AUTOR: Anónimo
TÍTULO: Muertes Trágicas No. 2: Caprichos de la Muerte
EDITORIAL: Grupo Editorial Vid S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 96
RANK: 6/10
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Por Alejandro Jiménez

Segundo número de la serie Muertes Trágicas, editada por Vid hace poco menos de una década, y de la que ya habíamos tenido la oportunidad de reseñar El Sufrimiento de una Estrella, título con el que se abrió esta colección que –en lo personal- me ha parecido muy original, especialmente, en el plano de su concepto. Y es que, aunque para un lector familiarizado con los dibujos y colores de la Marvel o la DC Comics, estos pulps puedan resultar muy poco atractivos, puesto que se trata de imágenes bastante lineales y de baja proyección estilística, revisten, sin embargo, en su plano conceptual, una distinción ventajosa frente a otras mini-series, no sólo por lo atrayente de su tema, sino por la manera particular en la que éste es abordado.

Ahora bien, sería llamarse a engaño no reconocer que este Caprichos de la Muerte camina varios pasos adelante respecto del número anterior de la serie, del que habíamos destacado su excesivo esquematismo tanto en el dibujo como en el argumento. Aquí, por ejemplo, podemos encontrarnos con trazos distintos del cómic tradicional, técnicas de sombreado y manejo de dimensiones que hacen del formato bicolor una oportunidad para trabajar con elementos distintos a los de otros pulps y a los de los tebeos de tinta multicolor y papel de lujo. Acaso existan algunos excesos en varios recuadros pero, al menos, es posible encontrarse con esas imágenes memorables de las que el número anterior carece casi por completo.

Pero, además, anda muy por encima, porque ese concepto sobre el que giran todas las historias de la serie, es decir, la muerte, tiene aquí una proyección muy matizada, muy llena de espacios y puntos convergentes, y que es tanto como preguntarse por todos esos juegos que el hombre ha establecido con la muerte a lo largo de los tiempos y que reproduce –dijéramos-, personalmente, en sus propias experiencias. Se nos dice en las primeras páginas del pulp algo que puede ser una obviedad y que, empero, nos revela una condición frente a la que también existe la posibilidad para sentirse extraño:

“El hombre ha utilizado la muerte de muy diversas maneras. Para robar… para liquidar una vieja rencilla… para sojuzgar y esclavizar a sus semejantes… como instrumento de justicia. También se ha utilizado para escapar de la vida… pero la muerte a veces se complace en jugar con el destino del hombre… atrapando al que huye de ella o burlando al que la busca” (Págs. 1-4)

Como se ve, es un tema realmente matizado. Es cierto que quizá reconvenga en algunos elementos míticos, como creer que la muerte es una fuerza supranatural con la potestad de establecer designios sobre nuestra vida, o creer que, además de decidir, la muerte también se “complace” o “burla” de las suertes que va determinando; pero, por otro lado, también ofrece esa mirada que está centrada en el hombre y que tiene que ver con las maneras en que éste se relaciona con la muerte, tanto en su intimidad como en los espacios sociales, y aquí es donde creo que podríamos encontrar la particularidad de este número: por sobre una imagen idealizada y simbólica de la muerte, el hombre establece espacios de relación con ella que, mirados desde cierta perspectiva, son equivalentes a una relación consigo mismo y los demás.

Vamos a echarle un vistazo a la historia para observar si esta idea puede sostenerse y, sobretodo, para dar cuenta de un número que, también al contrario de El Sufrimiento de una Estrella, traza desde sus primeras páginas el espacio de reflexión sobre el que pretende centrarse:

La trágica historia de Aristeo Rivas

Aristeo Rivas, un estudiante de Filosofía y Letras –presumiblemente en algún lugar de El Salvador- ha conocido a Brenda, “La Muñequita de Cristal”, en un cabaret de nombre Las Palmas. Aquella mujer se le ha convertido, no sólo en un motivo para frecuentar el sitio, sino además en una idealización del amor y la pasión. De modo que el joven Aristeo frecuenta –junto a sus amigos de Universidad- el cabaret y se deleita con el baile y canto de la muchacha. Sus amigos lo instan para que declare el amor a Brenda, pero Aristeo es bastante tímido y hasta el momento no ocurre nada.

Cierta noche, después de su presentación, “La Muñequita de Cristal” se encuentra sentada a la mesa con un tipo gordo, de apariencia pervertida, al que llaman Finger. Aristeo, que come en una mesa cercana, se percata de que la pareja ha entrado en discusión: primero palabras, luego, golpes. El gordo abofetea a la chica y, de no haber intervenido nuestro sagaz personaje, hubiese terminado con una botella sobre la cabeza. Pero, claro, ahora Finger se enrosca en otra discusión con Aristeo, saca su revólver y dispara sobre el “salvaguarda” de Brenda y, mientras huye con su amigo, la chica pide a gritos una ambulancia.

Ya en el quirófano cada quien se dedica a su trabajo: los médicos a evitar al herido un colapso eminente y, Aristeo, a discutir, en algún plano intersticial entre la vida y la muerte, en su ínterin, con esa malhumorada personificación del más allá que cubre siempre su decrépita osamenta con una manta negra. Es el primer encuentro de Aristeo con la muerte, y ella lo único que desea es convencerlo de que marchen juntos a su reino, en donde el joven podrá ser “eternamente feliz”. Pero Aristeo no quiero esto, porque desea fervorosamente amar a Brenda, así que la muerte le permite rehusarse, no sin antes condenarlo y vaticinarle una existencia plagada de amargura.

Lo demás se cuenta rápido. Después de salvarse de la muerte, Aristeo y Brenda empiezan a salir, él se enamora bastante pronto y, ella, responde a ese sentimiento, aunque su corazón sea “insensible al amor espiritual”. Pero he aquí que, Finger, el libertino, ha vuelto a merodear a la chica y se ha dado cuenta de su nuevo amante. Él, un bribón que se gana la vida contrabandeando, manda a uno de sus secuaces a propinarle una paliza tan fuerte a Aristeo, que nuevamente lo tenemos en una sala de hospital; sólo que, ahora, no está Brenda ayudándolo a recuperarse; al contrario, apartada, se muestra hostil y distante, puesto que no quiere que por su causa termine sucediéndole algo malo al joven estudiante.

Aristeo, que no logra entender la posición de Brenda, la amenaza con suicidarse, pero la chica lo considera sin fuerzas para ello. Luego, tenemos a nuestro personaje sobre la plataforma de un puente, debajo de las aguas turbias y frías y, finalmente, en su segundo diálogo con la muerte, quien no lo desea en este instante; cuando fue el momento Aristeo se negó, ahora ella es quien se niega a aceptarlo en sus lindes. Puesto en una orilla es descubierto por un grupo de personas. Y ella, Brenda, conciente del ímpetu del joven, decide regresar con él, sólo que empiezan a hacerlo secretamente. Bueno, quizá no tan secretamente, porque Finger de nuevo los descubre, los golpea y los pone a bordo en una de sus embarcaciones de “trabajo”.

Y pasa que, cuando están a punto de ser liquidados, el barco es interceptado por la policía –que venía siguiendo los pasos del traficante-, de modo que son puestos a salvo, tras las rejas, eso sí, porque Finger los inculpa y los llama cómplices. Separados y con una condena de años pesando sobre ambos, Aristeo y Brenda descubren algo: las autoridades han diseñado un nuevo centro reclusorio en una isla en donde conviven por igual presos y presas; planean su futuro allí, un futuro promisorio para ambos, pero el único que llega a la isla es Aristeo. Brenda ha muerto en un naufragio: otro capricho de la muerte.

La situación es ahora repulsiva; Aristeo no tiene motivos para vivir, no tiene esperanzas, quiere morirse: toma un veneno para ratas, la muerte se niega a recibirlo; se cruza las muñecas a cuchillazos, tampoco resulta; intenta ahorcarse, nada, la obstinación de la muerte la hace inconmovible, tanto, que nuestro personaje empieza a asumir su cadena de dolor y sufrimientos hasta que parece curarse de sus delirios de suicidio. Renovado, tiempo después, sale de la cárcel y regresa a la ciudad, pero ¡oh, sorpresa!, ahora que desea con todo su ánimo vivir nuevamente, hay un camión que se apresura muy rápido sobre él sin darle tiempo para nada.

Diálogos con y caprichos de la muerte

Se dijo más arriba que en Caprichos de la Muerte hay, por un lado, una recurrencia de tipo simbólico y, por otro, un espacio de relación hombre-muerte. Sobre lo primero, pienso que cualquier cosa que pueda decirse es redundar en algo que expresan mejor las imágenes del pulp: hay una muerte como esa que nos han enseñado desde niños, como la que se ha explotado en el cine de terror hasta el hartazgo y que constituye ese símbolo que, seguramente, tantos de nosotros asociamos de modo inconciente con el fenómeno que intenta describirse.

Que esto sea así permite uno cierta movilidad al pulp, especialmente en el aspecto gráfico, ya que resulta muy difícil encontrar otra figura tan universal para expresar las características y condiciones que tradicionalmente le otorgamos a la muerte. Mas, que Aristeo pueda dialogar, explicar razones, etcétera, con una entidad absoluta, eso si resulta inaudito, viene a ser tanto como la comunicación en cualquier plano de la metafísica: sólo a un religioso o a un fundamentalista se le cruza por la cabeza la posibilidad de que esa finitud mortal que somos por antonomasia pueda trascenderse hasta el punto de concebir lo inconcebible, esto es, aquello que escapa a nuestra propia naturaleza, al menos a lo que podemos ser y hacer verdaderamente. Esas cosas no tienen importancia aquí, eso está claro, puesto que los planos de comunicación hombre-muerte no están limitados en el pulp por nada: ni por el lenguaje, ni por la naturaleza, ni por la razón; en este sentido, hay una recurrencia simbólica, atravesada totalmente por un tipo de pensamiento mítico.

Es distinto pensar, por el contrario, en las relaciones de Aristeo con la muerte en tanto mismidad. Lo más posible es que todos nos hayamos encontrado alguna vez en situaciones como las suyas: un conflicto que nos pone al borde de la muerte, un deseo de morir inducido o inopinado, o esa clase de cosas. Podemos pensar, también, que esas mismas situaciones ponen de relieve una cierta esfera de nuestro ser, de nuestra conciencia y posibilidades, o lo que equivale a decir, nos pone de frente a nuestra mismidad. Esta sí es una cuestión bastante seria y sobre la que han pensado algunos filósofos muy juiciosamente: reconozco mi carácter libre y contingente, de él desprendo una cierta relación con lo que soy y, por último, lo que soy me permite posicionarme frente al hecho de la muerte.

Soy alguien que no piensa en absoluto el tema de la muerte (pensemos que ese es el primer Aristeo); soy alguien que no quiere morir por ningún motivo (ese es el Aristeo del quirófano); soy alguien que desea morir a toda costa (el Aristeo del puente o la cárcel) o; soy, finalmente, el que resume su gratuidad a estar en este preciso instante frente a un camión de tres metros que me aplastará en un par de segundos.
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Caprichos de la Muerte representa una faceta que podríamos llamar "filosófica" de la muerte. Al contrario del número precedente de la serie, en donde la muerte era trágica por constituir un martillazo fulminante, un cierre sorpresivo, aquí nos encontramos con una tragedia que va constituyéndose en una relación intensa y difícil, que a lo largo de las páginas nos recuerda su otro gran carácter: la muerte es irrevocable.

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