AUTOR: Ricardo García Duarte
TÍTULO: Lo Público: del Paradigma Clásico a la Crisis Moderna (Una Lectura Libre de Hannah Arendt)
EDITORIAL: Universidad Distrital F.J.D.C. (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 20
RANK: 7/10
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Por Alexander Peña Sáenz

Este artículo publicado en el año 2004 por la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en Bogotá, presenta una lectura de la obra de Hannah Arendt, en especial de lo expuesto en La Condición Humana (1958), texto considerado clave a la hora de abordar el pensamiento de la filósofa alemana en lo que concierne a su reflexión sobre las acciones humanas y sus alcances en la contemporaneidad. El autor del mismo, Ricardo García Duarte, expone parte del conjunto de esas reflexiones y las relaciona con la preocupación de Arendt por recuperar la polis griega, como referente epistemológico para organizar una teoría política de lo público en la tradición de Occidente.

Por esta razón, su discusión redunda en las tensiones históricas que han surgido entre la esfera pública y la esfera privada en la historia de los dos últimos siglos. El artículo divide su discusión en cuatro momentos: 1. La autora y su pensamiento, contextualizando la obra de Arendt frente al concepto de lo público; 2. Desde la acción hasta la esfera pública, la concepción de la esfera pública griega; 3. Componentes de lo público, elementos sustanciales para considerar lo público; y 4. El eclipse moderno de lo público, es decir, cómo se vislumbra la esfera pública frente a la esfera privada en la época moderna.

Hannah Arendt y sus reflexiones sobre lo público

García Duarte basa su propuesta de lectura especialmente en La Condición Humana porque, de todas sus obras, es en donde la autora alemana realiza el examen más denso sobre la evolución histórica de las esferas pública y privada hasta lo que han llegado a ser en la Modernidad y, cómo no, de su teoría sobre la acción.

Sabemos bien que lo público es lo colectivo y lo común. Ambos ámbitos cohesionan el tejido social, como aquello que compartimos conjuntamente en tanto que se constituye el patrimonio social. Sus dos dimensiones son: una material o física como las calles, las plazas, los espacios de recreación que no son propiamente del Gobierno, sino de la colectividad; y la otra dimensión es intangible, espiritual, son los referentes simbólicos, representaciones, nociones éticas, formas de identidad, el folclor, lo mítico, lo imaginario, los referentes culturales. De esta forma, lo público era considerado en la antigüedad como un “intangible real”, pero en la época moderna pasa a ser un espacio evanescente, pues la esfera pública ha perdido un terreno considerable frente a la esfera privada, gracias al avance del capitalismo.

El autor enfatiza que lo público es por excelencia, el espacio de acción del hombre. Volviendo a Arendt, la esfera pública existe a partir de la teoría sobre la acción. Siendo necesario fundamentar una filosofía de la acción, teniendo como base la acción, es decir, la actividad del hombre como núcleo medular del mundo social. La acción del ser humano es aquella que dicta el sentido de la existencia y proporciona lo que Arendt acuña como la condición humana. Por esta razón, en su opinión, es tan importante buscar una restitución de la vida pública en la contemporaneidad, para así encontrar ese sentido a la existencia humana.

Dentro de la teoría de la acción arendtiana, se hallan rasgos de la fenomenología del siglo XX. Se comprende que el hombre esté inscrito al Lebenswelt (mundo de la vida), pues el hombre crea su propio mundo, a la vez que el mundo permite configurar su ser. En medio de este proceso de dos vías, dentro de su flujo constante cobra existencia la conciencia. La conciencia, aunque fundamental para el pensamiento fenomenológico, no es tan considerable para Arendt, quien va directamente al encuentro de la acción del hombre para elaborar así una ontología social desde la acción y una deontología de la acción desde el mundo social. Es la influencia de Max Weber dentro de la sociología la que contribuye a Arendt situar su punto de partida, es decir, la acción social:

“Ésta es la conducta de un individuo que busca crear efectos en otro. No es cualquier conducta. Es sólo 'la acción con sentido propio dirigida a la acción de otros'. Es, por tanto, una conducta que se inscribe en una 'conexión de sentido'” (Pág. 7)

La acción o práctica social se debe entender como praxis, una conducta con significación social realizada conciente y liberadoramente. Esta concepción también tiene en cuenta a Marx, en el sentido de que éste mencionaba a la acción alienada y sometida, para crear desde la crítica una acción emancipadora que sobreponga la libertad sobre la necesidad material. Para lograr tal libertad, el hombre se debe consagrar a actividades que suponen el desprendimiento respecto de las actividades materiales que le facilitan la supervivencia. La libertad es la puerta de entrada para una teoría de la acción, que parte de diferenciar distintas dimensiones dentro del accionar humano.

Arendt habla acerca de la vita activa, que se entiende dentro de tres dimensiones: 1: La labor –lo concerniente al organismo viviente y reproductor, o entendido el ser humano en sus aspectos biológicos-; 2. el trabajo –lo relativo a los objetos de satisfacción de necesidades, la transformación de la naturaleza, la fabricación y construcción de herramientas, etcétera.; y 3. la acción –la actividad de relación de los hombres entre sí, la pluralidad de la existencia humana-. En cada una de estas dimensiones el hombre se expresa: en la labor como animal laborans, es decir, lo que realiza su organismo para poder sobrevivir; en el trabajo el hombre es homo faber, el sujeto como fabricante, realizador de un mundo artificial, objetivo y subordinado a necesidades básicas; y, en la dimensión de la acción, se entiende como animal socialis, el ser que entabla relaciones interhumanas y posee control subjetivo sobre la realidad.

La acción del hombre según Arendt sólo se da en la dimensión en la que el hombre es animal socialis. Los hombres se influyen los unos sobre otros y que tiene como condición el carácter plural de su existencia. Así nacerá en Arendt la teoría de la acción que ya se mencionó atrás.

Desde la acción hasta la esfera pública: la concepción griega

La Grecia clásica es el referente epistemológico clave de Hannah Arendt para pensar el concepto de lo público. Es la polis griega el dato histórico real. Los griegos concebían la sociedad como una comunidad libre, independientemente de si ésta se apoyaba en la esclavitud o en la ausencia de libertad. La polis es la comunidad libre, es el lugar perfecto para el desarrollo de la acción. Esta polis es la comunidad política, o lo que equivale a decir, la esfera pública y social, donde interactúan los hombres, que a la par se contrapone a la comunidad natural, entendida como la esfera privada, lo que es propio a cada individuo. Sin embargo la polis logra su existencia, posterior a la comunidad natural:

“El nacimiento de la Ciudad-Estado significa que el hombre recibe, además de su vida privada, una especie de segunda vida, su bios político… Ahora hay una tajante distinción entre lo que es suyo (idion) y lo que es comunal (koinion)” (Pág. 11)

La esfera pública está constituida por la acción de libertad. La libertad sólo se puede lograr si se derrota la necesidad material. Para los griegos, la esfera de la vida privada era un mundo pre-político, mientras que la esfera de la vida pública era el mundo político por excelencia.

Componentes de lo público: discurso y acción

La polis transcurre entre la tensión de singularidad (lo individual) y alteridad (la comunicación social entre sujetos diferentes) La pluralidad humana es una condición esencial para la acción. La alteridad es un aspecto de esta pluralidad, en un sentido moderno, se entiende como la existencia de otros en su condición de pares de sujeto. El gran planteamiento de Arendt es respecto a la comunidad creada entre estos sujetos: el espacio público. A través de un marco ontológico propone que la acción nos constituye como sujetos apareciendo ante los ojos de los demás.

Según Arendt, la singularidad nace de un “valor” como el areté que permite determinar el conjunto de cualidades de un verdadero hombre libre, que expuestas en lo social, singularizan a un individuo frente a los demás. Este areté es la virtud que tiende a la excelencia. La singularidad junto a la igualdad constituyen una paradoja que se mueve en el terreno de lo público. La única forma de pensar esta coexistencia es a través de la libertad. La igualdad debe concebirse en la condición ideo-cultural, mas no en la condición económico-social.

“Los ciudadanos son ‘iguales’ para el disfrute de la libertad. La igualdad sirve a la libertad, así como esta última sirve a la felicidad o eudaimonia (Arendt)” (Pág. 13)

La libertad es la condición esencial del ciudadano griego para definir el significado de lo público. Es la libertad lo que define a lo público. Desde esta mirada los griegos tenían como componentes específicos de la esfera pública a la praxis (acción) y a la lexis (discurso).

La praxis es una acción liberadora de la necesidad y de la esclavitud. La praxis es vivir para poder actuar, en otras palabras es la vida que se libera en forma de acción. La acción genera cambios en la historia de la polis para dejar huellas significativas. La acción logra condensar la certidumbre del pasado y la configuración del futuro. El sujeto libre es capaz de hacer historia y construir sociedad.

Por otra parte, el espacio público es el lugar para la expresión lingüística. El discurso conlleva “grandes acciones” para conocerlas y comprenderlas, y genera fuerza y autonomía, validándose a sí mismo. Tanto discurso como acción son esenciales para la formación de la esfera política. El discurso funciona como vehículo social autónomo, imponiendo su propia funcionalidad comunicacional, movida dentro de la lógica de la persuasión. Cada sujeto se constituye por medio del uso de la palabra libre. La persuasión es un hecho de la vida pública para que los hombres se convenzan los unos a los otros.

El eclipse moderno de lo público

La vida pública en los griegos era orientadora y constituyente de la vida social, teniendo sentido sólo como vida política. Pero en la Modernidad, la irrupción de la economía cambia la organización social, abriendo la brecha para que la esfera privada prospere. Nuevas esferas sociales surgen, cada una con su propia racionalidad. Se separan entonces la ciencia y el conocimiento; la ética y la justicia; arte y estética; política y Estado y finalmente en la Modernidad, el mercado y el capital. Cada esfera redefine y altera la dicotomía clásica entre lo privado y lo público.

El universo económico social moderno rompe con la hacienda familiar para instalarse en el centro de la sociedad, convirtiéndose en elemento fundamental de lo público. Sin embargo, lo económico-social desplaza y empobrece la esfera pública, entendida de forma clásica, marchitada como productora de sentido de sociedad. Entonces lo público se entendería como lo necesario para ser conocido y visto, y de paso pertenecer a todos.

La economía moderna es la acumulación de riquezas, por eso el hombre cae inevitablemente en la alienación que Marx advirtiera en sus manuscritos de 1844. El capital prospera sobre la base de enajenación de una propiedad, llevando así a la desintegración de la subjetividad en medio de la razón instrumental. La propiedad condiciona al individuo en su personalidad y status, es decir la antigua condición de ciudadano que se entendía en la Grecia de la polis.

El triunfo de la Modernidad es que funda los estados nacionales y la comunidad de ciudadanos. Constituidos estos elementos, será más fácil que se permita la deliberación y el debate libre. Sin embargo la razón instrumental y la modernización tecno-científica opacan este triunfo imponiéndose sobre este. Es por esta razón que Hannah Arendt le apuesta a un nuevo republicanismo, para reconstituir lo público, y reivindicar el triunfo de la Modernidad, a través de debates, valores cívicos y democracia con decisiones colectivas. La propuesta iría enfocada a la construcción de una ciudadanía democrática, una ciudadanía que esté permanentemente alerta a los ataques dirigidos a la pluralidad. Para ello es necesario que el espacio público se mantenga firme y se refuerce con la creación de espacios asociativos. También es necesaria la participación de ciudadanos juiciosos, capaces de utilizar el juicio como herramienta política para ponerse en el lugar del otro.
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El artículo de García Duarte, basado en Hannah Arendt, debate acerca del sentido de la política como una cuestión fundamental que la ciudadanía requiere para configurar y renegociar lo público en el mundo contemporáneo en cierta forma alienado por el mercado y el capital. En un mundo así, queda abierta la pregunta ¿es o no pertinente pensar en un nuevo republicanismo? Sin duda muchos se inclinarían a pensar que se debe reivindicar el papel de la esfera pública en la que todos los ciudadanos sean partícipes activos en la transformación positiva de la sociedad.

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