AUTOR: Miguel Otero Silva
TÍTULO: Casas Muertas
EDITORIAL: Salvat S.A. (Primera edición)
AÑO: 1971
PÁGINAS: 179
PRÓLOGO: Jorge Campos
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

Si quisiéramos seguir el rastro de aquello que, en la literatura latinoamericana del siglo XX, puede ser algo así como la figura de los pueblos fantasmas, derruidos u olvidados espacial y temporalmente, de seguro que tendríamos dos grandes referencias. En primer lugar, el Macondo de García Márquez en Cien Años de Soledad y, por supuesto, el Comala de Juan Rulfo en Pedro Páramo. Quizá, sólo un grupo menos amplio de lectores, señalaría también en esa lista el Ortiz, de esta historia de Otero Silva, Casas Muertas, que aun cuando fue publicada por primera vez en 1955, no ha gozado del mismo reconocimiento que aquellas otras dos novelas.

Sin duda que Miguel Otero Silva (1908-1985) es uno de los escritores más ilustres que ha tenido Venezuela: sus novelas –una de las cuales, Cuando Quiero Llorar no Lloro (1970), fue llevada, incluso, a la televisión en Colombia con la serie Los Victorinos-; su obra poética, aquella que precisamente le abrió las puertas en el panorama literario de la hermana República, por allá cuando apenas se iniciaba la década de los treintas y; por supuesto, su profundo compromiso social y político con esa misma Venezuela desvencijada y agónica sobre la que siempre escribió con el noble propósito de fungir como baluarte; todo ello, pues, hacen de su nombre una referencia necesaria.

Pero he aquí que en esto de los derroteros particulares de las obras literarias nadie puede hacer afirmaciones últimas, y esto porque en cada época por la que transitan, son vistas de tan distintas maneras, que su recibimiento y fortuna es siempre cuestión que debe limitarse. En 1955, por ejemplo, también se editó Pedro Páramo, y no cabe duda de que esta novela ha sido más leída que Casas Muertas. Doce años después, en 1967, llegaría Cien Años de Soledad, y tampoco tiene discusión que ésta ha sido leída mucho más que las obras precedentes. Y, sin embargo, este tipo de cosas puede llevar a discusiones absurdas, porque lo cierto es que el mismo García Márquez ha reconocido muchas veces su admiración a Miguel Otero Silva, y que, el hecho de que Macondo sea más conocido que Ortiz, es ante todo materia que sólo interesa a los editores.

Así que Casas Muertas no debe su importancia para las letras latinoamericanas al simple hecho de constituir la primera obra en prosa de Otero Silva –después de sus poemarios Fiebre (1931) y Agua y Cauce (1937)-, o al de haber vendido más copias que cualquier otra novela, sino, más bien, al de inaugurar para buena parte de esos nombres que van a estar codeándose durante el boom, un tipo de obra en donde las preocupaciones por la existencia de los pueblos y, estrictamente, de aquellos relegados, periféricos y en proceso de desaparición, ocupa el centro de la reflexión. Una reflexión que, la mayoría de las veces, está supeditada a los problemas culturales y políticos de esas zonas marginadas a donde no llega otra cosa que una niebla de silencio y destrucción.

Casas Muertas no es otra cosa: solamente la historia de un sitio incrustado para siempre en medio de los llanos que forman el Estado de Guárico en Venezuela. Un Ortiz que, al contrario de Macondo y Comala, sí tiene existencia real, es decir, una que puede ubicarse perfectamente en el mapa, pero que aquí, en la obra, no deja de compartir con aquellas, un ineluctable destino de pestes, pobreza, muerte y olvido. El Ortiz, en otro tiempo llamado la “Rosa de los Llanos” que, con un telón de fondo formado por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –gobernante de Venezuela entre 1952 y 1958- va camino de la restitución, o más bien, del fin de su pasado ganadero y campesino, para adentrarse en los procesos que a mediados del siglo XX volcaron al país en una presurosa búsqueda de petróleo, especialmente en las tierras del Oriente.

Otero Silva sabe muy bien que, en este proceso de transición, muchos pueblos quedan rezagados: los unos, porque todos sus habitantes huyen hacia nuevos horizontes, los otros, porque para el gobierno central son gente muerta, y los más, por la combinación de estas dos razones y un destino de enfermedad y abandono. De suerte que, Casas Muertas, sea la historia de todo un pueblo, narrada de la mano de algunos personajes claves, es cierto, pero mucho más amplia que aquellas vidas particulares. Y dicha condición exige de Otero Silva el desarrollo de un estilo muy particular: apartado totalmente de las inquietudes psicológicas, y cargado de destiempos y reminiscencias, porque sólo así es posible dar forma a esa gran corriente de encuentros y desencuentros que es la vida de cualquier pueblo.

Ortiz: La Rosa de los Llanos

Ortiz es un pueblo olvidado: “una casa muerta entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época desaparecida”. La maleza se apodera de todos los espacios: la iglesia, el hospital, la plaza. Las pestes se suceden sin dar tregua, primero la fiebre, luego el paludismo, después la hematuria y las úlceras. La naturaleza se ensaña contra él, ora por sus lluvias inclementes, ora por soles que queman la piel hasta cuartearla. Niños, mujeres y ancianos mueren a diario víctimas de enfermedades, a veces dos, otras cinco, muchos en un mismo día. A la escuela no va nadie, y si va, es sólo para entretener las llagas del cuerpo o el dolor, porque no es una cuestión que sea útil para un lugar que se encuentra en todas formas incomunicado. Hace tiempo que dejaron de venir los turistas, o de celebrarse las fiestas en donde se bailaba y tiraban cohetes. Los caminos que conducen a él se han borrado y el único que se mantiene completamente limpio de las yerbas nacientes, y muestra relucientes sus piedras, es aquel que sube hasta el cementerio, porque a diario se transita.

Es algo así como un pueblo maldito en donde apenas pueden verse unas personas, bien porque están postradas a una cama sin posibilidad de largarse, bien porque a fin de cuentas se trata de su tierra y, por lo mismo, no quieren dejarla. Pero sucede que, aun en este paisaje desalentador y moribundo, la vida continúa, y se gestan romances y envidias y se sigue trabajando en los campos para poder sobrevivir. Bueno, al menos así parece hasta la muerte de Sebastián, el hombre al que alcanzó la fiebre. Casas Muertas inicia su historia con el entierro de éste, un muchacho de apenas veintidós años, habitante de un pueblo cercano, que conoció el amor en aquel grotesco conjunto de calles fantasmales. Carmen Rosa, la muchacha que atiende “La Espuela de Plata”, una de las dos tiendas que quedan en el pueblo, lo conoció cuando Sebastián fue una tarde a Ortiz a apostar a los gallos, y desde entonces se prendieron y soñaron juntos.

Para ese entonces quizá se pensaron fuertes, pero lo cierto es que la peste también alcanzó a este muchacho rozagante y lo único que podemos hacer, mientras Carmen Rosa continúa llorando a lo largo del libro, en un suspenso inquietante, es echar un vistazo atrás para conocer la historia de Ortiz, que no siempre fue un sitio sepulcral, y que ha vivido del pasado como ningún otro pueblo del llano. Iremos atrás hasta dos pasados diferentes: uno lejano, que no es otro que el de los tiempos faustos, memorables, cuando Ortiz tenía orquesta y cura italiano, y era la admiración de los pueblos circundantes, cuando lo habitaban personajes de alta alcurnia y las fiestas se prolongaban largos días; y otro pasado un poco más cercano, que es tanto como la vida misma de Carmen Rosa, porque ella nació cuando las primeras pestes ya se habían asentado, y aquí vamos a conocer la manera en la que crecían los niños: que se divertían sacando calaveras de las tumbas, que a trancazos iban creciendo entre tanta muerte, aprendiendo las lecciones de la escuela, oyendo hablar sobre el pasado al cura Pernía, al señor Cartaya, o a don Epifanio; y que un poco más grandes, también se enamoraron y oyeron de revueltas y revoluciones, de dictaduras y de tantas otras cosas.

Pero el recorrido es sólo una vuelta atrás, con la cual no es posible escaparse del presente, de modo que terminamos nuevamente sobre el hecho del inicio: la muerte de Sebastián, el llanto de Carmen Rosa, quien después de ver casada a su hermana, muerto a su padre, muerto a su novio, muerto al tendero que le contaba historias cuando niña, escucha mencionar algunas palabras a Oligario –uno de los criados de su difunto padre- sobre los lugares en donde se están fundando nuevos pueblos, en las cercanías de las explotaciones de petróleo, y como aquello parece interesarle y ella es tan joven, decide reunirse con su madre, doña Carmelita, el cura, Cartaya y su profesora Berenice –a quien tanto quiere- para conocer sus opiniones, porque ha llegado el momento de decidirse frente al destino que la inquieta: zarpar hacia un mundo nuevo plagado de estafadores, mujerzuelas y contrabandistas, sin nada a lo cual poder llamar propio, o, por el contrario, quedarse para perderse entre las murallas de un pueblo abocado a la miseria y el olvido.

De cómo transcurren los días en Ortiz

Como en todo pueblo fantasma, en Ortiz la única manera de darse cuenta que los días van pasando es merced a la muerte de la gente. Todo lo demás parece quieto, monótono, imperturbable. Ni siquiera es posible reconocer ya, qué día es este o aquel. Cuando Carmen Rosa se enamora de Sebastián que viene a Ortiz todos los domingos hay una referencia, pero fuera de eso, y para los demás, un día es un día, y entre ellos no existen diferencias:

“Regresaron por la misma ruta, ya sin la urna. Marchaban, también de vuelta, al paso lento y desgonzado de los que no quieren llegar a donde van. Tal vez era domingo. Sin duda era domingo, pero nadie pensaba en eso. Ninguna diferencia existía entre un martes y un domingo para ellos. Ambos eran días para tiritar de fiebre, para mirarse la úlcera, para escuchar frases aciagas: ‘La comadre Jacinta está con la perniciosa’; ‘Nació muerto el muchachito de Petra Matute’; ‘A Rufo, el de la calle Real, se lo llevó la Hematuria’. Apenas el padre Pernía se preocupaba por recordarles cuando era domingo, desatando la voz de las campanas para anunciar su misa” (Pág. 22)
Cada cosa es igual siempre: las clases del colegio, las ventas en “La Espuela de Plata”, las discusiones con el masón Cartaya, los entierros de las nuevas víctimas y los borrachos de las tiendas. Lo único que puede llegar a significar una novedad en Ortiz son los difusos carros que a veces cruzan por la carretera rumbo a Palenque, un sitio en donde se obliga a trabajos forzados a todos aquellos que en Caracas, o las grandes capitales, se atreven a contradecir las opiniones del dictador Gómez –referencia a Pérez Jiménez-. En esos carros van las familias de los estudiantes condenados, o de los otros reos, a ver si sus hijos o hermanos todavía viven, a ver si pueden hablar con ellos aunque sea un poco. Sólo esto. A veces algunos corrillos que vienen desde lejos: en tal sitio se armó Fulano, en tal otro se unieron a Mengano, las guerrillas que van formándose para contrarrestar la ofensiva represora. Pero eso suena lejos y, en últimas, es cuestión que interesa a 2 o 3 personas en el pueblo.

Lo cotidiano no es, como en otros tiempos, la música y el canto, los cohetes, las fiestas, las misas en latín, sino esa desesperanzadora cadena de sucesos funestos:

“Sobre aquel pobre pueblo llanero, ya devastado por el paludismo y la hematuria, ya terrón seco y ponedero de plagas, cayó la peste como zamuro sobre un animal en agonía. Murieron muchos ortizeños, cinco por día, siete por día, quince por día, y fueron enterrados quién sabe dónde y quién sabe por quién. Otros, familias enteras, huyeron despavoridos, dejando la casa, los enseres, las matas del patio, el perro. Desde entonces adquirió definitivamente Ortiz ese atormentado aspecto de aldea abandonada, de ciudad aniquilada por un cataclismo, de misterioso escenario de una historia de aparecidos” (Pág. 52)
¿Y dónde está el gobierno?

Es de esperarse que cuando una plaga o una peste arremete contra un pueblo, por más alejado que se encuentre de las ciudades populosas, reciba del gobierno algún tipo de ayuda. Pero Ortiz está abandonado a su suerte. Nada se sabe del gobierno excepto que lo dirige un tirano de apellido Gómez; nada se sabe excepto que aquel manda, a quienes no están de acuerdo con sus decisiones, a morir más allá de los llanos en donde queda el pueblo. En Ortiz no hay alcalde o gobernadores, no hay juntas o asambleas, apenas un ordenanza civil, venido a menos, que el mismo Gómez mandó a ese sitio alejado para que no tuviera que pagar a la justicia un asesinato cometido. Tampoco hay médicos, ni grupos caritativos: Ortiz parece perdido en medio de la nada.

Y, sin embargo, de a raptos aparecen representantes del poder público para, qué magnifica ironía, hacer, por ejemplo, exámenes a los niños de la escuela, y conocer su nivel respecto de los hijos de los burgueses bien alimentados, y claro, los profesores ya conocen los resultados de antemano:

“Con anquilostomos, con paludismo, con miseria, con olvido no era posible que aquel puñado de rapaces infelices aprendiera lo suficiente para aprobar un examen que iba a cumplirse de acuerdo con las sinopsis elaboradas en Caracas para niños sanos y bien nutridos. La Señorita Berenice estaba más lirio que nunca y el señor Núñez se secaba el sudor con un pañuelo a cuadros mientras el bachiller de Calabozo dictaba las tesis correspondientes a la prueba escrita: ‘El Estado Trujillo. Población, ríos, distritos y municipios…’ O la gramática: ‘El adverbio. Definición y clasificación’. O la Instrucción Cívica: ‘Derechos constitucionales de los venezolanos’” (Págs. 57-58)
Bueno, y finalmente, cómo no podría aparecer el Estado si no es con un grupo de estudiantes presos, en un bus enrutado hacia Palenque, condenados ellos a enfermarse o morir. Allí mismo, la segunda y última vez que aparece por Ortiz algo que se sepa que viene del gobierno: nada más que un bus que se detiene en una tienda para dar algo de tomar a los soldados y los presos, pero suficiente para dejar la estela, entre los pocos habitantes del pueblo, de una injustita cometida contra todos aquellos que no permiten callarse la boca. Un breve destello del gobierno, una pasada apenas, y ya hay una inquietud en Sebastián, quien comprende que un grupo de muchachos no puede ser condenado a morir, y por eso, el pequeño encuentro entre él y los estudiantes será decisivo para formar su espíritu revolucionario y empezar a gestar un movimiento disidente con personas de otros pueblos; pero qué cosas tiene Ortiz, mientras Carmen Rosa pensaba que lo más posible era que su novio murierse por enrolarse en cuestiones políticas, totalmente ajenas a la tradición del pueblo, Sebastián no muere de ello, sino de una contundente fiebre fría.

¿Y cómo se funda un pueblo, Olegario?

Acaso, como dice Carmen Rosa, mientras muere un pueblo, nace otro en alguna parte. Es decir, mientras muere Ortiz, está naciendo en otro lado –quizá hacia el oriente- alguno otro. Pero qué difícil resulta despegarse de donde uno ha vivido, porque, a fin de cuentas, ese paisaje de puertas tiradas por los suelos, de pasto creciendo hasta en las tejas de las casas, de muros casi caídos y pintura corroída, de niños con llagas en sus manos, y hombres con heridas putrefactas, a fin de cuentas, ese paisaje es lo propio. Aventurarse hacia otro destino, sin saber la suerte qué depara, es todo un reto para los hombres que se acostumbran a cierto estado de las cosas. La muerte, para los ortizeños se ha convertido en una condición connatural, se asume sin más, a menos de que se haya tenido la valentía para escapar de ella cuando se presentó por vez primera.

La decisión con que se cierra este paisaje de Casas Muertas es sumamente difícil en este sentido. Escapar es algo así como destruir parte de lo que se es, empezar a ser otro, del que ciertamente no se sabe qué esperar; pero quedarse es morir siendo, y sin importar qué tipo de relación se haya establecido con la muerte, la enfermedad, el deterioro, etcétera, estaremos de acuerdo en que estas condiciones sólo pueden asumirse como propias cuando el estado de una sociedad ha alcanzado niveles de automatismo y pasividad, sin duda alguna, deplorables.
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Ágil y profundamente irónica, Casas Muertas es el retrato no de una época, sino de una sociedad que todavía hoy persiste, de una estructura que permite el abandono, el sentirse como una espiga frente a un tractor, y que sometiendo a ultranza su espíritu humano, lleva al hombre a formularse una pregunta tan sencilla como profunda: ¿construir algo mientras alrededor todo se destruye?

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