AUTOR: Jean Perrot
TÍTULO: La Lingüística
EDITORIAL: Oikos-Tau, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 127
TRADUCCIÓN: Nuria Clará
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

La culpa la tiene una excesiva naturalidad. Para los lingüistas es bastante diferente: empiezan a tener perfectamente definidas cada relación, cada forma y cada parte del sistema del lenguaje. Para el hombre del común, en cambio –ese que ahora mismo discute con su compañero, lee su apartado favorito del periódico o se dedica a canturrear una canción-, el lenguaje es tan sólo una herramienta eficiente, una condición de la que parten inconcientes toda acción y pensamiento que pretenda; ese hombre utiliza el lenguaje porque lo ha aprendido y desarrollado, pero ello con tal excesiva naturalidad que las preguntas por sus bases y condiciones, silenciosamente, las ha delegado a un especialista.

La historia del hombre, por otra parte, es la historia del lenguaje, y lo que hay detrás o antes es pura animalidad irreflexiva. Pero he aquí que aún siendo el lenguaje, es poco lo que sabemos sobre él, tanto nosotros –los ciudadanos del común- a quienes nos basta con su buen funcionamiento, como ellos –los lingüistas- porque su ciencia es reciente en comparación con otros campos del conocimiento y porque, además, el estudio de los hechos situados de la lengua estuvo socavado por la filosofía y la gramática durante casi tres milenios.

Nos llega así, en este panorama ciertamente encontrado –en el que, por un lado, se obvian totalmente el sentido y la historia de la lengua y, por el otro, se avanza en sus estudios y teorías- este libro de Jean Perrot, profesor de La Sorbona para la época de su publicación (1969), y que tiene la doble virtud de servir a los intereses de los unos y los otros. La Lingüística (Le Linguistique) es un manual de estilo y escritura equilibrados, lejos de cualquier tecnicismo innecesario y cercano siempre a la complejidad de los temas abordados que, gracias a una organización ejemplar, esbozan una mirada amplia y referenciada sobre distintos problemas propios de la fonología, la sintaxis, la semántica y la morfología.

Y es que La Lingüística, a pesar de su breve extensión, no es un manual simplemente informativo, sino un verdadero esfuerzo antológico para dar cuenta de definiciones, orígenes, metodologías, disciplinas, problemáticas, etcétera, todos ellos referentes al lenguaje y que, en conjunto, ubican al profano e instan a la discusión al estudiante. El libro se encuentra dividido en cuatro partes que intentaremos seguir a continuación, sólo que antes vamos a considerar una imagen general que pueda ubicar a su vez a todos nuestros lectores.

Marco general de la lingüística

El estudio que hace la lingüística sobre el lenguaje se aparta radicalmente del enfoque filosófico, sociológico, antropológico y literario. Es cierto que los aportes de estos saberes han sido decisivos en la consolidación de la lingüística como ciencia, pero ella los asume ante todo como los aspectos múltiples de la realidad que es su objeto, es decir, en el momento en el que la lingüística piensa el lenguaje como realidad que comporta matices filosóficos, sociológicos y demás, está logrando para ella un objeto de estudio nuevo que le resulta propio, de allí la afirmación que hace Perrot y por la cual:

“Su meta es el estudio de la estructura y de la evolución del lenguaje humano en toda la complejidad de su funcionamiento y de sus realizaciones en lenguajes diversos” (Pág. 14)

Ahora, si aceptamos por un momento una definición básica de lenguaje, algo como “institución social, fundada en la utilización de la palabra para la comunicación del pensamiento”, tendremos una serie de dimensiones sobre las que es posible estudiarlo: sus condiciones sociales (de funcionamiento y evolución), su significado e interpretación, sus presupuestos psíquicos y psicológicos y, por último, su relación con la anatomía y fisiología humanas. Cada uno de estos aspectos hace referencia a una línea de especialización: lingüística histórica, psico-lingüística, etcétera.

Podríamos decir que muchas de estas líneas investigativas tienen una historia un poco más larga de lo que se prevé, pero su devenir ha sido muy intrincado y difuso, tanto, que tradicionalmente se piensa en el año de 1833 como la fecha en la que la lingüística gana por fin un campo propio de estudio distinto al de la filología o la gramática –aunque todavía se sigan usando indiscriminadamente los tres términos-. Desde entonces y con trabajos que empezaron basándose específicamente en la búsqueda de la lengua original a través de métodos comparativos, la lingüística viene reputándose como actividad científica de suma importancia para teorías tales como las de la información o los estudios culturales.

I. Campo y método de la lingüística

Documentación. La recolección de materiales para los estudios lingüísticos varía según el tipo de lengua que se considere. Hablamos de lenguas muertas y lenguas vivas; para las primeras, generalmente los datos se obtienen de lenguas que hayan continuado su tradición, por ejemplo, se conocen ciertas características del latín –muerto en su plano de habla- merced a observaciones sobre su desarrollo en las lenguas romances que la sucedieron como el español o francés. Durante los siglos XV y XIX, los textos predilectos para hacer este tipo de estudios fueron los religiosos, pero aun cuando ahora se utilicen diversas fuentes, el volver sobre las lenguas muertas siempre tiene una gran limitación: el hacerlo sólo desde el plano de la escritura. Al contrario, los registros para el estudio de las lenguas vivas privilegian el plano de la oralidad; a partir del habla puede seguirse la investigación de lenguas en extinción (indígenas en especial), las variedades particulares de regiones o grupos sociales e, incluso, las variaciones técnicas y literarias.

Procedimientos. Un lingüista, entre otros, tiene a su disposición procedimientos de investigación tales como encuestas, medios técnicos (sobretodo utilizados en fonética instrumental: quimógrafos, fonógrafos, espectrogramas) y estadísticas (que, en los últimos tiempos, han estado al orden del día debido a las teorías de la comunicación de masas y el desarrollo de las grandes plataformas informativas).

Balance. Las estimaciones para la época del libro alcanzaban los 2500 a 3500 idiomas conocidos en el mundo, la mayoría de ellos con registros de los tipos citados antes, pero es lógico que entonces y todavía hoy –cuarenta años después- continúen muchas lenguas sin interpretar. Así mismo, se reconoce como la lengua escrita más antigua el sumerio, aparecido en el 3500 AEC al sur de Babilonia, seguido del acadio, egipcio, hitita y, sólo hasta el milenio I AEC, el griego de los poemas homéricos, el sánscrito y el hebreo de los primeros textos bíblicos.

II. La lingüística descriptiva

Jean Perrot tiene en cuenta en su manual tres líneas especiales de la lingüística: la descriptiva, la histórica y la general. Es lógico que todas ellas estén imbricadas, que no se pueda construir una genealogía sin describir, o establecer tipologías prescindiendo de la historia; por ello, cuando se habla de una o de otra se hace referencia más bien a una prioridad o foco de atención. Así, puede decirse de la lingüística descriptiva que es aquella cuya finalidad principal es la descripción de las características generales de una lengua (cuántas vocales tiene, cuántas consonantes, cuáles son sus modos para género y número, etcétera). Se trata, pues, de un estudio sincrónico que el autor nos presenta en una doble dimensión interna y externa.

Caracteres externos. Aquello de lo que la lingüística descriptiva puede dar cuenta como aspectos externos de una lengua constituye una lista muy variada: puede hablar tanto de condiciones geográficas, mezclas idiomáticas o bilingüismo, como de argots, dialectos y hasta de las relaciones que se establecen entre ciertos marcos lingüísticos y aspectos morales de la sociedad.

Caracteres internos. Los aspectos internos, por el contrario, son algo así como la materialidad de la lengua, presentada a su vez a través de la combinación de los sonidos. Esto equivale a decir que la lingüística descriptiva se encarga de recuperar y analizar los componentes internos de la lengua, y esto lo hace desde la fonética, el léxico, la sintaxis, la gramática y demás. De este modo, por ejemplo –de acuerdo a la lengua-, precisa la distinción entre vocales y consonantes, la articulación de los sonidos (labial, dental, alveolar, palatal), estudio realizado por la fonología; pero también organiza el conjunto de palabras con las que cuenta una lengua en un determinado momento de su historia, esto es, las palabras tomadas en préstamo, los vocablos propios de ella y sus grupos sociales, los utilizados para asociar (prefijos, conjunciones), las raíces y las uniones, todo ello estudiado por la lexicografía.

Al mismo tiempo, y como otro carácter interno de la lengua, describe la manera en la que es posible la formación de palabras a partir de raíces y morfemas, cuestión que compete a la morfología y, además, rastrea la formación de cadenas de palabras, el uso de categorías gramaticales (número, voz, tiempo), las alternancias o declinaciones de acuerdo a las reglas generalmente aceptadas, trabajo realizado alternativamente por la gramática y la sintaxis, esta última también encargada de describir los tipos de enunciados existentes en la lengua (interrogativo, declarativo).

Método. El método de la lingüista descriptiva trabaja con base en categorías que ha venido construyendo de acuerdo a sus campos de análisis (fonemas en fonología, morfemas en morfología, sintagmas en sintaxis). Como sucede en la lingüística general, estas categorías funcionan de acuerdo a relaciones de diferencia –Saussure dijo: “en la lengua sólo hay diferencias”- y oposición, pero como nos lo hace notar Perrot, quizá el problema más difícil de sobrellevar para este método es el de desnaturalizar los hechos, apartarlos de su matriz comunicativa que es el habla espontánea, para ubicarlos en un paréntesis sin tiempo en el que todo funciona basado en abstracciones.

III. La lingüística histórica

Toda lengua posee una historia y en ella influyen las condiciones sociales y culturales a las que se ve abocada su sociedad. De ello resultan dos puntos: 1. Es posible hablar de aspectos propios de una lengua (el francés del siglo XVII o el español del XVI) y; 2. Como de aquellos estados anteriores de lengua no pueden hacerse registros actuales de su habla, el método comparativo por el cual de un estado concreto del desarrollo es posible volver hacia estados anteriores, se nos presenta como el más pertinente. Así pues, el método comparativo es el método de la lingüista histórica.

Precisamente por esta condición, la lingüista histórica tiene mayor tradición que la descriptiva. Ya desde el siglo XIV se intentaba llegar a través de métodos comparativos a la lengua original de la humanidad, que se presumía era el hebreo. Camino largo y prolífico del que resultó también la reconstrucción de familias enteras de lenguas que hoy día están más definidas que nunca: el indoeuropeo (francés, portugués, español), el germánico, el esclavo, el celta, indio, armenio y demás, las lenguas finougrias (húngaro, fines y lapón), por citar parte del caso europeo.

Método comparativo. El método comparativo en la perspectiva de la lingüística histórica da cuenta de dos tipos de relaciones básicas: la concordancia por parentesco (filial) y la concordancia por préstamo (no filial). Aquí, el término concordancia es tanto como correspondencia, entendido en los estudios del lenguaje como el fenómeno por el cual dos fonemas de dos lenguas “diferentes” continúan un mismo fonema antiguo. Pensemos en un ejemplo: del latín nócte, el francés ha construido nuit, el español noche y, el italiano notte; las tres lenguas tienen un origen común –son románicas- y es posible encontrar en sus tres respectivos vocablos para designar la realidad "noche", una correspondencia tanto en el plano fónico como en el semántico, lo cual es importante destacar porque podría presentarse el caso de dos palabras fonéticamente parecidas, pero con significados diferentes, en cuyo caso no existiría correspondencia.

El anterior caso, pues, es una concordancia por parentesco, pero existen además concordancias por préstamos, dadas especialmente en el campo del léxico que es el más inestable del lenguaje. Un préstamo, se nos dice, es cualquier vocablo tomado de otra lengua y que puede hacer suponer después de un tiempo que se trata de correspondencias establecidas con base en un origen común, lo cual es inexacto. Perrot tiene en cuenta unas categorías que podrían explicarse mejor a la luz de un ejemplo con lenguas de distintas familias como el inglés y el español. Consideremos la situación política de ambos países y pensemos que A es el inglés de Estados Unidos y B el español de Puerto Rico:

“Si una lengua A se extiende en el dominio donde se habla la lengua B, resulta un estado de bilingüismo que acaba por desaparecer y subsiste sólo una de las dos lenguas. Si es A la que subsiste, pero marcada por B, se trata de un hecho de sustrato. Si es B la que subsiste, la acción de A sobre B es un fenómeno de superestrato. Si el vecindaje es sólo geográfico o contacto de dos lenguas A y B, las interacciones que pueden resultar son fenómenos de adstrato” (Pág. 84)

IV. La lingüística general

“La lingüística general parte de los hechos de la lengua para intentar reconocer rasgos comunes en lenguas históricamente diversas y sacar leyes, leyes de funcionamiento y evolución que tengan una proyección general”. Quizá podamos decir que es la trascendencia de la lingüística descriptiva, en tanto que aquí estamos buscando consolidar leyes universales, que parten de una base empírica pero que alcanzan la categoría de generalidades. La historia está en un segundo plano, lo mismo que la biología, la psicología o la fisiología, pues adviene como aspecto central del análisis la noción de signo lingüístico.

Perrot sigue la clásica distinción de Ferdinand de Saussure en su Curso de Lingüística General, para dar cuenta de los planos de estudio de un estado distintivo de la lengua: sincronía y diacronía. Desde allí adelanta su exposición que, lógicamente, se centra en los aspectos teóricos de la lingüística sincrónica cuya base, dijimos, es el signo lingüístico, entendido como “el resultado total de la asociación de un significante y un significado”, en donde el significante corresponde a la imagen acústica del signo, a su sonido, y el significado a su concepto o idea. Pero, además, el signo lingüístico tiene otras dos importantes condiciones: ser al mismo tiempo arbitrario y necesario:

“El signo lingüístico es, en efecto, a la vez arbitrario y necesario: el lazo que une significante y significado es necesario; en la conciencia del castellano-parlante el significante buey (es decir, la imagen acústica del grupo de sonidos b w é i*) evoca necesariamente la imagen acústica bwéi. ‘El significante es la traducción fónica del concepto; el significado la contrapartida mental del significante’ (E. Benveniste). Pero no existe ningún vínculo necesario entre el 'buey', elemento de realidad, y el signo que lo evoca en castellano, en francés, en inglés, etcétera. La misma diversidad de estos signos según las lenguas lo prueba con toda evidencia: por ello hablamos del carácter contingente (punto de vista filosófico), convencional (punto de vista social) o arbitrario del signo” (Págs. 104-105)

Sin embargo, el aporte más destacable de la lingüista general acaso sea el haber consolidado la noción de estructura o sistema de la lengua. Sistema constituido de sistemas (lexical, fónico, gramático) que funcionando coincidente aunque no equilibradamente, favorece no sólo la comunicación de los humanos, sino su propia transformación como estructura. Es necesario anotar, por ello, que si bien los estudios de carácter sincrónico han contribuido notoriamente al desentrañamiento de muchos aspectos del lenguaje y la lengua –estudios que verían su otro gran capítulo con Chomsky, del que no se trata en absoluto a lo largo el libro-, la dimensión evolutiva de una lengua, sigue siendo relevante bajo cualquier mirada, es decir, resulta inútil y peligroso privilegiar un estado determinado de la lengua, puesto que apenas se expande el examen, se encuentra que este es apenas un producto en pleno proceso de transformación.
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La Lingüística de Jean Perrot es un texto que gana por su organización y apoyo bibliográfico; es lástima que –si bien la traductora se esforzó por ampliar las consideraciones al caso español- la mayoría de ejemplos propuestos por el autor hayan sido extraídos del francés y escritos bajo las normas del Alfabeto Fonético Internacional y que, por lo mismo, quedan, para quienes no dominamos este idioma, ni el alfabeto, como una suerte de información trazada a medias.

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