AUTOR: Úrsula K. Le Guin
TÍTULO: Planeta del Exilio
EDITORIAL: Orbis, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1987
PÁGINAS: 154
RANK: 8/10





Por Alejandro Jiménez

“Mi razón trabaja a través de la imaginación” –declaró hace poco la escritora Úrsula Le Guin (1929) y, no otra afirmación podría resultar tan definitiva, a la hora de dar cuenta de toda una vida dedicada a crear historias de ciencia ficción y fantasía. Su nombre no es uno más dentro del género, por el contrario, la alta confección de su lenguaje y la profundidad con la que suele abordar sus temas, han hecho de él, algo así como un sinónimo de “clásico viviente”. Una carrera que comenzó cuando apenas tenía ocho años y que ha abordado –además de la ficción- la poesía, la literatura infantil y el ensayo, convierten a Le Guin en una referencia de carácter obligado.

Y, aunque este Planeta del Exilio (1966) no goce de la misma popularidad que La Mano Izquierda de la Oscuridad (1969), título que, incluso, la haría acreedora de los premios Hugo y Nébula, no cabe duda de que también constituye una gran muestra de ese espacio que sólo la pluma de alguien talentoso podría crear sin perderse en recovecos inútiles o inverosímiles. No se trata de algo gratuito, eso está claro, sino de una experiencia de años y años escribiendo los relatos que precedieron ese impulso incontenible que, por allá en la década de los sesentas, asaltó a nuestra autora: la creación de sus novelas.

Así, en 1966 se publicó El Mundo de Rocannon, pieza con la que Le Guin iniciaba el ciclo conocido como Ekumen –o Haishin- y en el que, en un primer momento, se incluirían sus dos siguientes publicaciones, es decir, Planeta del Exilio y, un año después, La Ciudad de las Ilusiones. Con esa saga, no sólo estaba incursionando Le Guin en el ámbito de la novela fantástica, sino también en el de los grandes universos paralelos. Efectivamente, Ekumen es una Liga de planetas que, unidos por un origen compartido –el planeta Hain-, han venido desarrollando sus propias civilizaciones pero, en la mayoría de los casos, han olvidado la existencia de unos respecto de las otros.

Es cierto que ese universo de Ekumen estaba concebido ya en el cuento El Collar de Semley, de 1964, pero aquel escrito sólo se publicaría una década después y, por demás, es un pequeño esbozo de la complejidad caracterológica que vendrá a asumir con cada una de las novelas. En el caso particular de Planeta del Exilio –basándonos en la cronología de Ian Watson-, podemos ubicar su historia en el Planeta Werel, año 3755. Y es que Ekumen no sólo tiene una dimensión espacial, sino también una temporal, de allí que en las novelas de este ciclo, Le Guin transite sin ninguna dificultad por el segundo, tercero o cuarto milenios de nuestra era –porque la Tierra también pertenece a Ekumen- y que, el lector, pueda conocer distintas formas de desarrollo y organización socio-tecnológicos.

Si tenemos todos estos elementos presentes, podemos entender que la incursión de nuestra autora a la novela fue, como quien dice, por la puerta grande, con todo un universo del que se desprenderían muchos y muy logrados sesgos, tanto en lo que concierne a su carácter ficcional/fantástico, como a esa reflexión bastante seria que vendrá a ofrecernos –apoyada en la lectura juiciosa de textos antropológicos y sociológicos- sobre la condición política de los hombres, o lo equivale a decir, sus formas particulares de convivir, organizarse e interactuar. Dicho esto y, sabiendo que el lenguaje de Le Guin entraña rapidez, contundencia y fuerza, podemos estar persuadidos de que su lectura nunca decepciona, sino que antes bien, alimenta y emociona como pocas.

En el Werel, 3755

Planeta del Exilio narra la historia de Werel: un mundo en el que conviven, bajo la denominación genérica de hombres, los lejosnatos (o falsos-hombres) y los hilfos, estos últimos originarios del lugar. Cada uno de estos grupos vive en comunidades asentadas que, aunque cercanas, no suelen mantener comunicaciones habituales. Así, los lejosnatos viven en Landin, una ciudad de cobre cercana al mar, mientras que los hilfos lo hacen en Tevar, más cerca de las montañas. Lo usual, como decimos, en las relaciones entre unos y otros, es la distancia; los hilfos, de tecnología menos avanzada, consideran a los falsos-hombres seres peligrosos, en primer lugar, porque parecen practicar la brujería –que no es otra cosa que el lenguaje paraverbal- y, luego, porque al haber nacido lejos de Werel, no tienen las características físicas de allí, esto es, la piel y los ojos claros, sino que su cuerpo es negro y sus ojos completamente oscuros.

Existen otras comunidades de lejosnatos ubicadas lejos de Landin, en un lugar llamado Atlantika, y también otros hilfos fuera de Tevar, pero la historia se centra sólo en la relación de estos dos grupos frente a un hecho particular: la llegada desde el norte de los gaales. En efecto, cada inicio del invierno trae para hilfos y lejosnatos dos preocupaciones: uno, la adecuación de sus ciudades para la temporada que, allí en Werel alcanza los 15 años y, dos, el prepararse ante un posible ataque de los gaales, bárbaros nativos del Planeta que, huyendo del invierno, bajan hacia el sur ocupando y robando las ciudades que encuentran a su paso.

Pero en este año 3755, las cosas parecen cambiar un poco. Los lejosnatos han escuchado rumores sobre un cambio en la actitud de los gaales: en esta ocasión -se les ha dicho- no piensan darse por satisfechos con las provisiones y reservas de los pueblos, sino que están decididos a dejar, en cada uno, a cientos de sus hombres asentados, con el ánimo de que, cuando regresen al norte después del invierno, puedan dar cuenta de fortificaciones en todo lugar, algo así como un imperio. La noticia pone en alerta a los habitantes de Landin, quienes delegan a Jakob Agat para hablar con los hilfos, puesto que la única manera de detener una fuerza tan numerosa como la de los gaales es a través de la unión de los hombres hilfos y lejosnatos.

Tras la reticencia habitual, Wold, el viejo líder de los hilfos acepta la conspiración, aun cuando muchos en Tevar siguen rehusándose a ponerse “al nivel” de los de Landin. Sin embargo, un hecho peculiar hará que esta unión nunca se realice: Rolery, una chica hilfa, ha empezado a interesarse por Agat, después de que aquel la salvase de una corriente de agua llamándola telepáticamente. Ella, no ha entendido las palabras de su abuelo –Wold- quien ha intentado aclararle la imposibilidad que existe para una relación entre los de Tevar y los de Landin –si bien él mismo tuvo alguna vez una esposa lejosnata-. La intrepidez de Rolery y, el paulatino interés que en Agat va creciendo, los vuelca en una relación amorosa que, al ser descubierta, impacienta a un grupo de hilfos que golpean al lejosnato y dan por terminado el plan de ataque conjunto a los gaales.

Días después, miles y miles de gaales atacan a Tevar, que a pesar de la furia de sus hombres no puede contener el número de los invasores, de suerte que termina muy pronto saqueada y con muchos de sus habitantes muertos en las calles. Los de Landin, entretanto, han empezado a atacar a los gaales en forma de guerrillas para disminuir el número de posibles asaltantes a su ciudad; pero, ante la situación de Tevar, y el encuentro entre Agat y el hermano de Rolery –a la sazón esposa del lejosnato-, Umaksuman, pelean sobre Tevar y salvan a un grupo importante de mujeres, niños y hombres que son llevados a Landin como exiliados.

La situación desconcierta a muchos de los hilfos, pero deciden aceptarla. Allí, son alimentados, protegidos, pero también puestos a trabajar en distintas cosas, puesto que los gaales ahora se dirigen hacia Landin. Un trabajo, ahora sí, conjunto entre hilfos y lejosnatos, la fuerte estructura de la ciudad, y una guarnición en pleno mar –en donde serán puestos a salvo los más débiles-, permiten hacer frente momentáneo al duro ataque. Con todo, el invierno se ha instalado fuertemente sobre Werel y para muchos será la primera y única experiencia de la estación. Restará saber, entonces, la reacción que tendrán los gaales frente a la defensa empecinada de los de Landin y, sobretodo, si después de este inusitado trabajo entre hilfos y lejosnatos, sus formas de relacionarse pueden cambiar de alguna forma.

Sobre la organización de Tevar y Landin

Tevar es una de las ciudades nativas de Werel; sus habitantes se llaman a sí mismos como hombres y actúan recelosa y despectivamente frente a los lejosnatos. Y, aun cuando se los conoce como hilfos (High Intelligence Life Form = forma de vida altamente inteligente), su tecnología es bastante limitada: no conocen la escritura, tampoco la pintura o la medicina y, por supuesto, mucho menos, su origen, siendo, como dijimos más arriba, compartido con el de los lejosnatos. Y, porque esto es así, su forma de organización social y de interpretación de la realidad resulta peculiar. Son, por ejemplo, bastante supersticiosos: creen que una infección en la pierna de un guerrero no se debe a la contaminación de la herida, sino al espíritu del mal que habitaba en la flecha o lanza con que fue herido; piensan que los libros, al no tener una voz oral sólo pueden hablar como producto de la brujería, o más cosas de ese tipo.

En las artes de la guerra tampoco tienen mayor domino: atacan con hachas, dardos o espadas, porque no conocen otra cosa. Sus decisiones se toman en asambleas a las que se llama a través de golpeteos de piedras y viven, ante todo, de la caza y el cultivo. Sin embargo, tienen algunas leyes claras, como no casarse con hombres distintos a los de Tevar, o mantenerse fiel a los clanes en donde se ha nacido. Es inconcebible pensar en que alguno de ellos pueda casarse con una lejosnata, y en esto son de sobremanera radicales, puesto que es un planteamiento contrario a las leyes de Landin, en donde la mujer elige con quien casarse y en ello opera con toda libertad.

Y, es que en Landin las cosas son muy distintas: hay una biblioteca con esos viejos libros en donde se explican las cosas del universo, se pinta, se crean estrategias para la guerra, etcétera. Incluso, se añora con bastante nostalgia el Planeta-patria de donde vinieron alguna vez sin pensar que terminarían allí para siempre. En alguna ocasión, Agat cuenta la historia del origen de su pueblo a Rolery y, aquella historia, es tanto como hablar de la Liga de Ekumen:

“Hubo muchos mundos entre las estrellas, y muchas clases de hombres que vivían en ellos. Construyeron naves que podían surcar la oscuridad entre los mundos, y fueron viajando, comerciando y explorando. Se aliaron en una Liga, como vuestros clanes se alían entre sí para aprovechar un territorio. Pero hubo un enemigo de la Liga de Todos los Mundos. Un enemigo venido de muy lejos. Yo no sé de cuán lejos. Los libros fueron escritos para hombres que sabían más que nosotros… (…) Durante mucho tiempo la Liga se preparó para luchar contra aquel enemigo. Los mundos más fuertes ayudaron a los más débiles a armarse, a prepararse. Más o menos como nosotros estamos tratando de hacer aquí para enfrentarnos a los gaales. Y el lenguaje mental fue una de las habilidades que ellos enseñaron, y había armas, los libros dicen fuegos, que podían incendiar planetas enteros y hacer estallar las estrellas… Bueno, durante esa época mi pueblo vino de su planeta originario hasta este en que nos encontramos. No eran muchos. Deseaban hacer amistad con vuestros pueblos y ver si querían ser un mundo más de la Liga, y unirse contra el enemigo. Pero el enemigo vino. La nave que trajo a mi pueblo regresó al sitio de donde había venido, para combatir en la guerra, y algunas de las personas se fueron con ella, llevándose el parlante lejano con que aquellos hombres se podían hablar unos a otros de un mundo a otro. Algunos de los individuos de mi pueblo se quedaron aquí tratando de ayudar a este mundo si el enemigo venía, o bien no pudieron regresar. Eso no lo sabemos. Los documentos del archivo dicen sólo que la nave se marchó. Era como una espada blanca de metal, más grande que una ciudad, que se elevaba sobre una pluma de fuego. Tenemos imágenes de ella. Creo que pensaban volver pronto… eso fue hace diez años” (Pág. 58-59)

Dejados allí y, tal vez, olvidados, los ahora nacidos-lejos (lejosnatos) empezaron a vivir en Werel, pero pronto se dieron cuenta de que los nativos no estaban muy interesados en aquello que pudiesen aprender de ellos. Y, además, la existencia de una ley de la Liga por la cual quienes no fueran nativos de un planeta no podrían hacer uso de la tecnología de su pueblo de origen para no afectar el devenir de estos, hizo que, paulatinamente, perdieran el dominio de todos sus conocimientos y que fuesen haciendo una regresión caótica sobre su desarrollo. Dejados allí pues, y bajo la tesis darwiniana, fueron cambiando poco a poco con el devenir de las generaciones, hasta ir adquiriendo características que antes no eran propias de su especie, como la posibilidad de ser infectados, o la mutación de las condiciones de su semen que, incluso, fue motivo de preocupación por la extinción eminente a la que este hecho podría abocarlos.

El romance de Rolery y Agat

Como puede verse, el romance entre Rolery y Agat es, en Planeta del Exilio, una transversalidad. Con él, asistimos a una nueva posibilidad que se abre para ambos pueblos: el cruzamiento de sus especies. Es cierto que no es el primer caso de amores entre hilfos y lejosnatos, pero sí el primero en un momento de la evolución de ambos grupos en que, por fin, es factible la procreación. Antes de este momento, la configuración biológica y genética de los lejosnatos, totalmente distinta a las condiciones de Werel, hacía de esta posibilidad un absurdo, pero ahora, cuando después de varias generaciones empiezan a advertirse cambios de importancia en los lejosnatos, las cosas son distintas y; además, es un momento cardinal para ellos mismos: para los hilfos, porque a fuerza de repetirse no han encontrado la superación de sus propias limitaciones, tanto orgánicas como tecnológicas y, para los lejosnatos, porque de no pensar en otras alternativas, estarían saltando irremisiblemente al abismo de la desaparición.

Y bien, no basta decir nada más para comprobar que, con esta situación, Le Guin nos está sugiriendo su propia interpretación de uno de los problemas más trabajados en la sociología y la antropología: el mestizaje. Motor de transformaciones, vehículo de cambio histórico, fortaleza cultural, etcétera, el mestizaje es para la humanidad una posibilidad frente al anquilosamiento al que puede llevar el retraimiento de un determinado grupo; pero, las cosas no son tan fáciles –sino miremos la historia- y, por ello, la posibilidad de procrear que nace con Agat y Rolery es también un punto problemático: hasta qué punto, por ejemplo, el pueblo de la chica, Tevar, que se atribuye la carga histórica de su Planeta, la prioridad frente a las cosas y la pureza de lo nativo, puede aceptar ahora que un nuevo elemento vaya a ir transformándolo todo, de poco en poco o, mejor dicho, qué tanto están dispuestos los hilfos a renunciar a lo que siempre han considerado como propio.

La autora nos deja la pregunta abierta y en eso demuestra su grandeza, porque sólo un pretencioso se atribuye las últimas palabras. Nos plantea el mundo, las condiciones y, estas son, como hemos visto, complejas, diversas y cuestionantes: estamos en Planeta del Exilio dentro de un contraste tensado al máximo entre la alta tecnología que permitió la llegada de los lejosnatos a Werel y, el carácter lineal, limitado y autárquico de los habitantes de Tevar. De modo que nos ubicamos como ante un principio, no ante un final, y en eso, la obra de Ursula Le Guin gana muchísimos puntos.
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Una
pieza ejemplar de la literatura fantástica, Planeta del Exilio trae, incluso hoy día, un lenguaje renovado, provocador y de exquisita profundidad. Una buena colección de ciencia ficción debe, necesariamente, contar con este tomo entre sus estantes.

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