AUTOR: Albert Camus
TÍTULO: La Peste
EDITORIAL: C.E. El Tiempo (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 254
TRADUCCIÓN: Rosa Chacel
RANK: 9/10
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Por Alexander Peña Sáenz

En este año 2009 ha surgido una grave preocupación que ronda de forma amenazante a la Humanidad: la influenza porcina, el virus conocido como AH1N1, generado en Norteamérica y México, el cual ha cobrado la vida de centenares de víctimas. Este mal, sumado a las amenazas de guerras y los cambios en el clima, hace que hoy más que nunca, la gente del mundo sienta su existencia fragilísima. Por eso urge la búsqueda de medidas desesperadas para controlar la propagación del virus y evitar así más pérdidas humanas. A partir de esta situación también sentí amenazada mi propia existencia y la de los míos, por supuesto.

Esto que ocurre, tan cercano a mí, me recuerda esa inolvidable novela francesa que Camus escribiera por allá en 1947, en donde se cuenta la aparición de una peste en un pueblo de Argel (en aquel entonces colonia francesa) que amenaza abruptamente la vida de todo ser humano. Inmediatamente después del derrumbe de Europa por las dos grandes guerras del siglo XX, una situación de pestilencia agravaría más la situación de todo ser humano en el mundo. Aquí Camus supone que nuestro destino también depende de un poder mucho mayor que las mismas acciones humanas, evidentemente es el poder de la magnánima naturaleza.

La Peste es esa novela que relata de forma cruda cómo la naturaleza a través de un virus desconocido puede llegar a destruir miles de vidas, sin que la Humanidad tenga la posibilidad de hacer algo para evitarlo. Es una situación absurda e inevitable que cada ser humano tendrá que enfrentar como parte de su destino.

El modo de narración que utiliza Camus para relatar La Peste se distancia de aquel utilizado en su primera novela El Extranjero; recordemos que en esta última Mersault hablaba en primera persona y de modo introvertido –si lo analizamos psicológicamente-, mientras que en La Peste las situaciones son narradas en tercera persona centrándose en la figura del doctor Bernard Rieux, con situaciones mucho más sociales y detalladas de forma más minuciosa. Existen también más personajes que luchan por su existencia y buscan un lugar en la obra para expresar su voz: el padre Paneloux, Rambert el periodista, Grand, Michel, Jean Tarrou y Richard; son tan solo algunas de las personas que sufren y luchan contra el advenimiento y desarrollo de la peste en Orán. Sin dudarlo, pienso que la novela posiciona a Camus como uno de los más grandes escritores de la literatura existencialista y uno de los filósofos-literatos más importantes que el mundo contemporáneo haya podido concebir. A grandes rasgos, La Peste es una dramática situación que ataca inmisericorde y sin contemplaciones toda vida, no sólo humana, sino general.

El inicio de la peste en Orán

Lo que pasa actualmente en los países de América como México, Estados Unidos, Argentina y demás, podría ser similar a lo que ocurrió en el Orán de Camus, en Argel, lugar en donde una peste comenzó atacando a las ratas y luego a todos sus habitantes. Esta peste no contemplaba la situación de los individuos: mujeres, niños y ancianos, todos eran inevitables víctimas del poder de la naturaleza. Por supuesto, encontramos en personajes como Bernard Rieux y Rambert la condición humana que enfrenta este drama con resistencia, en busca de desesperadas formas de solventar la crítica situación. Todos somos igual de culpables al nacer, somos potenciales víctimas de la naturaleza, de la peste como una posibilidad de castigo divino. Nadie está exento de recibir a la muerte en cualquier momento.

Orán es una ciudad como cualquier otra: una antigua prefectura francesa en aquella época de 194… –no se precisa el año-. El narrador considera que es una ciudad fea, que en verano tiene un calor que puede llegar a ser insoportable. No es una ciudad original, por ejemplo: “Era Orán como en otras partes por falta de tiempo y de reflexión, en donde se ve uno obligado a amar sin darse cuenta”. Lo más original allí es la diferencia para encontrar la muerte. Orán es una ciudad sin vegetación, sin alma, que sirve de reposo para unos simpáticos habitantes a espaldas del mar.

El día 16 de Abril 194…, inicia el drama para Bernard Rieux y el resto de Orán. Las ratas comienzan a salir de sus nidos para morir en la superficie, emanando sangre y revolcándose agónicamente. Poco a poco las ratas aumentan su mortalidad y se van amontonando los cadáveres putrefactos en la ciudad. Para el 28 de abril, más de ocho mil ratas han muerto, mientras que la población se alarma. Para los habitantes de Orán comenzaría también la mortalidad, los síntomas se manifiestan de forma abrupta en seres inocentes. La gente vomita bilis roja, pierde sus fuerzas, la temperatura aumenta en sus cuerpos, y surgen la fiebre e inflamaciones.

La desratización (limpieza de los cadáveres de las ratas) y la primera victima humana (el portero del pueblo), traen consigo el fin de un periodo lleno de signos desconcertantes y el comienzo de otro periodo relativamente difícil, como se verá, la peste atacando toda vida humana.

Antecedentes de la peste

Como antecedentes de esta situación están las pestes de Constantinopla con diez mil muertos; en Cantón en el siglo XIX cuarenta mil ratas mueren. La gente ha concebido las pestes como un fenómeno irreal que no puede tocarlos, por ser una circunstancia excepcional. El autor dilucida al respecto:

“Las plagas en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas (…) Nuestros conciudadanos, a este respecto eran como el mundo, pensaban en ellos mismo; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar y no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan y los humanistas en primer lugar porque no han tomado precauciones” (Pág. 36)

El sufrimiento de un pueblo en el exilio

La epidemia es un mal inevitable para todo habitante de Orán. Esta desgracia, alcanza cada vez más todo aspecto de la vida de los hombres, desde su más profunda intimidad hasta la vida social, para ponerlos a luchar contra todo tipo de sentimiento:

“En el momento más grave de la epidemia no se vio más que un caso en que los sentimientos humanos fueron más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas… Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio” (Pág. 61)

Implacablemente, la peste comienza a separar a los enfermos de sus seres queridos, quienes no estaá preparados para alejarse de su propia gente. Para esta humanidad, ahora en la más funesta desgracia, la peste es la peor de todas las prisiones, el más insoportable exilio para quien lo padece. Por su absurdo advenimiento es una situación desesperanzadora, ya no existe expectativa alguna, sólo la certeza de la muerte. En su sentir, los dolientes conciben frases desconsoladoras como esta:

“Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflinge a los que se confían a ella” (Pág. 63)

En medio de su exilio, sus tormentos se conjugan con un ayer escondido y experiencias de vida confinadas en sus memorias. Sólo era clara esa certeza de que la vida tiene un inminente final, la implacable muerte. En medio de esta certeza, los dolientes persisten y se aferran a lo único que en verdad consideran importante, sus propias vidas:

“El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir en un recuerdo inútil. Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente sólo tenía el sabor de la nostalgia” (Pág. 64)

Para agravar sus penas se suman al dolor del exilio, la soledad y la falta de colaboración de los prójimos sanos. Un individualismo exacerbado se evidencia entre los que aún no contraen el virus y los afectados que luchan por una cura para sus males. Ya no hay cabida para permitirse confiar cualquier tipo de secreto. Cada quien debe ensimismarse y sufrir en silencio su propio dolor.

“En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo en su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre” (Pág. 66)

Pese a que un mal mayor aquejaba a los exiliados, un halo de esperanza se vislumbraba en su oscurecido horizonte. El sentimiento del amor logra prevalecer en muchos de los individuos como algo personal, muy de ellos dentro de sí:

“En el egoísmo del amor les preservaba, y si pensaban en la peste era solamente en la medida en que podía poner a su separación en el peligro de ser eterna” (Pág. 67)

El Aislamiento en La Peste y su relación con Mersault

El dolor del aislamiento que sentían los enfermos de la peste en Orán, los hacía sentirse extraños frente al mundo, como si fuesen la peor escoria que haya existido jamás. Todos los enfermos entraban en cuarentena, tomándose con ellos medidas profilácticas, siendo confinados en pabellones de seguridad. Curiosamente, esta situación puede asemejarse, de cierta manera, con la aprehensión por parte de las autoridades a Mersault, después del asesinato del árabe, en la otra aclamada obra de Camus El Extranjero. De igual manera, su protagonista estaría confinado y aislado del resto del mundo de forma, insistimos, absurda.

La intertextualidad, que es una constante en las obras de Camus, por supuesto se retrata de forma abierta en La Peste. Vemos como se hace referencia a El Extranjero en medio de la peste. Grand discute con una vendedora de tabaco sobre el episodio de Mersault, ocurrido no muy lejos de Orán.

“En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa” (Pág. 50)

La vendedora afirmaba que era mejor ver a ese tipo de chusma en la cárcel para que la gente decente respirara. Así mismo pasa con los enfermos: hay que confinarlos para que no contagien a los sanos. Probablemente a las situaciones absurdas que enfrentó Mersault se le pudo haber sumado la posibilidad de lidiar con la peste, como otro de los absurdos momentos de su vida.
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Se podría decir muchísimo más sobre La Peste, gran libro que no se agota en una sola lectura. Cada lector debe experimentar sus contenidos para sacar conclusiones propias. Cuán pertinente es su lectura al saber la cercanía de una posible epidemia –o pandemia como llaman al AH1N1- cuya sola presencia amenaza con la vida de toda la humanidad, y recuerda que nuestra existencia es un paso efímero por la Tierra. Con esta reseña he dado apenas una humilde opinión desde mi lectura de la obra, imprescindible para comprender la llamada filosofía de rebelión en Albert Camus. Dejemos como final esta bella frase que siempre me ha acompañado y que, sin duda, muchos han sentido por su tránsito en la existencia:

"Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo"

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