AUTOR: José Ortega y Gasset
TÍTULO:
Meditación de la Técnica
EDITORIAL: Espasa-Calpe, S.A. (Primera edición)
AÑO:
1965
PÁGINAS: 141
RANK: 9/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

Meditación de la Técnica recoge el curso dictado por José Ortega y Gasset (1883-1955) en la Universidad Internacional de Verano de Santander, durante el año de 1933. Los temas de esta cátedra se centraron, primero, en la descripción ontológica de la técnica: el factor que media entre la naturaleza emprendedora del hombre y la consecución de una mejor calidad de vida; y segundo, en la discusión del pensador español a propósito de un polémico artículo publicado por Herbert Dingler sobre su discrepancia frente al nuevo pensamiento filosófico de los más distinguidos físicos británicos de la época.

En términos generales, se trata de comprender que el hombre está constreñido a hacer uso de la naturaleza para poder resguardarse de los rigores de la misma. Al amparo de los recursos que le otorga el entorno, el individuo no tiene otro remedio que manipularlos. Esta aplicación de los recursos naturales es lo que, a la sazón, termina por convertirse en una subsecuente sistematización del conocimiento que tiene por fin satisfacer una necesidad básica, esto es a lo que el autor llama técnica, y que entendida así, viene a constituir la diferencia fundamental entre el hombre y los otros animales.

Las necesidades básicas

Dice Ortega y Gasset que calentarse, alimentarse y desplazarse son las necesidades más básicas en el discurrir del hombre durante toda su existencia. Tales necesidades lo han empujado a buscar dentro de la naturaleza misma para lograr solventarlas:

“Siguiendo por este modo llegaríamos, con un poco de paciencia a definir un sistema de necesidades con que el hombre se encuentra. Calentarse, alimentarse, caminar, etc., son un repertorio de actividades que el hombre posee desde luego, con que se encuentra lo mismo que se encuentra con las necesidades a que ellas subvienen” (Pág. 16)

Paradójicamente, en ese anhelo por sobrevivir, el hombre termina siendo el único ser vivo con la capacidad de autodestruirse:

“(…) sea por lo que sea, acontece que el hombre suele tener un gran empeño en pervivir, en estar en el mundo, a pesar de ser el único ente conocido que tiene la facultad -ontológica o metafísicamente tan extraña, tan paradójica, tan azorante- de poder aniquilarse y dejar de estar ahí, en el mundo” (Pág. 17)

La necesidad de lo superfluo

Contrariamente a la idea general que se tiene, el hombre primitivo no sólo se limita a satisfacer unas necesidades básicas que le permitan subsistir, sino que también busca una necesidad de lo superfluo:

“Porque ello nos revela que el primitivo no sentía menos como necesidad el proporcionarse ciertos estados placenteros que el satisfacer sus necesidades mínimas para no morir; por lo tanto, que desde el principio el concepto de “necesidad humana” abarca indiferentemente lo objetivamente necesario y lo superfluo” (Pág. 25)

Así fue como surgió una necesidad de cazar para alimentarse y un respectivo placer –con el descubrimiento del fuego- en cocinar esos alimentos cazados, ya no únicamente para facilitar su digestión, sino también para darle, por qué no, un mejor sabor. Estar bien en el mundo es una de las máximas inherentes al ser, y se procura que ese placer tenga lugar con el mínimo de esfuerzo:

“Tenemos, pues, que la técnica es, por lo pronto, el esfuerzo por ahorrar el esfuerzo o, dicho de otra forma, es lo que hacemos para evitar por completo, o en parte, los quehaceres que la circunstancia primariamente nos impone” (Pág.35)

El hombre: un centauro ontológico

Para el autor, el hombre aparece como un ser que constantemente lucha contra las vicisitudes que la naturaleza le impone, la cual, si bien no le facilita en grado sumo el existir, tampoco se lo imposibilita. Su papel en el mundo, pues, es una dicotomía entre el lado de la naturaleza y el ámbito extranatural; dicho de otra forma, el individuo se ve como un ser que requiere, al mismo tiempo, de los recursos que la naturaleza le provee y de los procedimientos técnicos artificiosos que ha creado por y para sí mismo:

“(…) por lo visto, el ser del hombre tiene la extraña condición de que en parte resulta afín con la naturaleza, pero en otra parte no, que es a un tiempo natural y extranatural –una especie de centauro ontológico-, que media porción de él está inmersa en la naturaleza, pero la otra parte trasciende de ella” (Pág. 41)

La existencia del ser humano

El hombre no es una entidad corpórea fija, tampoco es un ente espiritual inmutable, sino más bien supone una realidad en constante disputa con ella misma que la obliga a superarse, a evolucionar, a ir mas allá de lo establecido, en oposición a los objetos del universo que permanecen en un estado inmutable y fijo:

“Adviértase lo extraño y desazonador del caso. Un ente cuyo ser consiste, no en lo que ya es, sino en lo que aún no es, un ser que consiste en aún no ser. Todo lo demás del universo consiste en lo que ya es” (Pág. 42)

El deseo como pre-técnica en el hombre-crisis en los deseos del hombre moderno

El hombre ha de construir su propia existencia, pues es el único ser vivo con esa capacidad; la técnica, por consiguiente, sirve de catalizador para dar cuenta de ello, pero antes de que esto suceda, es necesario dar con el uso del deseo como pre-técnica que surge dentro de un momento o época específica en el hombre. Esto equivale a decir que hay “una primera invención pre-técnica, la invención por excelencia, que es el deseo original”. No obstante, el deseo –en tanto impulsador de la ya mencionada técnica- se convierte en una categoría artificiosa construida por los otros seres humanos, es decir, que no existe un deseo individual propio y original, sino más bien un empeño por satisfacer los deseos de los otros :

“Tiene en la mano la posibilidad de obtener el logro de sus deseos, pero se encuentra con que no sabe tener deseos. En su discreto fondo advierte que no desea nada, que por sí mismo es incapaz de orientar su apetito y decidirlo entre las innumerables cosas que el entorno le ofrece. Por eso busca un intermediario que le oriente, y lo halla en los deseos predominantes de los demás” (Pág. 49)

Completando, que el único deseo en su estado más puro y legítimo se encuentra en el hombre que deseamos ser, y si no nos atenemos a esto es porque nunca deseamos nada en verdad, solamente seguimos deseos de otros. Y ya que todo se le da al hombre moderno surge una crisis del deseo en él, puesto que éste no sabe con seguridad que desear:

“La finca, es decir el repertorio con que hoy cuenta el hombre para vivir, no sólo es incomparablemente superior al que nunca ha gozado… sino que tenemos la clara conciencia de que son superabundantes y, sin embargo, la desazón es enorme, y es que el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida” (Pág. 50)

La figura del Gentleman y del Bodhisatva

Toda cultura que se precie, piensa Ortega y Gasset, hace un uso especifico de la técnica, ninguna sociedad está exenta de su aplicación en la vida diaria pues, como se dijo, es propia del animal-humano; así, desde la tribu más primitiva hasta la sociedad más desarrollada hacen provecho de la técnica, únicamente sus fines discrepan entre sí.

El autor pone de relieve el ejemplo del gentleman inglés, anteponiéndolo a la figura del bodhisatva del Tíbet: ambos constituyen dos tipos de roles sociales, juntos son un paradigma de querer desarrollarse como seres vivientes, son dos maneras de hallarse en el mundo y en el universo mediante el uso de unas normas determinadas para lograr sus disímiles propósitos. El gentleman es, empecinadamente individualista, intenta sobresalir por encima de los demás; el bodhisatva, en cambio, busca fundirse en el cosmos, como un ente que lo abarca todo. ¿Qué es lo que une a estas dos topologías humanas? Simplemente el hecho de querer ser, de realizarse en este mundo.

Evolución de la técnica

Como todo aspecto de la historia de la humanidad, la técnica se rige por un continuo progresar, es inherente al hombre, pero ha tomado tiempo para que se manifieste como un sistema que permite al individuo resolver los problemas que la naturaleza le impone. La técnica se formula como el proceso que le ayuda a catalogar el conocimiento a través de los años, y así ponerlo en práctica en determinadas ocasiones. Por otro lado, en la técnica existen diversos estados que se diferencian entre ellos, de esta manera tenemos la técnica del azar, es decir, del ensayo-error; la técnica del artesano, que consiste en la mano de obra humana y, finalmente, la técnica del técnico, que no es más que la industrialización de la producción.

Así mismo, el progreso técnico tiene saltos dentro de la historia
del hombre, esto es, no tiene un avance absolutamente lineal, como pudiese parecer en un primer momento, basta con observar detenidamente la historia del hombre para ver que esto no es así puesto que no hay un transcurso que denote un seguro proceso evolutivo; muchos de los adelantos que se dieron ayer son echados lastimosamente a un lado en el futuro.

El tecnicismo moderno

El tecnicismo, para el autor, no resulta ser más que la simple teoría de la técnica per se: cataloga todo el conocimiento de ésta para que pueda pasar a la acción práctica, juntas: técnica como tecnicismo y teoría como acción forman un binomio inseparable:

“(…) el tecnicismo es sólo el método intelectual que opera en la creación técnica. Sin él no hay técnica, pero con él solo tampoco la hay. Ya vimos que no basta poseer la facultad para que, sin más la ejercitemos” (Pág. 85)

Ahora bien lo que se plantea el tecnicismo moderno no es un análisis del proceso de la acción que busca solventar un problema dado, sea en la naturaleza, o sea en el medio en que se circunscribe el hombre, sino un entendimiento de los fines finales de este proceso, es decir, busca desmantelar los propósitos a los que sirve ese procedimiento:

“El nuevo tecnicismo, en efecto, procede exactamente como va a proceder la nuova scienza. No va sin más de la imagen del resultado que se quiere obtener a la busca de los medios que lo logran. No. Se detiene ante el propósito y opera sobre él. Lo analiza” (Pág. 90)

En síntesis, lo que se propone el tecnicismo moderno es descomponer en partes visibles el resultado final para luego proponer un adecuado procedimiento que sirva a este fin, con el claro objetivo de difuminar cualquier referencia azarosa en este resultado.

Bronca en la física

Aparece como suplemento de Meditación de la Técnica, un ensayo escrito por Ortega y Gasset que se publicó en el año de 1937 dentro de las páginas del periódico bonaerense La Nación, con motivo de un furioso artículo escrito por Herbert Dingler en la revista científica británica Nature y que fue divulgado bajo el titulo Nuevo Aristotelismo, en el que se ataca de manera seca el carácter del nuevo intelectualismo anglosajón acerca de la física.

La gran pelea emprendida por el señor Digler apunta a una supuesta traición que los físicos británicos estaban cometiendo en contra de la concepción tradicional que se tiene de la física. Se arguye, con gran pedantería, que este grupo de científicos a la cabeza del señor Milne han traicionado todo aquello que forma la física moderna como ciencia empírica, es decir, han abandonado a Galileo Galilei –defensor de la observación como método eficaz en la depuración y posterior construcción de unas leyes físicas universales- y, junto con él, a todo el empirismo inglés decantándose por un juicio aristotélico del conocimiento a partir de una concepción a priori de los fenómenos de la naturaleza. No obstante, afirma Ortega y Gasset, los físicos ingleses sólo pretendían una economía del pensamiento, pues ya habían superado con creces estas dos concepciones filosóficas:

“Para saber lo que, según nuestra ciencia, pasa en este mundo, no hace falta siquiera haber estado en él; menos aún, ni siquiera haber oído hablar de él. Basta con tener noticia de la matemática y del principio de economía del pensamiento, que es un principio doméstico, infrahumano y, por qué no decirlo, filosófico” (Pág. 109)

Para Dingler no podría ser más absurdo que la física moderna recayera en una concepción aristotélica del conocimiento de los fenómenos de la naturaleza ya que se le resta la debida importancia a la observación científica. Ortega y Gasset reprocha esta afirmación aseverando que si bien Aristóteles promulgó un conocimiento a priori de las cosas del mundo, también proponía un método sensorial y de comprobación empírico, antes de que Galileo lo utilizara como tal. Es decir que Aristóteles fue un empirista puro y no únicamente un pensador que se limitaba a interiorizar el conocimiento:

“No podemos reprimir un ligero movimiento de sorpresa al leer esto, porque es de sobra conocido que Aristóteles y sus fieles no admiten nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos. Por otra parte, el fundador del pensamiento moderno, Descartes, pelea a muerte con Aristóteles y el escolasticismo porque son sensualistas” (Pág. 110)

Economía del pensamiento

Los físicos británicos, a quienes Digler ataca en su columna, pretendían abstraer en axiomas y postulados un conocimiento empírico ya dado, querían reducir lo observable a simples abstracciones, o dicho en las palabras de Milne, hacer una economía del pensamiento. No obstante a mister Dingler esto le parece una clara traición a la tradición experimental de la física, no sólo porque se está relegando el sentido práctico de la ciencia sino porque además se la está reduciendo a un constructo epistemológico que se desborda peligrosamente por el cause de la filosofía.

Ortega y Gasset ve más afable esta economía del pensamiento por encontrarla mucho más práctica y, a la larga, necesaria, ya que reduce la acción de la ciencia física a una teoría de la misma. Es el ejemplo del ropero del teatro, cuando afirma que los espectadores dejan sus abrigos en él y reciben a cambio una ficha donde hay inscritos números que corresponden a un conjunto ordenado de sobretodos y de sus lugares, la ficha nos comunica algo sobre ese abrigo y, sin embargo, no se parece mayormente a un sobretodo, y continua el autor con esta genial frase: “He aquí como puede haber correspondencia sin haber semejanza. El conjunto de las fichas es la teoría física; el conjunto de los sobretodos es la naturaleza”. Entonces, el principal objetivo que propugnan los físicos como Milne y compañía consiste en simplificar los datos cuantitativos (aquellos dados por observación) en unas leyes absolutas forjadas dentro de unos axiomas y, a partir de estos últimos, unos teoremas:

“Milne se propone aplicar de la manera más radical posible el principio de la economía del pensamiento, que es un principio filosófico, por lo menos epistemológico y no físico… Estas admisiones o supuestos son constituidos en axiomas… de estos axiomas Milne deriva teoremas sin emplear noticia alguna experimental, eliminando todas las leyes cuantitativas (obtenidas por observación) de la física” (Pág. 121)

Si Dingler denostó severamente la intromisión de la filosofía en el campo de la física, por no encontrarla como una ciencia exacta, Ortega y Gasset sale en su defensa argumentando la importancia fundamental de ésta ya que como doctrina se encuentra desenraizada de otras áreas del conocimiento, además tiene la ventaja perdurable de no recaer en un estado servil puesto que la misma forma un organismo aparte de las restantes ciencias. La filosofía no se sirve sino a ella misma y es por esa razón que las otras disciplinas científicas se hallan bajo su ineludible foco escrutador.

Pero dejando a un lado esta marcada riña entre las ciencias exactas y las ciencias humanas, el autor español concluye que es a partir de estas dos perspectivas intelectuales como la civilización occidental, en su irregular avance, ha cimentado todo su conocimiento a lo largo de los años; juntas deberían acoplarse para que el pensador moderno logre un conocimiento excelso de las cosas, esto es, “conviene que el intelectual maneje las cosas, que esté cerca de ellas: de las cosas materiales si es físico, de las cosas humanas si es historiador”
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Ortega y Gasset realizó un trabajo impecable en estos ensayos que componen su Meditación de la Técnica, no sólo porque deja entrever un pensamiento lúcido, sino también porque expone con un lenguaje cáustico y claro conceptos de gran complejidad. El autor español fue acertado al describir en este seminario un tema del que poco o nada se ha tratado en la filosofía y la sociología, quizá porque ya se da por sentado que el hombre es un ser técnico por esencia, o porque de la técnica se examina especialmente su apartado práctico, mas nunca un análisis de sus características como propias en el hombre.

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