AUTOR: José María Montero Pérez
TÍTULO: Darwin
EDITORIAL: Editora Cinco, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1985
PÁGINAS: 223
RANK: 4/10
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Por Alejandro Jiménez

Este año no solamente se están conmemorando los doscientos años del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882), sino también los ciento cincuenta años de la publicación de su obra capital El Origen de las Especies (1859). Es decir que estamos frente a una efeméride que por igual hace homenaje a una vida dedicada a la ciencia, como a un libro clave en la historia de nuestro pensamiento. Y es que hablar de Darwin es referirse a una época definitoria, a un espacio en el que buena parte de la tradición científica entraba en un periodo de crisis del que sólo podría salir a través de un impulso renovado y sin ningún tipo de deuda teológica, esto es, la fuerza que le imprimieron, por un lado, la teoría evolucionista y, por el otro, los desarrollos de la genética.

Ciertamente, Darwin no puede ser considerado como la figura central de ese convulso, pero importantísimo periodo, y esto se debe a que su trabajo es ante todo el de un sistematizador: el personaje que recuperó y organizó un conjunto de ideas y teorías que venían trabajándose –algunas, incluso, desde hacía varios siglos- pero que, por una u otra razón, habían permanecido en el abotagamiento o en el anonimato y que, luego, pudieron ir perfilando su verdadera contribución en el conocimiento de la naturaleza y el hombre. Muy cerca de él –con nombres un poco menos celebrados- también debemos ubicar los trabajos de Lamarck, Lyell, Hutton, Russel Wallace o Humboldt, entre otros.

Pero sucede que la historia casi siempre funciona de esta forma, y que cuando queremos echar un vistazo hacia el pasado hay como una cadena de destellos, de grandes luminarias, que dejan en tinieblas buena parte de lo que se necesitó para que ellas emergieran, de manera que terminamos repitiendo la misma lista que aprendimos en la escuela: Copérnico, Kepler, Newton y Einstein. En menor profundidad hablamos de aquellos a quienes no sonrió la fortuna de la popularidad, ni entonces ni ahora, pero cuya ausencia definitiva haría tambalear irremediablemente los bastiones de sus colegas afamados.

Pensamos que esto que decimos no es, de ninguna manera, promover el descrédito de los aportes hechos por Darwin, más bien ubicarlos dentro de la proporción y relaciones sobre los que deben realmente plantearse. Sería un ex abrupto no reconocer en él una existencia consagrada al estudio de la naturaleza desde los más variados campos –la geología, la botánica, la zoología, la biología, etcétera-, y también un trabajo amplio, riguroso y crítico que, aún hoy día, permanece sin superarse del todo; pero, las cosas hay que hablarlas, y lo cierto es que Darwin no sacó su teoría como una carta de debajo de la manga, mucho menos de la nada, sino tomando en empréstito ideas de aquí y allá, que supo ordenar lúcidamente, claro, y que, junto a sus propios descubrimientos, constituyen ese todo compacto que entendemos ahora por evolucionismo.

Con esto creemos dejar un poco clara nuestra opinión respecto del nombre de la colección en la que se editó este título Darwin -biografía escrita por José María Montero- que, además de su falta de originalidad: Grandes Protagonistas de la Historia, puede resultar, si se lo mira desde cierto ángulo, un tanto macabro. La iniciativa correspondió a Editora Cinco por allá cuando transcurría la década de los ochentas y es bastante común toparse con uno de estos volúmenes en las librerías de viejo; se trata de textos de divulgación general que pueden caer –como en este caso- en un grave peligro: el condicionar, sospechosamente, todas las circunstancias históricas para hacer ver la aparición de cierto personaje como el advenimiento de alguien con características absolutamente distintas a las de los individuos corrientes.

Tenemos así frente a nosotros una biografía, dijéramos, "inclinada" y de un lenguaje que, de no ser por los acontecimientos que se narran, terminaría aburriendo a cualquier lector. Acaso lo que pudiéramos resaltar del libro es, primero, su organización, que cuenta con genealogías, itinerarios de viajes, fotos y cuadros cronológicos y, segundo, los siete apéndices que complementan la biografía propiamente dicha, en los cuales se abordan algunas problemáticas particulares como el desarrollo de la lingüística –a partir de la afirmación sobre el origen del lenguaje como origen del hombre-, el problema de la línea evolución-población-recursos, o la posición de la iglesia católica frente a los aspectos más sobresalientes de la teoría darwiniana.

En su conjunto, pues, una obra que puede resultar informativa, máxime por el hecho de abordar la vida del científico, desde su nacimiento en Shrewsbury, hasta su agonía en Kent y de relacionarla, alternativamente, con sus momentos intelectuales más sobresalientes, pero que –al mismo tiempo- tiende a ser de sobremanera declarativa. Quisiéramos aquí, apuntar tres grandes líneas que nos parece pueden dar cuenta de lo expuesto en Darwin: 1. Nací naturalista; 2. A bordo del Beagle y; 3. Contra el deus quidem deceptor.

Nací naturalista

Darwin nació y vivió toda su vida como burgués. Por su cabeza nunca atravesó una preocupación de tipo económica, de modo que pudo dedicarse completamente a sus estudios e investigaciones. En esto se distancia de su contemporáneo Russel Wallace que, resulta curioso, en la década de los cincuentas llegaba a las mismas conclusiones sobre la determinación del ambiente en la evolución de las especies, después de una vida caracterizada por el hambre, las deudas y las necesidades. Sin embargo, el lugar de las inquietudes económicas fue ocupado por la indecisión que caracterizó la infancia y parte de la juventud de nuestro personaje: un escolar no muy destacado, que prefería hacer recorridos por las amplías tierras de su tío, un remedo de universitario que estudió medicina sólo por no contrariar a su padre y que, incluso, estuvo a punto de seguir la carrera religiosa.

Ahora bien, si es verdad que la elección de una profesión comportó para Darwin una dificultad inopinada, también es cierto que tenía algunas inclinaciones muy bien determinadas. En alguna parte de su biografía escribió “nací naturalista” y, conforme a esta predisposición, entró en contacto en Cambridge y Edimburgo con botánicos y geólogos de renombre en Inglaterra: John Henslow, Joseph Hooker, o Asa Grey. Esto, sumado a su propias costumbres de coleccionista y gran observador, fueron marcando su decisión por la ciencia, decisión que empero, tardaría en materializarse hasta casi contados los treinta años, en buena medida resultado de una rígida educación religiosa y la obstinación paterna de ver a su hijo ejerciendo la medicina.

Y es que no fueron suficientes, ni un abuelo paterno de nombre más o menos citado en los ambientes científicos de la época –Erasmus Darwin-, quien marcaría también un precedente en la teoría evolucionista de su nieto, ni el aplauso a que fue acreedor por unos primeros textos sobre plantas y animales leídos en asociaciones y universidades, para terminar de convencerle. La certidumbre sólo vendrá en el año 1831, cuando gracias a algunos de sus contactos, pudo acompañar al Capitán Robert Fitz-Roy, a bordo del H.M.S. Beagle, en la vuelta al mundo que ordenó el gobierno inglés con una misión de reconocimiento, travesía que duraría cinco años y que sería importante para él y para la ciencia en general en muchos sentidos.

A bordo del Beagle

El 27 de diciembre de 1831 zarpaba de las costas de Inglaterra el Beagle con un Darwin de apenas 22 años que haría las veces de naturalista de la tripulación y para quien Fitz-Roy tenía una tarea clave: encontrar rastros del diluvio universal. En efecto, aquel era un fanático que mantendría relaciones harto complicadas con el científico, una veces por su temperamento y otras por sus creencias religiosas. Y, aunque en esto operó un cierto condicionamiento, es indudable que Darwin encontró durante una parte muy amplia del viaje, la autonomía suficiente para trabajar indistintamente sobre plantas, animales, suelos y hasta tribus indígenas de una parte significativa del planeta.

Durante los años que duró el recorrido, Darwin pudo tomar nota de las condiciones de regiones tan distintas como Sudáfrica, Brasil, Chile, Ecuador, Tahití, Nueva Zelanda o Australia, a la vez que iba enriqueciendo numerosas y variadas colecciones de minerales, plantas y animales de esas mismas regiones que, de no haberse enviado constantemente a Inglaterra, no hubieran encontrado un sitio disponible en la embarcación. Cabe destacar, además, que lo que pudo descubrir Darwin también tuvo que ver con fósiles prehistóricos y materiales geológicos que, a la luz de las lecturas que iba realizando, lo fueron entusiasmando mucho más que los otros descubrimientos. A este respecto, las Islas Galápagos fueron un escenario al que dedicó especial atención, puesto que:

“Observó que tanto la fauna como la flora de las islas tenían algunas similitudes con las de Sudamérica, pero que, al mismo tiempo, mostraban una serie de diferencias que las hacían únicas y exclusivas de Galápagos. Y lo que más llamaba su atención era el hecho de que una misma especie mostraba variaciones de isla a isla, siendo las distancias mayores de no más de 60 millas. Las diferencias se notaban en las tortugas y otros animales, pero muy especialmente en un grupo de aves, los pinzones, cuyos picos variaban grandemente de una isla a otra, según los tipos de alimentos que el medio ofrecía” (Pág. 48)

Si nos damos cuenta, en esta observación está ya la base empírica para algunas de las líneas cardinales de la teoría de la evolución: “la selección natural como fenómeno estimulante de una respuesta biológica obligada (por el medio), la vida y la lucha por la supervivencia de los más aptos, en pocas palabras, la adaptación o la extinción” y, por qué no, también algo del material que ha servido para las críticas que han hecho ver a Darwin como un defensor de la eugenesia, no ya únicamente en el plano de la vida animal, sino en la humana, con las consecuencias de tipo ideológico y político que pueden desprenderse de este hecho.

Contra el deus quidem deceptor

De vuelta a Inglaterra, la vida de Darwin cambiará radicalmente. Se casa con su prima Emma –con la que tendrá diez hijos-, se asienta en Down House, Kent, y empieza toda la tercera parte de su vida, aquella que podríamos llamar “de madurez”, que vendrá a corresponderse con la producción más amplia de su teoría. Lleno de colecciones por todas partes y con peticiones para publicar, no sólo su diario de viaje, sino también obras sobre geología, botánica y zoología, el científico se encuentra con que los documentos enviados desde los distintos lugares por los que viajó y en los que iba haciendo algunos primarios análisis, le habían granjeado una cierta reputación entre los hombre de ciencia, reputación a la que, ahora, tendría que responder con veinte años de trabajo ininterrumpido, y varias docenas de volúmenes sobre distintos campos del saber, pero todos ellos referentes a su experiencia en el Beagle. De modo que tuvo que construir una rutina de trabajo:

“Darwin era madrugador, se levantaba antes de las 7 de la mañana y después de dar un pequeño paseo por el jardín y de tomar el desayuno, se encerraba en su despacho a trabajar. A media mañana visitaba su invernadero, donde realizaba experimentos botánicos, y sus instalaciones para palomas y conejos, para volver a continuar su labor hasta el mediodía. Después del almuerzo descansaba un rato y, luego de otro pequeño paseo, volvía a su estudio, dedicando la tarde a leer ávidamente, contestar su correspondencia y meditar en torno a sus ideas. Su biblioteca creció ininterrumpidamente. Su dificultad para redactar contrastaba con su rapidez en la lectura y su capacidad para sintetizar ideas, resumir y esquematizar hipótesis y teorías. Cuando terminaba su labor diaria, dedicaba las últimas horas del día a conversar o escuchar música con su familia. Invariablemente se acostaba a las diez y media de la noche aunque rara vez dormía bien, ya que era durante las horas nocturnas cuando más le molestaban los ataques de su enfermedad” (Págs. 62-63)

La enfermedad: una extraña indisposición que le provocaba vómitos y profundos dolores en el estómago y que, especulativamente, sería producto de una mordedura de un animal en Chile que lo habría contagiado. Pero, además, motivo para no salir con mucha frecuencia de la quietud de su casa, para concentrarse lo más que podía en sus trabajos y, por supuesto, para no salir a la defensa de sus ideas cuando, después de ese 24 de noviembre de 1859 en que se publicó por primera vez El Origen de las Especies, fuese atacado, no sólo desde la iglesia que continuaba hablando apabullada pero despectiva, sino además, desde la posición de muchos científicos que no encontraron sus pruebas y argumentos convincentes.

Existen algunas razones para ello. En primer lugar, veintitrés años separan la vuelta de Darwin a Inglaterra de la publicación de su obra principal, pero no todos ellos consagrados a su escritura, puesto que, como se dijo, primero tuvo que preparar una gran cantidad de títulos sobre zoología, botánica y demás y, en segundo término, porque la obra, a pesar de venir configurándose durante años en la mente de Darwin, empezaba a ser abordada por otros autores, con apuestas bastante cercanas a las propias, de modo que tuvo una escritura un poco de sobremarcha con miras a no perder el título de “originalidad”. Pero, aunque ya Lamarck y, sobretodo, Russel Wallace –frente a quien tendría nuestro autor un dilema ético por “propiedad” de ideas- habían publicado textos muy en la línea evolucionista, esos textos no habían causado el revuelo que produjo el libro de Darwin, quizá porque éste contiene afirmaciones que ponían en aprietos a las teorías sobre el diluvio y la constancia de las especies en que estaba basado el poder eclesiástico y, más aún, porque –aunque era cosa dicha desde Aristóteles- el hombre figuraba muy cercano a las otras especies animales, cosa que desagradaba de sobremanera.

Tanto como decir que el hombre era una especie afectada por la evolución, como cualquier otro animal y, que él mismo, daba evidencia del discurrir de los tiempos. Si, como se piensa desde la teoría evolucionista, no existen estados inmutables para ninguna especie, animal o vegetal, sino que cada una de ellas sólo es el resultado de un proceso de adaptación en el que han jugado un papel determinante las condiciones geográficas, climáticas, fisiológicas y demás y que, por otro lado, dichos rasgos de adaptación son transmitidos generacionalmente hasta concebir especies bastante distintas de las originales, no existiría ninguna razón para dejar por fuera de este proceso al ser humano.

“Se arrojará mucha luz sobre el origen del hombre y su historia”- decía, en aquel entonces, un Darwin todavía temeroso, pero que luego publicaría en 1871 La Descendencia del Hombre y la Selección en Relación al Sexo, obra en la que abordaba exclusivamente esta cuestión apenas esbozada en El Origen de las Especies, y en la que arriesgaba una serie de conjeturas sobre rasgos que en el hombre actual podrían dar cuenta de su proceso evolutivo: por ejemplo, algunos órganos sin función específica de las orejas, la distribución del vello corporal, el cóccix –vestigio de una cola funcional en otros tiempos-, el deterioro de la fuerza de manos y dientes, etcétera. En aquella obra, aportaría también grandes ideas respecto de la manera en la que ciertos estados de ánimo están correlacionados con formas de lenguaje no verbales, como la sonrisa, o el malhumor y, finalmente, sobre cómo lenguaje y cerebro vienen a constituir para el hombre el espacio más importante de sus privilegios:

“El hombre, para Darwin, no constituye una excepción dentro de los fenómenos y leyes biológicas. Su singularidad se debe exclusivamente a la capacidad que le adjudicó el lenguaje, como nueva forma de comunicación, y a las posibilidades de abstracción permitidas por el desarrollo cerebral y transmisibles de un individuo a otro. Estas dos características, que se habrían desarrollado simultáneamente, fueron decisivas para el despegue de nuestros antepasados, desde niveles puramente animales, de prehomínidos, hacia niveles intelectuales avanzados que desencadenaron un proceso evolutivo de naturaleza algo diferente. El proceso de la evolución cultural” (Pág. 103)

Sin embargo, aun cuando la teoría de Darwin podía sostenerse de algún modo a través de las innumerables pruebas concretas que él mismo pudo citar de su experiencia en el Beagle –que a la larga terminaría siendo su única excursión- adolecía de avances en otras áreas que sólo tiempo después han permitido entender las dimensiones de su aporte. Nos referimos a la genética de Mendel, en la que se encuentra el apoyo que no halló para sustentar su idea de que los cambios evolutivos de las especies eran transmitidos de generación en generación; la paleantropología y, en general, todos los grandes descubrimientos que desde el siglo XIX vienen dando cuenta de distintos estados de la evolución del hombre y los otros animales, hasta entonces considerados como restos del supuesto diluvio universal e; incluso, las teorías sobre la población, por ejemplo, la de Malthus, respecto de la forma en la que los medios condicionan la supervivencia y reproducción de cierta especie.
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Asistimos hasta la llegada de la Revolución Industrial a un periodo de la historia en donde la determinación de las condiciones evolutivas de todos los seres vivos corría por cuenta exclusiva de la misma naturaleza. Hoy por hoy, las ideas de Darwin sólo pueden tener un verdadero sentido, si permiten la comprensión de nuestra época, porque por primera vez en el discurrir de los tiempos, el hombre tiene en sus manos la posibilidad de alterar ese destino contingente: la contaminación, la utilización desmesurada de recursos naturales, el peligro nuclear, amén de las tecnologías y la manipulación genética, han puesto al mundo al borde de un colapso, del que tal vez ya no quepa esperar un nuevo estadio evolutivo, sino más bien, la extinción irremediable de nuestro planeta.

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