AUTOR: Jaime Gil de Biedma
TÍTULO: Las Personas del Verbo
EDITORIAL: Seix Barral (Primera edición)
AÑO: 1982
PÁGINAS: 179
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

Pongamos las cosas en términos de aparente equivocación: Gil de Biedma creía que quería ser poeta, pero en el fondo –y más bien- quería ser poema. Hay un momento en el que ambas realidades –poeta y poema- vienen a ser lo mismo, a constituir una identidad tan profunda que desborda las distinciones materiales y en la que, para el poeta, se pierde toda libertad frente a ese gran hermano “insomne, omnisciente y ubicuo” que es el poema. Distinguirlos, como se ve, es sólo una cuestión que opera en el plano de las apariencias, puesto que su raíz simultánea es la creación y ella no puede suceder en ausencia de ninguno.

Lo que podríamos llamar la experiencia poética de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), en este sentido, no es, en rigor, su experiencia, sino la experiencia propia de la misma poesía. Aquella que –incluso para el lector- viene a dar testimonio de lo humano, de la unidad del hombre con lo poético, esto es, permitir la asunción de una dimensión privilegiada de su ser. Y si esto es así, qué importa que la poesía hable por mí, por el otro, o por todos, si después de tanta distinción inútil está refiriéndose a lo mismo. Eso es, precisamente, este poemario Las Personas del Verbo: la trascendencia de un particular a la totalidad de lo que existe.

Publicado por primera vez en 1975, para esta segunda versión del libro –la primera en Seix Barral- de 1982, el mismo Gil de Biedma decidió retocar su contenido: sacar unos poemas, incluir otros; de modo que, si nos atenemos a las razones de su selección, podemos considerar esta antología como lo más representativo de su obra, desde 1953 hasta 1968, tiempo en el que publicó cuatro poemarios importantes –que son, a su vez, los capítulos que constituyen este libro: Según Sentencia del Tiempo (1953), Compañeros de Viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas Póstumos (1968)-, todos ellos escritos con esa clara visión suya sobre lo que es la poesía y que hemos intentado señalar antes:

“Un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia del hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos –atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual- de unos cuantos entre ellos” (Pág. 18)

Gil de Biedma, a pesar de ser un escritor lento –como él mismo lo admite- y de, por lo mismo, no tener una producción muy abultada, figura con nombre propio entre muchos de sus contemporáneos –Blas de Otero, Ángel González o Gabriel Celaya- quizá por la tensa relación sostenida en vida con su origen burgués, o la particular proyección de su obra. Por lo que aquí respecta, intentaremos echarle un vistazo a los derroteros de esta antología a partir de cuatro recurrencias que nos han parecido significativas: lo social, la juventud, el amor-amistad y la relación del autor con su mismidad.

Este resentimiento contra la clase en que nací (o de lo social)

Existe una clara particularidad en Gil de Biedma al momento de referirse al sesgo social de su poesía: su origen burgués. En efecto, nuestro autor nació rodeado de toda suerte de comodidades aunque, a fin de cuentas, fueron cosas de segundo orden frente a un hecho más certero y definitivo: el mito de la pobreza, o la banalidad del mundo. En otras palabras, Gil de Biedma creció creyendo que el hombre, la miseria o la guerra eran cosas de los libros o de países bien distintos a España. Su juventud será la época de descubrimientos frente a ese prematuro fraude, y verterá en buena parte de su producción poética los más viscerales señalamientos a esa sociedad burguesa que oculta y mitifica lo que existe. Así en Barcelona Ja no és Bona, o mi Paseo Solitario en Primavera:

Y a la nostalgia de una edad feliz
Y de dinero fácil, tal como la contaban,
Se mezcla un sentimiento bien distinto
Que aprendí de mayor,
Este resentimiento
Contra la clase en que nací,
Y que se complace también al ver mordida,
Ensuciada la feria de sus vanidades
Por el tiempo y las manos del resto de los hombres.

Oh mundo de mi infancia, cuya mitología
Se asocia –bien lo veo-
¡Con el capitalismo de empresa familiar! (Pág. 80)
Nuestro autor es un tipo de izquierdas, de suerte que la guerra no es lo único que, una vez descubierto, percibe como vicio. También descubre la pobreza en Los Aparecidos, allá cuando dirá que: “cada aparición que pasa, cada cuerpo en pena no anuncia muerte, dice que la muerte ya estaba entre nosotros”; pero también tiene que ver la opresión en Años Triunfales, cuando esa “media España ocupaba España completa”; o, en fin, toda clase de humillaciones e injusticias presentes, entre otros, en Lágrima e Intento Formular mi Experiencia de la Guerra.

Lo que caracteriza todavía más, sin embargo, la poesía social de Gil de Biedma en contraste con la de Blas de Otero, por ejemplo, es su marcado pesimismo. Tal vez porque el problema social aparezca tan permeado por las experiencias de su niñez, su alcance sólo llega a la indignación o la crítica despreciativa, y ello cuando no se repliega en la desazón, como sucede en Aunque sea un Instante, poema que cierra con una declaración bastante afectada: “el nombre que le dimos a nuestra dignidad (…) no era más que un desolador deseo de esconderse”.

El final de la historia es esta pausa (o de la Juventud)

Se podrá ver que así como la niñez significó una etapa cardinal en la vida de Gil de Biedma, también lo fue su juventud. Básicamente porque allí encontró la fuerza para revelarse contra esa condición fingida que la precedía. Ahora bien, si es cierto que Las Personas del Verbo contiene poemas fechados en 1953, es decir, cuando el autor apenas transitaba los veinticuatro años, no lo es menos el hecho de asegurar que la parte del libro que mejor da cuenta de la juventud de Gil de Biedma es la que comprende sus Poemas Póstumos (1968), porque allí sí que es reiterativo el tema, tanto, que se convierte en una obsesión, un espacio frente al que alternativamente el poeta se exalta u obstina y que, merced a la distancia que ahora existe entre ellos –poeta y juventud- rebosa nostalgia y recuerdo.

Esa forma de entender la juventud, esto es, algo que escapa de las posibilidades, que se desliza y pierde, ya puede percibirse en las primeras páginas de la antología, cuando Gil de Biedma apenas las vivía; sucede así en Recuerda, Al Final o Noches del mes de Junio. Piensa nuestro autor en estos poemas en sus tiempos de estudiante, los paisajes representativos, las primeras ilusiones y, por supuesto, los amigos. Vistos aquí, sin embargo, estos elementos sólo parecen juegos retóricos, estrategias para crear ciertos lenguajes y ritmos, pero no como ese “último verano de nuestra juventud” que describe quince años después. Veamos No Volveré a Ser Joven, de Poemas Póstumos:

Que la vida iba en serio
Uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
A llevarme la vida por delante

Dejar huella quería
Y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
Las dimensiones del teatro

Pero ha pasado el tiempo
Y la verdad desagradable asoma:
Envejecer, morir,
Es el único argumento de la obra (Pág. 152)
Por cierto que hay algunos ejercicios interesantes, sobretodo en lo que respecta a su construcción y lenguaje, que también abordan el tema de la juventud. Nos referimos a Himno a la Juventud –escrito con base en estructuras sintácticas clásicas, tipo siglos XVII y XVIII- o, Canción Final –poemilla de seis líneas rápido, al estilo japonés-. Y, cómo no, incluso ejercicios que, no diremos copiados, pero sí bastante mejor logrados antes por otros poetas: T’Introduire dans mon Histoire, que parece una versión menos exquisita que la Canción de la Vida Profunda de Barba-Jacob; y De Vita Beata, poema menos impactante que el insuperable No Ser Alguien, Ser Nada de Fedor Sologub.

No quiero cumplimiento sino revelación (o del amor-amistad)

Desperdigada a lo largo de las páginas nos encontramos la poesía amorosa de Jaime Gil de Biedma. Es quizá la menos frecuente, y su vistosidad sólo gana de acuerdo al poema. En nuestra opinión es mucho más lúcida la referida a la amistad; pensamos en Paris, Postal del Cielo o Amistad a lo Largo. Pero, en fin, acaso todo aquello que hablamos de lo humano al inicio nos da también pie para un lenguaje un tanto más romántico como el de Volver, Días de Pagsanjan y el mismo Vals del Aniversario:

Nada hay tan dulce como una habitación
Para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
Fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
Y parejas dudosas y algún niño con ganglios,

Si no es esta ligera sensación
De irrealidad. Algo como el verano
En casa de mis padres, hace tiempo,
Como viajes en tren por la noche. Te llamo

Para decir que no te digo nada
Que tú ya no conozcas, o si acaso
Para besarte vagamente
Los mismos labios (Pág. 47)
De cualquier manera resulta difícil distinguir entre los poemas propiamente de este tipo y los de, por ejemplo, la juventud, porque ambos elementos están imbricados tan imperceptiblemente que hablar del uno es aludir al otro. En casi todos los poemas de su último libro y en otros más de Moralidades está situación es recurrente. Despedirse de un amigo es tanto como girar un poco la cabeza hacia el pasado, hacia las cosas que se pensaban en la juventud; dialogar con alguno otro es lo mismo que cruzar la mano por detrás de su espalda como señal de un contacto asegurado por los años y, así, sucesivamente.

La humillación imperdonable de la excesiva intimidad (o de la mismidad)

Hay algo claro con la poesía de Gil de Biedma y es el hecho de que diálogo, conversación, o cualquier otro parecido, no quiere decir, explícitamente, presencia de otro. Podría suceder incluso que quien lee se pierda, y termine creyendo que este o aquel poema fue un acto de comunicación con otro, cuando apenas lo ha sido con él mismo. A nuestro autor le gustan mucho este tipo de juegos con su mismidad, y a modo de esos artilugios de conciencia, divide su ser en dos partes que entran en conflicto, unas veces por sus intereses, otras por sus gustos, y otras más hasta por lo que les corresponde. Y tal vez porque este tipo de escritura resulte en tan medida atractivo –el mismo Borges lo utilizó en uno de sus poemas más conocidos- varios de estos poemas son los mejores de todo el libro. Dos ejemplos los encontramos en Después de la Muerte de Jaime Gil de Biedma y Conversación:

De los dos, eras tú quien mejor escribía.
Ahora sé hasta qué punto tuyos eran
El deseo de ensueño y la ironía,
La sordina romántica que late en los poemas
Míos que yo prefiero, por ejemplo en Pandémica
A veces me pregunto
Cómo será sin ti mi poesía

Aunque acaso fui yo quien te enseñó
Quien te enseñó a vengarte de mis sueños,
Por cobardía, corrompiéndolos (Pág. 157)
_____

¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
De ti en algún momento?

La parte de tu muerte que me doy,
La parte de tu muerte que yo puse
De mi cosecha, cómo poder pagártela…
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.

¿Cómo poder saber que has perdonado,
Conmigo sola en el lugar del crimen?
¿Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
En el rincón más triste de mi cuarto? (Pág. 159)

Este tipo de estructura vuelve a aparecer en Contra Jaime Gil de Biedma, Pandémica y Celeste y todavía en algunos otros poemas, un poco menos logrados. En su conjunto, pueden llegar a ofrecer perspectivas distintas a las usuales en su obra sobre la sociedad o la juventud, puesto que aquí hace primar disquisiciones sobre la escritura, la poesía, o la conciencia. Pero es casi seguro que si siguiéramos aquel juego tan usual en la vida de Gil de Biedma, y del que él mismo habló varias veces, de inventar identidades para asumirlas luego, tal vez termináramos creyendo que en poco se diferencia el juego con la mismidad aquí, de aquel que hace en los poemas en que se distancia de la burguesía para aventurarse a ser rebelde.
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Las Personas del Verbo es el yo de su autor, pero también el y el él, y todas las personas que se resumen en un nosotros con que es posible conjugar cualquier verbo que designe acción humana: recordar, contradecir, reprochar, usufructuar. Jaime Gil de Biedma ha sabido enfilarnos frente a una inquietud que merece nuestra atención: es sin duda el momento de pensar que el hecho de estar vivo exige algo.

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