AUTOR: Jesús Fernández Santos
TÍTULO: Los Bravos
EDITORIAL: Salvat S.A. (Primera edición)
AÑO: 1971
PÁGINAS: 191
PRÓLOGO: Carmen Martín Gaite
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

La década de los cincuentas es un periodo clave en España para el desarrollo del realismo social. Se publican en apenas cuestión de años, obras tan importantes como El Fulgor y la Sangre de Ignacio Aldecoa (1954), El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio (1956), Entre Visillos de Carmen Martín Gaite (1957), y Nuevas Amistades de Juan García Hortelano. Es también la época de esta novela Los Bravos de Fernández Santos que, por su fecha de escritura: agosto de 1953, bien puede ser considerada como una de las primeras obras destacadas de la narrativa española de posguerra.

Ciertamente esta novela –que por demás constituyó la primera experiencia narrativa del autor- permite ubicar la figura de Jesús Fernández Santos (1926-1988) en un lugar privilegiado dentro de esa corriente literaria que, durante muy buena parte del siglo XX, buscó encontrar nuevas formas para expresar y entender al hombre español que todavía cargaba en su espalda con el fantasma de la Guerra Civil y que estaba, por lo mismo, en un estado de abotagamiento que, incluso para las letras, sólo fue posible empezar a transformar a través de trabajos tan dispares como los de Camilo José Cela o Miguel Delibes, amén de los autores que se mencionaron más arriba.

Pero, Los Bravos constituye un ejercicio literario especial, puesto que es anterior a El Jarama de Sánchez Ferlosio –obra que tradicionalmente se considera como el inicio del realismo social-. Y, además de esto, reúne en su interior ese conjunto de características propias del realismo en España: temas basados en los problemas sociales –especialmente los rurales-, un estilo de lenguaje sencillo y una técnica sin mayores artificios, el interés de apartarse de los problemas individuales y ubicarse en torno a las crónicas colectivas y, por supuesto, el recuperar el tema de la guerra para examinar la forma en que influye en determinados estados de las cosas.

Es así como Los Bravos renuncia al abordaje de una historia que pudiésemos llamar principal, para dar paso a un conjunto de micro-historias –ninguna más importante que la otra- de un conjunto de campesinos que viven en un pequeño pueblo al norte de España, entre Asturias y León. Perviven en aquel lugar –inspirado en Cerulleda, donde vivió Fernández Santos cierto tiempo- rastros de la guerra, y es un lugar olvidado entre las montañas, de suerte que la pesca ilegal, el contrabando, los viajantes estafadores, etcétera, sean elementos constituyentes de su cotidianeidad. Verdad que el panorama de sus habitantes es bastante triste, pero no por ello menos bravo, como nos lo ha querido mostrar el autor, quien recupera esa serie de acepciones del vocablo por las cuales se designa alternativamente el carácter de aquellos individuos que tienen coraje, que son indóciles y, además, incultos y envilecidos.

La novela apenas examina la vida de este pueblo durante poco más de una semana, situación que permite a Fernández Santos explayarse en la descripción de los espacios o las situaciones: lo mismo en las cavilaciones de algún personaje, que en el modo en que vuelan los pájaros o un perro guía las ovejas. No hay capítulos, ni partes, simplemente apartados que, aun respondiendo a las circunstancias propias de cada personaje, van tejiendo en un todo esas historias, esto es, una imagen general de sus vidas y en la cual es posible abarcar condiciones tan distintas como la del médico que llega de la ciudad y termina instalándose en el pueblo y comprando la casa del hombre más rico de la región, la del campesino que finalmente se decide a buscar mejor suerte en los suburbios y, cómo no, la de quien muere en la espesura de ese paisaje, tan brutal por su clima y relieve, como por la personalidad de sus habitantes.

¿Quiénes son Los Bravos?

Se trata de un “pequeño pueblo, sin iglesia, sin cura y sin riqueza”: doce casas, doce vecinos, una carretera que atraviesa, montañas y un río cercano. Don Prudencio, un anciano que salió bien librado de la guerra, es el hombre de mayor prestancia; muchos de los otros habitantes han pedido dinero prestado a él para sostener sus cosechas y han terminado endeudándose. Lo odian por eso. Y también porque vive con una muchacha –Socorro- muchísimo más joven que él. Y, además, todavía, porque es un tipo holgazán, que no trabaja y vive mejor que ninguno. Vive tan bien como Pilar, la gorda inútil y usurera que manda a traer de afuera los mejores vinos. Los demás, apenas son hombres repetidos, se ganan la vida trabajando de lunes a domingo, cultivan la tierra o crían ganado, pero también pescan en sitios prohibidos, llevan contrabando, o viven con la expectativa de escaparse a la ciudad.

Por eso es tan importante para ellos la noche: es el espacio propicio para acechar el río y pescar mientras el guardia está del otro lado, o para que los asturianos vengan desde más arriba para comprar víveres que vienen ilegalmente desde el puerto. Las mujeres están a la sombra de sus hombres, desde niñas “se les había enseñado que habían venido al mundo para servirlos”. Así lo hace la esposa de Antón, el secretario del ayuntamiento; las hijas de Alfredo, el campesino amante de las truchas; Socorro, la joven que vive con Don Prudencio y que luego pasará a ser amante del médico; la criada de Pilar; la Esposa de Manolo, el de la fonda, etcétera. Sorprende escuchar algunos de sus nombres que por ellos mismos viene a expresar la condición de quienes los llevan: Blanca, Amparo, Socorro, Consuelo o Asunción.

Nada parece alterar esa monotonía: los hombres beben algún trago en la fonda, discuten, hablan de los otros, de los estragos que dejó la guerra, de lo que les hace falta, de su niñez y tantas otras cosas. Las mujeres preparan el pan, cuidan los cultivos y crían. Los muchachos andan por allí despabilándose en el río o jugando entre los árboles. Sin embargo, ha llegado un médico desde la ciudad que ha venido a reemplazar a don Julián, quien se aburrió muy pronto del pueblo, y el nuevo viene a confundir a los habitantes con las cosas que hace: se enamora de la amante de don Prudencio –el anciano con el que nadie intentaría meterse- y se la lleva a vivir a su casa de alquiler, cosa que luego tendrá para el viejo terribles consecuencias; y luego, defiende al viajante que estuvo por el pueblo unos días antes y que, engañando a los campesinos con una supuesta póliza de banco que les aseguraba una vejez tranquila, se había llevado sus ahorros, sólo que no contó con que en otro pueblo lo descubrirían y golpearían, pero no así cuando el médico lo llevó a su casa para salvarlo de la tronera que le esperaba frente a esos bravos que querían resarcir su orgullo.

Nada más. Antonio se casa y es necesario llamar al cura del otro pueblo; arreglan un poco la iglesia abandonada. Un pastor se enferma en las montañas y el médico tiene que subir, mientras escucha de su acompañante cómo hasta hace algunos años en todas esas laderas se seguían encontrando cadáveres. Don Prudencio viaja a la ciudad porque está muy enfermo, pero su hermano ha marchado y, la ciudad, si bien es grande y puede divertirlo, lo aburre. Pepe va y viene en su viejo carro trayendo las diligencias al pueblo desde la estación del tren; por las noches corteja a una de las hijas de don Alfredo, al que le dieron un balazo en la pierna por pescar de noche. Los hombres se lamentan de sus cosechas y azuzan a los más jóvenes para que se larguen pronto. Pepe se va definitivamente; definitivamente se queda el médico; y definitivamente también muere alguien con el que se empieza a borrar de la memoria cierto momento de la historia del pueblo.

Lo que dejó la guerra

Este es uno de los temas más recurrentes en las conversaciones del pueblo. Se habla de cómo era antes y cómo fue después. Y, si bien la guerra fue para todos desastrosa, no se la piensa con un pesimismo exacerbado, sino más bien con una cierta nostalgia y con bastante resignación. Se recuerda la manera en la que se hacía urgente enterrar cientos de cuerpos que habían quedado regados por toda la montaña; el puente que fue construido durante los combates y permanece todavía inmutable usándose a diario para cruzar el río. Pero también se recuerda cómo la guerra fue la oportunidad para algunos de granjearse cierta fortuna, por ejemplo, apropiándose de los vehículos desechados como chatarra, por la falta de tiempo para repararlos:

“Este Cecilio salió y le dijo al chofer: ‘¡Eh, compañero! ¿Qué te pasa?’, y el chofer le preguntó quién podría por allí hacerle una chapuza, pero ¡qué chapuzas ni que historias si tenía el palier roto! Le contestó: ‘Compañero, como no te traigan un palier nuevo te haces viejo en este pueblo’. Entonces le preguntó a cuánto de allí estaba el control. Estaba a unos treinta kilómetros –estalló en un golpe de risa. ¡No quieres saber cómo se puso el tío! Empezó a soltar injurias que no paraba. Creo que decía: ‘¿Y tú crees que me voy a andar treinta kilómetros con el palier a cuestas como un burro?’, y sacó la pistola. Entonces, éste se dio cuenta de que iba a quemarlo y le ofreció la burra para que trajese el palier si quería.
- La burra por el carro, ¡menudo cambio! –dijo Pepe que, oyendo hablar de camiones, había salido de la cocina.
- El otro dudaba todavía y le tuvo que invitar a unos blancos. Total: que a la media hora se marchaba el chofer con la burra, y… ¡hasta ahora!" (Pág. 140)

Aunque es indudable que el recuerdo de otras situaciones es mucho más triste. Se piensa en los familiares de cada quien, en dónde fueron alcanzados por la guerra, la manera en las que se vieron separados los unos de los otros o en cómo un paisaje tan distinto al bélico, sin embargo, había sido testigo de esos acontecimientos. Sucede así, cuando Vidal, un pastor, cuenta al médico ciertos hechos sobre su pasado:

"- A mi padre y a mí nos pilló la guerra en el pueblo y en el pueblo nos quedamos. Cuando subí por primera vez, después, aún quedaban muertos por estos sitios. Ahí, sin ir más lejos –señaló a su espalda-, a la puerta del chozo, había tres que enterré yo.
Parecía extraño que aquellos parajes solos y mudos pudieran haber visto la guerra de que el pastor hablaba, el paso y la muerte de tantos hombres. Aquel silencio amarillo y susurrante no podía haber sido roto por una voz, un estruendo, un lamento; parecía tierra inmutable, indiferente, donde todas las cosas habrían de desaparecer irremisiblemente como la piedra, en polvo calcinado, sin dejar huella en su dormida nada" (Pág. 155)

Lo que podría percibirse como la consecuencia más contundente de la guerra es, de cualquier forma, una cierta incredulidad frente al futuro. No un pesimismo fatalista, simplemente una descreencia. Los hombres mayores piensan que la gente sólo echaba de menos la tierra muchos años antes, que ahora, cuando alguno de ellos viaja a la capital se olvida sin problema de aquellas latitudes, y sólo regresa para las fiestas a contar sus logros y hazañas, o no vuelven –en caso de que les haya ido mal- para no tener que contar sus problemas. Lo que dejó la guerra fue una desconfianza frente al futuro, el depender de cosas distintas a la propia tierra que hacen ver todo como contingente. Ahora puede creerse que lo mejor es viajar a América o a otro lado, como lo han hecho todos aquellos para quienes el destino ha brillado.

Sobre el carácter de Los Bravos

Ha escogido Fernández Santos una acertada cita de Wassermann como epígrafe para su libro: “El destino de un pueblo es como el destino de un hombre. Su carácter es su destino”. Y cierto que aquello puede examinarse muy bien en las páginas de Los Bravos, sólo que no es un carácter tan definido como podría pensarse. Por un lado, no cabe duda de que se trata de hombres recios y audaces, así lo ha exigido la naturaleza que trabajan y en la que viven; que son hombres incultos, pero no como una cualidad despectiva, sino como resultado del alejamiento frente a los discursos de las grandes capitales que, a fin de cuentas, son los que rigen su existencia. Pero, por otro lado, son hombres que siguen sin saber cómo responder a determinadas situaciones: a la llegada de un viajante que ofrece dinero, por ejemplo, o a la mirada de dos mujeres pobres que buscan comida.

Cierto día aparece un hombre haciéndose pasar por empleado de un banco que ofrece una rentabilidad del cuatro por ciento anual, y aunque parezca estúpido oír una cosa como: “Vengo a traerle dinero” o, “usted no tiene que hacer nada”, no terminan por decidirse. Y luego, cuando se reúnen en la escuela –que, a la sazón, sirve de sala de reuniones- cada cual sólo espera la actitud del otro para tomar parte en el asunto, de modo que todos, a razón de que el primero lo hizo, terminan decidiéndose. Toda será un fraude, se sabe, como también es un fraude aquella pareja de mujeres que anda de pueblo en pueblo poniendo cara afectada para recibir de las casas alimentos y hasta vino, cosas que luego venden en la siguiente parada para obtener dinero. Los habitantes saben que es así, pero nos les interesa, no pueden soportar las caras de las mendigas. Pero sí hay algo claro en el carácter de esta gente y es el hecho de asumir que en la capital funcionan mejor las cosas, que el trabajo allí, entre la tierra y el ganado es una cuestión que podría superarse:

“Ya no era como antes, cuando el dinero venía a las manos tras largos años laboriosos; ahora podía comprarse un hotel en el barrio más caro por dos o tres golpes de suerte, y un lujoso automóvil, de los que se alineaban a la puerta del recién fundado club de tenis, por un telefonazo a tiempo. Muchos, la mayoría, habían empezado con nada para subir rápidamente, haciendo crecer la ciudad sin proponérselo; a otros la corriente les ayudó, les abrió nuevo camino, ayudándoles hasta donde se mantenían" (Pág. 110)

Sobre el lenguaje en Los Bravos

Se dijo más arriba que el estilo narrativo de Los Bravos no tiene otra particularidad distinta a un equilibrio descriptivo entre los espacios y las situaciones. Cierto que Fernández Santos –y a pesar de que la historia está escrita en tercera persona- alcanza por momentos a adentrarse seriamente en las razones, los pensamientos o las disquisiciones de sus personajes pero, sin duda, donde se observa mayor fortuna es en ese dibujo tan completo que traza el autor sobre el mundo en que se desarrollan los acontecimientos. Es completo porque no sólo alcanza a los personajes, sino también a los espacios, a elementos que parecen no tener ningún tipo de importancia en el devenir de la historia: la forma de una araña, el mugir de una vaca, etcétera, cosas que pueden verse como insustanciales porque no van a influir en el desarrollo de la situación y, que sin embargo, cumplen aquí un papel relevante en el sentido de recrear de una manera mucho más real el marco del acontecimiento. Nos referimos a cosas como:

“Desde el último cabrio del techo, una verde araña descendía, poco a poco con su seda. A cada paso se detenía para luego seguir haciendo crecer el hilo, lentamente, hacia el suelo. El soplo que surgía de la puerta le hacía inclinarse violentamente hasta casi tocar las paredes. El guardia se entretuvo viéndole crecer, y cuando llegó a su altura, chamuscó al animal con la brasa del cigarro” (Pág. 77)

“El pájaro volvió a cantar, agitó las alas mansamente y se lanzó al aire remontando el espacio frente a la iglesia. Cruzó sobre el corral; su sombra oscura bajo las estrellas se meció un instante frente a la casa de Pilar y, finalmente, pasando el río, fue a posarse en el tejado de Amador” (Pág. 116)
Debido a que Fernández Santos se toma su tiempo para describir este tipo de cosas –que, como decimos, lo mismo se hacen con la cabeza o el trote de un caballo que con las razones por las que al cura le desagrada el aspecto y las personas del pueblo- la narración es bastante lenta, y el hecho de que no exista una historia central, le confiere un aspecto todavía más profundo de quietud, si se quiere, de retrato. No es una apología a la lentitud y mucho menos un desfase narrativo, son una técnica y un estilo presentes en una buena cantidad de novelas españolas por allá cuando transcurrían los mediados del siglo XX.
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En Los Bravos puede no solamente encontrarse esa España rural que se piensa después de la Guerra Civil, sino también el establecimiento de un espacio de intercambios o transiciones entre lo que sale de ella, lo que llega para posicionarse y aquello que muere como testimonio de cierta época. Lograda, y de gran alcance crítico, esta novela de Jesús Fernández Santos es la imagen de unos hombres que ponen en marcha un tiempo del que cabe esperar sólo aquello que resulte de ellos mismos.

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