AUTOR: Ulrich Beck
TÍTULO: Libertad o Capitalismo (Conversaciones con Johannes Willms)
EDITORIAL: Paidós, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 220
TRADUCCIÓN: Bernardo Moreno Carrillo
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

“Libertad o socialismo”, gritaron los conservadores durante la Guerra Fría; un pregón que, por su tenor y espíritu, parecía salido de las huestes del liberalismo y que, por otro lado, puso a la gente no en una situación de auténtica dicotomía, sino en un terreno en el que la experiencia de la libertad sólo era posible bajo un marco político no socialista. Dicho de otro modo, que para una sociedad como la estadounidense, educada bajo los principios más fervientes de la libertad y propiedad privadas, ese pregón significaba menos una verdadera relación de posibilidad que su declaración de dueña y señora de la libertad en el mundo.

Hoy, varias décadas después de aquellos acontecimientos, asistimos a una inversión histórica de dos términos que, a la postre, ya no parecen jugar del mismo lado: la libertad y el capitalismo. Diríamos que la situación para el socialismo afrontó sus principales crisis con el debilitamiento de la Europa del Este, pero que también el capitalismo ha empezado a atravesar su propio camino espinoso, merced a la atomización social y las contradicciones que han pervivido desde siempre en su discurso, aspectos uno y otro que, en la actualidad, sugieren al hombre una nueva relación, esta vez si dicotómica entre libertad o capitalismo.

No otra cosa es este libro de Ulrich Beck (1944-), Freiheit oder Kapitalismus, publicado en el año 2000, y que se suma al conjunto de obras provenientes de distintas disciplinas, que han asumido la responsabilidad de desenmascarar los vacíos y falacias que sirven de base a las prácticas capitalistas existentes. Ulrich Beck, director del Instituto de Sociología de la Universidad de Munich, catedrático de la London School of Economics y miembro de distintas comisiones del gobierno alemán, es una de las figuras indiscutibles del pensamiento contemporáneo, cuyo trabajo –especialmente desarrollado en el campo de la sociología- lo posiciona junto a renombrados intelectuales como Jürgen Habermas o Helmut Schelsky.

Porque sucede con Ulrich Beck que las gastadas categorías con las que todavía se siguen midiendo las problemáticas sociales son reinventadas, contemporaneizadas o, finalmente, desechadas, pero de ningún modo utilizadas para redundar en aspectos que requieren de nuevos ojos e interpretaciones frescas. En su pensamiento, nociones como Estado-nación, globalización, individualismo o posmodernidad son tan rigurosamente evaluadas, que varias de sus teorizaciones (categorías zombis, individualismo social o cosmopolitismo) están a la vanguardia de los estudios políticos y sociológicos. No cabe duda de que mientras los managers del neoliberalismo anuncian a voz alzada el fin de la política, intelectuales como Beck continúan persiguiendo un objetivo claro: pensar la sociedad.

Pues bien, Libertad o Capitalismo, contiene una serie de conversaciones que Ulrich Beck sostuvo con Johannes Willms, y que han sido editadas en este libro, básicamente porque no constituyen una aproximación basada en la opinión, sino –y esto a pesar de su estructura- una revisión sistemática de distintas dimensiones de nuestra sociedad –la globalización, el régimen de riesgo, la subpolitización, etcétera-. Conversaciones divididas en seis partes de las que destacaremos aquí los elementos que nos han parecido relevantes, sabiendo de antemano lo limitado de nuestro estudio.

La segunda modernidad

Al contrario de varios teóricos –especialmente de Lyotard-, para quienes la situación contemporánea puede entenderse bajo la mirada de una posmodernidad, Ulrich Beck propone, desde la sociología, la noción de segunda modernidad. Por ella no sugiere una nueva periodización, sino la existencia de “modernidades” que se relacionan en términos de continuidad-ruptura. Su análisis es tanto como establecer un esquema comparativo de los rasgos característicos de primera y segunda modernidades: la primera, basada en sociedades del modo Estado-nación que funcionan a través de grandes discursos colectivos y una clara distinción entre ellas y la naturaleza, pero que además impulsan el empleo asalariado en plataformas de tipo industrial y; por el contrario, una segunda modernidad, que debe vérselas con la globalización, el individualismo institucionalizado y los regímenes de riesgo mundial.

Esta transformación de las condiciones insta a la sociología a revisar el conjunto de marcos por medio del cual considera a la sociedad. Es obvio que continuar trabajando con categorías que responden a realidades superadas no sólo es inútil, sino también bastante peligroso. A este respecto, la idea de categorías zombis propuesta por Beck resulta atrayente. Una categoría zombi, en su opinión, es un marco conceptual vivo-muerto que procede del horizonte de siglos precedentes y que nos hace pensar de manera analítica-apriorística la dinámica propia de la segunda modernidad. Nuestro autor considera algunos ejemplos: la delimitación territorial de la sociología, la suposición de colectividades sociales concretas o el bios evolutivo.

Así, la sociología no puede continuar pensando que su objeto de estudio está concretado en espacios o grupos particulares; su metodología debe transformarse radicalmente, entender que no existen ya Estados-nación independientes, ni colectivos inmutables, sino que todo esto está viviendo una vertiginosa remantización, por la que los límites tradicionalmente reconocidos se hacen difusos y complejos. ¿Qué es ser un nacionalista –se pregunta Beck- para un Londres que compra sus taxis en Singapur? O ¿Por qué obstinarse en la idea de la familia como núcleo de la sociedad, cuando cada día encontramos en ella mayores escisiones e independencias? Negarse a la evidencia de una sociedad globalizada, interconectada, esto es, replegarse en los nacionalismos, etnicismos o toda suerte de categorías zombis, es intentar hacerse el de la vista gorda con aquello que ya ha alcanzado un espacio contundente.

En la primera modernidad decíamos “o esto… o eso” –o estamos en Bruselas o estamos en Kiev, o trabajo para esta empresa o para la otra-, actualmente nuestro discurso se posiciona como un “no sólo… sino también” –no sólo estoy en Bruselas… sino también en Kiev, no sólo trabajo aquí... sino también allá-. Los medios de comunicación y transporte, las tecnologías de avanzada, la restructuración económica y cultural, permiten afirmar este tipo de cosas, y en tanto esto es así, los sociólogos deben actualizar sus herramientas de comprensión. La economía, por ejemplo, no entiende ya de límites geográficos, está –por decirlo de alguna manera- por encima de ellos, del Estado, de las ciudades, mientras que los gobiernos y buena parte de las instituciones, entre ellas las académicas, siguen entendiendo que la globalización es una realidad que debe enfrentarse como Estado y no a través de miradas de mayor envergadura.

Libertad o capitalismo

Pensemos en que ese recorrido por la primera y segunda modernidades viene a representarnos también la trayectoria del capitalismo: un capitalismo de producción –propio de los siglos XVIII y XIX-, uno de consumo –que, aunque intersticial, todavía está vigente en nuestros días- y, por último, un capitalismo de sesgo neoliberal, que vendrá a corresponderse ampliamente con las condiciones sociales de la segunda modernidad. Lo que haría particular el capitalismo neoliberal respecto del basado en el consumo, no es el abandono de esta cualidad consumista, sino más bien la desaparición de los espacios concretos a los que antes se atribuía la enajenación: ahora la Coca-Cola o la McDonalds no son compañías estadounidenses solamente, también son empresas alemanas o mexicanas, a razón de su carácter subsidiario y de incursión cultural.

Pero, además de esto, nunca antes en la historia, ni siquiera durante el desarrollo del new deal, las conductas de individualización habían estado tan propagadas: un individualismo que se hace ver como libertad –libertad para elegir entre seis yogures diferentes, entre cuatro empresas petroleras-, pero que es, al contrario, una réplica de la despolitización inherente al discurso neoliberal. Vamos a distinguir con Beck dos clases de individualismo, al primero lo llamaremos individualismo institucionalizado o de empresario de sí y, al segundo, individualismo social o experimental; aquel es al que estamos “abocados”, y éste es el que nos permite una cierta posibilidad.

La formación, el mercado laboral, la movilidad son entendidas en el plano del individualismo institucionalizado; creemos que a través de aquellos espacios logramos formular una biografía personal, pero lo cierto es que aquello que podemos estudiar factiblemente y que constituye la base para nuestro posterior trabajo y movilidad, responde únicamente a necesidades de tipo económico, es decir, la economía determina qué se estudia y qué no, porque –para citar un caso- sus estadísticas de vacantes laborales condicionan nuestras elecciones. Sobre esto verá Beck uno de los rasgos más perversos de la época: el paso de las empresas como núcleos de enajenación a la descarga “sobre el propio individuo de la autoexplotación y la autoopresión”. El hombre de hoy reconoce ciertos elementos por los que debe inclinarse para asegurar un fajo de billetes en su bolsillo y, por él, se autodetermina sumisamente, dejando en un segundo plano su libertad.

Existe, sin embargo, otra mirada por la cual los alcances actuales del capitalismo nos han puesto por fin en el umbral de la verdadera libertad: lo global significa disolución de la tradición, del estado, de la familia, de la religión, o sea liberación frente a todos los marcos históricamente reguladores. La humanidad tiene así ante sus ojos una nueva etapa de su desarrollo; está, diríamos, ante una decisión apremiante: libertad o capitalismo –libertad para utilizar la globalización a modo de comodín, no de guillotina, o capitalismo, para continuar la cultura del consumo y la ostentación-. Parece que tenemos la oportunidad definitiva para liberarnos tanto de las conocidas fórmulas de enajenación, como de las nuevas trabas a la libertad: el nacionalismo posmoderno que insiste en su idea de Estado-nación, el globalismo enemigo de cualquier acción política, o el autoritarismo democrático que pone a su disposición todo avance tecnológico-informativo como mecanismo de control.

Creer en la posibilidad que abre la globalización para el ejercicio de las libertades implica reconocer que distintos escenarios no considerados hasta hoy políticos –puesto que hacen parte de lo privado-, se revelan como espacios que exigen del individuo una condición política. En esto Beck supera, incluso, teorías de algunos contemporáneos como Alessandro Baricco, para quienes el estatuto de lo público o, al menos, de lo político, no podría abarcar fenómenos como la redefinición genérica, la distribución de las funciones domésticas, entre otras. Para nuestro autor, en cambio, es posible y también necesario este empoderamiento como sujetos que deciden y actúan, ya no desde plataformas partidistas, sino desde la defensa misma de las libertades individuales o las asociaciones que en su nombre puedan organizarse.

El Chernóbil económico

Dentro de las preocupaciones políticas que comportan especial importancia en la actualidad, existe una a la que Ulrich Beck ha destinado numerosas páginas: la sociedad de riesgo. Sobre ella hizo originales consideraciones en textos como La Sociedad del Riesgo o Políticas Ecológicas en la Edad del Riesgo. Aquí, regresa sobre el tema, principalmente para explicar tres de sus dimensiones: 1. su distinción frente al concepto de peligro; 2. su relación con la causalidad y; 3. sus distintas posibilidades de interpretación.

La teoría de Beck no se permite debilidades, pero tampoco exageraciones; los riesgos –dice- están asociados a decisiones humanas, es decir, al proceso de civilización y modernización. Es distinta, en este sentido, al simple peligro o a las catástrofes, porque aquellas son provocadas por la naturaleza e interpretadas desde la tradición o el mito. Una sociedad de riesgo es, al mismo tiempo, conciencia e interés por hacer previsibles unas acciones incontroladas –la manipulación genética, el manejo de desechos, los materiales nucleares, etcétera-. Sus orígenes se remontan a las travesías intercontinentales, pero de aquello a la actualidad dista un abismo, puesto que el alcance de los riesgos supera ya la totalidad de la población, no colectividades aisladas. Es más, el riesgo de un colapso nuclear, por ejemplo, ha trascendido además de lo espacial, lo temporal, tanto como decir que una comunidad cualquiera evidencia las reales consecuencias de un contacto con desechos tóxicos sólo un par de generaciones después, cuando hayan mutado determinados elementos de su estructura genética.

A lo largo de la historia este tipo de contingencias han intentado preverse y asegurarse a través de los regímenes de riesgo y su materialización en los seguros de vida, trabajo y demás. Pero todo ha sido insuficiente porque su base de análisis, la causalidad, es un concepto muy ambiguo. Si en un sitio hay una denuncia por enfermedades producidas a causa de un gas tóxico, la empresa imputada puede exigir a su vez que se pruebe que ella es verdaderamente la culpable de la enfermedad, y no cualquiera de las otras tres o cuatro empresas del sector; frente a ello, quién podría establecer juicios definitorios, si parece que entre más industrias contaminantes existan es más difícil dar con los culpables. Ello, por hablar de lo que continúa ocurriendo en sitios delimitados, y no en marcos menos estipulables porque, cómo hablar de causalidad en términos de alimentos transgénicos, o desastres nucleares, allí donde nadie asegura y nadie se siente culpable.

Ante esta situación, Beck observa dos posibles líneas de interpretación. La primera tiene que ver con la obstinación del Estado-nación como único escenario de decisión frente a los riesgos: cada país elige su forma de asumir las problemáticas, pero olvidan que las consecuencias de la tecnología actualmente trascienden las regulaciones de la empresa o el espacio en donde se producen, para hacer parte de la totalidad de lo social. La segunda forma de interpretar la sociedad de riesgo –y ello teniendo en cuenta los avances de Greenpeace y las ONGs- es como lugar para la conciencia, en donde el individuo, desde su particularidad, asume que el progreso no puede equivaler a irresponsabilidad; en otros términos, Beck quiere ver aquí un determinante para una sociedad autocrítica, no pesimista, sino reflexiva, y que no hace de los riesgos –como parece suceder hoy día- otra oportunidad para la capitalización, vendiendo, por ejemplo, tecnologías anti-riesgos.

Finalmente, nuestro autor considera, recuperando la imagen de Chernóbil, otro gran riesgo que generalmente no se asume como tal: el económico. El discurso neoliberal ha posicionado a la economía como centro de la sociedad, como núcleo de las directrices sociales y políticas, razón por la cual, un posible colapso de su lógica –como ocurrió en Estados Unidos el año pasado- puede significar un desastre de grandes magnitudes.

El régimen de riesgo del trabajo

La sociedad se ha transformado hasta tal punto que modalidades de régimen de riesgo tan bien establecidas como la del trabajo, están hoy por hoy tambaleándose. En efecto, cada vez resulta más difícil entender la vida laboral como se había hecho desde Marx, incluso, desde antes: empleos aparentemente autónomos, ocupaciones temporales, independientes, sin términos fijos, todo ello hace que el régimen de riesgo no pueda controlar aquello que está por fuera de la lógica asalariada.

Pero la situación escapa a la sola interpretación hecha por los medios aseguradores. Con la pérdida de este trabajo pleno para el que nos educábamos y que desempeñábamos a lo largo de nuestras vidas hasta pensionarnos, se está perdiendo también una de las bases de la democracia: la igualdad en las oportunidades laborales. Ahora bien, nada más lejos de la posición de Beck que insistir en este tipo de trabajo; por el contrario –así como sucedía con el individualismo y la sociedad de riesgo-, la transformación del trabajo es vista por el autor como la oportunidad para que los regímenes de seguridad laboral nos permitan desempeñarnos en lo que realmente encontramos un sentido –al modo de los “parados” alemanes y europeos-, porque si estamos abocados a la individualización, no tiene sentido ir en contravía pensando, por ejemplo, en unificar de nuevo a los individuos con base en sus actividades laborales.

La iglesia, pero sobretodo los partidos políticos continúan, sin embargo, insistiendo en la idea del trabajo pleno y controlado, aumentando con ello la estructura de dominio interiorizada que nos impulsa a creer que por fuera de los trabajos asalariados todo lo nuestro va por mal camino. Y esto, a pesar de que la misma empresa ha cambiado, ya no es un espacio para la conciencia de clase, como fuera hasta el siglo XX –en ella, ahora la explotación se encuentra camuflada- y, también, de que la economía cuando habla de producción nacional o dividendos estatales, sólo juega a engañarse, porque:

“Cada vez hay más bienes y servicios que atraviesan las fronteras entre países, pero que no se compran ni se venden en ningún sentido, sino que la dirección de una misma y única multinacional los lleva de uno a otro lado entre varias unidades y filiales. En los años ochenta, se contaba ya con el hecho de que alrededor del 80% de las denominadas importaciones USA eran en realidad comercio interempresarial, y el Banco Mundial estimó que, a principios de los años ochenta, el 40% del comercio global se estaba desarrollando ya en el interior de consorcios internacionales” (Pág. 174)
La sociedad cosmopolita y sus enemigos

Habíamos dejado un poco en paréntesis la idea de la globalización en Beck para ampliarla aquí con motivo de su teoría de la cosmopolitización. Lo primero será entender que, distinto de lo que pueda pensarse, la globalización no significa globalización, sino transnacionalización, esto es, lo local adquiere un nuevo sentido e identidad, sin desaparecer; de allí que Beck utilice el término glocalización. Al mismo tiempo, la globalización es distinta al globalismo, en el sentido de que aquella describe el fenómeno, mientras que este último da cuenta de su ideología (el neoliberalismo). Globalización que, además, es abordada como fenómeno aditivo o sustitutivo, según que se considere que se suma a las lógicas de la modernidad, en especial a la del Estado-nación, o bien las supera sustituyéndolas.

De esta forma, lo que entiende Ulrich Beck por cosmopolitismo es una interpretación de la globalización, caracterizada por sesgos críticos e internalizados que permiten enfrentarla, ya no desde líneas fenoménicas nacionales, sino desde una proyección también global y política; significa, pues, el reconocimiento de la verdadera multiplicidad y ubica su tradición en el futuro, un futuro en peligro sobre el que debe actuarse para evitar su desintegración. Así lo dice el mismo Beck cuando asegura que:

“Con el concepto de clase, y de sociedad de clases, Marx se propuso dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, suministrar una descripción teórica y, por el otro, aplicarla de tal manera que dejara al descubierto la conflictiva dinámica política de la sociedad. Pues bien, la cosmopolitización significa también ambas cosas. El concepto de sociedad cosmopolita exige un nuevo marco descriptivo y diagnostica una nueva dinámica clave del conflicto político” (Págs. 183-184)
Perspectivas: una segunda ilustración

Si la primera modernidad tuvo una ilustración, la segunda comportará la suya propia. Aquí, dice Beck, ya no se descubrirán grandes narraciones como sucedió en los siglos XVIII y XIX, sino que se tendrán en cuenta las distinciones entre las que ya existen y de las que se desprende la multiplicidad propia de nuestra época. La idea de la democracia ha cambiado, la política ya no puede basarse –como en Grecia o en la modernidad- en la idea de polis o Estado, tiene que escapar de estos contenedores y alcanzar la envergadura de la globalidad, debe ser cosmopolita en el sentido de que cada cosa que sucede en el mundo nos involucra.

La segunda ilustración exige nivelar la ética y el progreso científico-técnico para actuar decididamente sobre el problema de los riesgos. A fin de cuentas, son más de los que se creen los que estamos buscando estas mismas cosas: pensemos en los movimientos sindicales de avanzada, las ONGs, los intelectuales que no admiten darse por vencidos, muchos expertos y profesionales, entre otros. Si el Estado es para la economía sólo un actor entre muchos, esa figura política debe ser asumida por nosotros, todo más cuanto el neoliberalismo ya no tiene solamente a aquel esperando contra la pared, sino también a nuestras existencia y condición como individuos libres y políticos.
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Libertad o Capitalismo es un libro que debe leer toda persona interesada en su época, pero sobretodo aquel que, consternado por el influjo de los medios y toda la maquinaria económica, empieza a sentirse extraño en la Tierra.

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