurralde, mientras camina con su vestido desvencijado y amarillento, o entrando en la farmacia de Barthé, en cuyo interior discutirá un poco con el boticario sobre política revolucionaria y esas otras cosas que se publican en “El Liberal”.

Y aunque también están aquí y allá el padre Bergner, Jorge Malabia, Barthé, etcétera, la figura de Díaz Grey es de especial importancia porque tiene rasgos existenciales muy particulares. Se trata de un individuo ensimismado, que no logra relacionarse fácilmente con los otros, ni con las mujeres –en las que no ve otra cosa que personas-, ni con los hombres –que le fastidian profundamente por su egoísmo e hipocresía-. Y, además, tiene esas costumbres de “loco” que a la gente del común incomodan de sobremanera: colecciona fotos de su hija ausente, juega con ellas al póker, y ha terminado por deshumanizarla, atribuyéndole la condición más profunda y nostálgica que un hombre pueda sentir por aquello que ha perdido.

Los horizontes de Santa María

Santa María fue fundada en algún lugar de Suramérica por Juan María Brausen, ese personaje que en los cuentos de Juan Carlos Onetti ya no sólo tiene la condición de un patriota, sino más bien la de todo un demiurgo, un ser al que alternativamente puede llamársele dios o Brausen, al que se le encomiendan futuros, se piden explicaciones e, incluso, se blasfema. Y como en toda relación de este orden, uno puede decir cosas como las que trata de explicarse Díaz Grey en La Muerte y la Niña:

“Dudaba, desinteresado, de sus años. Brausen puede haberme hecho nacer en Santa María con treinta o cuarenta años de pasado inexplicable, ignorado para siempre. Está obligado, por respeto a las grandes tradiciones que desea imitar, a irme matando célula a célula, síntoma a síntoma. Pero también tiene que seguir el monótono ejemplo de los innumerables demiurgos anteriores y ordenar vida y reproducción. Así que vinieron los desvanecidos adolescentes, sus noviazgos y apareamientos, los partos abrumadores que tuve que atender; y así vinieron las muchachas, sus adjetivos, sus perfiles, sus cabellos, sus duros senos y nalgas. Vinieron y están, siempre ausentes, risueñas o melancólicas” (Págs. 23-24)

Pero Santa María tiene además su cariz de típica sociedad de nuestros tiempos. Acaso fundada como cualquier Colonia, como la Colonia que se asentara a su lado en La Muerte y la Niña, y que desde ese preciso momento de su fundación parece autocondenada al futuro desposeído y deseoso de toda sociedad:

“Si se puede llamar fundación a un reparto caprichoso y asimétrico de baúles, a demarcaciones con palos verdes, a una búsqueda metódica de bosta y tierra para hacer ladrillos (…).
Si se puede llamar fundación a un sufrimiento diario, que no podía ser medido por horas, para apilar los ladrillos, alzar paredes, enramar techos, hasta el descanso bestial del exhausto que cree tener casa y logra un domingo de paz y agradecimiento, arrodillado sobre la enorme, casi inmanejable biblia con tapas negras frente al tembloroso cerco de voces latinas dichas por un cura que salió de cualquier parte porque era imprescindible.
Y después, para Santa María y para mí el desconcierto. No se sabe, ni importa, cuántos meses o años pasaron –ayudados, empujados sin piedad para ellos mismos ni para nadie- hasta que las rubias, severas ratas desembarcadas con menos esperanza que rabia suicida, fueran ricas y engordadas, dominaran la ciudad fundada por nuestro señor Brausen sin necesidad de mostrarlo. Tal vez les repugnara la evidencia. Eran oblicuos, eran indirectos, eran pudorosos” (Págs. 27-29)

Y, finalmente, está la Santa María de todos los días, la trazada con cada acción de sus personajes. Aquella en la que las iglesias protestantes disputan el poder de la católica; en la que los exiliados ingleses o suizos se vuelven gauchos a fuerza de las condiciones; en la que Goerdel empieza a ganar su cinco por ciento en casos de litigio: robo de ganado, muertes clandestinas; en la que ya existen carros, caprichos y casos de locura, y cada cual actúa según el papel que cree mejor le corresponde. La Santa María que llega a convertirse en arquetipo: “ciento o miles de Santas Marías, enormes en gente y territorio, o pequeñas y provinciales”, toda ella atestiguando luchas por el poder e inconformidades.

El perfil existencial en Onetti

Hablamos de condicionamiento moral, incomunicación e hipocresía. No son pocas las razones para afirmar que Onetti es de los escritores latinoamericanos que ha explorado con mayor profundidad la modernidad, ya no desde una óptica general y de choque, sino como un problema de corte existencialista. En La Muerte y la Niña y La Novia Robada las preocupaciones de este tipo están muy bien desarrolladas, y su pesimismo no podría ser entendido por fuerza, como limitación.

Se esboza en sus cuentos una crítica a la moralidad religiosa como fundamento para las decisiones que competen a los hombres. “El conflicto es sólo mío”, dice Goerdel en su entrevista con el médico, refiriéndose a la posibilidad de muerte de su esposa; pero para él, en realidad, no se trata de su conflicto o, diríamos, de un conflicto existencial, sino más bien, metafísico. Y esto es así porque su decisión está supeditada a una base religiosa. Díaz Grey le responderá: el problema sería realmente suyo si decidiese visitar una prostituta o masturbase, pero cuando usted sabe ya de antemano que no podrá elegir algo distinto a lo que le está impuesto, no hay una decisión que reclame su acción en tanto existencia, sino una simple obediencia tortuosa.

Luego sabremos que la muerte definitiva de su esposa, podría no ser consecuencia de una falta de la moral religiosa de Goerdel, así que hay una persistencia de ese plano de condicionamiento. Es curioso, pero las decisiones del padre Bergner sí parecen establecerse sin ninguna nostalgia metafísica; aquel piensa sobre lo que le conviene a la iglesia y, cuando lo hace, no tiene en mente la clásica dicotomía entre bien y mal, sino una simple relación de beneficios: qué conviene, qué no, cómo conseguir esto, cómo evitar aquello. Esto es, no hay una moral distinta a la pragmática que opere antes de la decisión, lo cual significa de alguna manera un escape a la religión y, por ende, de su estática apriorística.

Pero hay otra dimensión existencialista en estos cuentos de Onetti, bastante desarrollada en La Novia Robada; se trata de la falta de espacios adecuados para la comunicación. Los habitantes de Santa María parecen estar desperdigados cada cual sobre su propia vida, cada cual metido en su trabajo y en sus cosas, sin la posibilidad de comprenderse mutuamente. Qué más puede significar esa metáfora de Moncha Insaurralde, la mujer que no logra hacer entender su propia vida a los demás, aun cuando todos han contribuido a formarla día a día, a irla matizando y llenándola de complicidades. Algo como una especie de muro está entre ella y los otros, que no deja pasar ni entrar las voces, y que condena a cada uno a su rincón de juego:

“Sabíamos, se supo, que dormía como muerta en la casona, que en las noches peligrosas de luna recorría el jardín, la huerta, el pasto abandonado, vestida con su traje de novia. Iba y regresaba, lenta, erguida y solemne, desde un muro hasta el otro, desde el anochecer hasta la disolución de la luna en el alba.
Y nosotros a salvo, con permiso de ignorancia y olvido, nosotros, Santa María toda, resguardados por el cuadrilátero de altas paredes, tranquilos e irónicos, capaces de no creer en la blancura lejana, ausente, en la raya blanca ambulante bajo la blancura siempre mayor de la luna redonda o cornuda” (Págs. 117-118)

Por supuesto que también hay incomunicabilidad en la condición del médico Díaz Grey en La Muerte y la Niña, tanto, que sus constantes ensimismamientos terminan en soterrados soliloquios que van y vienen en el tiempo, que hurgan su memoria y sacan de ella toda suerte de fantasmas, hasta construir una masa inenarrable de nostalgias, sueños, frustraciones y hasta engaños. Es el caso del delicado recuerdo de su hija:

“Era, es la única trampa que me permito. Era, es, siempre el llamado suave, irresistible de una necesidad viciosa. Más tarde vendrían las pastillas, a veces la jeringa, el sueño hasta mediodía. Pero, antes, era forzoso que cediera, que me echara hacia atrás en la silla, que pusiera el llavero sobre la mesa y lo acariciara con el índice hasta tocar la llave del cajón del escritorio. Sacaba el sobre de las fotos, apilaba las fotos, los naipes del nuevo solitario y seguía mi juego, un juego que siempre moría sin dejarme saber si había ganado o perdido. Luego desparramaba las fotos, ahora mirándome, las que eran mías y las que iban acelerando su huida. Aunque intemporal, aunque sabiéndome esclavo del sueño de un infeliz paranoico, respetaba la cronología. Cada retrato tiene en el dorso una fecha diminuta, hecha con mis números de miope. Los distribuía encima del escritorio, encima de los meses a la izquierda, encima de los años al final y a la derecha. Desde la criatura de meses y pañales hasta la recién llegada. (…)
Y alguna noche que no será más triste que las otras, quemaré todas las fotos cuya edad pasa de los tres años. Si me decidí a pensarla mujer sin cara no fue porque ella se estuviera convirtiendo en una mujer distinta, año tras año, un remiso correo tras el otro. Lo hice porque no tuve fuerzas para tolerar que ella fuese una persona” (Págs. 65-67)

Por último, el otro gran rasgo existencial lo encontramos en ese destino hipócrita y engañoso al que está abocado Santa María: o bien, condena a una mujer como Moncha a vivir la totalidad de su mentira por el olvido y pasividad con el que los otros asumen el asunto; o bien, se juega a alcanzar los mejores números sin reticencias ni recelos, como lo hacen Goerdel y el padre Bergner. Se trata, en el primer caso, de mantener a toda costa un presente por miedo a lo indeterminado del futuro, a aferrarse a la seguridad que brinda la actualidad de cada quien, metido en lo que le ha tocado, sin preocuparse por lo otro y; en el segundo caso, de insistir en esa dinámica que favorece el poder como mecanismo de dominio y salvaguarda, dinámica que es tanto como mandar sobre el destino de un solo hombre, como consolidar ese todo esclavista universal llamado iglesia.
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La Muerte y la Niña y La Novia Robada son, a pesar de su poco renombre, dos historias que dan fe de esa gran capacidad narrativa de Juan Carlos Onetti, pero también de ese universo de Santa María que es peligrosamente similar a nuestra propia realidad.

En el blog de nuestros amigos de la Videoteca de Humanidades está disponible una entrevista hecha a Juan Carlos Onetti por Joaquín Soler Serrano en 1977:

Juan Carlos Onetti - Especiales A Fondo (1977)

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