AUTOR: James Joyce
TÍTULO: Exiliados
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 189
TRADUCCIÓN: Javier Fernández de Castro
RANK: 8/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

El hombre es por antonomasia un ser moral, lo que a la larga ha hecho de él una compleja contradicción; y esto es justamente lo que sucede en Exiliados, una historia que ofrece como marco argumentativo el cuadrilátero amoroso que sostienen Bertha, Beatriz, Richard y Robert; cuatro seres absortos en sus propias confabulaciones y consecutivamente víctimas de sus juegos. No se sabe cómo estos cuatro amigos llegan a herirse de manera tan cruel, porque lo que parece una apacible amistad termina siendo una de las mas infernales peleas movidas por los celos. Esto es a simple vista un esbozo de la pieza de teatro que escribió James Joyce (1882-1941) en el año de 1914, cuando la primera guerra mundial estaba en su efervescencia y el autor trabajaba, simultáneamente, en aquella obra monumental que fue Ulises.

Los contendientes. Esta obra no es para nada fácil de llevar, su sencillez no comunica que sea digerible para todo el público, pues de plano nos encontramos con las difíciles relaciones de unos personajes que no escatiman gastos para destruirse mutuamente. La historia es, poco más poco menos, la tortuosa relación que sigue el escritor Richard Rowan con su bella esposa Bertha, una humilde mujer de la provincia italiana mucho menor que él, y con quien tiene un hijo: Archie. Luego tenemos a su mejor amigo Robert, un periodista elocuente que trata de conquistarla y arrebatársela por todos lo medios posibles; y, finalmente, completa el cuadro Beatriz, la prima de este último, profesora que da clases de piano al hijo de la pareja Rowan, y por quien Richard siente una secreta atracción.

Ellos cuatro serán los contendientes de Exiliados. El por qué de sus rencillas sólo será explicado por medio de una compleja relación amor-odio, veamos: para comenzar, Robert, que seduce constantemente a Bertha y siente una exaltada pasión por ella, no se da cuenta de que su mejor amigo, Richard, ya está al tanto de aquellos deslices, conoce el engaño de su esposa, conoce la lujuria de Robert por ella e, incluso, conoce los detalles más íntimos de esta relación: caricias, besos, palabras, todo, no se le escapa nada. Bertha, por su parte, asume sumisamente el papel que su estoico marido le asigna, lo toma con serenidad, su conciencia está limpia porque sabe que no ha cometido ninguna falta, no tiene remordimientos, no ha pecado, pues su esposo le ha dado total libertad para que haga lo que quiera, y hasta la aupa para que le siga el juego al periodista.

Por otro lado, Richard siente un impulsivo deseo por Beatriz –inclinada afectivamente más hacia su primo- pues la encuentra graciosa e inteligente, una mujer a su altura, nada que ver con la dócil italiana; sólo que ella no ve con buenos ojos cometer adulterio con el padre de su estudiante de piano. Richard, frustrado por este amor no correspondido, la emprende inconscientemente en contra de su mujer, aprueba el engaño de ella solamente para justificar un posible romance con la institutriz de su hijo y, en secreto, empieza a fermentar un profundo odio por su esposa. Por su parte, Robert que parece ser el clásico amante astuto, no es más que la marioneta del matrimonio Rowan, los dos juegan con él.

Esta dicotomía, en fin, crea distintos tipos de moral, Richard da total autonomía a su mujer, ella puede hacer lo que le plazca, incluso engañarlo con otro tipo –aunque este termine siendo su más cercano amigo- pero, al mismo tiempo, le ha hecho caer en un complejo de culpa; no hay que ser tan ingenuos para no percibir que Richard siente feroces celos por lo que es suyo y le pertenece, entonces se disparan múltiples contradicciones: ¿Si es libre de hacer lo que quiera, por qué Richard, inconcientemente, censura sus actos?

En un chalet

Cuando Robert besa apasionadamente a Bertha y le pide que vaya a su chalet privado –sitio que por cierto sirvió para los escapes indecorosos de Richard y Robert en su juventud-, mientras distrae a Richard en una entrevista con el decano de la universidad que él mismo ha preparado, habrá empezado, sin quererlo, el camino ignominioso de su traición.

Richard no es el típico cornudo, nada de eso, ya conoce con anterioridad todos los encuentros amorosos de su amigo y su mujer. Sabe que es él quien tiene el poder, porque como marido traicionado tiene toda la razón que le otorga la religión católica, así que le proporciona toda la libertad a su mujer para que salga esa misma noche con el periodista, es más, se aparece en el chalet frente a un ansioso y aturdido Robert, para confesarle con total frialdad el ardid que él y su esposa han tramado durante todo ese tiempo contra él:

Richard. ¿Tienes una cita?
Robert. (Ríe nerviosamente.) Desconfiado hasta el final.
Richard. Entonces ¿puedo sentarme?
Robert. Claro por supuesto. (Ambos lo hacen.) Unos minutos al menos. Después nos vamos juntos. No tenemos prisa. Dijo entre ocho y nueve, ¿no es eso? Me pregunto que hora será ya. (Va a mirar de nuevo el reloj, pero se detiene.) Sí, las ocho y veinte.
Richard. (Cansina y tristemente) Tu cita era también para la misma hora y aquí.
Robert. ¿Qué cita?
Richard. Con Bertha.
Robert. (Se le encara) ¿Estás loco?
Richard. ¿Y tú?
Robert. (Después de una prolongada pausa.) ¿Quién te lo dijo?
Richard. Ella.
Silencio (Pág. 81-82)
¿Y qué piensa Robert de todo esto? No pocas cosas, siente con humillación que ha sido vilmente engañado, no es él quien burló a su amigo y se alzó victorioso tras haberle arrebatado parcialmente a su mujer, al contrario, él termina siendo traicionado, sus sentimientos hacia Bertha se trastocan, ya no la ve con un intenso deseo libidinoso, sino con cierto recelo pues aquella arpía busca dañar la larga amistad entre los dos compañeros. Bertha se hace ver como inocente de toda esta charada pero no es así, porque a la larga lo único que pretende, al igual que el resto de personajes, es justificar sus acciones a partir de una incipiente construcción de valores que su marido le ha facilitado.

Poco a poco los personajes van descubriendo sus cartas, las relaciones se hacen más proclives al sarcasmo y la hipocresía. Después del incidente en el chalet, Robert realiza un escrito para su amigo en el periódico para el que trabaja con el título: “Un distinguido irlandés”, ensalzando su carrera como escritor que regresa, igual que un hijo prodigo, a su tierra después de un penoso exilio. No obstante, no se entiende si la columna sirve para presentar una disculpa a Richard debido a un emponzoñado sentimiento de culpa enclaustrado en su ser, o porque quiere desquitarse de aquel hombre que le tendió una trampa para doblegarlo frente a la mujer deseada; una columna que no es bien recibida por Richard Rowan, encontrándola cáustica y llena de doble sentido:

“…Uno de los problemas más vitales de nuestro país es el de su actitud hacia aquellos de sus hijos que, habiéndolo abandonado en sus horas difíciles, han regresado ahora, la víspera de la tan esperada victoria, tras haber aprendido a amarlo en la soledad y el exilio, pero hagamos aquí una distinción. Hay un exilio económico y otro espiritual. Están todos aquellos que lo abandonan en busca del pan que el hombre necesita y están esos otros, sus hijos más distinguidos, que se marchan buscando en otras tierras ese alimento de espíritu que mantiene con vida a una nación de seres humanos. Quienes recuerden al ambiente intelectual de Dublín de hace diez años, conservarán muchos recuerdos de Mr. Rowan. Algo de aquella salvaje indignación que laceraba el corazón…” (Pág. 145-146)

El complejo de culpa

Este es el patético cuadro que Joyce plasma en Exiliados –una de sus pocas obras de teatro-, y en el que resulta más difícil comprender los actos de cada quien, que su posibilidad de ser justificados a partir de un eco de culpabilidad que resuena a través de la religión católica; y esto porque aquellos actos intentan transgredir –inútilmente, claro- por medio de una emancipación de sus valores, la rigidez inconsciente de una concepción católica presta a censurar hasta el más mínimo desliz de sus pasiones. De ahí que Richard tenga celos, un odio profundo por la mujer que fue capaz de engañarle y luego contra la hipocresía de su aparente mejor amigo, aquel charlatán que trata de embelezarlo en sus columnas. El otro ejemplo lo constitute la manera como Bertha se deja seducir por Robert, pues en el fondo la lujuria que siente por él la desborda, y hace añicos sus propios valores en pos de una máxima predominante: no cometerás adulterio. Conclusión, que los valores inventados por Richard no eran más que una capa artificiosa que no poseía ningún sustento para ser llevados a la práctica.

El otro gran elemento de culpa se vislumbra en la actitud despreciativa de Richard hacia su fallecida madre, quien desaprobó totalmente el noviazgo de su hijo con aquella italiana mucho menor que él, y que para colmo ya había engendrado a su nieto Archie, circunstancia que motivo su exilio a Italia. El sentimiento de culpa y odio por su madre es durísimo, y termina por transmitirse indiscriminadamente a su familia:

Richard. Me apartó de su lado. Por ella viví años de exilio y pobreza, o algo muy parecido. Nunca acepté las limosnas que me envió a través de su banco. Esperaba también, no su muerte, sino un poco de comprensión hacia mí, su propio hijo y su propia carne y sangre. Pero nunca llegó.
Beatrice. ¿Ni siquiera con Archie?
Richard. (Rudamente.) ¿Mi hijo? ¿Un hijo del pecado y de la vergüenza? ¿Habla en serio? (ella levanta la cabeza y le mira.)… (Pág. 26)

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Luego de leer la obra de Joyce uno queda con una sensación agridulce, pues todos los personajes sólo buscan satisfacer unos deseos egoístas imponiéndose sobre los demás, pero lo que olvidan es que sus acciones tienen unas consecuencias tremendas en los otros individuos involucrados; finalmente, ninguno termina por tener la razón, ni aquel que hace gala de una moral libertina, ni aquella que lo sigue porque lo ama, ni mucho menos ese que cae en su juego, ni tampoco esa que se muestra impávida ante lo que está pasando a su alrededor. Todos son, en cierto sentido, culpables de sus acciones. Corresponde a cada uno de ellos desligarse de sus caretas para poder dejar a un lado la pesada carga de culpabilidad que sostienen en sus hombros, exiliarse de sí mismos y refugiarse en su espiritualidad.

Esta obra, sin ser demasiado extensa, se me antoja a menudo misteriosa para aquellos que la leen, pero también abierta en cuanto a su interpretación. Precisamente ahí radica el atractivo de Exiliados, ya que puede ser una desgarradora pintura que nos muestra la compleja psique de unos personajes encerrados en sus propias angustias e irremediablemente afligidos por sus pasiones.

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