AUTOR: Pedro Antonio de Alarcón
TÍTULO: El Escándalo
EDITORIAL: Salvat S.A. (Primera edición)
AÑO: 1971
PÁGINAS: 270
PRÓLOGO: Luis Izquierdo
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez

Lo que al pastor mentiroso en la fábula de Esopo, lo que al don Juan en la historia de Tirso de Molina, lo que a tantos otros aquí o allá: eso mismo fue lo que ocurrió a Fabián Conde, el escandaloso adinerado que –a mediados del XIX- puso su vida en los corrillos de toda Madrid y que, tal como reza el adagio popular, terminó siendo víctima de su propio invento, recibiendo un poco de su propia medicina; porque cuando uno es demasiado algo, siempre corre el riesgo de terminar enfrascándose, consumiéndose en ello, viéndose envuelto en esa cortina de hierro que constituye su ser.

Si el pastor es la mentira hecha ironía, y don Juan un devaneo amoroso revertido, Fabián Conde es un predestinado a la justicia, pero no a cualquiera, sino precisamente a aquella que, a la postre, perfiló su mismo ruido, sus continuos excesos y cada uno de los actos que, en su nombre, quedaron en el camino. “Crea fama y échate a dormir” dicen por ahí y, con qué acertado tono suenan estas palabras para el personaje de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) que, sin embargo, se vendrá a distinguir bastante de los otros –el pastor y don Juan- por una sola razón: su marcado carácter moralizador.

Se ha dicho, y sobran situaciones para argumentarlo, que El Escándalo (1875) puede considerarse como una obra de tipo autobiográfico. Primero, porque de Alarcón jugó en esos dos bandos a los que apuesta la novela: el pecado y la expiación, o si se prefiere, la caída y la redención. Segundo, porque el destino final al que se encuentra abocado Fabián Conde se parece de sobremanera a los últimos años de vida del autor, en los que –después de tomar parte, en su juventud, en mítines y publicaciones insurreccionarias y anticlericales- se consagra, tanto espiritual como artísticamente, a la religiosidad y defensa de los valores católicos; léase esto como una reparación simbólica de los años de confusión en los que se aventuró a renegar de las “sanas costumbres de su época”.

Por esto mismo quizá sea El Escándalo el título, dentro de la obra alarconiana, que da cuenta de manera más general sobre la vida del escritor. Sus libros de viajes –Cosas que Fueron (1871), La Alpujarra (1873)-, o aquellos otros en que narra episodios españoles o de la guerra –Historietas Nacionales (1881), Narraciones Inverosímiles (1882)- son, ante todo, obras que dan cuenta de situaciones concretas, frente a las cuales no es posible acertar a ubicarse en una perspectiva de grosso modo. Sólo con El Escándalo y, más tarde, con la celebrada El Niño y la Bola (1880) y La Pródiga (1882) podrá empezar a vislumbrarse esta posibilidad.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que esta disparidad aparente es sólo posible en estos términos, puesto que por lo que respecta a la condición de escritor, de Alarcón viene a particularizarse, no ya por su condición romántica o realista –como se pretende hacer ver la mayoría de veces-, sino, como bien lo explica en su prólogo Luis Izquierdo, por la rapidez con que escribía sus libros –El Escándalo, por ejemplo, solamente le tomó un mes-, cosa que dio pie tanto para despertar la curiosidad de sus contemporáneos, como también para ser motivo de presunción y alarde por parte del autor, quien consideraba que poder ser leído de un tirón era consecuencia de la calidad de su escritura.

Pensamos que aquello de ser leído o no de un tirón es cosa relativa y que siempre depende del lector. Por lo que tiene que ver con El Escándalo, sin embargo, está claro que no es una obra que comporte un estilo en algún modo innovador, antes bien, parece de a momentos engañoso, especialmente porque a pesar de iniciar y concluir con una voz en tercera persona extradiegética, durante más de la mitad de la novela la voz en primera persona de Fabián o de otros personajes, hace pensar que uno está frente a un monólogo que se cae de su peso, por el carácter omnisciente que siempre tiene el protagonista (recordar diálogos extensísimos, cartas al pie de la letra, etcétera) y que, a lo sumo, sólo podrían ser virtud de quien narra la historia, no de quien está en ella y que, por lo mismo, debe tener siempre una visión menos completa de los hechos que van pasando.

La estructura del libro, en cambio, es más fuerte. Asistimos en las primeras páginas a la llegada de un Fabián Conde apesadumbrado, lleno de temores, a las puertas de la Congregación de San Vicente De Paúl, allí, pedirá la asistencia del padre Manrique, y de su entrevista con él se desprenderán cinco de los ocho libros que componen la novela, y en los que el protagonista en diálogo confesional –que más parece soliloquio- retrospectivo con el cura, dará cuenta de todos los hechos y situaciones que lo han llevado al estado en que se encuentra ese 27 de febrero de 1861 y que, bien opere la transfiguración religiosa en Fabián, van a encontrar su desenlace apenas un día después.

¿Quién es Fabián Conde?

Antonio Luis Fabián Fernández de Lara y Álvarez Conde, conde de la Umbría, es un escandaloso. La alta sociedad le rehúye, los pobres le menosprecian, los viciosos y bohemios le celebran. Es Conde, no sólo por el apellido de su madre, sino también por el título heredado de su padre –la primera gran desdicha de nuestro personaje-. Fabián creyó durante mucho tiempo que su progenitor fue un marinero que naufragó en viaje a América; pero estando en lecho de muerte, la madre le confesó la realidad –al menos una primera versión de ella-: su padre fue un traidor durante la guerra civil, razón por la cual, después de muerto, ella huyó junto a su hijo hacia lugares lejanos en donde le ocultó su in-noble procedencia, haciéndolo llamar apenas Fabián Conde.

Pero he aquí que, desde esa misma América mentada falazmente, llega un día cualquiera a la vida de Fabián, un tipo de apellido Gutiérrez que dice tener otra versión sobre el asunto: su padre nunca traicionó a la provincia que defendía, sólo se vio inmerso en un lío amoroso con la esposa de uno de los generales que, al darse cuenta de lo acontecido, le tendió una trampa, haciéndolo pasar como conspirador para los medios y la historia. Fabián, entusiasmado por las nuevas de Gutiérrez, decide, aportando pruebas engañosas –pues oculta los devaneos de su padre-, recuperar el título del mismo y, en efecto, lo logra, apoyado por su amigo de andanzas Diego, y desatendiendo los sanos consejos de su otro camarada –éste sí cercano al camino de los “santos”- Lázaro, quien sabe que detrás de esta decisión sólo puede leerse una mentira aún más grande.

Y es que Diego y Lázaro son los dos únicos grandes amigos de Fabián: el uno jugador y audaz, el otro, cauteloso y espiritual, ambos conocidos en la sala de disección de una Universidad, a la que llegó cada cual por sus motivos. Pero muy pronto Fabián y Diego dejan a un lado su relación con Lázaro, impugnando la envidia e hipocresía a la que parece ser proclive el otro y que viene a impedir las fiestas, derroches y borracheras a la que está acostumbrada la pareja. Fruto de esas andanzas es también el romance de Fabián con la esposa de otro general –Matilde-, una mujer mayor que le sirve de consuelo después del fallecimiento de su madre, pero que se le presenta como un ser hosco, luego de conocer a la sobrina de la “generala” –Gabriela- que, es primero para él, la personificación de la virtud, más tarde, la del amor, y después y para siempre, exactamente el “bien”.

Fabián Conde no sólo cuenta con la suerte de tener ese amor correspondido, es decir, el de la muchacha, sino además una vida política prolífica. Mas, de un momento a otro, todo empieza a derrumbarse: la joven Gabriela descubre los deslices de Fabián con su tía y se recluye en un convento, el marido de Matilde regresa y deben crear toda suerte de mentiras para evitar que éste entre en conocimiento de la situación, en fin, Fabián debe marchar lejos, a Inglaterra, desde donde es posible dar muestras a Gabriela, que por lo pronto no quiere oírlo, sobre cómo puede resarcir sus culpas y pecados. Y, bien que le cuesta poner en marcha este proyecto, su amigo Diego le colabora ablandando el corazón de la muchacha, fiando su palabra en los progresos espirituales de Fabián y alcanzando para él, el perdón y la mano de Gabriela.

Pero sucede que, a su regreso, Diego se ha casado con Gregoria –una mujer cursi, arrivista y malhumorada- que no compagina para nada con Fabián, quien, obligado a entablar una buena amistad con ella, en nombre de su afecto a Diego y la ayuda que él le ha prestado, se ve inmerso en una cadena de hipocresías. La mujer, por su parte, celosa enfermiza del amor de Diego, le tiende una trampa a Fabián, logrando que entre los dos se establezca una calumnia: ella dice haber sido invitada a los goces amorosos por Fabián –quien se supone ha cambiado y está a punto de casarse- en ausencia de su marido. Diego, cegado por los celos y el pasado escandaloso y lleno de libertinaje de su amigo, cree la versión de Gregoria, proponiéndose desenmascarar todas y cada una de las mentiras e intrigas que, en el pasado, le contó Fabián. Incluso, lo reta a un duelo ese 27 de febrero, el mismo día que llega Fabián a la celda del padre Manrique en busca de ayuda frente a este engaño del que no le es posible desprenderse por un pasado lleno de embustes y deslealtad. Faltarán ver los consejos del cura, la intervención de Lázaro –viejo amigo- y su hermano, para saber si es posible salir de este embrollo y no perder la más bienaventurada de todas sus aspiraciones: Gabriela.

Del por qué El Escándalo es una historia maniqueísta

Aquello mencionado más arriba sobre pecado-expiación y caída-redención en la vida de Fabián Conde, puede figurarse en la tradicional dualidad entre el bien y el mal. Es una reducción de algo mucho más complejo, pero ciertamente así opera buena parte de las interpretaciones que tenemos de las cosas, mucho más cuando quien está detrás de esas interpretaciones es un religioso. Y el de Alarcón que escribe las páginas de El Escándalo es un defensor a ultranza del catolicismo, de su moralidad y, por ende, de esa lógica reduccionista de los asuntos humanos. Se puede percibir esto en el hecho de que se trata de naturalezas discrepantes –nadie aquí puede ser un escandaloso y, al mismo tiempo, un buen tipo, o tampoco, un hombre de virtud si no consagra su vida al sacrificio-.

Sus personajes son en todo modo antitéticos; en esto sí que seguimos el estudio de Luis Izquierdo: existe un Diego que hace alarde de los excesos propias de un mal individuo –licor, mujeres, juego, engaños- y existe como contraparte un Lázaro sobre el que se vuelcan todas las virtudes del buen individuo –cordura, prudencia, misticismo-. Si hay una Gabriela púdica, discreta, idólatra, hay, por otro lado, una Gregoria embustera, mezquina, manipuladora. Ello, por no hablar del padre Manrique, que viene siendo algo así como el mismísimo Ignacio de Loyola en el siglo XIX y cuyos discursos parecen hablar de todo, todo, menos de lo que puede ocuparnos en nuestro paso por la Tierra.

Existen pues, esos personajes definidos totalmente por de Alarcón, inamovibles en sus alcances y caracteres y que responden a una dualidad maniqueísta. Y, del mismo modo, existen otros personajes que transitan peligrosamente entre uno y otro espacio pero que, saben o vendrán a saber, que deben procurar siempre estar del lado de la “luz”. Sucede así con Juan, el hermano de Lázaro –quien después de juzgar duramente a aquel, se da cuenta de la santidad de su hermano- y con el mismo Fabián que, al examinar las consecuencias a las que lo han llevado sus desequilibrios –y que en alguna parte llamará “la enfermedad de su siglo”-, empieza a reconocerse como hombre de “fe” y a actuar conforme a ello, él, que en sus escándalos siempre se mostró como un misántropo termina reconociendo que ese camino no lleva a ninguna parte, que debe optarse por el sacrificio y la hermandad.

Es así. Algo que tiene lugar en el plano axiológico, pero también –y con una atmósfera plenamente cargada de romanticismo- en el del lenguaje con que de Alarcón describe a sus personajes. Fabián, por ejemplo, habla de la muchacha de la que se ha enamorado resaltando su carácter bienhechor, de la siguiente forma:


“Gabriela era blanca como el mármol nuevo, con un suave sonrosado en las mejillas, que las hacía semejarse a dos delicadas rosas de primavera, abiertas junto a las últimas nieves del invierno. Su altiva frente, un poco grande, pero de artística traza, parecía el trono de la inteligencia y el sagrario del candor. Sus cabellos eran luz; sus ojos cielo; nido de gracias su linda boca; regalada música su voz, y un premio que nadie merecía cada sonrisa suya. Tras aquel cielo de sus azules pupilas veíase más cielo…, ¡y era su alma! La melodía de su voz llegaba hasta el corazón como una caricia, o como leve, piadosa mano que curaba las heridas sin lastimarlas, o como el propio bálsamo de salud. Y, en fin, todo aquel semblante tan hechicero, tan sencillo, tan leal, tan sublime y tan franco a un mismo tiempo, ostentaba no sé qué sello de extranjería en la tierra, no sé qué aire inmortal, no sé qué tipo o qué blasón divino ¡Indudablemente Gabriela era un ángel! (Pág. 101)

De las identidades parciales o difusas

Fabián Conde tiene un serio problema –especialmente al inicio de la obra- respecto de su identidad: cree ser alguien (Fabián Conde), luego su madre confiesa que es otro (hijo de un conde traidor), después aún, Gutiérrez añade algo más (hijo de un conde del que puede heredar) y, quién lo creyera, termina todavía estableciendo su identidad sobre otro vacío, esta vez con relación al pasado de su padre. Pero, Fabián no es el único que no puede dar cuenta a ciencia cierta de lo que es: a Lázaro lo llaman el “desheredado” porque su padre decidió castigarlo de esta forma cuando –eso creyó él, pero era mentira- intentó cortejar a su madrastra, así pues prefiere que lo llamen “Lázaro a secas”; y el mismo Diego no conoce a sus padres, es un expósito que se enoja si no dicen “Diego Diego” para referirse a él.

Sin embargo, lo que puede verse detrás de esta correspondencia, esto es, el juego de lenguaje que el autor utiliza para designar a ese conciliábulo –del que advierte Izquierdo se ha excluido a la mujer- es, nos parece, otra correspondencia que tiene que ver con una constante en la novela: la preeminencia de la obra sobre la palabra. En este sentido, creemos intuir una intención en de Alarcón que, congruente con las ideas expuestas, pretende hacer ver cómo no importa el nombre de un individuo, su palabra, mientras que su vida hablé por él con obras piadosas y filantrópicas. Nadie, por ejemplo, al final de la novela cree en las palabras de un mentiroso como Fabián, ni siquiera su amigo Diego, pero apenas demuestra su transfiguración al mundo religioso con obras –donando dinero a los niños expósitos, delegando sus propiedades, renunciando a casarse con Gabriela por sentirse inhábil- las cosas son de distinto tenor: ahora sí hay pruebas para juzgarlo sin temor a equivocarse.

A fin de cuentas no es otra cosa que el anonimato religioso. Un hombre no es –para quien habla desde la religión- alguien que pueda tener un nombre propio del cual enorgullecerse, sino simplemente uno más de los que están en trance de ganar un puesto en la difícil lucha por el “paraíso”. Esto lleva, necesariamente, a ese espíritu de subvaloración de lo humano que está rondando en medio de las páginas de El Escándalo, subvaloración de lo humano y mundano, que son vistos aquí como sinónimos de maldad, confusión, perversión y falsedad. Y porque lo “verdadero” no puede encontrarse en aquello que puedan abarcar nuestros ojos, personajes como Lázaro o el padre Manrique se repliegan más y más sobre ellos, se alejan tanto y más de esto, de la tierra que pisamos, de la horrible cara de un niño hambriento, de lo que discuten los borrachos en el bar, para seguir juzgando desde su distancia con las ideas en las que parecen condensar todo lo que pueden situar del mundo: caridad, amor, sacrificio. El Loyola que habla por Manrique dice:


“Comprendo perfectamente que nieguen la posibilidad y efectividad de estos goces (espirituales) aquellas gentes que viven en medio del ruido mundano, atentas al espectáculo social, sin entablar nunca íntimos coloquios con su propia alma, ni escuchar un solo momento los alaridos de su conciencia… Naturalísimo y lógico es que quien regresa a su casa con el corazón lleno de cieno; el que sale del teatro, del festín o de la tertulia con el espíritu prendado de ídolos terrenales, de mundanas hermosuras o de febriles ambiciones; el que acaba de ensangrentarse en sus prójimos, luchando con ellos en la arena de tal o cual asamblea o club político, el que viene, en fin, a disputarles el oro en la casa de juego, la mujer en el sarao, la vida en la pendencia, el honor en la murmuración, el poder en el periódico, la gloria literaria en la revista, o el empleo en las antesalas ministeriales, no pueda de pronto (sólo con abrir y ojear un libro místico para ver de conciliar el sueño) despreciar la vida que lleva y piensa seguir llevando, y reconocer que hay otra más alta, digna y más feliz, que consiste precisamente en renunciar a todo lo que aquí abajo se llama felicidad… (Pág. 232)

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Bien porque su excesiva carga de propaganda religiosa y moralizante puede causar arduos inconformismos, bien porque esto del poder en el periódico y la gloria literaria –que dejamos en la última cita- se nos antoja tan irónica como la vida del propio de Alarcón, El Escándalo reviste su principal valor, hoy día, en la estructura narrativa y el “absolutismo temperamental” de sus personajes. Todo lo demás, no se ve.

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