AUTOR: Pío Baroja
TÍTULO: La Ciudad de la Niebla
EDITORIAL: Bruguera (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 249
RANK: 8/10




Por Jorge Vanegas Aparicio

Pío Baroja (1872-1956), médico de profesión, escritor por vocación, nos entrega este libro que narra las peripecias de dos exiliados españoles, María Aracil y su padre Enrique Aracil, en la ciudad de Londres a comienzos del siglo XX, quienes a la fuerza tratan de no desfallecer en la gran urbe que se muestra deshumanizada con aquellos más desposeídos. El autor logró con La Ciudad de la Niebla (1909) crear unos diálogos inteligentes y procaces, que no se andan con rodeos a la hora de describir personajes, ambientes y situaciones, aspecto a resaltar, ya que permite la facilidad en la lectura.

María Aracil y su padre, un médico anarquista y displicente de la vida mundana, huyen hacia la ciudad de Londres luego de un supuesto atentado cometido por ellos mismos contra un miembro de la monarquía española. Padre e hija se hospedan en una acomodada pensión de los suburbios londinenses donde encuentran una múltiple colección de burgueses: comerciantes británicos, acaudalados extranjeros e intelectuales de salón. Al principio, la relación con la gente de allí es poco más que distante: María todavía no comprende el intrincado sistema de clases inglés, listo para parcelar a la gente de acuerdo a su origen social y, por su parte, don Enrique Aracil aún no se siente a gusto en una tierra donde siempre llueve, la espesa niebla lo ocupa todo y la gente se muestra parca con los forasteros.

Pero la situación cambia de un momento para otro; el rumor de que el par de españoles son en verdad dos reaccionarios de la corona española llega a oídos de todos los huéspedes de la pensión. El trato se hace más ameno, la indiferencia con la que habían sido tratados se difumina y pasan a ser una especie de celebridades ibéricas, dos revolucionarios que defienden las más nobles causas:

“- Hoy son los héroes ustedes aquí- aseguró él.
- ¿De veras?- pregunté yo riendo.
- Sí; hoy son ustedes populares. Si se presentaran en un teatro, medio Londres iría a verles. (Pág. 24)”

El padre de María aprovecha esta nueva situación, se forma un campo entre las vanidosas damas del hotel, quienes lo ven como un hombre poseedor de un gran pensamiento filosófico sobre la vida, aunque a menudo no perciban que ellas mismas son el blanco de los sarcásticos cometarios del doctor. Entre estas mujeres, destacan las figuras de Madame Stappleton, una coqueta muchacha afrancesada supremamente superficial y, Miss Roche, una altiva escocesa casada con un hombre al que considera apocado y sin pujanza. Enrique es un sátiro de la propia estupidez de éstas, les recrimina su superficialidad, su feminismo de cartón y papel maché, su pasión por la vida social de la “high class” y la ostentación como forma de vida para la mujer; en fin, que el doctor español se divertirá con este par de mujeres, epítomes de una época en la que el lujo y el galanteo son la norma en una Inglaterra y en una Europa que aún no ha conocido los horrores de la Primera Guerra Mundial.

María, al contrario de su padre, no ve nada interesante con esta nueva condición, únicamente se relaciona con la joven criada del hotel y con el señor Roche, aquel individuo considerado por su propia esposa como falto del suficiente empuje para enfrentar la vida, actitud que no es del todo cierta pues se divisa más como un concurrente que aborda con cinismo las opiniones de las otras damas, incluyendo la de su esposa. El señor Roche –al igual que el doctor Aracil- hace acopio de unas frases ácidas para aquel o aquella que dude de su carácter.

“-No nos conoce usted bien- replicó Roche, dándose con la dobladera en la pierna-; hay tipos de esos de la City que parecen vulgares, y si se fija usted en ellos verá que llevan un laúd debajo del brazo para dar una serenata a su amada, y el puñal así –y puso la dobladera en el cinto como si fuera una daga” (Pág. 40-41)

La sociedad inglesa

La vida social de María y Enrique se nutre con reuniones en los círculos anarquistas de la ciudad y, al igual que con sus compañeros de hotel, serán tratados con notoriedad por estos, pues ven en ellos la fuerza de la revolución que ya se está fraguando en el continente. Entre este variopinto grupo de personajes, muchos de ellos provenientes de diversos países, María conocerá a alguna que otra gente con la que entablará amistad, como es el caso de Natalia y Wanda, y también dará con su amor platónico: el joven Vladimir Ovolenski, un intelectual reaccionario.

Las caminatas por Hyde Park también formarán parte de la rutina de padre e hija. Junto con sus amigos, discuten constantemente sobre la vida de los ingleses y la manera como se comportan en sociedad, en especial el trato que los mismos les dan a aquellos más pobres, tomados como una vergonzosa carga a la que no es posible hacer a un lado. Así, entre la superficialidad de la gente “chic” que pasea por las calles elegantes de Londres y los más miserables y excluidos que la habitan, se hará un esbozo de la manera de vivir y pensar de una nación entera; un mundo marcadamente dividido entre afortunados y desposeídos del todo.

Las primeras desilusiones

La vida sigue y el dinero de Enrique y María empieza a menguar, las opciones de trabajo son casi nulas para el padre y su hija y, la popularidad de estos, no es tanta como para pretender comida y techo gratuito. Don Enrique, una vez más, hace caso de su astucia y flirtea con una rica señora sudamericana, con la que empieza a mantener una relación; en la imperiosa necesidad por sobrevivir terminará casándose con esta dama y viajando con ella hasta Argentina. Por otro lado, su hija siente que ha sido traicionada por su papá, no acepta el matrimonio, ni tampoco consiente irse con ellos, pues constituye un golpe para su orgullo y para sus ideales. Su papá, apenas nota esta actitud, la deja interna en un colegio católico de Londres.

A partir de este suceso el libro se divide, cambian diversos aspectos del mismo, entre ellos la forma de su narración: el narrador pasa de ser autodiegético a heterodiegético. María ya no relata más la historia, como si su destino estuviera sujeto a los designios de otro ser. Por otro lado, el Londres de la clase alta y burguesa muestra su cara más oscura: es la ciudad de los barrios pobres, del barrio Whitechapel obrero, de los tugurios, de la pobreza, de los círculos donde rondan personajes míseros, vagabundos sin oficio, de los canallas por doquier, de los hombres misteriosos que confabulan aquí y allá en las tabernas atestadas de borrachos belicosos, de las pensiones paupérrimas y las calles mojadas repletas de mercados de verduras. Este será el escenario por donde nuestra heroína pasará sus mejores y peores momentos junto con su amiga Natalia –una dibujante rusa que tiene una pequeña hija- y, en menor medida, con Wanda, una chica de origen noruego.

Al instante de quedar enclaustrada por su propio padre en un convento religioso, María siente que la desazón es excesiva, su depresión crece, no quiere saber nada de un hombre que, a la larga, se mostró falso con su propia hija; su destino está marcado por la soledad, sólo le quedan unos pocos amigos con los que puede contar y, aunque su reciente madrastra le ha dejado un dinero, ella rehúsa aceptarlo, prefiere pasar necesidades que disponer de él. Esta obstinación por mantenerse fiel a sus ideales la llevará a pasar verdaderos momentos de angustia, casi solitaria y desamparada en una ciudad que parece su enemiga.

Su afán por no sucumbir ante el infortunio y por no caer en el mentado camino tortuoso, la obligará a tomar medidas desesperadas; empieza a solicitar trabajos, pero ve con desaliento que la mayoría de los encargos son engaños astutamente establecidos para no pagarle un céntimo. La situación no es nada alentadora, su amiga Natalia apenas si logra vender unos pocos dibujos a un anticuario judío, ambas se sostienen con unas pocas monedas, lo suficiente para pagar el alojamiento de la roñosa pensión y tomar una taza de té con algunos panecillos. Esta es la precaria vida de María: al borde de la exasperación, no existen parajes bonitos, ni escenas idílicas en que el amor lo puede todo; es el entorno más paupérrimo revestido de un hosco pesimismo.

Aún así, la perseverancia de la heroína logra hacer efecto, consiguen el favor de un viejo anarquista que les presta dinero, también el señor Roche les ayuda e, incluso, hasta María consigue un empleo fijo como secretaria de una empresa comercial con un petulante gerente ingles; de modo que su situación mejora y su atracción por Vladimir crece con mucho más ahínco, aunque no sin mantener ciertos recelos por él.

Sin embargo, todavía siente que su posición como extranjera es un impedimento dentro de una sociedad como la inglesa que lleva al límite de la frialdad el trato con las demás personas. Comienza a frecuentar las reuniones de socialistas y anarquistas para apalear su soledad, aunque sea simplemente para sentir la presencia a su lado de Vladimir, a quien no se atreve a confesar su amor; también sostiene peligrosos nexos con personajes oscuros, dinamiteros, canallas de los bajos fondos, entre los que cabe destacar a Maldonado, un anciano excéntrico que tiene las ideas más absurdas para acabar con el sistema monárquico inglés.

La vida seguirá su curso, a la larga aquellas personas no son quienes aparentan ser, la desilusión es grande, más cuando son aquellas personas en las que ha depositado toda su confianza. Sus devaneos con estos extraños personajes le abrirán los ojos a una realidad que no es muy promisoria. Finalmente, se debatirá entre las dos opciones que a una mujer como ella le restan tomar, ser absolutamente libre o tener un amo:

“- …Delante de ti tienes dos soluciones: una, la vida independiente, otra, la sumisión: vivir libre o tener un amo; no hay otro camino. La vida libre te llevará probablemente al fracaso, te convertirá en un harapo, en una mujer vieja y medio loca a los treinta años; no tendrás hogar, pasarás el resto de tus días en una casa de huéspedes fría, con caras extrañas. Tendrás la grandeza del explorador que vuelve del viaje destrozado y con fiebre, eso sí. Si te sometes…
- Si me someto, ¿qué?
- Si te sometes tendrás un amo y la vida te será más fácil. Claro que el matrimonio es una institución bárbara y brutal; pero tú puedes tener un buen amo; puedes volver a España. Venancio tiene por ti un cariño de padre, te casarás con él y tu vida será dulce y tranquila” (Pág. 245)

El camino tortuoso

La mujer, en opinión de Enrique Aracil, ha de debatirse entre la búsqueda de su completa autonomía o entregarse a la entera subyugación respecto al hombre o, en pocas palabras, alienar su libertad ante el amparo que el macho dominante le pueda brindar, es decir, el camino tortuoso. Suena utópico decidirse por la primera opción; no obstante, el propio Enrique se entregó a este camino tortuoso, aquí la ironía no podría ser más grande en el argumento. María siente una profunda antipatía acerca de su padre por este hecho:

“Seguirle se me figuraba ofensivo para mi dignidad. Lo más mortificante y desconsolador, lo que más me hería era ver que no hubiese pensado para nada en mí. Me había considerado como un factor sin importancia, como un personaje secundario para quien todo está bien. ¡Hermosa vida me tenía preparada, utilizándome como institutriz, poniéndome al servicio de unos chiquillos antipáticos y molestos!” (Pág. 99)

Es comprensible la desilusión de María Aracil por su padre, un hombre con bastantes bríos, locuaz e inteligente que, finalmente, sucumbió ante su propia manera de juzgar a los otros, en particular a la vida de las mujeres, aquellas que entraban en persistente contradicción con ellas mismas cuando no conseguían decidirse por una vida familiar y llena de comodidades o por un ambiente libre pero menos seguro:

“- Bueno; vamos a América. ¿Pero para qué casarte con esa mujer, a quien no conoces, a quien no quieres?
- Eso es decir demasiado, María.
- ¿La quieres, entonces?
- ¡Pse! ¿Por qué no? Me sirve para levantarme. Es un camino que me puede llevar a la fortuna.
- Sí, el camino tortuoso” (Pág. 97)

Londres, ciudad cosmopolita

Esta historia está revestida con un copioso grupo de personajes, algunos con una aparición más constante que la de otros, cada uno esbozado con una personalidad particular, una forma de relacionarse y moverse por las atmósferas de la obra y, muchos de ellos, pertenecientes a distintas nacionalidades, situación que le da un cariz más complejo a sus temperamentos. Aspecto convenientemente factible en una ciudad como Londres, colmada de diversas culturas y etnias, pues allí confluyen gentes de distintos puntos del orbe, todo más cuando esta fue la capital que presidió los designios del imperio inglés que, ya para la época en la que se ubica la novela, empezaba su inexorable decadencia.

Toda esta multitud de personajes hace que se vislumbre la psicología del hombre moderno, visto como habitante no de una nación sino del mundo entero. Londres, la ciudad de la niebla, es el sitio perfecto en donde surge el conglomerado humano, compuesto no sólo por sus habitantes de origen, sino también por aquellos apátridas que han dejado todo atrás para seguir otro camino en esta tierra ajena.
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Los personajes
que creó Pío Baroja en esta novela están pincelados como espectadores impotentes y estoicos que ven cómo sus propias vidas pasan delante de ellos, teniendo que lidiar a menudo con la banalidad y la falsedad de quienes se muestran como sus más allegados. Este es el caso de María Aracil, la heroína de La Ciudad de la Niebla, personaje femenino que capta la atención porque se desliga de un feminismo recalcitrante que poco le hubiese servido en su doloroso recorrido por Londres, pugnando a su vez con la hipocresía de sus semejantes. Y si algo ofrece este libro y, otras obras como son Susana o La Sensualidad Pervertida, es que tanto la soledad como la miseria le son inherentes al hombre, porque no importa que se exilie a otra nación, de ningún modo podrá escapar a ese aislamiento de sí mismo.

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