AUTOR: Giorgio Scerbanenco
TÍTULO: Traidores a Todos
EDITORIAL: Bruguera S.A. (Primera edición)
AÑO: 1982
PÁGINAS: 253
TRADUCCIÓN: Esther Sechi
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

¿Existen los crímenes perfectos? Me refiero no sólo a planes esquemáticos y ausencia de tropiezos, sino también a aquello de prescindir de la conciencia –al menos de sus vueltas de medianoche- y de la homilía implacable de sentirse uno mismo como el mancebo de la injusticia. Pero es más; en una ciudad como Milán, en donde no se respira oxígeno sino sangre, en donde las calles recuerdan tenazmente su último cadáver, en donde soterrados pero implacables los traidores acechan la oportunidad para servirse de lo nuestro, quizá allí, y sólo porque el crimen es una recurrencia asimilada, pueda pensarse en la posibilidad que abre la pregunta.

¡Qué desfase! El hecho de que en 1966, Milán no sea algo más que una cadena de vendettas, foco de prostitución y tráfico, es el factor que en mayor medida abre la posibilidad de los crímenes perfectos porque, se sabe, las fuerzas del orden están gastadas, nadie quiere darse por enterado de lo que ocurre y lo único que podría venir a despertar las dudas, por ejemplo, respecto de un coche que cayó misteriosamente sobre las aguas del Alzaia Naviglio, es la confesión del propio criminal que, aunque patética e inútil, hace ver que día a día van quedando más crímenes sin resolver y, por lo mismo, perfectos en su forma.

Traidores a Todos –Traditori di Tutti- (1966) es, a grandes rasgos, esa correspondencia entre una continuidad de pequeñas atrocidades cotidianas y el gran concepto que viene esbozado en cada una de ellas sobre la perfección, porque cada crimen –en mayor o menor proporción- siempre busca ser sinónimo de ella, de tomar para sí el delicado refinamiento de lo que nunca se descubre y usurpar para siempre la contingencia del castigo. Como se ve, pues, esta obra de Giorgio Scerbanenco (1911-1969) no es una simple novela policíaca en donde se estén jugando los tradicionales repertorios entre buenos y malvados, sino además y de forma más profunda, una discusión sobre el destino al que se ve abocada una sociedad cuando su enfermedad y virulencia son tomadas como inevitable portada del diario de la tarde.

Scerbanenco –aunque ucraniano de nacimiento- es, sin lugar a equivocaciones, la figura más representativa de la novela negra italiana. Ganador del Grand Prix de la Littérature Policière en 1968, su prematura muerte nos privó, seguramente, de otros volúmenes tan buenos como este, pero no por ello su nombre deja de remitirnos a espacios y lenguajes propios, aquellos que alcanzó con su peculiar forma de entender los problemas de la justicia urbana y la manera en la que se entienden frente a ella las distintas personas. En el caso particular de Traidores a Todos, esta preocupación tiene su principal reducto en el extrarradio de Milán, en la periferia que ha perdido su carácter bucólico y sereno, para permearse de los problemas de la gran ciudad: el tráfico de drogas, la prostitución, las mafias y el terrorismo.

Pero hay otra cosa; cuando una sociedad piensa la criminalidad como fenómeno acostumbrado e, incluso, inevitable, es muy poco lo que cabe esperar de su justicia. Volveré sobre esto luego, pero quisiera resaltar aquí el personaje de Duca Lamberti, el médico acusado de asesinato que, después de pasar varios años en la cárcel, decide asumir un papel distinto al de su profesión, esto es, convertirse en justiciero de un conjunto de individuos atemorizados y utilizados por las grandes mafias, él, un civil –si bien acompañado por la autoridad-, es quien se ocupa de dar un poco de orden al intrincado panorama de Milán. Personaje de otras tres de sus novelas –Venus Privada (1966), Muerte en la Escuela (1968) y Los Milaneses Matan en Sábado (1969)-, Lamberti es al modo del Ripley de Highsmith, el hombre del común que, apenas marcado por la violencia o injusticia, predispone su vida a pasar la cuenta de cobro a los forajidos y pendencieros que convierten las ciudades en eso que tan comúnmente llaman la “jungla de asfalto”.

Los traidores a todos

Dos extraños sucesos empiezan a caer en el olvido de la policía milanesa; ambos están relacionados con coches que cayeron al Alzaia Naviglio, cada uno de ellos con una pareja en su interior. Primero, Gianpietro Ghislesi y Michela Vassorelli, luego, Turiddu Sompani y Adela Terrini: todos muertos. Al mismo tiempo, un tipo inquietante llega a casa del ex médico Lamberti, Silvano Solvere, quien desea que –ahora que su reputación anda por el suelo y se dedica a cualquier trabajo- realice una himenoplastia, algo así como recuperar la virginidad de una chica. Y Lamberti necesita el dinero porque su hermana y sobrina regresarán pronto y no ha conseguido que lo reintegren al Colegio de Médicos, así que acepta. Y por qué no habría de hacerlo si después de todo él es “un ejemplar muy interesante para algunas personas”: para las jóvenes que quieren abortar, por ejemplo, para los toxicómanos que desean recetas de favor y las prostitutas que decaen por sus infecciones.

Lo que descubrirá Lamberti, sin embargo, es que este tipo Solvere y la chica, Giovanna Marelli, tienen que ver mucho con los sucesos del Alzaia Naviglio. Mucho más cuando, después de su operación, se entera de que ambos han muerto en el mismo canal, cuando su carro fuera baleado por un grupo de desconocidos. Una maleta que, sospechosamente, había dejado en casa del médico la misma Giovanna con destino a Solvere y en cuyo interior Lamberti y Mascaranti –policía asignado por la Jefatura para acompañarle- encuentran un arma de última tecnología, es la pieza clave para empezar a organizar la estructura de los acontecimientos. Lo único que deben hacer es sentarse a esperar porque las pruebas van tocando a la puerta. Primero, una prostituta que da algunas pistas sobre el posible dueño de la maleta, un tal Ulrico Brambilla, dueño de varias carnicerías en Milán y Ca’Tarino. Más tarde el dueño de la Binaschina, el punto de encuentro para Silvano y Giovanna, a la sazón amantes y, por lo mismo, enemigos del prometido de la chica, el mismo vejete Brambilla.

Lamberti y
Mascaranti deciden visitar Ca’Tarino y terminan de despejar las dudas. Si bien el tal Ulrico Brambrilla ha desaparecido después de la muerte de la pareja, su antigua amante Rosa, temerosa del destino de aquel, da cuenta a los hombres de nuevas facetas del carnicero: de niño que robaba gallinas en el incipiente Ca’Tarino de cuatro granjas, pasó a convertirse en proxeneta y traficante de armas, no tanto por ambición personal, sino por los favores que debía devolver a las mafias que lo protegieron durante la guerra. Lo que hacía, pues, no era otra cosa que recibir las maletas con armas que venían desde Francia, darlas a Silvano y continuar así una cadena que sólo terminaría en las manos de los grupos terroristas del sur. Pero además de esto, él, Brambilla, y también Silvano y cientos de personas más se veían inmersas en otra cadena de tráfico, esta vez de drogas –Mezcalina 6- distribuida por todos los suburbios del extrarradio de Milán.

Pero como en todas las mafias, las traiciones, los inconformismos y la avaricia no se hicieron esperar, de suerte que Duca Lamberti encuentra que el asesinato de aquellas parejas en el Alzaia Naviglio obedece, ante todo, a razones de este orden. Nadie quiere perder su parte del botín, nadie desea ser engañado: la primera pareja, asesinada por Sompani, un abogado inescrupuloso que quiso castigar a los jóvenes por no hacer circular el alucinógeno; la segunda, al parecer muerta en similares condiciones por orden de Ulrico y; la tercera, es decir, Silvano y Giovanna, muertos por Claudino, un tipo rudo que, engañado por el carnicero, creyó que los amantes se habían quedado con unas cargas de Mezcalina 6. Así que todo resuelto; ellos, traidores a todos, hasta a ellos mismos, habían empezado un juego de venganzas y muerte que terminó con la vida de siete personas, porque Ulrico no huyó, como se pensaba, sino que murió con su cabeza metida entre un cortahuesos.

Y sucede que cuando todo parecía claro, y uno a uno, Mascaranti y Carrua –líder de la Jefatura- van arrestando a cada pieza de la mafia, gracias al trabajo de Lamberti, aparece una muchacha americana de nombre Susana que dice haber matado a la segunda pareja, es decir, a Sompani y Adela. Nadie le cree, es estúpido atravesar el Atlántico para confesar un asesinato del que ya se tenían otros culpables, pero ella tiene una prueba fehaciente sobre su conducta: las dos cargas de M6 que –en su gabán- fueron y volvieron entre América y Europa sin que nadie lo percatara. La chica los había matado porque durante la guerra la pareja torturó y asesinó a su padre. Pero si nadie lo hubiera pensado, si a ninguno se le hubiese pasado por la cabeza esta posibilidad para un hecho que, por demás, ya estaba archivado con culpables, condenas y todo; por qué si, en últimas, había sido un crimen perfecto, tuvo que regresar entonces.

La Milán de Scerbanenco

Se dijo antes que la Milán de Traidores a Todos es una ciudad habituada al miedo y a la muerte. En ella, todos han aprendido a mirarse con un rictus de desconfianza, a nadie le interesa ser fiel a algo distinto a sí mismo y los días transcurren dentro de una muy natural zozobra. Y aunque es cierto que los poderes de las mafias son muy grandes y que se expanden por encima de sus fuerzas, los individuos han aprendido a organizar su vida de acuerdo a una cierta ley de conducta: imponerse frente al otro. Dice Lamberti a su compañero de pesquisas mientras divaga sobre estas cosas:

“No llevamos ya ni cuchillos, ni sables, ni espadas, y entonces matamos con lo que se nos pone a tiro (…). Cuando vamos en coche cogemos el destornillador de la guantera y traspasamos el cuello de quien nos adelanta por la derecha. En cambio, en casa, en el sano ambiente doméstico, entre los útiles instrumentos caseros, escogemos las tijeras, y con cincuenta o sesenta golpes matamos al amigo que no nos ha devuelto el dinero prestado” (Pág. 129)

Y bien que las cosas son así, no existe la posibilidad de sentir confianza en el otro, mucho menos en el futuro, y ensimismándose, el milanés encuentra que la forma de supervivir en este espacio vacío de valores es, acaso, la traición. Siendo fiel a mí, voy de un lado a otro, delatando, castigando y llenándome de ese inmerecido título que otorga la mentira. El caso de Sompani y Adela durante el periodo del fascismo es bastante ilustrativo al respecto: alternativamente socios de los nazis y la resistencia, vendían a los deportados o verdugos sin ninguna distinción, buscando mantenerse a flote dentro de una sociedad que, de otra forma, se los hubiese tragado hace tiempo. Nadie distingue aquí entre amistad o sangre, entre partido o familia; en Milán:

“Todos traicionaban: la madre en el lecho de muerte y la hija en la clínica mientras da a luz, vendían a su marido y a su mujer, al amigo y al amante, a la hermana y al hermano; asesinaban a quien fuera por mil liras y traicionaban a quien fuese por un helado. No había ni que pegarles. Bastaba con hurgar en el fondo cenagoso de su personalidad y afloraban la cobardía, las canalladas, las traiciones” (Pág. 161)

Pero además la Milán de Scerbanenco tiene otro horizonte: la justicia, aquello que podría ser la única salvaguarda del desposeído y arrastrado, la llave para dimitir, para abstenerse de participar en ese juego de máscaras y traiciones, es apenas un emblema, no una certeza de seguridad, y esto complica el panorama de un hombre del común. Porque, un mafioso que ha ordenado asesinar a una pareja, o al que se le descubre traficando armas o estupefacientes, es un individuo que puede entrar y salir de la cárcel con sólo sonar los dedos; puede, incluso, aunque lo evite, poner en grave crisis al sistema que lo acusa, negándose, obstinándose, amenazando, etcétera. Pero, en cambio, ese hombre del común que asesina por supervivencia, que es manejado desde arriba, no tiene ninguna oportunidad, ese sí permanecerá detrás de las rejas unos años, ese sí será ajusticiado brutalmente por la policía y, en fin, tal vez volverá más lleno de rencor e incertidumbres.

Es algo así como si la ley de Milán estuviese constituida de tal manera que sólo defiende a quienes la atacan conscientemente. Un asesino que niega sus cargos y que recibió un golpetazo incontenible de un sargento, puede –según su poder- salir bastante pronto, incluso el mismo día, arguyendo violencia policíaca. Y el otro, el que confiesa haber asesinado y se entrega por su propia cuenta, ese es visto como enfermo, como un premeditador, como alguien que en realidad debe castigarse. Por eso, Duca piensa conteniendo una bofetada a lo menos, en lo difícil que es tratar con quienes se han apoderado de Milán:

“Miró la maleta que estaba en el suelo: allí estaban también los cargadores, pero no se puede, no es posible, la ley prohíbe matar a los canallas, a los que traicionan a todos; es más, especialmente a éstos, que siempre tienen que tener un abogado defensor, un proceso regular, un juramento reglamentario y un veredicto inspirado en la redención del inadaptado. Mientras, por el contrario, sí se pueden rociar proyectiles a dos carabinieri de patrulla, o dispararle en la boca a un empleado de banca que no se da prisa en entregar los fajos de billetes de diez mil liras, o disparar en medio de un gentío para escapar después de un robo. Esto sí se puede hacer, pero dar un papirotazo en la mejilla rosada al hijo de puta que vive de canalladas, eso no, la ley lo prohíbe, está mal (…) (Pág. 137)

Sobre Duca Lamberti

Traidores a Todos es la segunda novela en la que Duca Lamberti aparece en la obra de Giorgio Scerbanenco, después de surgir en las páginas de Venus Privada. Pero aquí, la figura del médico que se convierte en justiciero trasluce una especial connotación. Lamberti acusado de asesinato por una eutanasia que autorizó va a la cárcel durante tres años y, por supuesto, es expulsado del Colegio de Médicos. Y estos dos hechos serán definitorios en el nuevo rumbo de su vida. Por un lado, el haber estado preso por una cuestión que puede ser, en el fondo, un acto de injusticia, abre ante sus ojos un mundo lleno de intereses, depravaciones y poder. Y, por el otro, no ejercer de nuevo su profesión significa el replegarse todavía más en la idea de que las cosas, en su estado actual, sólo pueden traducirse en caos.

Ahora bien, Duca Lamberti no es un tipo al que le guste la justicia oficial –aunque al final de la novela acepte el cargo de detective en la Jefatura de su amigo Carrua-, primero porque no se gana mucho y, segundo, porque en el fondo quisiera continuar ejerciendo como médico. Pero hay otras cosas, como el resentimiento por la gente que muere inocentemente y es utilizada, y aquello de dar golpes a los pervertidos que llega a entusiasmarlo mucho. Y existe una cosa más que, en mi opinión, supera las razones precedentes; me refiero al hecho de que la ley, y más exactamente, las fuerzas del orden, no estén funcionando como deben. No se necesita ser muy atento para darse cuenta de que quien dirige todas las cuestiones, todos los destinos de la acción detectivesca aquí en Traidores a Todos no es Mascaranti, y mucho menos Carrua o Morini: el primero es algo así como el operador, el que lleva la cuenta de las cosas, pero nunca expresa iniciativa; y los otros dos, policías de la Jefatura, apenas si participan en los acontecimientos.

Esto es, a la manera del nacimiento de los héroes, Lamberti se apropia de la tarea de organizar las cosas allí en donde han empezado a degenerarse. Se atribuirá funciones tal vez discrepantes, como dar órdenes a policías oficiales o golpear fuertemente a sujetos, pero esto hace parte de su incredulidad frente al sistema y, aunque quizá no legítimo, sí es lo que se desprende naturalmente de su función de reacomodador. Y no sólo porque esto es así, o sea, que la fuerza de la acción siempre viene de la mano de Lamberti, y los policías son en todo modo manidos y faltos de virtudes especiales, el personaje se presenta para el lector muy enérgico y sobretodo muy original. Su argot, su forma de manejar las situaciones, su iniciativa, el empeño que se propone sobre ciertos respectos y la lucha interna entre ser esto y echar un poco al olvido su pasado de médico hacen que se nos presente así, con fuerza propia, como personaje entrañable y persuasivo.
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Traidores
a Todos es una novela que, aunque policíaca, no encuentra su mayor fuerza en los golpes o los tiroteos, sino en la construcción de una gran ironía que viene a ser el crimen perfecto dentro de una cadena de sucesos cotidianos. A modo de pistas, el lenguaje de Scerbanenco nos anticipa desde las primeras páginas, y lo confirma con el pasar de ellas, una historia en la que hasta el mismo lector debe procurar su máscara de traición para no caer como inocente frente a las primeras evidencias.

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