AUTOR: Jean-Paul Sartre
TÍTULO: La Trascendencia del Ego
EDITORIAL: Síntesis, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2003
PÁGINAS: 111
TRADUCCIÓN: Miguel García-Baró
PRÓLOGO: Agustín Serrano de Haro
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

Decimos “Yo…”, y en esta afirmación creemos encontrar un sello de seguridad. “Yo hice”, “Yo dije”, y detrás de ello, invulnerable, siempre en su sitio como dios omnipresente, está el Yo de cada quien que parece ser origen y razón de toda cosa. El vértigo de una conciencia sin un Yo que la trascienda, el miedo a la simple espontaneidad, el deseo de ser –pese a nuestra gratuidad- los que deciden sobre sí hasta lo más mínimo: todo nos conduce, todo nos arroja a esa gran mentira, a esa cortina de humo que venimos creando para no terminar de convencernos por fin, que aquí adentro, no hay espacio para una cosa distinta que no sea nuestra nada.

No basta con ordenar el mundo –aquello que se objetiva en la experiencia-, así que defendemos a toda costa el derecho de ser nosotros su sentido; nos aherrojamos, sin darnos cuenta, con un grillete voraz que lo consume todo: los afectos, las palabras, las acciones. Y he aquí que ese Yo que dictamina y elige, que es confianza en lo contingente, certidumbre en la errancia, no es sentido, ni siquiera evidencia de intimidad, es, por el contrario, uno más de los verdugos, otro de nuestros verdaderos enemigos, el más hostil falseador con el que podamos cruzarnos. El Yo es una existencia peligrosa, es el “certificado de muerte de nuestra conciencia”.

Por qué creemos entonces en él; cómo ocurre que un usurpador se llame, ahora, dueño y señor de todos nuestros actos; qué juego truculento gusta de engañarnos y; en fin, cuál es la alternativa, porque debe existir alguna posibilidad para levantarse todavía al interior de tanto miasma. Pues bien, esa alternativa nos llega desde lejos, desde un joven Sartre volcado sobre Husserl, un Sartre de apenas treinta años que, sin embargo, se juzga lo suficientemente preparado como para encarar la cuestión a partir de teoría fenomenológica; nos llega, en suma, desde lo que tradicionalmente se ha conocido como el primer texto filosófico de Sartre y que, no sin razones, debe ser considerado también, la antesala del monumental El Ser y la Nada.

Publicado por primera vez en 1936, La Trascendencia del Ego es la obra base de la filosofía ontológica sartriana y, además –cosa en la que se ha insistido lo suficiente-, la piedra angular de la fenomenología francesa, que sólo hasta esta fecha encontraba lenguaje y derrotero propios. Es cierto que el espíritu de Husserl se respira a lo largo de sus páginas, pero, primero, se trata de una situación inevitable, puesto que aquél fue el anfitrión para el francés en el descubrimiento de la fenomenología y aún su lectura predilecta por allá cuando, en 1933, Sartre daba sus clases en El Havre –ajeno totalmente al Berlín que iniciaba a convulsionarse- y, segundo, este Husserl que se percibe no es un parafraseado, mucho menos un pseudo-imitado, sino un núcleo de discusión: un Husserl inquirido, interpelado e, incluso –dependiendo de cómo se asuma la propuesta-, superado.

No cabe duda de que la historia nos ha hecho una imagen que privilegia al Sartre de la segunda etapa, es decir, al intelectual comprometido con los problemas de su época, imagen que parece indiscutible, pero que tal vez desconoce esa otra etapa, aquella formada por los textos que alcanzó a escribir antes de la Segunda Guerra Mundial –Esbozo de una Teoría de las Emociones (1939) o La Imaginación (1939)-. En ellos, ciertamente, ya es factible encontrar un pensamiento original y, sobretodo, esa capacidad impugnadora y crítica que siempre caracterizó al autor. Aquí, en La Trascendencia del Ego, por ejemplo, se aparta del lenguaje legitimado por la filosofía y el psicoanálisis, para discutir sobre el problema del Yo desde una tesis planteada y sostenida dentro de los límites de la fenomenología: “El Mundo no ha creado al Yo; el Yo no ha creado al Mundo. Ambos son objetos para la conciencia absoluta, impersonal y es por ella por lo que se hallan unidos”.

Revolucionaría en sus líneas generales, la propuesta de Sartre nos advierte sobre el peligro que comporta un Yo ideal, ese que organizaría todos y cada uno de nuestros actos de conciencia, todas nuestras experiencias del mundo, ese que sería base y trasfondo de los estados de la personalidad y, por supuesto, razón de ser de nuestro Ego. Y ese Yo es peligroso por una razón sencilla: en realidad no precede a la conciencia, no puede precederla puesto que él mismo es sólo uno de sus resultados, y porque la conciencia al ser absoluta, no requiere de un Yo que la opere. La conciencia en su estado natural, esto es, cuando simplemente es conciencia de ser conciencia, es espontaneidad pura y su relación con el mundo objetivo se establece siempre de acuerdo a esa naturaleza; de suerte que todo, lo externo –objetos, vivencias- y lo interno –ideas, estados- no revistan para ella ninguna distinción: son simples materiales puestos a su alcance.

La Trascendencia del Ego está dividido en dos grandes capítulos –El Yo y el Mí Mismo y Constitución del Ego-. Intentar aquí seguir la línea argumentativa de los mismos sería tanto como terminar reproduciendo un número similar de páginas; vamos, mejor, a sugerir un esquema global para los dos marcos de referencia del problema, el Yo y el Ego, y, a partir de las tesis con las que Sartre inicia los capítulos, desprenderemos toda la cadena de relaciones.

El Yo y la reflexión yonizante

TESIS No. 1: “Para la mayoría de filósofos, el Ego es un ‘habitante’ de la conciencia. Unos afirman su presencia formal en el seno de los ‘Erlebnisse’ (vivencias), como un principio vacío de unificación. Otros –psicólogos, en su mayoría- creen descubrir su presencia material, como centro de los deseos y los actos, en cada momento de nuestra vida psíquica. Querríamos mostrar aquí que el Ego no está ni formal ni materialmente en la conciencia: está fuera, en el mundo; es un ser del mundo, como también lo es el Ego del prójimo” (Pág. 29)

El problema del Yo tal como lo plantea Sartre tiene que ver con su naturaleza. Podemos decir: o bien, nuestro Yo es algo que resulta del estar vivos, es un dato inmediato, anterior incluso a la conciencia y, por lo mismo, fuente permanente de identidad; o bien, el Yo no habita originariamente la corriente de nuestra conciencia y, más bien, es la unidad sintética de todos los actos que tienen lugar en ella, algo así como su trascendencia. De la primera definición, se deduce una naturaleza ideal, de la segunda, una naturaleza trascendente.

Ahora, lo más posible es que nos inclináramos a pensar el Yo como anterior a la conciencia, sólo si nuestra forma de entender al hombre, en general, partiera de presupuestos metafísicos; un religioso, por ejemplo, pudiese respondernos: sé que mi Yo se relaciona formalmente con los actos de conciencia, pero en tanto mi condición humana se ha definido a priori a mi existencia, buena parte de mi Yo –por no decir toda- no depende en lo sustancial de aquellos actos.

Por el contrario, la segunda definición es problemática. Afirmar que el Yo no es un dato originario de la conciencia no es, de ningún modo, desidealizarlo; es decir, al mismo tiempo en que, por una parte, aseguramos que nuestro Yo no precede la vida conciente, podemos estar legitimando un Yo ideal, o si se prefieren los términos de Sartre, un Yo kantiano. Y esto sucede, básicamente, porque bien que reconocemos su naturaleza le damos un lugar favorecido en la organización de la realidad. Cuando decimos “Yo soy así”, “Yo pensé esto”, nos encontramos con un Yo totalmente falseado, puesto que parece una existencia activa: ordena, decide, asume itinerarios, etcétera, cualidades todas ellas bien distintas a las de un Yo trascendente, por fuerza pasivo.

Mirémoslo de otra forma. Desde la fenomenología la existencia de un Yo ideal es absurdo –Sartre dirá, además, nocivo-, y es absurdo, porque con ella pretendemos escapar de todo lo que se nos presenta como esencial a las cosas o al hombre, buscamos, por así decirlo, una totalidad, esto es, encontrar el punto en donde ser y parecer constituyen un indisoluble. La conciencia es, ciertamente, una totalidad absoluta, es lo que aparenta y aparenta lo que es, y no necesita de nada para reconocerse como tal. Entonces por qué creer que esa conciencia espontánea y pura requiere de un Yo detrás operándola: en ese momento en el que una falsa necesidad de Yo se hace impostergable, hemos construido una existencia ideal que supedita lo absoluto.

Pero es que, además, eso que llamamos usualmente Yo no puede existir siempre como activo. En primer lugar, porque no acompaña el número total de nuestras vivencias. Kant dijo: “El Yo Pienso debe poder acompañar a todas nuestras representaciones”, pero no lo hace, si no dónde está todo lo que no se piensa en este instante o aquello que viene ahora a mi conciencia y se irá después. En segundo lugar, el Yo no existe siempre como activo, porque no ha surgido de repente, sino que ha venido formándose, tomando parte en los asuntos desde una remota etapa en nuestra niñez en la que ni siquiera captaba o percibía las cosas. Sartre no quiere entrar a discutir con el psicoanálisis freudiano que parece tener un cajón para echar cada una de estas cosas, de estos estados; simplemente va a considerar que ese Yo activo, ideal y falso es la respuesta al vértigo que produce una excesiva pluralidad inmanente o, en otras palabras, que el miedo a ser tan sólo la espontaneidad de la conciencia, nos ha llevado a repetirnos una y otra vez que sí hay un Yo, en alguna parte de nuestra intimidad, dirigiendo aquí y allá con su batuta.

Esa insistencia yonizante de la que habla Sartre nos va a arrojar a uno de los puntos más lúcidos de su disertación: si es cierto que el Yo no está en la conciencia y que, en ninguno de los planos de la experiencia –derecho y de hecho- puede reconocérsele siempre como activo, su existencia sólo es posible gracias a la reflexión. Mejor dicho, toda vivencia tiene lugar en el discurrir del tiempo, pero dentro de él, el Yo sólo existe a través de una conciencia de segundo grado, es decir, a través de la epojé.

Fijémonos
. En el orden de la experiencia cabe hablar de dos tiempos: pasado y presente. Toda experiencia del presente –o natural, desde Husserl- ocurre por medio de una conciencia de primer grado, irrefleja, pura, en la que el Yo no existe: pensemos en que cuando decidimos tomar el autobús hay conciencia del autobús, cuando leemos un libro hay conciencia de lo que leemos, pero en cualquiera de los casos, el Yo es una ausencia. Y, sin embargo, sucede que luego podemos pensar sobre el pasado, sobre la tarde en que tomamos el autobús o leímos aquel libro: allí, donde la experiencia se revierte, sí cabe la existencia del Yo; puede no haberla, claro, si sólo pensamos en el autobús o en lo que decía el libro, pero puede haber conciencia de Yo si además de lo que vivimos, tenemos conciencia de haberlo vivido.

Ese tipo de conciencia es distinta a la que opera en los actos del presente, pero no porque sea otra, sino porque es de segundo grado, reflexiva: la conciencia aquí va sobre aquello que antes fue conciencia pura y lo piensa, es conciencia que piensa aquello que fue atravesado por su corriente. Hay un principio que se debe cumplir: “toda conciencia es conciencia de algo”, y ese algo sólo puede ser el Yo y todo lo que se ha vivido, que no es conciencia, sino elementos de los que ella puede dar cuenta. Quizá se entienda mejor este punto si reconocemos que la conciencia del presente es no posicional, puesto que en tanto espontánea ella es simplemente lo que es; mas, la conciencia que vuelve al pasado sí es posicional, logra ubicarse respecto de lo hecho (haberse subido al autobús, por ejemplo) aunque siga manteniéndose no posicional frente a ella misma, puesto que esa es su naturaleza.

Hasta aquí hay dos cosas claras: primero, la conciencia puede prescindir perfectamente del Yo, tal como ocurre en las vivencias del presente y, segundo, el Yo sólo surge cuando la conciencia es retrospectiva. En la fenomenología de Husserl, esa pausa del presente, de lo natural, del flujo corriente, que permite pensar por un momento en el pasado y descubrir el Yo que parece habitarlo, se conoce como epojé. Pero, aunque Sartre recurra también a la epojé para explicar que el Yo no puede habitar la conciencia y mucho menos organizarla –pues parece inactual y duradero en contraste con la conciencia que es actual y se debe sólo al hecho de existir y devenir-, a pesar de ello, decimos, el pensamiento husserliano, piensa Sartre, parece abocado a la defensa de un Yo ideal no fenomenológico.

Muy acertada al respecto nos parece la opinión de Agustín Serrano –quien escribió el prólogo para esta edición de La Trascendencia del Ego-, que señala varias limitaciones respecto de la crítica que hace Sartre a las ideas de Husserl. Evidentemente, si no existe un Yo activo en la conciencia, la posición sartriana parece colocarnos ante una dicotomía: enfrentarse en cada acto como nuevos, o enfrentarse mecánicamente a través de actos rememorativos. Y es que aquello que no alcanza a comprender Sartre es que la conciencia, si bien por naturaleza totalmente autónoma de un Yo demiurgo, no tiene un origen en modo alguno absoluto, ella misma ha tenido su propio devenir, ha venido creando sus propios saberes, todo aquello que podría llamarse la biografía personal y que, en los actos del presente, constituye su poder, su forma particular de ser conciencia.

A este tipo de cosas las llamó Husserl los "hábitos del Yo", y Sartre creyó ver en ellos el regreso de un Yo kantiano a la conciencia, algo así como un todopoderoso que ordena los actos de la experiencia. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que el mismo Husserl aclaró que los "hábitos del Yo" no son elementos que se pongan detrás o como fundamento de la conciencia, sino que son inmanentes a sus actos, es decir, están implicados en la misma conciencia y, por tanto, son plurales hasta el infinito, diversos y aparecen en el tiempo, cambian o desaparecen.

El Ego como unidad sintética

TESIS No. 2: “El Ego no es directamente unidad de las conciencias reflejadas. Existen una unidad inmanente de estas conciencias, que es el flujo de la Conciencia que se constituye él mismo como unidad de sí mismo, y una unidad trascendente: los estados y las acciones. El Ego es unidad de los estados y las acciones (facultativamente, de las cualidades). Es unidad de unidades trascendentes, y es la actitud irrefleja. Sólo que aquel polo no aparece más que en el mundo de la reflexión” (Pág. 63)

Sartre entiende el Ego como unidad de conciencias reflejadas. Decimos un día cualquiera: “Yo amo a esta chica” u “Odio a aquel tipo”, y detrás de las afirmaciones hay una cadena de pequeñas experiencias de conciencia: la chica nos hace sentir bien, es inteligente y cariñosa; el tipo es desesperante, nos va llenando de rencores, etcétera. Esa unidad que encierra en un determinado estado (odio, amor) los distintos actos de conciencia se corresponde con una cierta dimensión del Yo, con una de sus cualidades, por ejemplo, y la suma de todas esas conciencias, pero también de los estados y acciones del Yo es, pues, el Ego.

Antes habíamos dicho que el Yo para la fenomenología debe entenderse como trascendente; y es el Ego en donde tiene lugar esa trascendencia, porque sin ser conciencia, todos los actos de ella lo van configurando, otorgándole un cierto espacio, dependiente claro está y, por ende pasivo, pero en el que por primera vez para el Yo, existe un verdadero Todo que, al mismo tiempo, es Nada. Todo porque es la gran unidad sintética de la totalidad de los estados de conciencia reflejada, es decir, la que ha permitido crear una figura del Yo vivido, sonreído, sospechado y demás, pero también Nada, porque él, el Ego, no podría reducirse a una sola de aquellas experiencias; cuando uno busca, por citar un caso, dar cuenta de que aquel hombre es amoroso porque parece disfrutar el tiempo que pasa con su amante, se está dejando por fuera todo lo demás, todo lo que también es ese hombre y que no puede permanecer al margen de su Yo trascendente.

Hay tres elementos de suma importancia en el análisis que hace Sartre sobre el Ego: estado, acción y cualidad. El estado, aquello que da cuenta de una cierta forma de conciencia, también es distinto de acuerdo al momento del discurrir temporal en el que se le examine: es inmanencia en la conciencia del presente, o lo que equivale a decir, de él emanan el descontento, el asco o el pudor de cada experiencia momentánea y natural y, luego, en la conciencia de segundo grado que vuelve hasta el pasado, es objeto trascendente, porque encierra cada una de esas formas de reacción y asimilación de la realidad en el presente de manera sintética. O sea que es una relación en doble sentido: la trascendencia del Ego es la base de los actos de conciencia del presente (como es el odio base para sentirse irritado), pero también son estos actos espontáneos los que hacen posible la existencia del Ego como trascendente (como es la irritabilidad base para el odio).

Es lástima que el desarrollo hecho por Sartre respecto del segundo elemento constituyente del Ego, la acción, apenas tenga página y media. Y decimos esto porque a través de ella, de la acción, el Yo encuentra ese carácter activo que le niega nuestro autor en el resto del libro. Si, por ejemplo, a Sartre no se le ocurre pensar en los condicionamientos biológicos o genéticos de nuestra experiencia –o los da por sentados- tampoco aborda el problema del Yo frente a la acción futura, es decir, aquello que no está dado. En ese plano activo seguramente debemos ubicar la libertad, elección y posibilidad del Yo, o al menos de la conciencia, pero esto es especular, porque Sartre apenas desarrolla su idea de acción basado en dos ideas: 1. La acción exige tiempo, y por lo tanto conciencias activas dispuestas en el devenir y; 2. Estas conciencias aprehenden la acción total en una intuición que se ofrece como trascendente. Básico, pero definitivo: deseamos lavar los platos (intuición trascendente), de modo que abrimos la llave, tomamos el jabón, acercamos la loza y demás (conciencias activas temporales); o, cómo no, también sucede así en el plano del derecho, cuando queremos escribir un documento, y sabemos que tendremos que ir disponiendo las cosas de acuerdo a esa intuición.

Finalmente, las cualidades son los sustratos de los estados, tal como éstos son los sustratos de las vivencias, sólo que los estados en la experiencia emanan, mientras que las cualidades en los estados se actualizan. Tanto como decir que la cualidad es una potencia, una virtualidad que va encontrando en los estados y los actos concretos de la conciencia, la posibilidad de realizarse: si este tipo es mentiroso, y esa es su cualidad -por ende, su virtualidad-, podrá encontrar un estado que le permita potenciar su condición frente a un acto concreto: engañar a la amante.

Y, porque la segunda parte de La Trascendencia del Ego aborda esta serie de inquietudes, es que más arriba apoyábamos la idea de Agustín Serrano, sobre la manera en la que Jean-Paul Sartre neokantianizó el problema de los saberes del Yo propuestos por Husserl. Estamos de acuerdo con el filósofo francés hasta el punto en que advierte el verdadero sentido de la emergencia del Yo y el Ego: a pesar de aparecérsenos en sentido inverso, no son ellos los que determinan la conciencia, no es un Yo huraño el que determina que ahora mismo esté irritado, sino que, al contrario, esos Ego y Yo sólo son el resultado de la conciencia, que ha venido, en su largo recorrido, constituyendo estados, cualidades, experiencias que, luego, tan interiorizadas, tan repetidas, han terminado por asumirse como precedentes, pero nada más erróneo. Estamos de acuerdo, pues, con Sartre, en este sentido, pero creemos que él mismo transita peligrosamente en esta parte de su disertación sobre las posibilidades activas que tiene el Yo en la conciencia porque, a fin de cuentas, si el Ego es creador de sus estados, y se relaciona con las cualidades en términos de actualización y renovación en el tiempo, más allá de su origen, se percibe una historia, una temporalidad y, sobretodo, una inmanencia.

Sin embargo, hasta tal punto es absurda la idea de un Yo y un Ego determinantes de nuestra conciencia, que aquello de conocernos a nosotros mismos, es tomar la partida por un conocimiento falso. Si el Yo ha sido creado para dar unidad a nuestros actos de conciencia, y tiene un carácter trascendente, cabe esperar que cualquiera pueda conocer eso Yo como si fuera el suyo, porque está por fuera de nuestra conciencia, no hace parte de ella, está disponible para quien desee pensarlo; acaso nuestro Yo sea un poco más íntimo, pero nunca inescrutable para los demás. En este sentido, pensaremos con Rimbaud: el Yo es otro.
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De lenguaje intrincado, pero brillante de principio a fin, La Trascendencia del Ego es tal vez el último intento moderno por construir una ontología positiva; pero también un llamado a retirarnos esa máscara que otorga falsas complacencias y seguridades, un llamado, en últimas, a reconocernos en lo único por lo que podemos abogar: esta inútil gratuidad de estar vivos.

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Sartre en el Brasil: La Conferencia de Araraquara
¿Qué es la Literatura?
Alrededor del 68: Situación VIII

Además, en el blog de nuestros amigos de la Videoteca de Humanidades están disponibles en video dos largas entrevistas realizadas al pensador francés.

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