AUTOR: Hermann Hesse
TÍTULO: Siddharta
EDITORIAL: C.E. El Tiempo (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 158
TRADUCCIÓN: Montserrat Marti B.
RANK: 8/10
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Por Alexander Peña Sáenz

Hermann Hesse, inspirado en la mitología oriental e hindú, comienza a escribir Siddharta en 1919, para plantear alternativas que logren renovar la visión de la condición humana, totalmente desvirtuada gracias a los desastres acaecidos en Occidente después de la Primera Guerra Mundial. Siddharta (1922) es la obra que, a través de la experiencia humana de sus protagonistas, recupera la espiritualidad de Oriente, para otorgar una mirada introspectiva hacia la búsqueda del yo, que cada ser humano posee dentro de sí.

Siddharta es una palabra que traduce algo así como "deseo satisfecho", y reproduce el llamado hecho por Hesse para que el ser humano busque dentro de sí mismo la unidad con el mundo, en la forma de sansara y nirvana o, lo que es lo mismo, como mundanidad y santidad, dos aspectos presentes en la vida humana –y que en la novela Demian, también fueron trabajados por Hesse en su división entre mundo luminoso y mundo oscuro-.

Es quizá esta notoria complementariedad entre el mundo y lo humano, lo que contribuyó a comprender la decadencia de la Modernidad, que pretendía ser una totalidad homogénea y perfecta, pero que dejó a un lado muchos aspectos de la diversidad de la vida de pueblos e individuos que, luego, desencadenaron la crisis de la racionalidad y trajeron consigo las funestas y conocidas consecuencias de las guerras mundiales. Por esta exploración de la condición humana y, por su vigencia literaria, es bien merecido el Premio Nobel de 1946 que fue entregado a Hermann Hesse y que, sin duda alguna, lo posiciona como uno de los escritores más influyentes en el siglo XX.

Siddharta, el joven brahmán

Hesse retrata la vida de Siddharta –el joven halcón-, hombre entregado a la meditación, la vida asceta y la búsqueda constante de la perfección y la verdad. Siddharta es conocido como el agraciado hijo del brahmán y creció al lado de su amigo Govinda. Podía pronunciar el Om, la palabra por excelencia. Pero, pese a su plenitud, Siddharta se sentía descontento en su interior, y su bienaventuranza no era completa. Era necesario que el joven hijo del brahmán encontrara su propio yo. Uno de esos días, por su ciudad aparecieron tres samanas, quienes vagaban como peregrinos ascetas, practicantes de la meditación y del desapego corporal. Estos forasteros, rodeados de soledad en su doctrina, son enemigos de lo mundano y buscan despersonalizarse de sí mismos, con el fin de alcanzar la verdad.

Con la determinación de acompañar a los peregrinos y buscar la plenitud y la verdad, el joven Siddharta desafía a su padre, el viejo brahmán; tiene la intención de entregarse a una nueva experiencia que permita ampliar su mirada al mundo real. Sin poder hacer nada, el viejo brahmán se resigna a no poder tomar parte del destino de su hijo, pues cada quien debe buscar su camino, de modo que permite que Siddharta marche al lado de Govinda y los tres samanas.

El ascetismo de los samanas

Los samanas aceptan a Siddharta y Govinda como acompañantes, siendo estos dos sometidos a las exigencias de obediencia. Ambos hombres regalaron sus túnicas a los pobres y se entregaron a la meditación y humildad de los ascetas samanas, desprendiéndose de todo vínculo con lo material y mundanamente innecesario. Siddharta, en esta etapa de su vida, comenzó a ver el mundo con unos ojos más amplios que aquellos con los que había visto hasta el momento:

“(…) se percató de que los amantes se querían, de que las madres daban el pecho a sus hijos. Y todo ello no era digno de la mirada de sus ojos, todo mentía, todo apestaba; olía todo a hipocresía, todo aparentaba tener sentido y felicidad y belleza, mas, sin embargo, todo era ignorancia y putrefacción” (Págs. 19-20)

Ese es el ascetismo, un desapego total por lo terrenal. La meta de Siddharta era quedarse vacío, morir para alejarse de sí mismo, para no ser yo, es decir, deseaba encontrar después de toda esta doctrina, el gran secreto. El ensimismamiento en Siddharta significa escapar del dolor de ser yo, una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida. Hesse lo explica como un estado del no-yo.

Buda y la unidad del mundo

A los tres años de permanencia con los samanas, llegó a los jóvenes discípulos la noticia de la existencia de un singular personaje. Se trataba de nada más y nada menos que de Gotama (Gautama), conocido como el majestuoso Buda, quien con mucho sacrificio se había librado de toda pena y dolor. Su leyenda resultaba dulce para aquel mundo enfermo y aquella vida de difícil aguante. Con la aparición del majestuoso Gotama, Siddharta toma la determinación de abandonar la vida que había llevado junto a los ascetas durante aquellos años, así que parte junto a Govinda hacia la ciudad de Savathi. Al abandonar a los ascetas, Siddharta veía en Buda a un hombre que:

“(...) enseñó la doctrina del sufrimiento; habló sobre el origen del dolor y sobre el camino para reducir ese dolor. Su oración era sencilla y serena. La vida era dolor, el mundo estaba lleno de sufrimiento, pero se había hallado la liberación del dolor” (Págs. 34-35)

La unidad del mundo brilla en la doctrina maravillosa de Buda. Todo lo que sucede en el mundo mantiene una relación armónica, como por ejemplo la ley de las causas del nacer y el morir. Con esta doctrina, Buda enseña que la vida debe entregarse a la redención del mundo y de los sufrimientos. Esta superación del mundo se conoce como nirvana o estado de santidad y perfección.

Siddharta objeta esta doctrina y la discute con Gotama. El camino a la redención no puede ser enseñado, pues cada quien debe vivirlo por sí mismo. Ese es el elemento que ha permitido que el Buda haya llegado a alcanzarlo: él mismo pudo encontrar el secreto. Siddharta baja su mirada ante la magnificencia de Buda, pero está dispuesto a encontrar la redención también por sí mismo, por ello rechaza la doctrina del glorioso personaje. Govinda decide quedarse con el majestuoso para adquirir la doctrina; mientras, el joven antes brahmán y también asceta, opta por caminar por su propia vía, solo. Así es como Siddharta logra despertar su conciencia y ve cómo el mundo en sus variopintas expresiones es una multiplicidad que puede aprender por sí mismo, es decir, integrando su yo con todos los elementos que componen el mundo.

Hacía una vida mundana: el sansara

Alejado de su anterior vida como brahmán, asceta y meditador, Siddharta –ya hombre- opta por conocer el mundo tal cual se le percibe desde una óptica del común, sin contemplar la búsqueda de sentido en un más allá. Cada persona debe vivir y aprender de la vida por sí mismo.

“(...) lo más seguro es que el cuerpo no fuera el yo, ni en el juego del sentido tampoco lo era el pensar, ni la inteligencia ni la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar conclusiones y de construir nuevos pensamientos por entre teorías ya enunciadas (es decir, la vida de brahmán, el ascetismo y la unidad del mundo en buda). No, también el mundo de los pensamientos se encontraba aún de este lado, y no conducía a ningún fin; se mataba al fugaz yo de los sentidos y, sin embargo, se alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la sabiduría” (Pág. 53)

La voz del corazón es la que realmente vale, y tiene mucho más valor que cualquier doctrina que pueda enseñarse. Es la voz del interior la que determina lo necesario, lo conveniente, el camino que cada quien debe seguir. Siddharta pensaba para sí que los hombres son como niños, pues todos son sumisos, a todos les gusta hacer amigos, obedecer y pensar poco. A ellos les hace falta escuchar la voz de su interior, encontrar su propio yo.

Al llegar a una gran ciudad, Siddharta conoció a Kamala, una afamada cortesana, que lo adentraría a una vida mundana de amor y lujuria. Por otra parte, conocerá a Kamaswani, un astuto negociante, que le acogerá como trabajador. Así se adentra en la vida del común: el antiguo samana lo que deseaba de verdad era vivir en las actividades pueriles del día, quería disfrutar al lado de los otros humanos, no ser un simple espectador solitario de lo que otros vivían y se complacían en experimentar.

Su meditación y ascetismo menguaron al hacer parte de esta vida. El mundo y la pereza entraban al alma de Siddharta, dando una pesadez a su cuerpo pero, al mismo tiempo, sus sentidos estaban más despiertos que nunca y había adquirido así una gran experiencia. Tras la separación de Govinda, la vida de Siddharta había dado un cambio drástico hacia la vejez, perdiendo el brillo que en antaño le caracterizaba.

Lo mundano le producía algo similar a la felicidad, a un entusiasmo elevado en medio de la mediocridad. A esta vida de placeres se le conoce como sansara, vida a la que Siddharta se entregó desaforadamente, logrando así cuestionar su vida pasada y el sentido que la vida tomaba para él. Poco a poco el mundo se complementa para este hombre, que ve en la diversidad tanta armonía como desasosiego. Con una fuerte determinación logrará abandonar esta vida voluptuosa, pero sin saber qué camino tomar.

Siddharta se encuentra a sí mismo

Tras haber conocido el mundo en sus amplios colores, el hombre Siddharta entra en crisis. Al parecer todo ha perdido sentido en la voluptuosidad y nada de lo que hizo en su pasado de asceta tiene valor para él. Esto lo lleva a pensar que su existencia está de más, por tal razón decide quitarse la vida. Pero el mundo aún tiene mucho que ofrecerle. Muchas sorpresas vienen: el encuentro con Vasudeva, el barquero, quien le ayuda a hallar la unidad de su ser con la naturaleza; Govinda, el amado amigo, heredero de la doctrina de buda; Kamala y su pequeño hijo Siddharta.

“(...) el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador” (Pág. 149)

Ninguna doctrina tiene la fuerza que puede tener la búsqueda del interior, de la conciencia. Las doctrinas sólo son palabras, sólo palpitan vocablos. La verdad no se encuentra toda en los libros, sino en la interacción del yo con la naturaleza, con la experiencia de lo humano. Gotama era grande no por lo que dijo o llegó a pensar, sino por las obras que hizo por la humanidad y por su existencia misma.

Pensar, esperar, ayunar

En su vida asceta, Siddharta nunca fue miserable. Los samanas no poseían nada y no es porque no lo quisieran, sino porque no era necesario para ellos. Durante su vida mundana, Siddharta aplicó lo que para él eran los tres pilares fundamentales para enfrentar la existencia y, al mismo tiempo, para fortalecer el espíritu: pensar, esperar, ayunar. Pensar para meditar, reflexionar y filosofar; esperar para cultivar la paciencia y librarse de las preocupaciones mundanas y; ayunar, como desapego a lo material.

Lo que separaba a Siddharta de los demás humanos era el ascetismo que conservaba de su vida de samana y con el que enfrentaba el mundo pacientemente:

“Observaba que los humanos vivían de una manera infantil, casi animal, que él a la vez amaba y despreciaba; los veía esforzarse, sufrir y encanecer por asuntos que no merecían ese precio; por dinero, pequeños placeres y discretos honores; contemplaba cómo se insultaban mutuamente, se quejaban de sus penas, de las que un samana se ríe, y sufrían por algo que a un samana tiene sin cuidado” (Pág. 76)

El ayuno en Siddharta lo libraba de dificultades:

“Es muy útil. Cuando una persona no tiene nada que comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddharta no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar cualquier empleo, sea en tu casa o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin embargo, Siddharta puede esperar tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria; puede contener el asedio del hambre durante mucho tiempo y, además, puede echarse a reír. Para eso sirve el ayuno” (Págs. 70-71)

Finalmente, el esperar. Siddharta debía trazarse un camino y sabía muy bien que las vicisitudes del mundo pueden entorpecer la ruta. Por eso debía esperar, mientras, se iba fortaleciendo a cada paso su espíritu para no caer:

“La mayoría de los seres humanos son como las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo. Otros, por el contrario, casi como estrellas: siguen un camino fijo, ningún viento les alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta” (Pág. 78)

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Hermann Hesse, de forma sencilla, relata la historia de Siddharta, un hombre que nos enseña a buscar dentro de nosotros mismos un sentido y una unidad con el mundo. Es esto lo lúcido del autor: que sus obras tienen un fuerte sentido filosófico que nos permite pensar nuestra naturaleza humana profundamente. Y, con esta idea que se quedó por fuera, culmino mi lectura de Siddharta: la muerte no es el fin de todo, es a lo sumo un cambio, una transformación. Y eso es el mundo: constante flujo entre vida, la muerte y la transformación.

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