AUTOR: Honoré de Balzac
TÍTULO: Papá Goriot
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 313
TRADUCCIÓN: M. López
PRÓLOGO: Carlos Pitol
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

Obra decimonónica por antonomasia, Papá Goriot tiene mucho para decirnos todavía, tanto al novelista contemporáneo que –por regla general- parece apología de toda fatuidad, como a aquello que, sin pretensiones de naturaleza, hemos podido bautizar el espíritu humano. Sólo la agudeza y profundidad de un genio de la literatura podrían trazar las líneas de una pieza fundamental para esa Francia que, negándose a tirar su guante de terciopelo, se precipita sobre el fondo lodoso y contaminado de la época. Hay una mano de hierro debajo de ese guante, una madera cubierta por el barniz y, en fin, mucho egoísmo y desconfianza tras la muselina y la seda.

Tal vez ni siquiera el mismo Flaubert pudo alcanzar la contundencia de ese objetivo que Honoré de Balzac (1799-1850) tomara como propio en La Comedia Humana: erigir un arte en el que cupieran “Paris, Francia, su siglo, la humanidad entera, el orbe miniaturizado”. A ello, a ese propósito –al que por igual apuntó dentro de los dos grandes movimientos de que fue precursor y figura: el realismo y la novela psicológica- dedicó su casi centenar de novelas publicadas, y la Francia y el siglo de las que habló en ellas no son más que la vasta cadena de máscaras y contradicciones de la sociedad burguesa.

Papá Goriot (1834) hace parte de ese complejo universo de La Comedia Humana, iniciado por Balzac por allá en 1829 y que, aun cuando quedara inconcluso, no sólo se mantiene firme sobre sus bases, sino que sirve como autoridad para tanta “iniciativa” parecida. Eugenia Grandet, La Piel de Lapa, Las Ilusiones Perdidas, todas ellas novelas ejemplares en cualquier sentido, han quedado también para la posteridad y fungen a la manera de esas referencias necesarias sobre las que se hace imperioso volver una y otra vez; y no podría ser distinto, porque en Balzac rebosan las dos cualidades más apremiantes del escritor: un estilo original, limpio, contundente, y la amplitud natural del buen observador y conocedor del mundo.

Pero es que además Honoré de Balzac vivió en ese mundo, no ya en la línea de esa burguesía aristocratizada –de la que, sin embargo, siempre dependió-, sino más bien en la compuesta por los desposeídos en vía de reconocimiento. De a momentos intuimos a ese Balzac en dificultades que nos habla por boca de Eugène de Rastignac, prototipo del joven que, lanzado al círculo del dandismo parisiense, se debate entre la impresión de la fortuna y una virtud de la que no está dispuesto a separarse. Así que lo dicho en Papá Goriot, aunque ficcional, tiene mucho que ver con el Balzac de carne y hueso, mucho más, incluso, cuando seguimos la idea de una posible referencia biográfica que ubica su romance con Marie Daminois y una hija presumiblemente suya como inspiración para la figura de Goriot.

Sea como sea, lo cierto es que estamos frente a una novela de lectura obligada. No es solamente, como se hace ver con insistencia, una obra que se circunscribe al tema de la paternidad, por el contrario, es todo un examen de la sociedad francesa del XIX, y a lo mejor porque esto es así, el mismo Balzac quiso jugar un poco con su título, Le Père Goriot, que vendría a significar algo como “el bonachón Goriot” –el que lo da todo sin importar, en Colombia el Goriot que es todo una “madre”-, es decir, un Goriot a la vez sublime (por su condición) y burlado (por sus acciones). Por otro lado, limitar la obra a la visión de la paternidad es desconocer que la figura de Goriot parece endeble –especialmente en el inicio e intermedio de la novela- frente a la fuerza de personajes como Rastignac o Vautrin. Pero eso es precisamente lo que intentaremos observar a continuación:

La historia de Papá Goriot

París, 1819. La pensión de la señora Vauquer, ubicada en la Calle Nueva de Santa Genoveva –muy cerca de la residencia de Balzac-, sirve de hogar a un grupo singular: Sylvie y Christophe, criados de la viuda, la señora Couture y su hija adoptiva Victorine, el anciano Poiret, la señorita Michonneau, el señor Vautrin, Eugène de Rastignac y Papá Goriot. Se trata de un sitio en el que se come a un precio razonable y que, aunque ubicado en una zona triste y miserable, conserva ciertos rasgos de la burguesía. La joven Victorine vive allí porque su padre, señor Taillefer, reniega de ella y la ha desheredado en favor de su hermano. Vautrin, el acomodado, viviría allí como en cualquier otro sitio, sonríe, bromea y planea largarse para América. Rastignac es un joven estudiante de derecho venido desde el campo, merced a los esfuerzos de sus padres. Y Goriot, bueno, ese vive allí porque sus dos hijas, a quienes ha podido procurarles algo de fortuna –aquella que él mismo pudo granjearse con una fábrica de fideos durante la guerra-, lo desprecian y no lo quieren a su lado.

El recelo y la desconfianza son la cotidianeidad en la casa Vauquer, y de no ser porque Eugène de Rastignac empieza a tomar parte en el mundo, todo permanecería de esa forma. En efecto, el joven estudiante, deslumbrado por la pomposidad del París de coches, fiestas y apellidos, ha descubierto un pariente lejano, una tal prima vizcondesa de Beauséant, que puede ser algo así como su llave para el reino. Como cualquier otro dandy, lo que pretende Eugène es encontrar alguna mujer adinerada, cansada de la rutina con su marido, que esté dispuesta a pagar lo suficientemente bien por sus afectos como para sobrellevar una vida de lujos y ostentaciones. Pero esto es más difícil de lo que se piensa, y no porque la sociedad esté curada de estos devaneos que son, por el contrario, además de comunes, de público conocimiento, sino porque todas las mujeres parecen ya tener su propio amante, y porque para quien no tiene los recursos suficientes, como Rastignac, es muy difícil mantenerse a flote mientras se consigue algo.

Hace falta dinero para todo: para camisas más suaves que las que trajo desde el campo, para pagar la limpieza de las botas, para llegar en coche a las casas que visita, etcétera. Cierto día, en su trance de conquista y mientras conversa con Anastasie de Restaud y su marido, se le escapa una imprudencia: confiesa vivir en la misma pensión que Goriot, padre de la mujer, quien toma esto como una especie de acusación o insulto, así que se le cierra una puerta a Eugène, quien, sin embargo, después de comentarle el incidente a su prima, recibe un dato esperanzador: Delphine de Nucingen –la otra hija de Goriot- parece inconforme con su marido. De modo que, por una y otra situación, Eugène se ve abocado a observar de una manera diferente al viejo Goriot. Aquel, despreciado por todos los vecinos de la casa, encuentra en el estudiante, al principio, un amigo y, luego –una vez confesado el amor de Eugène a su hija Delphine de Nucingen-, a todo un hijo.

Pero hay otra cosa. Este tipo Vautrin ha estado muy pendiente de las andanzas y deseos de Rastignac; es más, él, que se precia de estar por encima de los valores de su tiempo, ha querido servir de mentor para el muchacho y conjurar en su compañía un rápido ascenso en la sociedad. Ha hecho ver en la joven Victorine y la muerte de su hermano una posibilidad para hacerse con una buena bolsa de dinero; pero, esta idea no termina de convencer a Eugène, primero, porque Vautrin le produce desconfianza y estupor y, segundo, porque aunque Victorine evidentemente le ama, él ha terminado haciendo lo propio con Delphine: aquello que empezó como una oportunidad para ingresar en la alta sociedad, se ha convertido para Eugène en su primera experiencia del amor: teatro, cenas, promesas y confidencias, Delphine y el joven estudiante han podido trascender la categoría de amantes.

Confesado el amor mutuo, Goriot trabaja afanosamente para restituir la fortuna de su hija, mermada de forma considerable por el esposo de Delphine, el abogado Nucingen –que reaparecerá en otras treinta novelas de Balzac-, y sacrificando su renta vitalicia acondiciona para ellos un lujoso apartamento que servirá para sus encuentros. Es un acto harto complicado porque los continuos regalos a sus hijas, los préstamos y demás –todo ello a pesar de sus ingratitudes- han dejado muy por debajo las posibilidades para el viejo; pero Goriot lo hace con amor y se complace él mismo de sobremanera, así que no le da importancia. Es más, tampoco verá problema luego, cuando su otra hija Anastasie venga pidiéndole su ayuda: una cantidad para sacar a su amante de la cárcel, otra para pagar una cadena de diamantes. Y Papá Goriot, que empezó vendiendo cucharillas, cuadros y otras nimiedades, que luego tuvo que vender platerías enteras y firmar una tras otra tantas letras, ha llegado a no tener nada y se siente culpable por no poder responder a las exigencias de sus hijas, porque el dinero es la fortuna, y ya no tiene fuerzas –aunque lo haría con todo gusto- para robar o para venderse.

La situación, tensa de por sí, ha hecho recapacitar a Rastignac: no sólo debe tomar una decisión frente a la propuesta de Vautrin –quien tal vez está ocultando algo oscuro sobre su pasado-, sino también sobre ese espíritu por el que hablan las hijas de Goriot. Él, junto al médico Bianchon, serán los únicos en acompañar al anciano en una agonía irremediable; más tarde sabremos si sus hijas estarán allí y también sus yernos y esos nietos –de los que no se sabía nada hasta entonces-; sabremos, pues, quiénes serán bonachones con Goriot.

Sobre la paternidad en Papá Goriot

“La patria perecerá si los padres son pisoteados” –grita Goriot en su lecho de muerte; y es que tiene en su mente la calle de la Jussienne, en donde sus hijas corrían y lo abrazaban, todavía ajenas a la “razón” que luego los separaría; es que tiene en la mente su historia de hace diez años cuando, recién heredadas, Anastasie y Delphine atendían a su padre, le recibían por la puerta delantera de sus casas y lo invitaban a la mesa; pero también tiene en mente ese trastrocamiento que sucedió las imprudencias suyas en las reuniones, sus malos modales y su paulatino empobrecimiento. Sólo estos hechos pudieron darle claridad sobre lo que había significado él para sus hijas, cómo habían cambiado las cosas hasta el punto de amarlas y ayudarlas por una obstinación, no porque en verdad lo merecieran.

Decíamos arriba que el amor de Goriot era al mismo tiempo sublime y burlado: sublime porque siempre está dispuesto a todo, a trascender las posibilidades, a servir desinteresadamente, a sacrificar cualquier cosa, a servir a todo precio y; burlado, porque constituye un absurdo en su misma ceguera, no logra advertir la mentira ni el engaño, tampoco el interés, la hipocresía o el arrivismo. Un sentimiento que –como advierte Carlos Pitol- se traduce en relaciones de dominio en las que siempre hay un subyugado y un subyugador, pero que tal vez esté mejor expresado con las mismas palabras de Goriot:

“Todo está aquí –dijo golpeándose el pecho, sobre el corazón-. Mi vida son mis hijas. Si ellas se divierten, si son felices, si van elegantemente vestidas, si caminan sobre alfombras, ¿qué importa de qué tela vaya yo vestido y cómo sea el sitio en que me acuesto? Yo no tengo frío si ellas tienen calor, nunca me aburro si ellas ríen. No tengo más penas que las suyas. Cuando sea usted padre, cuando diga usted al oír los primeros balbuceos de sus hijas: ‘Son carne de mi carne’, cuando sienta que esas criaturas están ligadas a cada gota de su sangre, de la que proceden, ¡porque es así!, se creerá usted pegado a su piel, creerá moverse con sus pasos. Oigo su voz en todas partes. Una mirada suya, cuando es triste, me hiela la sangre. Algún día sabrá usted que es uno mucho más feliz con su felicidad que con la propia. No puedo explicárselo; son impulsos interiores que le hacen a uno sentirse dichoso. En fin, yo vivo tres vidas. ¿Quiere usted que le diga una cosa curiosa? Pues bien, cuando fui padre, comprendí a Dios. Está en todas partes con todo su ser, porque la creación ha salido de él. Eso es lo que me pasa a mí con mis hijas. La única diferencia es que yo siento más amor por mis hijas que Dios por el mundo, porque el mundo no es tan hermoso como Dios y mis hijas son más hermosas que yo” (Págs. 154-155)
Curiosamente, el momento de mayor lucidez de Goriot respecto de la paternidad adviene durante su agonía; sólo allí le es posible romper esa barrera que él mismo ha construido con su amor. Allí, poseído del furor de la locura, puede gritar sin remordimientos: “he sido engañado” e, incluso, “sus hijos me vengarán”. Son casi veinte páginas las que dan cuenta de esta suprema lucha en la que Goriot, convulso y delirante, confronta todas sus dimensiones: el padre abnegado, el obsesivo, el amoroso, pero también el engañado, el mentido y hasta el pordebajeado. En realidad se trata de un examen tan visceral que puede dejar al lector perfectamente apoltronado en su silla, con una cosa fea ahí en la garganta y una sensación horrible sobre el pecho.

Sin embargo, no es Goriot la única figura paterna en la novela. También está el señor Taillefer, padre de Victorine, que está en las antípodas del pobre Goriot, y que se nos parece más al padre Grandet de Eugenia Grandet. Él, un usurero adinerado, ha negado todo vínculo con la muchacha, mientras prodiga con excesos a su hermano, y sólo reconsiderará aquella distancia luego de la muerte de su hijo –producto de los planes de Vautrin-, decisión que restituirá, no sólo la fortuna, sino también el amor a la joven Victorine, quien por demás está bien lejos de la imagen de Anastasie y Delphine, puesto que no existe otra cosa que la muchacha estime y añore más que el amor de su padre.

Y, finalmente, hay otra figura que es un poco más sutil pero responde igual que las otras situaciones a la relación de dominio propia de la paternidad. Nos referimos al caso de Vautrin que, aun sin ser padre natural de Eugène, establece sobre él un conjunto de sentimientos que pueden inscribirse, ora en la complicidad de lo filial, ora en el apoyo incondicional que caracteriza a los amigos. Empero, intuimos –como también lo expresa Pitol- otros datos más significativos que los anteriores y que pondrían a Vautrin no como pederasta, pero si como un homosexual enamorado de la juventud, aspecto que tendría consecuencias en el plano tipológico del amor que profesa por Eugène. Creo que existen razones suficientes para hablar de esto y que un lector atento podría reconstruirlas fácilmente.

Sobre el París de Papá Goriot

Quisiéramos sugerir a propósito de ese París de la novela una problemática de relación que se traduce en un personaje que conecta el refinamiento, el lujo y la pomposidad con la pobreza, la necesidad y el deseo: Eugène de Rastignac. Ciertamente hay dos mundos en Papá Goriot, uno que corresponde a la burguesía en vía de aristocratizarse y otro que es propio de la clase pobre-residual. Ahora bien, aunque esto puede asegurarse sin temor a engaño, resulta más complejo arriesgar el tipo de relaciones y correspondencias entre ambos mundos, en especial porque no se trata de compartimentos, de contenedores que permanezcan separados totalmente, sino de realidades que se resignifican a cada instante.

Hay cosas que separan, eso está claro: Eugène se sienta en el comedor de la vizcondesa Beauséant y se sorprende de tanta luminosidad, un corrillo en el teatro comunica la clase de una dama y lo impropio de la otra. Y, por supuesto, la pobreza establece sus propios límites: ese pan hecho con harina del más bajo costo, la señorita Michonneau dispuesta a delatar a cualquier persona por un mes de comodidad. Pero sobre ello, como una suerte de dios todopoderoso, que sirve de reducto y tiquete, una pequeña cosa: el dinero.

Goriot ha conseguido para sus hijas el ingreso a la alta sociedad pagando, y el apasionado Eugène, pide todo el dinero que puedan enviarle desde casa y apuesta todo lo que tiene porque es menester pagar su propia entrada. "La fortuna a todo precio –dice Vautrin, riéndose todavía-, esa es la condición de nuestra época”; y es que sólo a quien tiene el dinero, esa cuota que se exige en la puerta de aquel mundo, se le permitirá gozar de los privilegios: un coche esperando en las afueras, un baile el lunes con todos los ministros, un palco de honor en el teatro, una bonita vajilla plateada, algunas delicadas alfombras y, por qué no, estar en la boca de la vizcondesa, la marquesa o la duquesa. Trata de explicar esto mismo Vautrin al joven Rastignac, y le sale todo un discurso que es una pieza magistral de sarcasmo y verdad:

“Cómo hacer rápidamente una fortuna, es el problema que se plantean en este momento cincuenta mil jóvenes que se encuentran en la misma situación que usted. Usted es uno de ellos. Calcule los esfuerzos que tiene que hacer y lo encarnizado del combate. Tienen que devorarse unos a otros como fieras, dado que no hay cincuenta mil buenos puestos. ¿Sabe usted cómo se triunfa aquí? Con el brillo del genio o con la habilidad de la corrupción. Hay que entrar en esta masa de hombres como una bala de cañón o deslizarse en ella como la peste. La honradez no sirve para nada. La gente se inclina bajo el poder del genio; se le odia, se intenta calumniarle, porque toma sin compartir; pero se inclinan si persiste; en una palabra, se le adora de rodillas, cuando no se ha podido enterrarle en el lodo. La corrupción es lo que prima, el talento es raro. Por eso, la corrupción es el arma de la mediocridad que abunda, y sentirá usted sus alfilerazos por todas partes. Verá usted mujeres cuyos maridos únicamente tienen seis mil francos de sueldo, y que gastan más de diez mil francos en vestirse. Verá usted mujeres que se prostituyen por ir en el coche del hijo de un par de Francia, que puede correr en Longchamps por la calzada del medio. Ha visto usted al pobre memo de Goriot, que ha tenido que pagar la letra de cambio endosada por su hija, cuyo marido tiene cincuenta mil francos de renta. Le desafío a que de dos pasos por París sin encontrar chanchullos infernales. Apostaría a que cae usted en un avispero con la primera mujer que le guste, aunque sea rica, bella y joven. Todas están atadas por las leyes, en perpetua guerra con sus maridos. No acabaría nunca si quisiera explicarle los manejos que se traen por sus amantes, por los trapos, por los hijos, por el matrimonio o por la vanidad, rara vez por la virtud, puede usted estar seguro. De modo que el hombre honrado es el enemigo común. Pero ¿qué cree usted que es un hombre honrado? En París un hombre honrado es el que se calla y no quiere tomar parte en la corrupción general. No hablo de esos pobres esclavos que hacen todos los trabajos sin ser nunca recompensados, y a los que yo llamo la cofradía de las zapatillas de Dios. Ciertamente en ellos está la virtud en todo el esplendor de su necesidad, pero también está la miseria. Estoy viendo la cara que pondrían esas buenas gentes si Dios nos gastara la broma pesada de no asistir al Juicio Final. Si quiere usted rápidamente la fortuna, tiene que ser ya rico o parecerlo. Para enriquecerse hay que dar golpes importantes, no conformarse con pequeños trapicheos. Si en las cien profesiones que puede usted abrazar hay diez hombres que triunfan rápidamente, la gente los llama ladrones. Saque usted sus conclusiones. He ahí la vida tal como es. No es más agradable que la cocina; huele igual de mal y hay que mancharse las manos si se quiere sacar tajada; sólo es preciso sabérselas limpiar bien después; en eso consiste toda la moral de nuestra época” (Págs. 130-131)
Sin embargo, el caso Eugène tiene un cariz un tanto diferente: a pesar de su afán por tomar parte en el festín de los convidados, en él prima el reconocimiento antes que la fortuna o, dicho de otro modo, quiere un nombre, no el dinero; y por ello en Eugène si tienen lugar todos esos dilemas de tipo moral que para aquellos que toman una decisión apresurada no revisten ningún sentido. Existen al menos dos caminos para mí –parece decirse Rastignac-: o bien, asumo el papel de la virtud, ese “sublime martirio”, la más lenta de las fortunas, o bien, me aboco a un destino de corrupción y truculencias del que quizá pueda salir beneficiado bastante pronto, sólo que mientras tanto voy arrojando a cada paso, como cosa inútil, más y más trozos de mi honradez.

Tomar una posición es más difícil todavía debido a la insistencia de Vautrin, la posición moral inconmovible de su amigo Bianchon y la misma fuerza de los acontecimientos. Pero, a fin de cuentas, ese es apenas un caso, el de Eugène de Rastignac, porque en el París de esta comedia humana hay muchos otros alineados esperando su turno de elegir, y está claro que no todos pondrán los pesos sobre la balanza, y aún peor, llegado el instante en que puedan ser juzgados por sus actos, no asomará en ellos el más mínimo destello de sorpresa; porque ellos son al modo de Vautrin, poemas infernales en los que se reflejan todos los sentimientos humanos, menos uno: el arrepentimiento.
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Estamos
de frente a un nombre imprescindible de la literatura. Papá Goriot rebosa perfección por donde se la mire, tanto es así, que a casi dos siglos de distancia, puede decirse sin forzar nuestras razones, que debemos a Balzac una de las obras más bellas y profundas de la historia.

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