AUTOR: Mauro Torres
TÍTULO: La Mujer, Gran Ausente de la Historia Universal
EDITORIAL: Tercer Mundo Editores (Primera edición)
AÑO: 1996
PÁGINAS: 188
RANK: 8/10
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Por Alexander Peña Sáenz

La Mujer, Gran Ausente de la Historia Universal, pretende demostrar que no ha existido una historia universal completa, sino que sólo ha existido una historia masculina, es decir, teniendo exclusivamente como protagonista al hombre, relegando a un plano nulo a la mujer como factor histórico. La historia comienza a correr a partir del año 9.000 AEC, después de un larguísimo proceso de cinco millones de años de evolución. Desde el comienzo de la historia se dio la gran ruptura de la unidad humana, que tuvo como consecuencia la distinción en dos polos de fuerza: el femenino y el masculino. Esta división no sólo se debe al papel que ha desempeñado el hombre en la historia, también se debe al compromiso que ha tenido la mujer con la evolución de la especie, dedicándose mayormente a su oficio instintivo materno.

Mauro Torres, autor de este texto, es un gran intelectual, versado en medicina, psiquiatría, psicoanálisis, siendo miembro de la Academia Colombiana de Historia, a la vez que de la Real Academia Española de Historia. A Mauro Torres se le conoce como fundador de la teoría de las grandes compulsiones y, también, como fundador de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis. Por lo que se puede ver, es una gran autoridad intelectual para poder explorar y juzgar un recorrido evolutivo e histórico del ser humano.

En esta obra, escrita en 1996, Torres hace un análisis de cómo la mujer perdió su papel preponderante durante el recorrido de la Humanidad en la transición de la etapa evolutiva hacia la histórica, y cómo esta ruptura se puede considerar uno de los más grandes fracasos de la historia. La continuidad a esta tesis viene en otra de sus obras: Ante el Fracaso de la Historia Masculina que Despierte la Mujer con su Alternativa! (1999), título con el que busca reivindicar el papel de la mujer para la historia de la Humanidad, complementando las cosmovisiones del hombre, quien ha proyectado una historia unidimensional, ignorando y dejando de lado cualquier protagonismo que la mujer pudiese llegar a tener. Por ahora, centrémonos en la discusión que ofrece La Mujer, Gran Ausente de la Historia Universal:

Evolución e Historia

“¡Ningún acontecer de la humanidad es comprensible si no se mira dentro de la perspectiva de la evolución y de la historia!”

La Humanidad como especie biológica ha tenido un extenso periodo de evolución de aproximadamente cinco millones de años, teniendo como antecedente más antiguo al Australopithecus Afarensis. La evolución humana se desarrolló plenamente en la era del paleolítico, periodo que se extiende desde 2,5 millones de años hasta hace unos 10.000 años. A este periodo se le conoce como la Edad Antigua de la Piedra, por el considerable desarrollo de diversos instrumentos a base de este elemento. Superado el paleolítico en el año 9.000 AEC, llega el período conocido como neolítico, en el cual se llevó a culminación la evolución biológica y cerebral. El neolítico es también conocido como Periodo Histórico, y se ha extendido hasta nuestros días, por un espacio de 11.000 años. Es en este periodo en el que se puede hablar de historia, propiamente dicha, pues es el momento en el que la humanidad empieza a narrar sus aconteceres, todo gracias al desarrollo de herramientas como la escritura, que han funcionado como ejercicio de la memoria, recogiendo toda experiencia vital. Torres apunta a que en la era paleolítica se vivía sin una intención establecida, pero la humanidad al tomar conciencia de su existencia, encuentra un camino para trazarse:

“La historia es la totalidad universal de la vida de los pueblos fluyendo en los ritmos del tiempo en una dirección teleológica que pretende finalidad y sentido… Entre el conjunto de factores sociales, económicos, tecnológicos, culturales, familiares, personales, psicológicos, religiosos, mágicos, artísticos, altruistas, egoístas, racionales e irracionales… de toda esa masa de acontecimientos, por no citar más que unos pocos, se forma ese tejido de hilos de mil colores que nadie alcanza a penetrar con la mirada ni a controlar con el pensamiento, ni menos a dirigir voluntariamente hacia metas previsibles” (Págs. 124-125)

La historia se mueve entonces como un despliegue de la humanidad en el tiempo y el espacio, en busca de su realización y de sentido para mujeres y hombres por igual. Sin embargo, irónicamente, este es el periodo que genera la ruptura entre los genios masculino y femenino, posicionando en el mando al hombre, como amo de la historia y, por supuesto, marginando a la mujer y reduciéndola al espacio del hogar.

La mujer, ausente en la historia

La mujer es, sin lugar a dudas, una fuerza de la historia, pero jamás ha sido aprovechado plenamente su potencial. El vacío histórico es inmenso gracias a esto: la historia ha estado incompleta, menguada hacia la visión preponderante de la masculinidad. Sólo se ha contado la historia del hombre, razón para integrar a la mujer en este proceso y poder hablar de la historia de la Humanidad en un amplio conjunto tanto masculino como femenino. Es necesario reconocer que la mujer se halla en el seno íntimo de la Humanidad. Nuestra evolución ha estado enriquecida con genes creadores, que a la vez enriquecieron el ambiente en el que vivimos, complementando lo natural con lo artificial desde la mentalidad creadora de la Humanidad. Esta biología situada únicamente en lo natural, hace surgir la dimensión histórica que niega por antonomasia a la dimensión evolutiva.

La historia es el momento de la Humanidad que revela los fenómenos de 11.000 años, en donde acontecimientos culturales y neurofisiológicos son la victoria de la etapa evolutiva. La historia nació a la par con la guerra. Los hombres se hacen a propiedades privadas y limitan sus fronteras defendiéndose de otros que quieran apoderarse de éstas. El hombre comienza así su protagonismo histórico como guerrero, mientras que la mujer conserva en sus genes el instinto materno de la etapa evolutiva:

“(…) lo sutil de esta cuestión estriba en que la mujer no podía dejar de ser madre, obviamente, sino en que la fuerza del instinto, que tan decisivo papel adaptativo había desempeñado en la edad evolutiva, ya no era necesaria en los tiempos históricos” (Pág. 21)

Todo esto sin duda favoreció que la mujer fuera doméstica, haciendo pensar que era un modo natural de su ser. La mujer era el ente de la casa, la que cuidaba de los hijos, de la cocina, del hogar, la que obedecía al hombre, quien, por su parte, ha sido el ente de la vida pública y de la historia. Es así como la fuerza masculina es hipervalorada y redunda en la nunca merecida autoridad del hombre sobre la mujer, como si se hablara de dos mentalidades totalmente diferentes y hasta opuestas. El hombre, en las nuevas condiciones socio-económicas, se convirtió en propietario y jefe defensor de la familia. Su libertad de movimientos y comportamientos es absoluta, gracias al privilegio que le otorga la fuerza.

En la historia se ve a la mujer, infravalorada e inepta. Los griegos, por ejemplo, son de aquellos que recogen esta visión de la dependencia femenina. El caso de Eurípides en su mito de Medea, muestra a la mujer como una persona trastornada por el abandono de Jasón. La concepción de la mujer es de desagrado y hasta maligna. Medea fue capaz de sacrificar a sus hijos con tal de no perder el amor y cuidado del valeroso Jasón. Contra toda esta especie de misoginia es que arremete Torres, y lo que busca es que la mujer se reivindique. Su propuesta es lograr una historia completa y consolidada:

“La historia es de Humanidad y para la Humanidad, y la Humanidad es una palabra vana si no se integra en unidad el genio femenino con el genio masculino, si no se hace a cuatro ojos, a dos mentalidades, a dos criterios, a dos enfoques ¡heterogéneos!, esto es, que comprendan los dos universos, el femenino y el masculino” (Pág. 28)

No se debe olvidar que el hombre y la mujer son opuestos homogéneos que están en una constante tensión; que actúan como fuerzas autónomas que se afirman en sí mismas y pugnan por encontrarse en mutuo acuerdo. Es inherente a la esencia de la humanidad ser una armonía de tensiones opuestas.

La mujer, fuerza evolutiva

“El reinado” de la mujer durante el paleolítico superior se extiende desde el periodo auriñaciense en el año 31.000 AEC., hasta el fin de la edad magdaleniense en el año 9.000 AEC. En total 22.000 años duró el papel preponderante de la mujer en el mundo prehistórico, mientras que la presencia del hombre fue mediocremente superficial. Los estudios paleontológicos, antropológicos y arqueológicos llevan a esta conclusión, y hacen suponer que en las otras etapas del paleolítico que se extendieron a cinco millones años, también la mujer pudo haber reinado con gran éxito en la humanidad. Es la mujer como matriz de la vida, como vientre reproductivo, como engendradora de los hijos de la especie humana, la que la posiciona como centro de la evolución. Se podría decir que la existencia era ginecocrática.

No es sino hasta el año 9.000 AEC. que este matriarcado se rompe y comienza el paso de la evolución hacia la historia. Ya habíamos dicho, que a este periodo se le conoce como el neolítico. La evolución cerebral fue predominante en el hemisferio izquierdo, para que las facultades racionales, de abstracción, lenguaje, conciencia cobraran fuerza. En el paleolítico el hemisferio cerebral derecho era aquel que predominaba en cuanto al desarrollo de facultades creativas y artísticas. Por tal razón, se les puede considerar a los hombres prehistóricos como seres artistas, mientras que a los históricos, propiamente racionales y técnicos.

En la mujer dos corrientes fluyen: una interna, en donde se prolonga la fuerza de la especie, que ya tiene un tiempo de cinco millones de años y, por otra parte, la corriente externa, que es la historia como tal. He ahí la pugna y el dilema en el que se encuentra la mujer. Elegir por conservar su instinto materno o eludirlo para insertarse en la historia.

Desbiologizar el instinto materno

La historia comienza con un sino violento: la guerra. El hombre histórico se ve en la necesidad de expandir su espíritu guerrero para adquirir y defender las propiedades que dan prestigio en el grupo social. La guerra es el factor que decidió la forma de relación social entre hombres y mujeres. El hombre se vio obligado a alejarse de casa para luchar, mientras la mujer esperaba en su hogar y se ocupaba del cuidado de los críos. La guerra configuró la psicología hipermasculina de poder y fuerza, transformando todas las relaciones sociales.

Mientras tanto, en la mujer, el instinto materno prevalece, apenas si le permite cortos vuelos en la vida de la cultura y de las cosas del Estado, pero no puede evadir su responsabilidad como madre y, por ello, debe mantener los ojos siempre puestos en sus crías. Ese es el problema en el actuar de las mujeres, que la mentalidad instintiva siempre supera a la mentalidad histórica, funcionando de forma anacrónica y convirtiendo a la mujer en un ser ahistórico. Son así, dice Torres, las mujeres cómplices de que el patriarcado prevalezca.

“Como en las eras evolutivas, no sólo mantiene vivo el instinto reproductor que la excluye de la actividad histórica que estimula su sentimiento de inferioridad con respecto al hombre histórico, sino que, para atraer al hombre, sin ser conciente, está imitando a la mujer paleolítica, y se dedica con esmero a cultivar sus nalgas (su derrière) antes que su cerebro” (Pág. 138)

Para Mauro Torres, es viable la historización del instinto, para que la mujer pueda moverse con libertad y pueda explayar sus dones cerebrales a conciencia en la actividad histórica. Cambiar el instinto materno por un sentimiento materno es la única forma posible de historizar la función mamífera de la mujer:

“¡Se impone así, con toda fuerza, el imperativo de desbiologizar a la mujer!, de ayudarla a que se zafe de su esclavitud a la naturaleza” (Pág. 146)

Integrar el genio femenino a la historia

De esta forma, Torres denomina “protagonismo histórico integrado” a la unión de la sabiduría femenina con la sabiduría masculina, del cual surgirá un sistema social más sabio que sea óptimo para el destino de todo pueblo. Por eso, la exigencia urgente de que la mujer tome conciencia de que ella no se define sólo por su sexo, sino que posee una sabiduría y concepción del cosmos, una inteligencia poderosa, un genio femenino creador y sensible.

La historia, eminentemente masculina ha fracasado por desvirtuar el poderoso ingenio femenino. Se debe llamar a la mujer para que integre su genio con el de la historia.

“Pese a todo, allí están, vivos, el genio femenino y el genio masculino, dispuestos a integrarse en unidad, para el amor, para la simpatía, para el sexo, para la compañía, para la reproducción, para el intercambio de personalidades, ¡pero también para conjugar sabidurías entre iguales, sabidurías impenetradas ante el desafío de los acontecimientos, rompiendo el ancestral esquema de una mujer menguada que obedece lo que el hombre impone sin que le haya asistido la razón!” (Pág. 174)

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Este texto ofrece la posibilidad de cuestionar el papel que ha jugado el hombre en la historia, anulando toda posibilidad de actuación de la mujer en la misma. En verdad que resulta de suma urgencia integrar ambos genios, el del hombre y el de la mujer, para darle a la historia y a nosotros mismos la oportunidad de ver la totalidad de lo humano en todo su esplendor.

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